La Gran Carestía

“En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres.” Juan 8, 34-36.

Nuestra libertad nace del amor de Dios y crece en la caridad que es el amor verdaderamente libre y liberador. Fíjense que la libertad no nace de nosotros mismo, sino de Dios. Por la gracia, Dios nos libera de la esclavitud del pecado que nos ata y nos impide vivir con la dignidad de los hijos de Dios. Porque lo que nos hace dignos no es la autonomía moral de Kant y sus secuaces, sino la condición de hijos de Dios que recibimos por el bautismo. Esa es la auténtica dignidad y el origen de la verdadera libertad: la de los que queremos cumplir la voluntad de Dios y ser santos por pura gracia.

La libertad para el mal no es verdadera libertad, sino libertinaje. La libertad va de la mano de la caridad. Y ahí radica nuestra esperanza: una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (Romanos, 5, 5). Nuestra esperanza es Cristo. Y sólo Cristo tiene palabras de vida eterna: ¿Dónde vamos a ir a buscar la felicidad sino en Cristo, que es el Amor consumado?

Somos libres para amar y para ser felices. No somos libres para el pecado. El pecado está prohibido, porque hemos sido creados para ser felices y vivir en la luz de la verdad y del bien; no para vivir en las tinieblas del mal.

Julián Carrón, hasta hace poco presidente de la Fraternidad Comunión y Liberación, en el Meeting de Rímini de 2005 hablaba de la libertad y explicaba así de bien la parábola del Hijo Pródigo:

La genialidad de Jesús nos ha dejado en la conocida parábola evangélica del Hijo pródigo una página memorable que puede ayudarnos a comprender el recorrido moderno que ha llevado a la libertad a este formalismo. Todos la recordamos.

«Un hombre tenía dos hijos. El más joven le dijo a su padre: “Padre, dame la parte del patrimonio que me corresponde”. Y el padre dividió entre ellos los bienes. Pocos días después, el hijo más joven tomó sus cosas y se marchó a un país lejano».

La parábola describe una casa normal de la Palestina del tiempo de Jesús: un padre con dos hijos. No aparece ningún conflicto en las relaciones de la familia. El hecho de que había bienes para repartir indica que se trata de una familia con un cierto patrimonio. El texto lo confirma luego con más detalles: tienen siervos, el padre lleva un anillo, tienen a su disposición buenos vestidos, sandalias y un ternero cebado. Todos ellos signos del tipo de familia a la que pertenecía el hijo pródigo. Aquella era su casa, el lugar donde era hijo y, por ello, muy querido. La casa: el lugar donde uno es verdaderamente uno mismo, porque no tiene nada que demostrar a nadie: es amado por el hecho de ser hijo. La casa era el lugar en el que todo era suyo y donde la realidad era amiga, donde podía oír decir a su padre: «Todo lo que es mío es tuyo». En la familiaridad con el padre todo estaba preparado para la satisfacción de sus deseos.

A pesar de todo, el hijo más joven no parecía satisfecho y le pide al padre la parte del patrimonio que le correspondía y se marcha de su casa. La fascinación de la autonomía ha vencido en su corazón, su deseo de libertad lo empuja a cortar los lazos más significativos. No parece que le importe mucho alejarse de su padre y de su casa, del lugar al que pertenece. Más bien todo ello le parecía un obstáculo a su ansia de libertad, la casa le quedaba estrecha. Veía oportuno romper los vínculos que le tenían ligado a una casa, es decir, a una tradición, y marcharse lejos de ella. Nada podría, así, obstaculizar el cumplimiento de sus deseos. El camino se veía muy llano. De ese modo pensaba que podía lograr un tipo de libertad que nunca había experimentado hasta entonces.

¿Qué es lo que pudo empujar al hijo a una elección tan radical? Tal vez había sido atrapado por la fama de la ciudad de Alejandría, Antioquía, Éfeso o Corinto, que se presentaban llenas de promesas de libertad para un joven como él. Pero, en realidad, esta atracción ya estaba arrastrándole antes, desde el momento en que había cedido a la fascinación de la autonomía que se había introducido en su corazón. No supo resistirse a la seducción de arreglárselas él solo, sin padre, sin casa, sin verdadera pertenencia.

