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21.10.09

La otra sabia de Alejandría

FILÓSOFA, MAESTRA Y MÁRTIR, COMO LA HIPATIA DE “ÁGORA", PERO ILUMINADA POR LA LUZ MARAVILLOSA DE LA FE

RODOLFO VARGAS RUBIO

La película Ágora de Alejandro Amenábar ha puesto de actualidad la vida y la muerte de una gran mujer de la Antigüedad: Hipacia (o Hipatía, siguiendo el griego, filósofa neoplatónica, seguidora de Plotino, y matemática eximia, que fue asesinada por una turba de fanáticos en el contexto de las complicadas relaciones entre el Patriarcado de Constantinopla y la administración del Imperio de Oriente. No pretendemos hacer en estas líneas la crítica del film, cosa de la que otros se han ocupado. Baste decir que nos parece sesgado y tendencioso y que su propio creador no oculta su propósito de propaganda “contra el fanatismo” (léase “contra el cristianismo”). Amenábar se monta al carro del ataque fácil y barato contra una religión que sabe que no se defenderá como lo harían otras en el caso que las afectadas fueran ellas. Que pruebe si no a filmar alguna película que muestre los excesos de los musulmanes y ponga en boca de alguno de sus protagonistas que “Alá no ha demostrado ser mejor que los otros dioses”.

Dado que todo el mundo habla ahora de Hipacia, nosotros queremos tratar, para variar, de otra filósofa y matemática compatriota suya, que vivió cien años antes y que, como aquélla, murió de forma violenta: Santa Catalina de Alejandría, otra mujer eximia que, dicho sea de paso, pone en entredicho el mito de la misoginia del cristianismo. Algunos han sostenido que, en realidad, no existió y que su vida es una pura invención para aleccionar a los fieles en el amor a la sabiduría y a la verdad en espíritu de fe y pureza, prácticamente como un ejemplo que oponer a la pagana Hipacia. Se basan para ello en que la hagiografía de Santa Catalina es demasiado fabulosa y resulta inverosímil, aparte que las noticias sobre ella son tardías. Pero si consideramos que un monasterio en el Sinaí le fue dedicado –siendo edificado, según se dice, sobre sus despojos mortales– y data del primer tercio del siglo VI (es decir, a dos siglos de su muerte), la existencia de esta santa se vuelve más que probable, ya que ello supone una previa, firme y arraigada creencia en ella. Además, rechazar los datos de las tradiciones por un prurito de exactitud histórica es puro positivismo, afortunadamente desacreditado en nuestros tiempos. Nadie creía en la Guerra de Troya hasta que Schliemann, con los Poemas Homéricos en mano, descubrió la ciudad y el tesoro de Príamo en pleno siglo cientificista.

La misma Iglesia Católica, sensible a cualquier acusación de superchería, consideró en un tiempo que no era oportuno continuar dedicando una fiesta con carácter universal a una santa de la que se sabía tan poco, y en la reforma del calendario litúrgico de 1969 la suprimió sin más (al igual que la de Santa Bárbara y San Jorge). Pero en 2002, en la nueva edición típica del Misal Romano se la restauró como memoria opcional. Lo que prueba que la creencia en la existencia de los santos no depende sólo de fuentes racionales y verificables, sino también del sentir más profundo del pueblo fiel, al que determinados personajes impactan de manera especial. Y ése es el caso de Santa Catalina de Alejandría, cuyo culto llegó a ser tan importante y popular que se la ha venerado siempre como uno de los catorce santos auxiliadores”. Su iconografía es, además, una de las más ricas en la historia del arte.

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16.10.09

Santos por las calles de Nueva York (II): Perdió posición social y fortuna por hacerse católica

DESPRECIADA EN SOCIEDAD POR CONVERTIRSE AL CATOLICISMO, ENCONTRÓ EN LA CARIDAD LA VERDADERA RIQUEZA

Isabel Seton nació el 28 de agosto de 1774 en Nueva York. Sus padres, el Doctor Richard Bayley y Catalina Charlton, los dos anglicanos piadosos y leales miembros del partido conservador, habían permanecido fieles a Gran Bretaña durante la guerra de la independencia americana (1775-1783). Los antepasados de Isabel fueron de los primeros colonos de la región de Nueva York. Su padre procedía de una acomodada familia francesa hugonote, los condes de “New Rochelle". Su madre era hija del Doctor Richard Charlton, importante pastor anglicano, de origen anglo-irlandés. Cuando nació Isabel (1774-1821) sus padres llevaban casados cinco años y tenían ya una hija, María Magdalena (1768-1856). La pequeña, Catalina (1777-1778), nació tres años después de su hermana. Se cree que la Señora Bayley murió al dar a luz a Catalina, que murió al año siguiente. El Doctor Bayley se volvió a casar y continuó viajando al extranjero para perfeccionar sus estudios de medicina. Su segunda esposa, Carlota Barclay Bayley (1759-1805) le dio siete hijos que ella prefirió a las hijas mayores procedentes del primer matrimonio. María e Isabel tuvieron que sufrir mucho debido al rechazo de su madrastra.

