La Escuela Católica: Educar para la Salvación de las Almas

Lo que sigue no es un “post": es un ensayo sobre la escuela católica y sobre el sentido y la finalidad que debería tener una verdadera educación digna de llamarse católica. En realidad se trata de un encargo de la Revista Hispánica que ha tenido la generosidad de publicarlo. Les invito a visitar su página: es realmente interesante. Les pongo su enlace: Revista Hispánica.

El sentido de la vida

Dios es el principio y el fin último de todo el universo. Y el hombre debe dirigir su mente y su conducta hacia la única meta de la perfección, que es Dios mismo. Como dice San Agustín: Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Hemos sido creados por Dios y para Dios y por ello aspiramos a la justicia, a la paz, al bien, a la verdad y a la belleza, que son atributos del Creador. Nuestra verdadera patria es el cielo y no estaremos satisfechos ni seremos plenamente felices hasta que lleguemos a esa deseada “morada sin pesar”[1] pecado original ha provocado efectos devastadores: la privación de la gracia, la pérdida de la bienaventuranza, la ignorancia, la inclinación al mal, todas las miserias de esta vida y, en fin, la muerte[2]. Después del pecado original, el hombre no podría salvarse, a no ser por la misericordia de Dios. Y esa misericordia consistió en la encarnación del Hijo de Dios para liberar al hombre de la esclavitud del demonio y del pecado.

“El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos.” Isaías 9, 1-2.

“Pues de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vino por Jesucristo.” Jn. 1, 16-17

Cristo pagó con su sangre el precio de nuestra redención, el precio de nuestra liberación de la esclavitud del pecado y, así, nos abrió las puertas del cielo y dio la esperanza de la salvación a cuantos creen en su Nombre:

“Vino a los suyos, pero los suyos no le conocieron. Pero a cuantos le recibieron les dio poder de convertirse en hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre”. Jn. 1, 11-12.

“Si por el delito de uno solo murieron todos ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos! Así pues, como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo procura toda la justificación que da la vida.” Romanos 5, 15, 18

La vida tiene sentido: hemos sido creados por Dios y para Dios. Y vivimos para dar gloria y alabanza a Dios, amándolo a Él sobre todas las cosas y al prójimos como a nosotros mismos, y así salvar nuestra alma. En Dios vivimos, nos movemos y existimos. No hay más esperanza que Cristo. No hay otro Salvador que Nuestro Señor Jesucristo. Esa es nuestra fe. Y la fe es necesaria para nuestra salvación. El Señor mismo lo afirma:

“El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mc 16,16). (Catecismo 183).

La necesidad y la gracia de la fe

¿Y cómo se transmite la fe? Por la predicación y el bautismo.

Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará. (Mc. 16, 15-16).

Dice el Catecismo en el punto 168:

La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al Señor (Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia, —A Ti te confiesa la Santa Iglesia por toda la tierra— cantamos en el himno Te Deum), y con ella y en ella somos impulsados y llevados a confesar también : “creo", “creemos". Por medio de la Iglesia recibimos la fe y la vida nueva en Cristo por el bautismo. En el Ritual Romano, el ministro del bautismo pregunta al catecúmeno: “¿Qué pides a la Iglesia de Dios?” Y la respuesta es: “La fe". “¿Qué te da la fe?” “La vida eterna".

Dice el Catecismo del P. Astete:

P.: ¿Qué cosa es fe? R: Creer lo que no vimos.

P.: ¿Visteis vos nacer a Jesucristo? R: No, Padre.

P.: ¿Vísteisle morir o subir a los Cielos? R: No, Padre.

P.: ¿Creéislo? R:Sí lo creo.

P.: ¿Por qué lo creéis? R: Porque Dios nuestro Señor así lo ha revelado y la santa Madre Iglesia así nos lo enseña.

P.: ¿Qué cosas son las que tenéis y creéis como cristiano? R: Las que tiene y cree la santa Iglesia Romana.

P.: ¿Qué cosas son las que vos y ella tenéis y creéis? R: Los Artículos de la Fe, principalmente como se contienen en el Credo.

Pero los modernistas pretendieron cambiar la doctrina de la Iglesia. Y así, la fe, para estos herejes, ya no es creer, sino “sentir y tener experiencias de encuentro personal con Jesús”. La revelación divina para los modernistas solo se hace creíble por la experiencia personal o por una especie de intuición o de inspiración privada. Esta doctrina falsa fue condenada explícitamente por San Pío X:

«Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos exteriores, y que, en consecuencia, sólo por la experiencia individual o por una inspiración privada deben ser movidos los hombres a la fe, sea excomulgado» (Pascendi 4).

En el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón; merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno, alcanza el hombre la realidad de Dios, y tal persuasión de la existencia de Dios y de su acción, dentro y fuera del ser humano, que supera con mucho a toda persuasión científica. Lo cual es una verdadera experiencia, y superior a cualquiera otra racional; y si alguno, como acaece con los racionalistas, la niega, es simplemente, dicen, porque rehúsa colocarse en las condiciones morales requeridas para que aquélla se produzca. Y tal experiencia es la que hace verdadera y propiamente creyente al que la ha conseguido.

Cómo franquean la puerta del ateísmo, una vez admitidas juntamente con los otros errores mencionados, lo diremos más adelante. Desde luego, es bueno advertir que de esta doctrina de la experiencia, unida a la otra del simbolismo, se infiere la verdad de toda religión, sin exceptuar el paganismo. Pues qué, ¿no se encuentran en todas las religiones experiencias de este género? Muchos lo afirman. Luego ¿con qué derecho los modernistas negarán la verdad de la experiencia que afirma el turco, y atribuirán sólo a los católicos las experiencias verdaderas? Aunque, cierto, no las niegan; más aún, los unos veladamente y los otros sin rebozo, tienen por verdaderas todas las religiones. Y es manifiesto que no pueden opinar de otra suerte, pues establecidos sus principios, ¿por qué causa argüirían de falsedad a una religión cualquiera? No por otra, ciertamente, que por la falsedad del sentimiento religioso o de la fórmula brotada del entendimiento. Mas el sentimiento religioso es siempre y en todas partes el mismo, aunque en ocasiones tal vez menos perfecto; cuanto a la fórmula del entendimiento, lo único que se exige para su verdad es que responda al sentimiento religioso y al hombre creyente, cualquiera que sea la capacidad de su ingenio. Todo lo más que en esta oposición de religiones podrían acaso defender los modernistas es que la católica, por tener más vida, posee más verdad, y que es más digna del nombre cristiano porque responde con mayor plenitud a los orígenes del cristianismo. (Pascendi 13).

Pero veamos ya cómo uno de ellos compone la apología. El fin que se propone alcanzar es éste: llevar al hombre, que todavía carece de fe, a que logre acerca de la religión católica aquella experiencia que es, conforme a los principios de los modernistas, el único fundamento de la fe. (Pascendi 33).

Para los modernistas, la experiencia “mística” (más bien pseudomística), el sentimiento subjetivo es el fundamento de la fe y la precede: “Creo porque he experimentado en mi vida la presencia de Cristo y lo he sentido en mi corazón…”. Primero siento y experimento y luego acepto, según lo vaya experimentando yo, la doctrina, la verdad revelada, la moral, los sacramentos, etc.

