Aquel siglo de gran oscuridad para la Iglesia (I)

EL “SAECULUM OBSCURUM", TERRIBLE COMO POCOS EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA

Al llegar al año 900, el gran historiador de la Iglesia, el Venerable Cardenal oratoriano Cesare Baronio, en sus Annales, no sabe cómo designar al siglo X, siglo de barbarie, calamidades, crímenes y miserias en la urbe Romana que antaño había civilizado al mundo, y lo califica de saeculum ferreum, por su aspereza y también obscurum, por lo poco que brilló la Iglesia, y plumbeum por la deformidad de sus males.

Cuando los carolingios, debilitados en su poder y caídos también ellos en la anarquía -muy lejos quedaban los tiempos esplendorosos de Carlomán, Pipino el Breve o Carlomagno- dejaron de intervenir eficazmente en los Estados del Papa, surgieron familias poderosas que por el crimen o la intriga se apoderaron del pontificado, señores feudales y aún obispos que se rebelaron contra el Papa y toda la serie de desórdenes que traía consigo la anarquía feudal mal reprimida. Cuando esta intrusión abusiva de lo político en lo eclesiástico se extendió a los obispados y abadías, la Iglesia, en cierto modo esclavizada, padeció las plagas más infamantes de su historia. Como ha señalado un famoso historiador español, sólo en la libertad la Iglesia debía encontrar su regeneración.

Por ser tarea fácil y tentadora la de describir cuadros sombríos, se explica que los historiadores se hayan deleitado en entretener al lector con los escándalos de aquella edad de hierro; pero sería a todas luces injustos olvidar a los santos que en esta época resplandecieron por sus virtudes heroicas en las celdas monásticas, en las sedes episcopales e incluso en los tronos reales; y el fervor del pueblo de Dios manifestado en su devoción a los santos, sus peregrinaciones a santos lugares y sus obras de misericordia. Pero esto es más difícil que interese a algunos historiadores.

Comienza este periodo durísimo de la historia eclesiástica con un Papa que ya conocemos en esta sede, Formoso, sobre el cual se habó al tratar aquel estrambótico y terrible episodio del concilio cadavérico. Originario de la Urbe, donde había nacido hacia el 816, el obispo de la diócesis suburbicaria de Porto, Formoso, llegó al Sumo Pontificado precedido de una gran fama como diplomático. A1 morir Esteban V, fue elegido Papa el 6 de octubre del 891, y se vio en la tesitura de seguir la política de su predecesor contraria a Guido y Lamberto de Espoleto, pretendientes a la corona imperial de Occidente, vacante desde 887 por la deposición del último carolingio directo.

El Papa temía justamente que la Santa Sede fuera subyugada por los espoletanos, por lo cual apoyó al rival de éstos, Arnulfo de Carintia, designándole emperador en febrero de 896. Arnulfo era hijo natural del rey Carlomán y de madre eslovena, Litswinde, hija del conde Eberhard de Carantania (Carintia), de donde le viene su sobrenombre. Después de ser depuesto su tío el emperador Carlos III el Gordo, se convirtió en rey de la Francia Oriental y de Lotaringia (887). Obtuvo una victoria frente a los vikingos en Lovaina, actual Bélgica, en septiembre de 891. Arnulfo invadió Italia en el año 896. En el año 898, el emperador Lamberto fue derrotado por Berengario de Friuli que codiciaba el trono de Italia y murió asesinado.

Vacante el título imperial, Arnulfo logró ser designado emperador. Atraversando los Alpes, llegó hasta las puertas de Roma, ciudad que toma sin resistencia por parte de los Espoleto que se retiran al sur de Italia para preparar un contraataque. Arnulfo entró en Roma atravesando el histórico Ponte Milvio y, después de liberar a Formoso, que había sido hecho prisionero en Castel Sant’Angelo por los Espoleto, fue coronado en la escalinata de San Pedro en 896. Arnulfo se quedó solamente 15 días en Roma, desde dondé viajó al sur para combatir contra sus enemigos, propósito que no pudo cumplir porque le sobrevino una parálisis cuando iba de camino y decidió volverse a Baviera.

Formoso, que de pronto se vio solo en Roma y sin la ayuda del emperador, murió en abril de aquel año, probablemente envenenado, y fue enterrado en la antigua basílica de San Pedro. Le sucedió Bonifacio VI, que falleció a los quince días de pontificado. Entonces salió elegido Esteban VI, antiguo rival de Formoso y partidario incondicional de Lamberto de Espoleto. Éste, aprovechando la retirada del emperador Arnolfo debido a una enfermedad, entró triunfalmente en Roma junto a su madre Angeltrudis, una auténtica arpía de mucho cuidado, que instigó para que se celebrase el juicio sumarísimo a la momia de Formoso, como ya es sabido.

Cuenta la tradición, transmitida por Liutprando, que como señal de la cólera divina, en el año 897 las piedras mismas del palacio de Letrán, residencia del Papa Estaban, lanzaron un grito de escándalo, derrumbándose la gran basílica, madre de todas las iglesias, desde el altar hasta el pórtico. Así lo debió ver el pueblo romano, que hizo objeto de sus iras al Pontífice, le despojaron de sus vestiduras (como él había hecho con la momia de Formoso), lo metió en prisión y lo estranguló.