La realidad estaba envuelta en el sueño. El muchacho «malgastó sus bienes viviendo licenciosamente». No encontraba nada a la altura de sus deseos; tan es así que nada le satisfacía lo suficiente para ligarle a algo. Todo pasa sin dejar huella. Ninguna atadura, ninguna “historia” con alguien. La ausencia de vínculos comienza a mostrarle su verdadero rostro: la soledad. «Cuando había gastado todo, en aquel país vino una gran carestía y comenzaron a pasar necesidad» (v. 14). Empieza a darse cuenta de que la autonomía era más bien una ilusión.

Pero lo peor estaba todavía por llegar. «Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de aquella región, que lo mandó al campo a cuidar los cerdos. Hubiera querido saciarse con las bellotas que comían los cerdos; pero nadie se las daba» (vv. 15-16). Este es el final de la aventura de la autonomía. Sin padre y con un patrón; como casa, la de los cerdos. ¿En qué habían acabado la promesa de libertad y el deseo de satisfacción? No podía saciarse ni con las bellotas que comían los cerdos, porque nadie se las daba. El enojo se convierte en su compañía. Su destino no le importa a nadie. Es el resultado de la ruptura de todos los lazos, incluso el vínculo con la realidad, que le resulta inhóspita y extraña.

La libertad, ciertamente, no es nada automática, como pone de manifiesto el hijo mayor. Él se queda en casa con su padre, donde todo es suyo y, sin embargo, no se da cuenta, como demuestra su reacción ante la misericordia del padre a la vuelta de su hermano. Se enfada, no quiere participar de la fiesta, se encara con su padre: «A mí, que estoy a tus órdenes desde hace tantos años y que no he desobedecido una sola orden tuya, no me has dado ni un cabrito para una fiesta con mis amigos. Pero ahora cuando ha regresado este hijo tuyo que ha malgastado tus bienes con prostitutas has matado el ternero cebado para él» (vv. 29-30). Se puede vivir en casa como siervos, sin la conciencia gozosa de ser hijo. «El padre le responde: “Hijo, tú estas siempre conmigo y todo lo que es mío es tuyo”» (v. 31). El formalismo del hijo mayor hace de la libertad una mera palabra vacía.

Bajo las ruinas del hijo joven algo permanece: su corazón. Ni todos los desastres cometidos pueden arrancar de su corazón la nostalgia de la libertad: «Entonces se puso a reflexionar y se dijo: “¡Cuántos asalariados en casa de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre!”» (v. 16). Ni muerto de hambre puede dejar de desearla, y con la libertad, a aquel que la hacía posible: su padre. Rápidamente decide: «Me levantaré, iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros”. Se puso en camino hacia su padre (vv. 18-20). Es el recuerdo del padre el que activa esta nostalgia de libertad. Con esta decisión reconoce que la única libertad verdadera es la libertad filial: no vivir como un huérfano, siendo hijo, vivir abrazando conscientemente la condición de hijo

Esto siempre es posible, aun ahora para nosotros, porque siempre hay un padre que te espera: «Cuando estaba todavía lejos el padre lo vio y conmovido corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó».

Cualquiera que sea la condición en que nos encontremos, todos estamos llamados a la libertad, a reconocerla como el más precioso don que a los hombres dieron los cielos. El camino puede ser fatigoso, pero siempre es posible.

La libertad y la dignidad la tenemos por ser hijos de Dios. Y cuando nos apartamos de Dios en pos de la falsa libertad de la autonomía kantiana, acabamos solos y desesperados. El camino del libertino acaba en la pocilga. Te comportas como los cerdos y acabas como ellos, revolcándote en el fango, en tus propios excrementos y viviendo en una cuadra. Eso no es dignidad. La libertad como autonomía es un engaño, un espejismo que te saca de casa para perseguir un oasis de placer y acaba con tus huesos en mitad del desierto, sin comida, sin agua y sin paraíso. La falsa libertad kantiana -la libertad negativa- conduce a la esclavitud del pecado y a la muerte. Quien rompe con el Padre acaba solo, perdido en la vida, hambriento y degradado de su verdadera dignidad, que es la de hijo. El mundo sin Dios se vuelve un lugar inhóspito, inhumano, sórdido y cruel, como un sucio y grimoso lupanar.