Como muchos otros santos, desde sus primeros días, Isabel tuvo que caminar a la sombra de la cruz. Más tarde, plasmó sus sentimientos y sus experiencias espirituales en un diario íntimo. Entre sus primeros recuerdos, relata la muerte de su madre y la de su hermanita, cuenta también que enseñó a rezar a su hermanastra Emma. Isabel habla también de las largas temporadas en que María y ella tuvieron que vivir con otros parientes debido a problemas familiares que al final causaron la disolución del segundo matrimonio de su padre. Médico eminente y cirujano, el Doctor Bayley parecía dedicar más atención a su profesión que a sus hijas mayores.En su adolescencia, Isabel se sentía sola y melancólica. Durante una época, sufrió de una depresión llegando a tener ideas de suicidio. Más tarde, escribe en su diario íntimo su agradecimiento por haber superado la tentación de tomar una sobredosis de láudano, medicamento utilizado entonces como sedante: “A este terrible pensamiento relativo al láudano, siguió la alabanza y la acción de gracias por la indecible alegría de no haber llevado a cabo ‘ese acto horrible’, pensamientos y promesa de gratitud eterna".

Pero, a la vez, iba madurando su inclinación hacia la contemplación. Le gustaba la música y expresaba sus sentimientos tocando el piano. Relata en sus escritos qué feliz se sentía a la orilla del mar, junto a la bahía de Long Island, al contemplar el mar, las conchas, la naturaleza y toda la creación de Dios, mostrando su atractivo por un estilo de vida rural. Muy joven conoció a un joven excelente, William Magee Seton (1768-1803) y se enamoraron. Después de un tiempo de noviazgo, se casaron el 25 de enero de 1794 y lo celebraron en casa de su hermana, María Magdalena, convertida en la Señora Wright Post, en Manhatan. William era un importante negociante en importaciones y exportaciones. Había llevado a cabo su aprendizaje en la firma Filicchi en Liorna, Italia. Isabel, encantada de convertirse en la Señora William Magee Seton, se extasiaba ante su nueva casa: “A los veinte años, tener mi propia casa en este mundo, es el paraíso, es increíble". El matrimonio de los Seton fue muy feliz y pronto conocieron la dicha de tener cinco hijos: Ana María (1795), William (1796), Richard (1798), Catalina Charlton (1800), Rebeca María (1802). Los Seton vivían en Lower Manhatan; les gustaba el baile y la música, sobre todo el violín y el piano. Vivían en un barrio chic y formaban parte de los notables de la sociedad, participando en la política y en los acontecimientos principales de la época. Eran feligreses de la famosa iglesia episcopaliana de la Santísima Trinidad, muy cerca de donde siglos después estuvieron las torres gemelas y hoy sigue estando la bolsa de Wall Street.

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27.09.09

No hay Europa cristiana sin San Benito de Nursia. Los pilares de la Europa Cristiana (II)

San Benito de Nursia

Cuando uno visita no lejos de Roma el monasterio de Subiaco, il Sacro Specco, y lee la lista esculpida en marmol de los monjes benedictinos que evangelizaron los diversos paises de Europa, del este al oeste y del norte al sur, entiende perfectamente porqué San Benito es, quizás sin haberlo pretendido, el «Padre de Europa»

Proclamado Patrono de Europa por Pablo VI, y único como tal hasta que Juan Pablo II nombró también a San Cirilo y San Metodio, hablar de él es hablar de Europa, como ha recordado recientemente Benedicto XVI (Papa que le tiene especial devoción y habla de él y de su obra con frecuencia):

«Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha podido mantener su fuerza iluminadora hasta hoy. Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa pretendía reconocer la obra maravillosa desempeñada por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, que acaba de salir de un siglo profundamente herido por dos guerras mundiales y por el derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado como trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de la propia identidad. Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente, de lo contrario no se puede reconstruir Europa.

Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, ha causado, como ha revelado el Papa Juan Pablo II «un regreso sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad» (Insegnamenti, XIII/1, 1990, p. 58). Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Regla de san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro del que podemos aprender el arte de vivir el verdadero humanismo.»

