La combinación de un aristócrata español y un Papa santo

MERRY DEL VAL, HÁBIL DIPLOMÁTICO Y HOMBRE VIRTUOSO, FIEL COLABORADOR DEL SAN PÍO X

Dos personalidades muy distintas, Pío X y Rafael Merry del Val, su secretario de Estado. El primero había nacido en 1853 en el campo véneto. Su padre era un modesto empleado de la administración austriaca, su madre analfabeta. Conoció la pobreza, pasó toda su vida entre parroquias de pueblo y curias de provincia, lejos de los reflectores, de la mundanidad, de los salones y de los palacios del poder. El segundo, nació en Londres en 1865 en una rica familia aristocrática europea, que se codeaba con embajadores y reyes (el padre fue embajador de España en Londres, Bruselas, Viena, Roma), políglota, tuvo el privilegio de ingresar en la Academia de los nobles eclesiásticos (la escuela de la diplomacia pontificia) sin ser sacerdote. Entró inmediatamente en la diplomacia vaticana, fue consagrado obispo a los treinta y cinco años y creado cardenal a los treinta y nueve.

Tenían solamente dos cosas en común: la fe granítica en Dios y la devoción ilimitada a la Iglesia. Esto bastó para cimentar una relación de colaboración y de estima recíproca que no tiene iguales en la historia de la Iglesia. El servicio en la Secretaría de Estado de Merry del Val, que coincide perfectamente con los once años (1903-1914) del pontificado de Pío X (es el único caso en la lista de los treinta y cuatro secretarios de Estado desde 1800 hasta hoy), se identifica con el gobierno del Papa véneto hasta tal punto que en algunos casos a la historiografía le cuesta distinguir lo que es obra del superior y lo que se debe al subordinado.

La duda estriba en el papel que desempeñó Merry del Val: ¿ejecutor o inspirador? Una cuestión quizá mal planteada, tanto porque el funcionamiento de la estructura de gobierno de la Santa Sede lleva de todos modos el momento de la decisión a la persona del papa, como porque la historiografía está verificando que Pío X ejercía sobre sus subordinados un control mucho mayor de lo que hasta ahora se había creído. Si además consideramos la diferencia de edad entre los dos, exactamente treinta años, parece aún menos convincente pensar en un pontífice “maniobrado” por su joven colaborador. Podemos añadir que la extraordinaria devoción de Merry del Val por Pío X (origen de la petición que puso en marcha el proceso de canonización; el 20 de todos los meses, día de la muerte del Papa, celebraba una misa de sufragio; pidió que le enterraran «lo más cerca posible de mi amadísimo Padre y pontífice Pío X») hace que la hipótesis sea aún menos probable. Es más verosímil pensar que entre el Papa véneto y su ministro español tuviera lugar un pleno acuerdo sobre los criterios que había que dar a la política de la Iglesia, ad intra y ad extra. En resumen, razonaban al unísono y trabajaban juntos.

Merry del Val había crecido en Inglaterra, donde su padre era embajador de España, luego en Bélgica y de nuevo en Inglaterra. Su sincera vocación al sacerdocio, mediada por los jesuitas, fue muy precoz. Con veinte años llega a Roma para terminar su preparación en el Colegio Pontificio Escocés. Es el comienzo de una de las carreras más fulgurantes de toda la historia eclesiástica. León XIII dispone que vaya a la Academia de los nobles eclesiásticos, lo nombra monseñor cuando aún no era sacerdote (será ordenado en 1888) y lo utiliza para misiones diplomáticas en Inglaterra y Alemania. Está claro que no es suficiente el dominio de los principales idiomas europeos para justificar tanta atención. Evidentemente el hijo de la insigne familia inglesa Merry, de ascendencia irlandesa, y de la aún más ilustre familia española de los Del Val, habrá demostrado capacidades fuera de serie.

Después de licenciarse en la Gregoriana se convirtió en uno de los personajes más influyentes y escuchados de la Roma pontificia, sobre todo para los problemas relativos al anglicanismo. Su conocimiento del idioma y del ambiente, sus frecuentes viajes a Inglaterra y el aprecio del cardenal Vaugham le dieron gran prestigio y autoridad. Encargado por León XIII de la espinosa cuestión de las ordenaciones anglicanas, llevó la Santa Sede al dictamen negativo que será oficializado en septiembre de 1896 con la bula Apostolicae curae, de la que fue redactor. Basándose en un práctica de trescientos años de antigüedad León XIII confirmaba la «nulidad» de las «ordenaciones realizadas con rito anglicano», negando con esto la sucesión apostólica de esos obispos. El acercamiento de los anglicanos a los católicos, que estaba en marcha desde hacía tiempo, sufrió un duro frenazo, mientras que el joven prelado se presentaba como el portavoz de una línea de austeridad doctrinal alternativa a la línea política del cardenal Rampolla.

