La curiosa estancia de Rouco en Montserrat
El pasado día 26 de abril, víspera de la festividad de Nuestra Señora de Montserrat, se celebraba en su basílica la tradicional Vetlla de Santa María, con la que se inicia la liturgia propia de la solemnidad. Los miles de peregrinos que acuden a las diez de la noche al cenobio benedictino se encontraron con la sorpresa de que, junto al abad Soler, se hallaba ni más ni menos el cardenal Rouco Varela. Y junto a ellos el obispo de Lugo, su sobrino Monseñor Carrasco Rouco. ¿Qué hacía el prelado madrileño -acompañado de su sobrino- en día tan señalado en el monasterio? La versión oficial es que pararon en Montserrat, camino de Roma, adonde acudían a la beatificación de Juan Pablo II. No me dirán que la excusa no es conmovedora. El cardenal de Madrid no viaja en avión, sino que se desplaza a la Santa Sede en coche. Además, le acompaña el obispo de Lugo que debe realizar un larguísimo periplo para recoger a su tío en la capital de España y luego desplazarse en automóvil hasta la ciudad eterna. No contentos con el tortuoso viaje, al pasar el túnel de El Bruc, deciden llamar al Abad Soler y anunciarles su visita, coincidiendo con la celebración de la Vigilia de la Virgen de Montserrat. Dom Josep María recibe la noticia con alborozo y se presta a anunciar a los monjes que la celebración se verá honrada con la presencia del todopoderoso purpurado. ¡Qué ternura!

Ayer la Iglesia hizo un magnífico despliegue de Fe en sí misma. Hacia el interior y hacia el exterior. En el interior de la Iglesia ha vuelto a resonar con fuerza y con total oportunidad su leit motiv: “No tengáis miedo”. No tengáis miedo de ser cristianos, de vivir como tales, de exhibiros como cristianos, nos ha recordado Benedicto XVI en su homilía. A tiempo nos llega su mensaje aquí en España, donde el laicismo es tan agresivo y tan hostil. “No tengáis miedo”. Nos hemos dedicado tantos decenios a tener vergüenza de ser cristianos, tanto tiempo a disimular que lo somos, que inexorablemente hemos llegado a la fase del miedo. Pero ahí tenemos a Juan Pablo II diciéndonos, ahora también desde el cielo, “No tengáis miedo”. 