Pero la fe, el conocimiento y la aceptación de la santa doctrina de la Iglesia, debe preceder a la mística y no al contrario, como pretenden los herejes.

Los fundamentos de la fe no son la experiencia ni el sentimiento religioso. Para Santo Tomás de Aquino“la fe es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina bajo el imperio de la voluntad movida por la gracia de Dios; se trata, pues, de un acto sometido al libre albedrío y es referido a Dios. En consecuencia, el acto de fe puede ser meritorio.”[3]

Según el Catecismo de San Pío X, (864) Fe es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma y por la cual, apoyados en la autoridad del mismo Dios, creemos que es verdad cuanto Él ha revelado y que nos propone para creerlo por medio de la Iglesia.

La fe consiste en creer: no en sentir ni en tener experiencias.

Dice el Catecismo de San Pío X:

Ser cristiano es un don enteramente gratuito de Dios nuestro Señor, que no hemos podido merecer. Verdadero cristiano es el que está bautizado, cree y profesa la doctrina cristiana y obedece a los legítimos Pastores de la Iglesia.

La Doctrina Cristiana es el conjunto de verdades reveladas que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo para mostrarnos el camino de la salvación. Es necesario aprender la doctrina enseñada por Jesucristo y faltan gravemente los que descuidan aprenderla.

La verdad de la doctrina cristiana se demuestra por la santidad eminente de tantos que la profesaron y profesan, por la heroica fortaleza de los mártires, por su rápida y admirable propagación en el mundo y por su completa conservación por espacio de tantos siglos de varias y continuas luchas. Las partes principales y más necesarias de la doctrina cristiana son cuatro: el Credo, el Padrenuestro, los Mandamientos y los Sacramentos.

Eso es lo que tenemos que creer los cristianos.

En resumen:

1.- El hombre ha sido creado para ir al cielo y disfrutar de la felicidad eterna, de la bondad infinita, de la belleza sin mancha, de la verdad absoluta.

2.- En este mundo, no podemos disfrutar de esa plenitud por culpa del pecado. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Sólo Él puede cambiar el mundo: suyo es el Reino, el poder y la gloria.

3.- Para ir al cielo tenemos que vivir y morir en gracia de Dios, unidos a Nuestro Señor Jesucristo, en comunión con Él. Y quien cree en Cristo, guarda sus mandamientos y vive con coherencia eucarística: vive conforme a la fe que profesa y profesa la fe tal cual la ha predicado la Iglesia siempre y en todas partes.

Las escuelas y universidades católicas, pues, tienen que transmitir la verdadera fe de la Iglesia y así, contribuir a que los niños caminen hacia ese fin para el que han sido creados: tienen que ayudar a la salvación de sus almas, enseñándoles a vivir piadosamente, como buenos cristianos.

Las Escuelas y las Universidades Católicas

Santo Tomás define la educación como la “conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud“. La escuela serviría para preparar al niño para que al llegar a la edad adulta, se pueda valer por sí mismo y vivir como un buen cristiano y así salvar su alma.

En el Proemio de las Constituciones de la Congregación Paulina de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, San José de Calasanz escribe en la misma línea que el Doctor Angélico:

En la Iglesia de Dios y bajo la guía del Espíritu Santo, las Instituciones Religiosas tienden a la plenitud de la Caridad como a su fin verdadero, mediante el ejercicio de su propio ministerio. Esto mismo y con todo empeño, se propone hacer nuestra Congregación cumpliendo la misión que le ha sido confiada por su Santidad Pablo V, de feliz memoria, Vicario de Cristo en la tierra. Concilios Ecuménicas, Santos Padres, filósofos de recto criterio afirman unánimes que la reforma de la Sociedad Cristiana radica en la diligente práctica de esta misión. Pues si desde la infancia el niño es imbuido diligentemente en la Piedad y en las Letras, ha de preverse, con fundamento, un feliz transcurso de toda su vida. […]

Por caridad, los escolapios pretendían educar a los niños para que llevaran una vida piadosa desde pequeños para que llegaran al cielo.

San Juan Bautista de La Salle, en sus Meditaciones, se dirige a los maestros con estas palabras:

Como ustedes son los embajadores y los ministros de Jesucristo en el empleo que ejercen, tienen que desempeñarlo como representando al mismo Jesucristo. Él desea que sus discípulos los miren como a Él mismo, y que reciban sus instrucciones como si se las diera Él mismo (2 Co 5,20).

Deben estar persuadidos de que es la verdad de Jesucristo la que habla por su boca, que sólo en nombre suyo les enseñan y que Él es quien les da autoridad sobre ellos. Son ellos la carta que Él les dicta y que ustedes escriben cada día en sus corazones, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo (2 Co 3,3), que actúa en ustedes y por ustedes, por la virtud de Jesucristo. Esta los hace triunfar de cuantos obstáculos se oponen a la salvación de los niños, iluminándolos en la persona de Jesucristo (2 Co 4,6) para que eviten todo lo que le puede desagradar.

Está claro que para La Salle el centro de sus escuelas es Cristo y el fin primordial es la salvación de los niños. Los maestros son nada más y nada menos que embajadores y ministros de Jesucristo.

Para San Juan Bautista, como para Santo Tomás, como para San José de Calasanz, la educación sienta las bases de una vida virtuosa. Ahora bien, para poder educar a los jóvenes, los maestros deben predicar con el ejemplo:

Por consiguiente, ¿ponen su principal cuidado en instruir a sus discípulos en las máximas del Santo Evangelio y en las prácticas de las virtudes cristianas? ¿No hay nada que los entusiasme tanto como lograr que se aficionen a ellas? ¿Consideran el bien que intentan hacerles como el cimiento de todo el bien que ellos practicarán posteriormente en su vida? Los hábitos virtuosos que uno ha cultivado durante la juventud, al hallar menos obstáculos en la naturaleza corrompida, echan raíces más profundas en los corazones de quienes se han formado en ellos.

Si quieren que sean provechosas las instrucciones que dan a los que tienen que instruir, para llevarlos a la práctica del bien, es preciso que las practiquen ustedes mismos, y que estén bien inflamados de celo, para que puedan recibir la comunicación de las gracias que hay en ustedes para obrar el bien; y que su celo les atraiga el Espíritu de Dios para animarlos a practicarlo.

Si el maestro no arde en celo apostólico y no practica lo que predica, es inútil su labor, que estará destinada al fracaso. Para salvar las almas de los niños, el maestro tiene que ser santo y arder en celo apostólico.

San Juan Bosco, en el siglo XIX, afirma que la educación es cosa del corazón e insistía en que con amabilidad y cariño se conseguía más que con los castigos físicos. Don Bosco resumía su sistema preventivo en tres palabras: razón, religión, amor y quiere, por encima de todo, que sus alumnos se salven y sean santos.

Quiero que me ayuden en una empresa, en un negocio. Es el salvar vuestras almas. Este no es sólo el principal, sino el único motivo por el que yo estoy aquí. Pero sin su ayuda no puedo hacer nada. Necesito que nos pongamos de acuerdo y que entre ustedes y yo exista una verdadera confianza y amistad” (Buenas Noches de Don Bosco).