El año siguiente llevó a cabo una misión en Canadá, como delegado apostólico. La joven catolicidad local, dividida entre las tentaciones opuestas de encerrarse en sí misma o ceder, inundaba Roma con peticiones de ayuda. Merry del Val se movió con equilibrio, sobre todo en relación al problema de las escuelas católicas en Manitoba, y recibió el reconocimiento público del Papa en la encíclica Affari vos (diciembre de 1897). Con palabras no rituales, León XIII escribió que «nuestro delegado apostólico ha cumplido perfecta y fielmente todo aquello para lo que lo habíamos enviado». Al regresar a Roma el Papa lo nombró obispo y presidente de la Academia de los nobles eclesiásticos. Había quemado rápidamente etapas gracias a una sólida preparación histórico-jurídica, a una innata capacidad de relacionarse con todo el mundo, a la «desenvoltura», como dirá luego Benedicto XV, con que resolvía los problemas. Pero todos sabían también que este diplomático capaz era un sacerdote severo y austero, de ascética disciplina de vida.

Una coincidencia imprevista hizo posible el salto definitivo. Cuando en 1903 falleció el Papa, murió contemporáneamente también el prelado que desempeñaba la función del secretario del Sagrado Colegio. La noticia cogió desprevenidos a los cardenales, que no dudaron en pedirle a Merry del Val que lo sustituyera. De este modo el joven prelado anglo-español (en aquel momento tenía treinta y ocho años) se vio como director y protagonista, aunque solamente desde el punto de vista ejecutivo, del cónclave más dramático de la historia moderna: el del veto austriaco y del enfrentamiento entre el bloque cardenalicio francés y el frente austro-alemán-polaco. Del choque salió destruida la candidatura del cardenal Rampolla, que había sido durante dieciséis años secretario de Estado de León XIII, y definitivamente derrotada la línea favorable a Francia y contraria a Italia y a la Triple Alianza. Aunque carecía de derecho de voto Merry del Val estuvo en el centro de la partida, como demuestra su diario recientemente publicado por Luciano Trincia. Desde luego no le pasó inadvertido que la imprevista elección del patriarca de Venecia ponía el punto final a un ciclo entero de la política vaticana, que después de 1870 había trabajado para recuperar el papel político internacional de la Santa Sede y restablecer el poder temporal.

Ajeno a la curia, pero consciente de que debía temerla, Pío X, que antes del cónclave no había visto nunca a Merry del Val, vio en él al personaje apropiado para tenerla bajo control. Éste la conocía bien, pero no pertenecía al grupo del cardenal Rampolla, y sobre todo era demasiado joven, demasiado devoto al papado para contraponerse. Las palabras con las que Pío X le comunicó su nombramiento, la misma tarde de su elección, el 4 de agosto de 1903, cuando el obispo fue a despedirse tras haber realizado su función, nos dan la medida de la soledad del nuevo Papa: «Todavía no he decidido nada. No sé lo que haré. Por ahora no tengo a nadie. Quédese conmigo como prosecretario de Estado. Luego veremos». Bastaron dos meses para convencerle de que había tomado una decisión acertada. El 18 de octubre lo nombró secretario de Estado y le anunció el cardenalato. Fue la segunda sorpresa del pontificado, después de su elección: por primera vez era nombrado secretario de Estado un prelado no italiano, aún no cardenal y con menos de cuarenta años. El elogio que el papa Sarto le dirigió el 11 de noviembre de 1903, día de la imposición de la birreta roja, es tan inusual que merece la pena citarlo por entero: «El buen olor de Cristo, señor cardenal, que ha difundido en todos los lugares, incluso en su temporánea morada, y las obras múltiples de caridad, a las que continuamente en los ministerios sacerdotales se ha dedicado, especialmente en esta nuestra ciudad de Roma, le han conquistado, con la admiración, el aprecio universal». La valoración positiva del pontífice, más que a las capacidades de su colaborador, estaba dirigida a su mundo moral, a sus obras de caridad entre los muchachos del barrio de Trastévere a las que se dedicaba sin cicatear esfuerzos.