A la cátedra de San Pedro subió entonces Romano I (897) que murió antes de cuatro meses de pontificado, no sin haber iniciado probablemente la rehabilitación del Papa Formoso. Y si breve fue el reinado de este Papa, más corto todavía fue el de Teodoro II (897), que estuvo en la sede de Pedro solamente veinte días, lo suficiente para reunir un sínodo y declarar legítimas las medidas tomadas por Formoso. Se pudo hasta recuperar el cadáver del papa que había sido arrojado al Tiber: Fue depositado en la orilla por una crecida del río, de donde un monje lo había tomado para darle decente sepultura. Apenas tuvo noticia de ello el Papa Teodoro, vino él mismo a buscarlo y, con toda solemnidad, lo trasladó al Vaticano, donde dice poéticamente Liutprando que las estatuas de la basílica se inclinaron reverentemente al pasar los restos de Formoso.

Dos años duró el pontificado posterior, el de Juan IX, llamado el Pacificador (898-900). Natural de Tívoli, se había hecho monje benedictino y fue ordenado sacerdote por el Papa Formoso. Quizás porque Juan estuvo protegido por la Casa ducal de Espoleto fue capaz de defender su candidatura y su rival Sergio, furibundo antiformosiano, fue excomulgado y expulsado de la ciudad, lo que no impidió que posteriormente llegase al pontificado.

Fue con la idea de disminuir la violencia de los partidos en Roma, por la que Juan, que es reconocido por haber sido tanto inteligente como moderado, convocó varios sínodos en Roma y otros lugares. Entre ellos está el horrible sínodo donde Esteban VI fue condenado, y sus Actas fueron quemadas. Se prohibieron las reordenaciones y el clero que había sido depuesto por Esteban fue restaurado al orden del cual fueron apartados.
Se ordenó que la bárbara costumbre de saquear los palacios de obispos o Papas tras su muerte fuera suprimida tanto para las autoridades espirituales como para las civiles.

El Sínodo de Roma también confirmó a Lamberto como emperador en contra de su rival Berengario, y al mismo tiempo decidió que el Papa electo no debía ser consagrado excepto en presencia de los enviados imperiales. Este Canon fue decretado en la esperanza de que con ello se podría reducir los daños que estaban causando los partidos romanos. Un sínodo convocado por Juan IX en Ravena decretó los pasos que había que tomar para acabar con los actos violentos que estaban siendo cometidos en todas partes.

La atmósfera política se iba calmando y la perturbada iglesia romana entraba en vías de restauración, de lo cual un símbolo fua la reconstrucción de la basílica lateranense comenzada por Juan IX. Pero a principios del 901 el justo pontífice murió y fue enterrado justo al exterior de San Pedro. Fue sucedido por Benedicto IV (900-903), dotado de parecidas cualidades y seguidor de la misma política, pero también este Papa duró poco. Y menos todavía su sucesor, León V (903), varón recto y piadoso, que dos meses después de ser elegido cayó destronado y puesto en prisión por las intrigas del que indignamente pretendió sucederle Cristóbal I, antipapa de nefasta memoria y que pronto pagó su crimen, pues en ese momento volvió de su exilio el ya conocido Sergio (el rival de cónclave de Juan IX), que ayudado por los espoletanos, metió en la cárcel al antipapa junto al legítimo León V, mandó poco después degollar a ambos, y se autoproclamó Papa. La oscuridad de la Iglesia romana se hacía cada vez más grande… (continúa)

4 comentarios

  
Simpson
¡Como estaba el patio! Y luego nos quejamos de lo mal que está la Iglesia. De vicio. Cualquier tiempo pasado fue peor...
20/02/11 1:44 PM
  
Lucas
Antes se excomulgaba con gran facilidad, y a menudo los excomulgados eran hombres justos, que incluso después llegaban a Papas. Ha habido varios casos similares en la historia de la Iglesia.

20/02/11 9:07 PM
  
Jordi Morrós
Es una buena terapia de humildad para los católicos repasar la historia de nuestra sufrida Iglesia, y de esta forma llegar a ser un poco menos displicentes por ejemplo con el sinfín de divisiones y enfrentamientos que se han producido en las iglesias reformadas.
26/02/11 12:51 PM
  
Chimo Vice
A ver si no confundimos las cosas. La excomunión es esencialmente revocable; si no fuera así no se dictaría, es un servicio que se presta a la persona y a la propia Iglesia.
Por otra parte son las "iglesias reformadas" las que han acabado confundiendo la autoridad espiritual con el poder temporal, frente a la Iglesia de Cristo, la Católica, que reivindia la autonomía de ambas esferas, la espiritual y la temporal, y desde aquí la necesarias colaboración de ambas en la búsqueda del bien común.
Por eso, el odio y persecución por parte de los poderes temporales contra la Iglesia Católica, que es de hoy y de siempre.
03/03/11 3:11 PM

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