La Religión es la idea central de todo el método educativo de don Bosco. Llevar a los muchachos a la amistad con Cristo. Que establezcan una relación sencilla y familiar con Dios en la oración, en el ofrecimiento de las pequeñas cosas: juegos, trabajo, estudio… Los medios fundamentales que propone San Juan Bosco son la eucaristía, la confesión, la dirección espiritual, la oración y el amor a la Virgen.

Así pues, los grandes santos de la educación católica, desde el siglo XIII de Santo Tomás de Aquino hasta San Juan Bosco en el XIX están de acuerdo en lo fundamental: educamos para llevar las almas de los niños a Cristo, para procurar su santificación, para que lleguen a ser personas virtuosas que en su vida adulta, puedan vivir como buenos cristianos y llegar al cielo.

El objetivo es el cielo. Por caridad, debemos mostrar a nuestros alumnos el camino que les permita vivir una vida plena que les lleve hasta el cielo. Los maestros católicos somos sembradores de la semilla del Reino en los corazones de nuestros alumnos. Por amor a Dios, a quien debemos amar sobre todas las cosas, amamos a nuestros alumnos y el mejor regalo que les podemos hacer es ese tesoro escondido por el que merece la pena venderlo todo: Cristo.

Pío XI señalaba en 1929 - hace menos de un siglo - con toda claridad en su Encíclica Divini Illius Magistri cuál es la finalidad de la escuela católica:

80. El fin propio e inmediato de la educación cristiana es cooperar con la gracia divina en la formación del verdadero y perfecto cristiano; es decir, formar a Cristo en los regenerados con el bautismo, según la viva expresión del Apóstol: Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros (Gál 4,19). Porque el verdadero cristiano debe vivir la vida sobrenatural en Cristo: Cristo, vuestra vida (Col 3,4), y manifestarla en toda su actuación personal: Para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal(2Cor 4,11).

81. Por esto precisamente, la educación cristiana comprende todo el ámbito de la vida humana, la sensible y la espiritual, la intelectual y la moral, la individual, la doméstica y la civil, no para disminuirla o recortarla sino para elevarla, regularla y perfeccionarla según los ejemplos y la doctrina de Jesucristo.

Y no hace muchos años, Benedicto XVI nos lanzaba una serie de preguntas a los responsables de las escuelas y universidades católicas que todavía resuenan proféticas en nuestros oídos:

“¿Estamos realmente dispuestos a confiar todo nuestro yo, inteligencia y voluntad, mente y corazón, a Dios? ¿Aceptamos la verdad que Cristo revela? En nuestras universidades y escuelas ¿es “tangible” la fe? ¿Se expresa fervorosamente en la liturgia, en los sacramentos, por medio de la oración, los actos de caridad, la solicitud por la justicia y el respeto por la creación de Dios? Solamente de este modo damos realmente testimonio sobre el sentido de quiénes somos y de lo que sostenemos.”

¿Es tangible la fe en nuestras escuelas y universidades? La escuela católica debe dirigir la mente y la conducta de los niños y jóvenes hacia Dios para procurar la salvación de sus almas. La Escuela Católica es Iglesia y ha de tener necesariamente los mismos fines que la Iglesia: salvar almas. Y para ello, debemos pone en práctica las obras de misericordia espirituales y, a veces, también las corporales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo a quien lo necesita, corregir al que se equivoca, consolar al que está triste y sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Y además, rezamos por los vivos, por los enfermos y por los difuntos; damos ropa a quienes no tienen dinero para comprarla y hasta damos de comer a los niños y a las familias que no tiene medios ni para eso… Porque la norma fundamental de nuestras escuelas es la Caridad, que es Cristo mismo (Dios es amor).

Cristo es la roca firme que sustenta y cimienta nuestros colegios. Porque si las instituciones educativas católicas pretenden asentarse sobre otro cimiento que no sea Cristo, se hundirán irremediablemente, porque estarán construidas sobre arena.

Y eso es lo que ha pasado y está pasando con la escuela y la universidad católica en los últimos cincuenta años y hasta el día de hoy. La mayoría de las escuelas católicas ha quitado a Cristo del centro, se han olvidado de su principio y fundamento[4]. Y han cambiado a Nuestro Señor por “la persona”.  Ahora las escuelas católicas parece ser que deben plantearse objetivos muy distintos al de llevar almas a Cristo. Ahora se propone un Pacto Educativo Global que pretende, literalmente, lo siguiente:

  1. Poner en el centro de todo proceso educativo formal e informal a la persona, su valor, su dignidad, para hacer sobresalir su propia especificidad, su belleza, su singularidad y, al mismo tiempo, su capacidad de relacionarse con los demás y con la realidad que la rodea, rechazando esos estilos de vida que favorecen la difusión de la cultura del descarte.
  2. Escuchar la voz de los niños, adolescentes y jóvenes a quienes transmitimos valores y conocimientos, para construir juntos un futuro de justicia y de paz, una vida digna para cada persona.
  3. Fomentar la plena participación de las niñas y de las jóvenes en la educación.
  4. Tener a la familia como primera e indispensable educadora.
  5. Educar y educarnos para acoger, abriéndonos a los más vulnerables y marginados.
  6. Comprometernos a estudiar para encontrar otras formas de entender la economía, la política, el crecimiento y el progreso, para que estén verdaderamente al servicio del hombre y de toda la familia humana en la perspectiva de una ecología integral.
  7. Salvaguardar y cultivar nuestra casa común, protegiéndola de la explotación de sus recursos, adoptando estilos de vida más sobrios y buscando el aprovechamiento integral de las energías renovables y respetuosas del entorno humano y natural, siguiendo los principios de subsidiariedad y solidaridad y de la economía circular.

Hemos pasado de aspirar a salvar el alma de los niños y jóvenes, a predicar la ecología integral para cuidar a la Madre Tierra. Como ven, en estos objetivos hay un poco de todo: una kilo de antropocentrismo personalista, una capa de utopía pacifista, estilo “Imagin[5]; una pizca de feminismo, mucho progresismo  alternativo y una guinda de ecología integral. Todo, menos Cristo. Aquí el cielo se plantea en la Tierra y el paraíso, en una sociedad utópica con tintes comunistas y una lucha de clases disfrazada de acogida a los marginados. Pero, en definitiva, se trata de que la educación contribuya a un cambio social, económico y político similar (por no decir idéntico) al que propugna la ONU en sus objetivos del milenio y el Foro Económico Mundial (Foro de Davos). El nuevo paradigma de la iglesia quiere cambiar el mundo, al mejor estilo revolucionario: libertad, igualdad y fraternidad. Pero nada de salvar almas ni de vida eterna ni de cielo ni, mucho menos, de infierno (eso ha quedado desterrado para siempre): todo inmanente, todo de tejas para abajo. Del más allá, de Dios, de Jesucristo, nada de nada.

Hemos cambiado a Cristo por un antropocentrismo que se ha olvidado del pecado original y de la necesidad de redención. Se ha olvidado hasta de la fe. Parece como si la encarnación del Hijo de Dios, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, hubiera sido para nada y que la pasión y muerte de Cristo en la Cruz hubiera sido en vano. Porque si la dignidad de todo ser humano es igual para todos por el hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, si todos estamos salvados, ¿para qué el sacrificio de Cristo en la cruz? Si no hay pecado que redimir, ¿para qué nos haría falta un Salvador?