La historia del pontificado de Pío X es conocida. Las relaciones con los Estados se deterioraron un poco en general, hasta desembocar en rupturas. El caso más conocido es el de Francia, donde en diciembre de 1905 se votó la ley de separación entre la Iglesia y el Estado. Seis años después le tocó a Portugal, que promulgó una ley aún más brutal. Se vivieron tensiones parecidas en varios países latinoamericanos. El Papa no hizo mucho para modificar el devenir de los acontecimientos. Protestó, escribió encíclicas muy duras, pero no intentó vías diplomáticas.

En el caso francés, la ley establecía que las llamadas asociaciones cultuales, de las que estaba excluida la jerarquía eclesiástica, administraran las propiedades de la Iglesia, convirtiéndose en un polo alternativo a los obispos. El objetivo de quebrantar la constitución jerárquica de la Iglesia era evidente, pero no todos lo percibían. El Papa captó perfectamente el núcleo del problema y contrapuso un firme rechazo. Fue un verdadero legal suicide, como han dicho, porque la Iglesia de Francia, obligada por Roma a no aceptar la ley (el Papa escribió en menos de un año tres encíclicas dedicadas al caso francés) perdió la personalidad jurídica y con ella todo su patrimonio, empezando por las iglesias donde cada día se celebraban las funciones religiosas. Pero reconquistó su propia libertad y el control total de los nombramientos de los obispos, hasta ese momento de competencia del Estado, según el concordato napoleónico. La decisión de Pío X (entre el “bien” y los “bienes” de la Iglesia he elegido el primero, parece ser que dijo el Papa), que obtuvo a posteriori el encomio de Aristide Briand, el inspirador de la ley («el Papa ha sido el único que lo ha entendido», escribió), había anulado de golpe tres siglos di galicanismo, de Iglesia nacional, llevando de nuevo el catolicismo francés, disciplinariamente, a la plena fidelidad romana.

Fue un cambio fundamental –«acontecimiento doloroso y traumático», lo definió Juan Pablo II en la carta a los obispos franceses escrita el año pasado con motivo del centenario– que dejó atónitos a sus contemporáneos y sigue dividiendo a los historiadores, como podemos ver comparando la opinión positiva sobre la acción del Pontífice manifestada por el estudioso suizo Martin Grichting en el congreso sobre Pío X celebrado en Venecia el mes de mayo del año pasado (el Instituto de derecho canónico del Seminario patriarcal publicará próximamente las Actas) y la opinión más cauta de Giovanni Sale publicada en La Civiltá Cattolica del 5 de noviembre de 2005. Fue aquella ocasión la que hizo surgir ese idealismo antitemporalista, como ha sido definido, que, según varios estudiosos, es el aspecto más revolucionario de su pontificado, la verdadera novedad en la relación entre Iglesia y mundo.

En resumen, con Pío X se termina todo un periodo de la historia de la Iglesia, el periodo de las interferencias con la política, de los entrelazamientos diplomáticos, de las conexiones tardías entre tronos y altares, de los obispos con sombreros de copa y de los cardenales de corte, de las contraposiciones contra algunos Estados y de las concesiones a otros. A diferencia de su predecesor, no hizo nunca “política exterior”, no intento nunca debilitar a nivel internacional los países que se demostraban contrarios a la Iglesia, no trató nunca de aprovecharse de las rivalidades, los intereses y las alianzas de las varias naciones. Y esta línea, a la que los historiadores no le han dado suficiente atención, no era una retirada táctica, sino una decisión estratégica concreta, como le dijo un día a Nicola Canali, entonces joven “minutante” (funcionario vaticano de segundo rango, n. de la r.), de la Curia: «Usted es joven, pero no olvide nunca que la política de la Iglesia es no hacer política y seguir siempre la recta vía».

Merry del Val coadyuvó lealmente y con convicción a esta política, al igual que las decisiones de renovación de la Iglesia, desde la eliminación del derecho de veto a la transformación de la Curia y la codificación del derecho canónico. La reforma de la Curia romana de 1908 concernía directamente a sus cometidos, pero dentro de un plan de gobierno en el que la Secretaría de Estado era sólo la penúltima de las cinco oficinas vaticanas. La Secretaría, pues, no era el motor de la Iglesia de Pío X (como sucederá con la reforma de Pablo VI, sesenta años después), sino las once congregaciones, encabezadas por el Santo Oficio. Este es quizás el motivo por el que el papel de Merry del Val coincide hasta casi confundirse con el del Papa, a diferencia de lo hecho por los dos secretarios de Estado, Rampolla, que lo precedió, o Gasparri que lo siguió. Haciendo poca o ninguna política exterior y preocupándose de gobernar y renovar la Iglesia, Pío X le quitó a la Secretaría de Estado mucho de ese espacio que hacía de ella un actor autónomo y reforzó su vínculo con el papado.