El mundo moderno es ese lupanar, un putiferio hedonista como no se recuerda en los anales de la Historia. Y el hombre moderno está gastando su fortuna enfangándose en él. Ha pedido su parte de la herencia y la está malgastando en nombre de su autonomía moral. Esa herencia que está malgastando es la cultura y la civilización cristiana, a la que están llevando a la ruina. El hombre moderno ha cambiado – permítanme la comparación – las  procesiones del Corpus por los desfiles del orgullo: la gloria del cielo por la bufonada grotesca del esperpento más patético y chabacano. Esa es la diferencia entre la civilización cristiana y la posmodernidad nihilista, atea, blasfema y sacrílega, enemiga de Dios. He ahí la diferencia entre el teocentrismo de la Cristiandad y el Humanismo o Antropocentrismo moderno. Cuando el hombre quiere ocupar el lugar de Dios, acaba crenado monstruos asesinos (el liberalismo, el nacionalismo, el nazismo, el comunismo…).

Será necesario que llegue una gran carestía o ese gran apagon que anuncian, y que empecemos a pasar necesidad de verdad y a desear las bellotas de los cerdos, para que comencemos a echar de menos la casa del Padre y desandemos el camino que nos está conduciendo a la perdición, al vómito y al nihilismo; y regresemos arrepentidos al Padre: a la casa de ese Padre que nos quiere como somos por el hecho de ser hijos y donde podemos ser nosotros mismos sin postureos ni fingimientos. Entonces nos daremos cuenta de que la libertad y la dignidad no son frutos de la autonomía, sino de nuestra condición de Hijos de Dios por el bautismo; y que la Ley de Dios no es esclavitud, sino la verdadera libertad; la libertad que solo puede tener como principio y como fin a Dios, que es Amor.

De las pestes, el hambre y las guerras, líbranos, Señor.

¡Viva Cristo Rey!

5 comentarios

  
Vicente
somos libres porque Cristo nos obtuvo la libertad verdadera;
nos convertimos en esclavos si pecamos.
18/11/21 11:50 PM
  
Vivi
Al enemigo se Dios le queda cada vez menos tiempo, y agudiza su ataque. Mal que nos pese, el mundo occidental dejó de ser Cristiano para sumergirse en el post cristianismo. Es como otra Edad histórica. Y así se empieza a separar la paja del trigo, los que son del Mundo y quienes son de Dios, lo que somos de una Edad anterior.
19/11/21 2:14 AM
  
Carmen
"El mundo moderno es ese lupanar, un putiferio hedonista como no se recuerda en los anales de la Historia."
Pienso como vd. D. Pedro, hemos llegado a un nivel de putrefacción que ya no se puede. Sin Dios todo es desorden y ruina.
El mal se destruye así mismo, por eso algo tiene que pasar.
_______________________________
Pedro L. Llera
Efectivamente, el mal se destruye a sí mismo. Y todo conspira para el bien de los que aman a Dios. Dios sabrá por qué permite tanto mal y tanta depravación y sabrá sacar mucho bien de tanto estiércol. A fin de cuentas, el estiércol es un buen abono para las rosas.
19/11/21 8:35 AM
  
Marta de Jesús
Anécdota:
Pude comprobar como personas definidas como elegeteberas, en realidad, personas normales y corrientes arrastradas por el pecado, después de exponerles la realidad conocida, que además coincide plenamente con la Palabra de Dios, me decían, ¿pero qué hacemos? Me quedé sorprendida porque realmente no quieren libertad por mucho que la canten. La mayoría quieren que se les diga lo que deben hacer. Los más radicales ya saben a quién siguen. Pero otros están más titubeantes. Cuando les dije lo que les pediría Dios, algunos se dieron media vuelta, como el chico rico hizo con Jesús. Ellos siguen al embaucador, por lo menos de momento, habrá que seguir rezando. Nosotros a Dios, con tropiezos, pero a Dios.

Así que la libertad es un don que solo se disfruta si lo entregamos a Dios. Y que se pierde si no lo hacemos.

Bendiciones 🙏
20/11/21 12:06 AM
  
Cesar alonso
EXTRAORDINARIO!!!
TE ENCOMIENDO EN LA SANTA MISA!!!
20/11/21 2:55 PM

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