Hemos cambiado a Nuestro Señor por la ideología dominante, por el Pensamiento Único, por el Globalismo totalitario con pretensiones de “gobernanza mundial”. En la mayoría de nuestras escuelas y universidades, antaño católicas, hoy se enseña Ideología de Género, se inculcan los principios del Lobby LGTBI, se normaliza el matrimonio homosexual, se difunde el multiculturalismo y el indiferentismo religioso (todas las religiones son igual de buenas para la salvación: de hecho, todos se salvan sin necesidad de fe ni de bautismo); y se promueve una fraternidad universal maravillosamente utópica y fuera de la realidad. Porque no hay más fraternidad que la de los hijos de Dios que nacen por el agua y el bautismo: la fraternidad de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Y no habrá verdadera paz hasta que todos los hombres y todas las naciones se conviertan y reconozcan a Cristo como único y verdadero Rey. Por eso, los misioneros siempre han dado su vida por anunciar el Evangelio (recordemos a San Francisco Javier), mostrando un celo apostólico infatigable: resultaba urgente salvar almas. Y solo Cristo salva.

Así lo afirmaba Pío XI en la Encíclica Quas Primas:

En la primera encíclica, que al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los obispos del orbe católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano.

Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador.

Las escuelas y universidades católicas, en su inmensa mayoría, han dejado de serlo. Porque han renunciado a su fundamento, que es Cristo, y a su finalidad última, que es llevar almas a Cristo para procurar que todos se salven. Cualquiera puede enseñar matemáticas o lenguas o física y química. La excelencia educativa desde el punto de vista puramente académico no es exclusiva de las escuelas y universidades católicas. Muchas de nuestras instituciones educativas se han vendido al mundo y han vendido a Cristo por un plato de lentejas o, si lo prefieren, por treinta monedas de plata. Traicionando la sangre de nuestros mártires, han decidido ir a favor de corriente y pactar con las ideologías del mundo que hace menos de cien años nos estaban matando y quemando nuestros templos. Lo importante es el negocio: tener clientes que paguen sus cuotas. Y si para eso hay que transigir con los pecados del mundo para no resultar antipáticos, pues adelante. El liberalismo, el marxismo, el feminismo, el ecologismo político, la Ideología de Género… toda la bazofia ideológica de la modernidad ha entrado en las escuelas y universidades de la Iglesia. Y hay universidades que admiten el aborto y curas y frailes que justifican la eutanasia e instituciones educativas nominalmente católicas que aplauden el matrimonio homosexual; y centros educativos católicos cuyos profesores, mayoritariamente, no son católicos. Por eso los pocos centros verdaderamente católicos que quedamos y los pocos directores o profesores realmente católicos que seguimos al pie del cañón somos tildados de “ultracatólicos”: no porque seamos más católicos que nadie, sino porque simplemente somos católicos mientras que la mayoría de los que se llaman católicos han dejado hace tiempo de serlo, aunque mantengan el rótulo y la licencia eclesiástica.

Nosotros vivimos en el mundo pero no somos de este mundo. Según Royo Marín, el mundo es el ambiente anticristiano que se respira entre las gentes que viven completamente olvidadas de Dios y entregadas por completo a las cosas de la tierra. Nosotros no podemos ni debemos pactar con el mundo ni claudicar ante sus pecados ni guardar silencio ante sus iniquidades.

La mayoría de las escuelas y universidades católicas son realmente modernistas y liberales, cuando no, en bastantes casos, abiertamente marxistas. Y lo que pasa es que, cuando el sarmiento se separa de la vid verdadera, se muere y no sirva más que para echarlo al fuego[6]. Cristo es la vid y sin Él no podemos hacer nada. Por eso, apartados de Cristo, las escuelas católicas languidecen y se mueren. Y eso está pasando desde hace ya muchos años. Órdenes religiosas que pierden vocaciones y tiene que cerrar colegios o cederlos a fundaciones o a instituciones privadas para que sigan abiertos, perdiendo su identidad para siempre. Esa es la verdad, la triste realidad de las instituciones educativas católicas. Quedan unas pocas que siguen aferrándose a la Verdad pero son la excepción que confirma la regla.

¿Solución? Volver a Cristo y a la sana doctrina. Podríamos empezar por acabar con las capillas que aparecen y desaparecen tras esas puertas correderas que facilitan que esos espacios puedan ser al mismo tiempo aulas multiusos; y colocar el Sagrario en el centro del colegio: en el centro físico y, sobre todo, en el centro de la vida del colegio. Podríamos seguir por contratar a profesores que sean realmente católicos y vivan su fe con coherencia, sabiéndose llamados a la santidad. Podríamos continuar apelando a los obispos a que cumplan con sus obligaciones para que exijan que las escuelas y universidades que se llamen católicas, lo sean realmente. Y podríamos terminar abandonando la estúpida pretensión de estar siempre en la vanguardia y de subirnos a la ola de las últimas novedades pedagógicas que salen cada cinco años, para dedicarnos a hacer lo que toda escuela con sentido común debe hacer: que haya profesores que enseñen y alumnos que aprendan. Así de fácil: menos novedades y más Tradición.

Las teorías pedagógicas modernas son hijas de la Revolución y buscan afanosamente cambiar el mundo (seguimos en ello) y hacer felices a los niños; y todo eso, sin contar con Dios para nada. Así lo decía, en 1929, Pío XI en la Encíclica Divini Illius Magistri:

En realidad, nunca se ha hablado tanto de la educación como en los tiempos modernos; por esto se multiplican las teorías pedagógicas, se inventan, se proponen y discuten métodos y medios, no sólo para facilitar, sino además para crear una educación nueva de infalible eficacia, que capacite a la nuevas generaciones para lograr la ansiada felicidad en esta tierra.

En vez de dirigir la mirada a Dios, primer principio y último fin de todo el universo, se repliegan y apoyan sobre sí mismos, adhiriéndose exclusivamente a las cosas terrenas y temporales; y así quedan expuestos a una incesante y continua fluctuación mientras no dirijan su mente y su conducta a la única meta de la perfección, que es Dios.

Es falso todo naturalismo pedagógico que de cualquier modo excluya o merme la formación sobrenatural cristiana en la instrucción de la juventud; y es erróneo todo método de educación que se funde, total o parcialmente, en la negación o en el olvido del pecado original y de la gracia, y, por consiguiente, sobre las solas fuerzas de la naturaleza humana. A esta categoría pertenecen, en general, todos esos sistemas pedagógicos modernos que, con diversos nombres, sitúan el fundamento de la educación en una pretendida autonomía y libertad ilimitada del niño o en la supresión de toda autoridad del educador, atribuyendo al niño un primado exclusivo en la iniciativa y una actividad independiente de toda ley superior, natural y divina, en la obra de su educación

Hemos de concluir que la finalidad de casi todos estos nuevos doctores no es otra que la de liberar la educación de la juventud de toda relación de dependencia con la ley divina. Por esto en nuestros días se da el caso, bien extraño por cierto, de educadores y filósofos que se afanan por descubrir un código moral universal de educación, como si no existiera ni el decálogo, ni la ley evangélica y ni siquiera la ley natral, esculpida por Dios en el corazón del hombre, promulgada por la recta razón y codificada por el mismo Dios con una revelación positiva en el decálogo. Y por esto también los modernos innovadores de la filosofía suelen calificar despreciativamente de heterónoma, pasiva y anticuada la educación cristiana por fundarse esta en la autoridad divina y en la ley sagrada.