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23.09.09

Padre Pío, testigo excepcional de la pasión de Cristo

EL VISITADOR DEL VATICANO COMPROBÓ Y DICTAMINÓ EN 1921 LA AUTENTICIDAD DE LOS ESTIGMAS DEL PADRE PÍO

Al igual que su santo Patrón, Francisco de Asís, San Pío de Pietrelcina (1887-1968) recibió en 1918 los estigmas de Jesús Crucificado, quien en una aparición lo invitó a unirse en su Pasión para participar en la salvación de los hermanos, en especial de los consagrados. Este particular se conoce gracias a la reciente apertura de los archivos del antiguo Santo Oficio de 1939 (actual Congregación para la Doctrina de la Fe), que custodian las revelaciones secretas del fraile sobre hechos y fenómenos nunca contados a nadie.

Recientemente han salido a la luz en el libro “padre Pio sotto inchiesta. L’autobiografia segreta” (padre Pío indagado. La autobiografía secreta), con prólogo de Vittorio Messori, y escrito por el sacerdote italiano Francesco Castelli, historiador para la causa de beatificación de Karol Wojtyla y profesor de Historia de la Iglesia moderna y contemporánea en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas “R. Guardini” de Taranto (Italia). Hasta hoy parecía, de hecho, que Pare Pío, por pudor o quizás por considerarse indigno de los extraordinarios carismas recibidos, no habría revelado nunca a nadie qué sucedió el día de su estigmatización. Sólo un dato al respecto se encuentra en una carta enviada a su director espiritual, el padre Benedetto da San Marco in Lamis, cuando habla de la aparición de un “misterioso personaje", pero sin dejar traslucir otros detalles.

El libro, que ofrece por primera vez el informe íntegro redactado por el Carmelita Descalzo monseñor Raffaello Carlo Rossi, entoces obispo de Volterra (después llegó a Cardenal) y Visitador Apostólico enviado por el Santo Oficio para “inquirir” en secreto al padre Pío, aclara finalmente que el santo de Gargano tuvo un coloquio con Jesús crucificado. Monseñor Rossi, que hoy en día está también en proceso de Canonización por la fama de santidad que produjeron sus virtudes entre la gente, fue el único representante de una congregación vaticana encargado de estudiar los estigmas del padre Pío. Se pronunció favorablemente, considerando que su origen era divino, desmintiendo punto por punto las hipótesis presentadas por el padre Agostino Gemelli, que sin haber examinado al Padre Pío, definió injustamente los estigmas como “fruto de la sugestión".

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18.09.09

El Papa canonizará a Juana Jugan, modelo de caridad y mártir de la envidia clerical

LA HISTORIA HACE POR FIN JUSTICIA A UNA DE LAS MUJERES MÁS IMPRESIONANTES DE LA FRANCIA DEL SIGLO XIX

El próximo día 11 de octubre, entre otros Beatos que serán incluidos en el catálogo de los Sanots -de alguno más tendremos que hablar todavía- se incluye una mujer de las más admirables de la Francia de los tiempos modernos: Juan Jugan, que sin duda merece un artículo dedicado a su atribulada vida.

Juana Jugan nació en Cancale (Ille-et-Vilaine), un puerto pesquero en la costa norte de Bretaña (Francia). Su padre estuvo ausente en el momento del nacimiento de la futura santa, pues estaba navegando desde hacía seis meses por Terranova. Menos de cuatro años más tarde, el padre de Juana se perdió en el mar, como tantos otros navegantes. A partir de entonces, en casa las cosas se pusieron muy difíciles, Juana, su hermano y dos hermanas de su madre aprendieron cómo vivir la pobreza con honestidad y valentía, con fe y amor a Dios. Apenas tuvo edad para poder trabajar, Juana se contrató para en una casa en la cercana Cancale, para trabajar en la limpieza y la cocina.

Tenía 18 años cuando por primera vez un joven le propuso matrimonio, a lo cual ella se negó. El joven sin embargo no se olvidó de ella y seis años más tarde le volvió a renovar la petición, a lo que ella contestó que el Señor la quería para Él y que creía que tenía la misión de hacer algo que todavía no se había hecho. ¿Sabía claramente que era lo que Dios quería de ella? Para aquel entonces tenía barruntos de vocación, pero no sabía cómo, lo que si sabía era que quería servir a los pobres.

Cuando tenía 25 años, habiendo dejado el trabajo de Cancale, se hizo miembro de la Tercera Orden fundada en el siglo XVII por san Juan Eudes. Se encontraba en Saint Servan, donde trabajaba como enfermera y en el servicio. Con dos amigas había alquilado una casa, donde llevaban una vida fuerte de oración, además del trabajo que cada una tenía por su cuenta. Una noche, encontró por la calle a una anciana ciega y medio paralítica, a la cual recogió en la casa que compartía con las amigas y cedió su cama para que se acostara. Ella misma la cargó en brazos hasta el segundo piso, donde se encontraba su dormitorio Este acto la comprometió para siempre: después de aquella anciana vendría una segunda y una tercera, y con el apoyo de Juana y sus amigas todas eran cuidadas, se les lavaban las ropas y recibían un trato de cariño.

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