Este vínculo se volvió más estrecho durante la cuestión modernista, considerada hasta ahora por los historiadores como el verdadero punctum dolens del pontificado de Giuseppe Sarto. Sobre este punto se ha escrito mucho, y es una de las cuestiones aún no resueltas respecto a la acción del secretario de Estado. Pero que Merry del Val fuera protagonista o comprimario, ejecutor o inspirador no parece un elemento decisivo de juicio. Decisivo es el hecho de que compartió plenamente la línea antimodernista del Papa, que fue un decidido partidario de la necesidad de frenar las instancias de renovación. Ernesto Buonaiuti no escatima críticas en sus memorias a la «figura enigmática y siniestra» del cardenal español, a su «arrogante y vanidosa prosopopeya». Son opiniones duras, fruto también de la amargura personal de quien las expresó. Pero a cien años de distancia de los hechos representan un testimonio importante sobre el papel desempeñado entonces por el cardenal y su oficina.

Era inevitable que un secretario de Estado tan estrechamente identificado con el Pontífice que había servido no fuera confirmado por su sucesor. Recién elegido papa, el 3 de septiembre de 1914, Benedicto XV nombró primero al cardenal Ferrata, que murió casi enseguida, y luego a Pietro Gasparri. Merry del Val recibió el mismo tratamiento que había recibido diez años antes su predecesor Rampolla: fue nombrado secretario del Santo Oficio (entonces la prefectura de esta Congregación estaba reservada al pontífice), cargo que mantuvo hasta su muerte imprevista, ocurrida el 26 de febrero de 1930, como consecuencia de una operación de apendicitis.

Tuvieron que ser años difíciles, sobre todo los primeros, los del pontificado de Giacomo della Chiesa, un hombre al que Merry del Val no había estimado, aunque lo respetaba, y del que no había sido estimado, aunque era respetado. El diario de Carlo Monti, un diplomático italiano que tenía gran familiaridad con el papa Benedicto, publicado por Antonio Scottà, refiere la voz de que la residencia del cardenal, el palacete Santa Marta, era el lugar donde se recogía y amplificaba el descontento hacia el sucesor de Pío X, y era llamado el “Vaticanito”. El Papa lo sabía pero no se preocupaba («¿qué pueden hacer?», parece ser que respondió sin descomponerse a quien lo ponía en guardia). Así el buen nombre del cardenal español sobrevivió a su muerte y en 1953, durante el pontificado de Pío XII, que había comenzado la carrera a sus órdenes, inició también para él, en coincidencia con la glorificación de Pío X, proclamado beato en 1951 y santo en 1954, el proceso de canonización. Pero tras la muerte del papa Pacelli y el comienzo del periodo conciliar, nadie ha vuelto a hablar de poner en los altares al cardenal español.
Etiquetas: Merry del Val, Pío X

5 comentarios

  
Norberto
Creo que las Letanías de la Humildad del Cardenal describen, perfectamente, de quien estamos hablando.
04/01/10 10:13 AM
  
Hermenegildo
En aquel tiempo, ¿el Santo Oficio no tenía un pro-prefecto? ¿Era el secretario la máxima jerarquía después del Papa?
04/01/10 11:34 AM
  
Alberto Royo Mejía
Estimado Hermenegildo: Qué alegría ver gente que se interesa por la historia... Mira, desde tiempor de Sixto V la Suprema Congregación del Santo Oficio no tuvo Pro-Prefecto, sólo sacretario, el Papa eera el Prefecto. Con Juan XXIII se nombró el primer Pro-Prefecto en la persona de Ottaviani, que Pío XII había nombrado Secretario. Después, Pablo VI le nombró Prefecto y reformó el dicasterio para que siempre hubiese Prefecto.

Saludos afectuosos
04/01/10 6:41 PM
  
Hermenegildo
Gracias, Alberto. Siempre me ha interesado la Historia, aunque no todos los episodios históricos me interesan por igual.
De su explicación deduzco que el Secretario era entonces la máxima jerarquía del Santo Oficio tras el papa. Por cierto, me gustaría que el Santo Oficio se siguiera llamando así.
04/01/10 6:43 PM
  
Odet
A mí me gusta mucho la historia y en esta página aprendo mucho sobre la historia de la iglesia y de los papas,algunos los he imprimido y se los he dado a mi párroco,el otro día al llevarle el de Montecassino me dijo:ah Odet,algo interesante me traes, seguro.
05/01/10 8:50 PM

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