Efectivamente, ahora la pedagogía debe promover la autonomía del alumno (sobre todo respecto a Dios), su libertad y su espontaneidad y debe emplear metodologías activas y modernas. Por eso se desprecia a la escuela tradicional con el discurso de que “no se puede dar clase en el siglo XXI igual que se hacía en el XIX”. Ahora se aprende a base de experiencias. Memorizar y estudiar es de fascistas.

Y ya lo de la autoridad divina y la ley sagrada… Eso es de ultracatólicos rancios y anticuados. “La fe no es aprenderse una doctrina: es tener experiencias de transcendencia. A la fe se llega desde la experiencia de un encuentro personal con el Señor, por sentirlo en nuestro interior… No por conocer, aceptar y aprender una doctrina.”

Y volvemos a la Pascendi:

«Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos exteriores, y que, en consecuencia, sólo por la experiencia individual o por una inspiración privada deben ser movidos los hombres a la fe, sea excomulgado» (Pascendi 4).

Buscando la santidad y la perfección de los alumnos, de sus familias y de los propios profesores y trabajadores de los centros educativos católicos, se está colaborando en la construcción de una sociedad mejor y más justa. La sociedad cambiará en la medida en que cada uno de nosotros seamos santos por la gracia de Dios: menos revoluciones y más penitencia. Pero no al revés, que es lo que pretenden los modernistas: cambiamos la sociedad para que todos sean felices. Es justo en el orden contrario: seamos justos y pacíficos y el mundo será justo y pacífico. Adoremos a Cristo todos los hombres y todas la naciones y entonces el mundo será mejor. Pero es Cristo quien quita el pecado del mundo: no nosotros con nuestras solas fuerzas. Solo unidos al Señor se extiende el Reino de Dios. Es lo que pedimos en el Padre Nuestro: que venga a nosotros su Reino y que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo.

Casar la doctrina católica con la ideología liberal y con sus excrecencias posteriores resulta imposible. La antropología católica no predica la autonomía de ser humano, sino su teonomía: dependemos de Dios y debemos cumplir sus Mandamientos para ser realmente libres y alcanzar el fin para el que hemos sido creados: ir al cielo. Matar a Dios, convertir a Dios en algo accesorio y poco menos que decorativo es matar a la escuela católica. La escuela liberal modernista no es católica. Hay que llamar a los cosas por su nombre si queremos poner solución a la situación desastrosa de nuestras instituciones educativas. Ya no es hora de paños calientes, sino de extirpar los miembro hediondos y putrefactos para salvar la educación católica como elemento fundamental de la misión evangelizadora de la Iglesia. Lo que ya no sirve para aquello para lo que ha sido creado ya no vale para nada.

Corren tiempos de confusión y de apostasía. Más razón para que pidamos a Dios que aumente nuestra fe y nos haga cada día más santos para que el Espíritu Santo habite en nosotros y atraiga con el poder de su gracia a todas las almas de nuestros alumnos hacia sí para que se salven. Ese es el único y verdadero negocio de las instituciones educativas cristianas: la salvación de las almas. Y la mejor metodología, la caridad. Todo lo demás, dejémoslo en manos de la Divina Providencia. Volvamos a lo que siempre han propuesto nuestros santos educadores:

Objetivo: la caridad de Cristo nos urge a llevar todas las almas a Cristo para que se salven.

Una Norma incuestionable: la caridad.

Medios:

1.- Poner a Cristo en el centro de la vida de las instituciones educativas católicas (vivir el amor a Dios):

  • Eucaristía: comunión frecuente, misa diaria y visitas al Santísimo.
  • Confesión frecuente y examen diario de conciencia.
  • Dirección espiritual.
  • Oración: sencilla, continua unión con Dios, jaculatorias.
  • Amor a la Virgen: confianza en María Auxiliadora ante las dificultades, devoción al rosario, imitar las virtudes de la Virgen (pureza, fe…).

2.- Practicar las obras de misericordia (practicar el amor al prójimo):

  • Enseñar al que no sabe: excelencia académica y fidelidad a la tradición.
  • Dar buen consejo a quien lo necesita.
  • Corregir al que se equivoca.
  • Consolar al triste.
  • Sufrir con paciencia los defectos del prójimo.

3.- Enseñar las artes, las letras y las ciencias buscando la excelencia y desarrollando el espíritu crítico de los niños y jóvenes para que al llegar a la vida adulta puedan valerse por sí mismos. Cuanto más cerca estemos de la verdad y de la belleza, más cerca estaremos de Dios.

En definitiva, la escuela católica debe ser una parte de la Iglesia en la que se viva la piedad y la caridad como principio y fundamento de la labor educativa.

Los educadores católicos hemos de procurar vivir en gracia de Dios para que el Espíritu Santo nos conceda a nosotros y a nuestros alumnos sus dones de sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, conocimiento, piedad y temor de Dios. Nosotros solos no podemos hacer nada. Pero todo lo podemos en Aquel que nos redime. Nuestra verdadera patria no es la “casa común”; nosotros no adoramos a la Madre Naturaleza. Nosotros somos de Cristo y nuestra patria verdadera es el Cielo. Pidamos al Señor que nos santifique para que podamos llevar las almas de nuestros niños al Cielo.



[1] Este mundo es el camino/ para el otro, qu’es morada/ sin pesar. Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre.

[3] Santo TomásSuma Teológica II-II, cuestión 1, artículo 4

[4] Principio y fundamento. En los Ejercicios Espirituales de San Ignacio: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima…” [EE 23]

[6] Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer. Jn. 15, 5

 

12 comentarios

  
Roberto
Vamos a ver, decimos "la fe es creer", vale, ¿pero uno cree cuando ha tenido una experiencia de Cristo en el Espíritu, no? Un encuentro.
De hecho, los últimos Papas hablan de que la fe es un acontecimiento, un irrumpir en tu vida de una novedad, un nuevo nacimiento.
Si creemos solamente artículos de fe porque otros nos lo han dicho sin haber hecho nuestro propio itinerario espiritual, hay algo que no funciona.
¿por qué muchos jóvenes dejan la Iglesia después de la Confirmación? Pues porque no han tenido una experiencia real de Dios. Catequesis a las que todos dicen sí, aunque en el fuero interno hay un montón de dudas. Los niños hacen la primera comunión porque se lo dicen los adultos, sin haber hecho un discernimiento serio de lo que hacen y a los 13 o 14 años les viene la crisis. Normal.
La fe se propone, no se impone y damos respuestas a preguntas que antes no se han hecho. Decimos "lo que se tiene que creer" ¿y si no se cree?
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Pedro L. Llera
La fe es lo que es. Creo que está suficientemente explicado en el artículo.
La fe se propone: no se impone. Verdad. La fe es un don de Dios: una virtud teologal.
La nueva evangelización ha insistido machaconamente en el acontecimiento, en el itinerario espiritual y las experiencias "reales de Dios". Y esto ha sido así desde hace por lo menos treinta o cuarenta años. No es de ayer. ¿Resultados? ¿Dónde están los jóvenes que empezaron conmigo en grupos cristianos hace treinta años después de tantas experiencias? Ya le contesto yo: la inmensa mayoría ni están ni se les espera.
¿Cómo está la Iglesia hoy y cómo estaba hace cincuenta o sesenta años? ¿Estamos mejor o peor? Pues por sus frutos los conoceréis... Hoy la Iglesia sufre la peor crisis de toda su historia.
Pero voy más allá. Cuando Jesús vivía, caminaba y predicaba por las tierras de Palestina hace más de dos mis años, muchos se encontraron con Él personalmente. Muchísimos. Y pocos creyeron en Él. Por ejemplo, el Señor curó a diez leprosos y solo uno dio la vuelta a dar gloria a Dios. Hubo muchos que se encontraron con el Señor y creyeron pero hubo muchísimos más que después de conocer a Cristo se marcharon y le dieron la espalda: el joven rico, por ejemplo. Y entre sus apóstoles, Judas lo traiciona y Pedro lo niega. Y todos lo abandonan en la cruz, menos su madre, algunas mujeres y Juan.
Conclusión: encontrarse con el Señor y tener experiencias, acontecimintos e itinerarios no garantiza que nadie tenga fe. Y la realidad me avala. Solo hay que verla. Pero todos estos cambios revolucionarios en la pastoral de los últimos cincuenta años para acá han dejado a la Iglesia vacía. ¿Quiénes quedan?
21/01/21 10:46 AM
  
Roberto
Reconozco que hablar de" encuentro con Cristo" puede ser algo abstracto e indeterminado, cada uno tendremos que hacer nuestro camino, pero la fe no son teorias , ideas o doctrinas desencarnadas, si no hay "algo más, si uno no la ha personalizado, no la hizo suya, al final se queda en nada. Y esto, por lo general se va dando a través de un proceso o itinerario y no de golpe y porrazo.

Uno no puede creer solamente por tradiciones, porque me lo dicen otros o "porque será verdad aunque yo no lo tengo nada claro"·
Y no olvidemos que la fe es don, claro, pero también supone una respuesta, una decisión, una opción personal. Es cierto que durante su vida terrena muchos tuvieron contacto con Cristo, pero muchos no creyeron en El. La fe supone una adhesión.
21/01/21 12:09 PM
  
Manu
La fe tiene una dimensión experiencial, no consiste solo en cumplir unas órdenes externas, si hacemos esto convertimos la fe en un moralismo.
Ahora bien, esa dimensión experiencial exige un discernimiento serio si no queremos caer en un subjetivismo.
Esas reglas de discernimiento vienen tratadas de forma magistral en San Ignacio de Loyola.
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Pedro L. Llera
Lo de cuestionar la dimensión experiencial veo que levanta ampollas. Lo entiendo. Responde al discurso dominante y a lo que se lleva diciendo tantos años... De todos modos, como está escrito en mi artículo, el "experiencialismo" está condenado explícitamente. La fe es conocer y aceptar la verdad revelada por el Señor (la doctrina). Y esa Verdad se conoce con el entendimiento y se acepta por la voluntad movida por la gracia.
Y respecto a san Ignacio y el discernimiento, comentar simplemente que los ejercicios espirituales presuponen la fe. Para hacer ejercicios hace falta "subjecto". No son los ejercicios una experiencia de primera evangelización, sino que la suponen. La catequesis (el conocimiento de la doctrina de la Iglesia)tiene que ser previo.
En cualquier caso, ese no es el tema del ensayo. El tema es otro: la educación católica. No desviemos el tiro.
21/01/21 12:47 PM
  
Manu
Si lo prefiere puede leer a San Juan de la Cruz o a Santa Teresa.
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Pedro L. Llera
Conozco y explico a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa.
La mística es otra cosa... Yo creo que tiene usted una cierta confusión.
El camino que lleva al éxtasis místico (estado de perfección que pocos elegidos alcanzan por pura gracia de Dios) pasa por la vía purgativa y por la vía iluminativa. No se llega a la vía unitiva sin la conversión previa y sin dejar que Cristo, a través de la Iglesia, nos ilumine, nos enseñe el camino que conduce hacia el cielo, que es Él mismo. La conversión implica conocer la fe y salir de la oscuridad del pecado - del mundo, del demonio y de la carne - para, conociendo la verdad revelada por Dios a través de la Iglesia (la sana doctrina), comenzar el camino de perfección que solo termina con la muerte, que nos pone definitivamente ante el juicio del Señor. La fe es creer lo que no vemos. Cuando veamos al Señor cara a cara, ya no nos hará falta la fe.
Fíjese usted que San Pablo, después de encontrarse con el Señor, queda ciego. No ve, no sabe, no entiende. Tiene que ir a Damasco, donde se pasa tres días ciego sin comer ni beber, orando; y el Señor envía a Ananías a devolverle la vista y a enseñarle la doctrina porque es la Iglesia quien tiene el depósito de la fe. Entonces recobra la vista y empieza su labor. Hasta que Ananías no le impone las manos a Saulo (recibe los sacramentos) y baja el Espíritu Santo sobre él, no recobra la vista. La unión con Cristo pasa por la Iglesia, por dejarse iluminar por su doctrina y por recibir el Espíritu Santo mediante los sacramentos.
Ahora bien, llegar a la perfección de las experiencias místicas no está al alcance del común de los fieles... No está al alcance de nadie que no haya sido elegido por Dios expresamente para recibir esos dones. Si ponemos el listón ahí, apaga y vámonos. El éxtasis místico, los milagros, las levitaciones y ese tipo de cosas son regalos que Dios da a unos pocos elegidos. El Corazón de Jesús se le apareció a Santa Margarita María y al P. Hoyos, pero no se le aparece a todo el mundo. Y la Santísima Virgen se le apareció a Santa Bernardita y a los pastorcillos de Fátima, pero no se le aparece a todo el mundo. La fe no depende de milagros, éxtasis y locuciones privadas. La fe es otra cosa. La fe es creer por la gracia que Dios deposita en nuestra alma en el bautismo.
La Santa Misa - fuente y cima de la vida cristiana - resume las tres vías: nos ponemos ante el Señor, reuniéndonos en su nombre y poniéndonos en su presencia (ello ya implica un acto de fe). Le pedimos perdón por nuestros pecados (vía purgativa), nos dejamos enseñar por Él en la liturgia de la Palabra y en la homilía (la Iglesia nos enseña y nos interpreta las Sagradas escrituras conforme a la Tradición); y finalmente, adoramos a Cristo Eucaristía, arrodillándonos ante Él en la consagración (lo que implica creer, tener fe en su presencia real: transubstanciación) y, finalmente nos unimos al Señor recibiéndolo en la Santa Hostia, en el Santísimo Sacramento, donde el Amor de los Amores se une a nosotros y nosotros a Él para santificarnos y hacernos carne de su Carne. Él es el Pan de Vida. Comulgar y recibir los sacramentos (el bautismo, la confesión sacramental, etc.) son experiencias místicas. Si usted considera que los sacramentos son esas experiencias místicas que uno precisa para tener fe y salvarse, estaremos de acuerdo. Como lo estoy con Benedicto XVI. Ahora si esas experiencias pasan por un sentimiento subjetivo, por una exacerbación emotiva, pues no. La razón la expone San Pío X mejor que yo. Está la cita en el texto. Sentir también sienten los budistas y los hinduistas y los musulmanes... Sentir siente todo el mundo. Y no todas las religiones, por mucho que sientan, son verdaderas. La única verdadera es la religión católica.
Y en misa, a veces se siente y a veces no se siente... Pero con sentimientos o sin ellos, creemos igualmente que Cristo es el Señor porque lo sabemos y lo aceptamos como verdad revelada. Y lo sabemos por la gracia de Dios que mueve a nuestra voluntad a aceptar esa Verdad revelada; o sea la doctrina.
Para saber más: http://es.catholic.net/op/articulos/47172/ensayo-sobre-el-misticismo-presentacin.html#modal
21/01/21 1:36 PM
  
Manu
El siguiente texto es de Benedicto XVI, lo que dice es lo que yo entiendo por dimensión experiencial de la fe:

La fe permite un saber auténtico sobre Dios que involucra toda la persona humana: es un «saber», esto es, un conocer que da sabor a la vida, un gusto nuevo de existir, un modo alegre de estar en el mundo. La fe se expresa en el don de sí por los demás, en la fraternidad que hace solidarios, capaces de amar, venciendo la soledad que entristece. Este conocimiento de Dios a través de la fe no es por ello sólo intelectual, sino vital. Es el conocimiento de Dios-Amor, gracias a su mismo amor. El amor de Dios además hace ver, abre los ojos, permite conocer toda la realidad, mas allá de las estrechas perspectivas del individualismo y del subjetivismo que desorientan las conciencias. El conocimiento de Dios es por ello experiencia de fe e implica, al mismo tiempo, un camino intelectual y moral: alcanzados en lo profundo por la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, superamos los horizontes de nuestros egoísmos y nos abrimos a los verdaderos valores de la existencia.
_________________________________
Pedro L. Llera
"El conocimiento de Dios es por ello experiencia de fe e implica, al mismo tiempo, un camino intelectual y moral": completamente de acuerdo con Benedicto XVI. Conocer la fe y vivir en consecuencia. En eso consiste la santidad. La fe es un saber que se expresa en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo.
21/01/21 1:56 PM
  
África Marteache
Don Pedro: Le hago una petición: además de las Virtudes Teologales, principalísimas, y base de la Teología Cristiana, expliquen también las Cardinales, aunque sea con el libro de Josef Pieper o alguno similar. Los cristianos de hoy no las distinguen.
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Pedro L. Llera
Yo me remitiría al Catecismo: http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s1c1a7_sp.html
Cierto es que la educación católica y la educación en general debe fomentar las virtudes y combatir los vicios. Aunque en la sociedad actual se han invertido las cosas y las virtudes se presentan como radicalismos rigoristas; y los vicios, como el no va más de lo guay.
Pero evidentemente, si la educación es promover al niño al estado de virtud, está claro que la escuela - y primero la familia - debe educarlo para que viva decentemente y no caiga en la inmoralidad. Pero eso sería materia de otro artículo.
21/01/21 7:24 PM
  
Miguel García Cinto
Pensé comentar los males que acontecen en el mundo y en el seno de nuestra Santa Iglesia Católica. Los que gozamos de profunda fe por la gracia de Dios, sentimos que el Señor parece dormido profundamente.
El testimonio del sacerdote muerto en la explosión de la caldera de gas, en un edificio de Madrid, quisiera ser tan dócil como el pequeño Gabriel.
[21/1 21:57] +34 657 94 42 00: "EL BESO DE JESÚS"

A los 6 meses de ordenado, mi Obispo me envió a dirigir una Parroquia ; tenía que suplir a un Párroco que llevaba allí más de 30 años, por lo que me encontré con la no aceptación de los habitantes de aquel lugar. La tarea fue ardua pero fecunda y no habría tenido tanta fecundidad sin la ayuda de un pequeño llamado Gabriel... El protagonista de este relato.

A la segunda semana de llegar a aquel lugar se me presentó un matrimonio joven con su pequeño hijo muy especial (síndrome de Down). Me solicitaban que lo aceptara como monaguillo. Pensé en rechazarlo, y no por ser un niño con capacidades diferentes sino por todos las dificultades con las que iniciaba mi ministerio en aquel lugar, pero no pude decir que no, pues al preguntarle si quería ser mi monaguillo no me respondió, sino que se me abrazó a la cintura. Menuda forma de convencerme...

Lo cité para el siguiente domingo 15 minutos antes de la Eucaristía y puntualmente allí estaba con su sotanita roja y su roquete que su abuela le había hecho a mano para la ocasión.

Tengo que agregar que su presencia me trajo más feligreses pues sus familiares querían verlo estrenarse en su papel de monaguillo. Yo tenía que preparar todo lo necesario para la Eucaristía. No tenía sacristán ni campanero así que tuve que correr de un lado para otro, y no fue sino hasta antes de iniciar la Misa cuando me percaté que Gabriel nada sabía de cómo ayudar en la Misa; por la premura del tiempo se me ocurrió decirle:
"Gabriel, tienes que hacer todo lo que yo haga ¿vale…?"

Nunca se lo hubiera dicho, un niño como Gabriel es el niño más obediente del mundo, así que iniciamos la Celebración y al besar el altar, el pequeño se quedó prendido a él; en la homilía vi que los feligreses sonreían al hablarles, lo cual alegró mi joven corazón sacerdotal, pero luego me percaté que no me miraban a mí sino a Gabriel que me seguía tratando de imitar mis movimientos. En fin, uno de los detalles de aquella primera Misa con mi novel monaguillo.

Al terminar le indiqué qué tenía que hacer y qué no y entre otras cosas le dije que el altar solo podía besarlo yo. Le expliqué cómo el sacerdote se une a Cristo en este beso. Me miraba con sus grandes ojos interrogantes sin llegar a entender del todo la explicación que le daba… Y, sin callarse lo que pensaba, me dice: "Anda, yo también quiero besarlo…". Le volví a explicar porqué no... Al final le dije que yo lo haría por los dos. Pareció que había quedado conforme.

Pero al siguiente domingo, al iniciar la Celebración y besar el altar, ví cómo Gabriel ponía su mejilla en él y no se despegaba del altar con una gran sonrisa en su pequeño rostro.
Tuve que decirle que dejara de hacer aquello. Al terminar la Misa le recordé:
"Gabriel, te dije que yo lo besaría por los dos".
Me respondió: "padre, yo no lo besé. Él me besó a mí…".

Serio le dije: "Gabriel, no juegues conmigo…" Me respondió: "¡¡De verdad, me llenó de besos!!".
La forma en que me lo dijo, me llenó de una santa envidia; al cerrar el templo y despedir a mis feligreses me acerqué al altar y puse mi mejilla en él pidiéndole: "Señor... bésame como a Gabriel".

Aquel Niño me recordó que la obra no era mía y que ganar el corazón de aquel pueblo solo podía ser desde esa dulce intimidad con el Único Sacerdote, Cristo.

Desde entonces mi beso al altar es doble pues siempre después de besarlo pongo mi mejilla para recibir su beso. ¡¡Gracias, Gabriel!

Acercar a los otros al misterio de la Salvación nos llama a vivir nuestro propio encuentro. Al igual que yo, con mi querido monaguillo maestro Gabriel, aprendí que:
¡Antes de besar yo el altar de Cristo... tengo que ser besado por Él!

"Señor Jesús, haznos sentir tus besos todos los días para que nuestros corazones nunca tengan más necesidad de amor, porque Tú lo llenas todo..."
Del sacerdote que murió ayer en la explosión de Madrid
22/01/21 8:52 AM
  
Farias
Educar para la salvación de las almas y de los cuerpos. Sin Resurrección todo es vano.

A veces parecemos platónicos . olvidando ese misterio central de la Salvación : La Resurrección de los Cuerpos.
23/01/21 9:32 PM
  
M.Angels
Completamente de acuerdo con su análisis.

23/01/21 11:36 PM
  
JSP
1. Aclaremos el concepto de Fe porque el artículo no define bien el concepto de Fe.
2. Por el Bautismo recibimos la Fe infusa como virtud teologal. Esta es la Fe como don gratuito de Dios, por Gracia suprema, único regalo de Dios, independiente de todo esfuerzo y merecimiento humano, que Dios nunca niega a quienes han hecho lo que podían para encontrarLe. Entonces, ¿qué significado tiene el concepto de Fe en los siguientes contextos sin Fe bautismal:? cuando el Logos de Dios encarnado dice: "Tu fe te ha salvado."; Abraham es el padre de la Fe; la Fe de los profetas; la Fe del pueblo de Israel; etc. antes del Bautismo del Espíritu Santo y agua en tiempo de Iglesia por medio de NS Jesucristo y perdón del Padre y Dios nuestro.
3. Nadie puede negar que haya confusión en el concepto de Fe católica, si no es aclarado correctamente, si “la fe es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina bajo el imperio de la voluntad movida por la gracia de Dios; se trata, pues, de un acto sometido al libre albedrío y es referido a Dios. En consecuencia, el acto de fe puede ser meritorio.” Confuso, pues la Fe es virtud teologal en el Bautismo por gracia divina. Fe bautismal que es don divino inalcanzable por medios humanos y no tiene efectos visibles ni en el conocimiento (entendimiento) ni en la voluntad, ¿dónde está entonces nuestro acto meritorio? Ejemplos: un bebé bautizado no hace ningún acto del entendimiento, ni entiende de verdades de fe reveladas o divinas, ni tiene libertad; San Pablo nos dice que la “fe es la esperanza de los bienes eternos.” y nuestro entendimiento no sabe qué es el bien eterno. Así, pues, la formación en la fe católica, hoy día, tiene muchos defectos porque no está claro el concepto de Fe católico, al no estar claro el concepto de Fe la predicación habla con contradicciones y el credo de muchos "católicos" desde su subjetividad y experiencia es un supermercado al gusto del consumidor, un Cristo falso a la carta.
4. Entonces, si nos quedamos sólo con la Fe bautismal o decimos solo que la fe es un don de Dios, repito, si nos quedamos sólo ahí, entonces estamos blasfemando contra Dios. Y Ud. se preguntará ¿por qué? Pues porque lo hacemos a Dios injusto, ya que si la Fe sólo es un don de Dios un ateo tendría razón en decir a un católico: a mí Dios no me ha dado la Fe porque no estoy bautizado.
5. Expresiones "la fe es creer", "la fe es un sentimiento", "la fe es una experiencia personal", etc. son expresiones que confunden y no dicen nada acerca de lo que es la Fe católica, es equivalente a decir que creo porque sí y la fe necesita de pruebas históricas.
6. Y ahora planteo que creer no puede ser un acto irracional, si no podemos creer cualquier cosa. Entonces, si la Fe católica es un don de Dios que no afecta al conocimiento y a la voluntad y tiene que ser un acto racional, ¿qué es la Fe católica? Dios nos ha hecho racionales y no puede pedirnos que para creer dejemos de serlo cuando se trata de acercarnos a Él pues, a través de la razón podemos descubrir cosas que tienen importancia para la Fe. Y San Pablo: "Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué... Si no, ¡habríais creído en vano! Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras".
7. A ver si algún teólogo puede aclarar esto porque leo muchas contradicciones y donde las hay no está la Verdad que nos hace libres.
26/01/21 9:05 AM
  
Vivi
No se ama lo que no se conoce.
29/01/21 1:58 AM
  
Fernando Cavanillas
Como dice Jesucristo: "id por todo el mundo predicando este Evangelio. El que crea y se bautice se salvará. El que no crea y no se bautice se condenará". No habla de "experiencias". También le dice a Tomás: "toca mis yagas... dichoso el que cree sin ver ni tocar".

En mi caso la fe volvió como experiencia después de una búsqueda existencial (y de equivocarme mucho). También llegó con buenas y santas lecturas, casi con la misma relevancia que las experiencias. Igualmente el volver al sacramento de la confesión (antes de casarme) fue fundamental. Tuve una juventud de fe, de esa fe que te inculca tu madre, aunque no a todos les llega igual. Yo de pequeño siempre quería rezar el rosario con ella, por iniciativa propia.

Creo que la fe es un don... del que hay que estar a la altura. También se puede pedir, como pasa en el evangelio (Señor, creo... acrecienta mi fe). Ó crees ó no crees, aunque haya dudas y noches oscuras. Asímismo la fe se puede cultivar, pero también se puede perder por negligencia ó por intereses egoístas.

Estoy de acuerdo en que el experimentalismo es un error. Si tienes una experiencia directa y un encuentro con Cristo es que eres MUY afortunado. Es un increíble regalo. Pero también puedes creer por intuición, ó por deducción y raciocinio, u observando a otros a los que valoras mucho y te trasmiten su fe y su ejemplo, ya que la fe es contagiosa (como lo es la increencia). También con lecturas adecuadas. También se puede creer por presenciar un milagro (hay santos que se convirtieron así). O bien puedes tener la fe del carbonero... crees y estás seguro (con una certeza interior), pero no lo has racionalizado ó confirmado con una experiencia mística. Las experiencias seguramente vendrán cuando las necesites. Hay un misterio en todo esto... Jesús evitaba decir que era el Mesías, ó afirmar su Divinidad. Creo que lo hacía así para que escogiéramos a Dios (en lugar de al pecado y la desobediencia) de manera totalmente libre. Lo mismo con la fe.

Yo siempre me acuerdo de la frase evangélica: "...si no creen en Moisés y en los profetas, no creerán ni aunque se les aparezca un muerto". ¡Cuantos milagros eucarísticos en nuestros días!, ¡Cuántos milagros en Lourdes! ¡Cuántas conversiones inexplicables de gente que antes era atea, masónica ó drogadicta!... y ni con esas. Otros creen contra todo pronóstico y contra toda influencia tóxica y diabólica. Como dice D. Pedro L. Llera, la fe es lo que es, y no exige una experiencia directa u otra cosa explícitamente concreta. Es más, la voluntad de cada uno (en la búsqueda y en la aceptación) es requisito fundamental, mientras que la experiencia es pasiva. Otra cosa es que es muy probable que las personas con fe tengan también experiencias místicas, aunque otras, (como una prueba, precisamente de la fe) puedan no tenerlas.

La experiencia directa es un gran regalo (aunque muchos no creen ni con experiencias directas), pero no es un requisito necesario y obligatorio para creer firmemente. ¡¡¡Dichosos los que creen sin haber visto!!!
29/01/21 6:37 PM

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