Mons. Nicola Bux: Lo sagrado no puede volverse dañino
El pasado 12 de febrero el Prof. Mons. Nicola Bux nos concedió una entrevista en el canal de YouTube La Sacristía de La Vendée que, por su interés, reproducimos aquí.
Mons. Nicola Bux (Bari, 1947) es un sacerdote y teólogo italiano especializado en liturgia y sacramentos, estrecho colaborador del cardenal Joseph Ratzinger y posteriormente de Benedicto XVI. Ha sido consultor de varios dicasterios de la Santa Sede, entre ellos la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Papa y el Dicasterio para el Culto Divino. Profesor de liturgia y autor de numerosos libros, es conocido por su defensa de la tradición litúrgica y su participación en los trabajos preparatorios del Sínodo sobre la Eucaristía.
Entrevista al Prof. Mons. Nicola Bux
1. «¿Cuál fue, a su juicio, la intención principal de Benedicto XVI al promulgar Summorum Pontificum?»
La intención principal de Benedicto XVI fue iniciar una reconsideración de la reforma litúrgica en su conjunto, incluidas las partes ya aplicadas, a la luz del verdadero espíritu de la liturgia. Ya Pablo VI, en la bula Apostolorum Limina (23 de mayo de 1974), con ocasión de la convocatoria del Año Santo de 1975, afirmaba a propósito de la renovación litúrgica: «consideramos muy oportuna una obra de revisión y de desarrollo que, sobre las bases seguras establecidas por la autoridad de la Iglesia, permita discernir bien lo que es verdaderamente válido en las múltiples y diversas experiencias realizadas por doquier, y promover una aplicación cada vez mejor».
En 1985, a los veinte años del Concilio, el entonces cardenal Joseph Ratzinger abordó la cuestión en el capítulo IX del Informe sobre la fe, en diálogo con Vittorio Messori. Retomó el tema en la Introducción al espíritu de la liturgia (2001), observando que, antes del movimiento litúrgico y antes del Vaticano II, la liturgia era como un fresco que se había conservado intacto: estaba ciertamente cubierto de hollín y de yeso, que fueron retirados gracias a la meritoria labor de los restauradores en el Concilio, sacando a la luz el esplendor originario. El éxito de las intervenciones, sin embargo, hizo a los restauradores cada vez más audaces, incapaces de detenerse incluso cuando se había alcanzado el punto de máxima revelación del esplendor de la liturgia.
Convertido en Papa, Benedicto XVI inició la reparación con la exhortación postsinodal Sacramentum caritatis y con el motu proprio Summorum Pontificum. Éste es el sentido de la «reforma de la reforma» por él deseada. La publicación del volumen 11 de su Opera omnia —Teología de la liturgia, que recoge los temas predominantes de su estudio y de su magisterio— no cierra, sino que amplía de modo irreversible el debate sobre la reforma litúrgica y su aplicación.
2. «Benedicto XVI afirmó que lo que fue sagrado para las generaciones anteriores no puede considerarse dañino hoy. ¿Qué opina de quienes sostienen que es necesario abrogar el Misal anterior a la reforma litúrgica postconciliar para preservar la unidad de la Iglesia?»
Si hoy la Iglesia considerase dañino lo que en el pasado consideró sagrado, nadie confiaría en ella. Salvada la parte inmutable de la liturgia, pueden admitirse formas diversas aprobadas por la autoridad apostólica y codificadas en los libros litúrgicos antiguos y nuevos. Al estudio de las formas litúrgicas contribuyó en primer lugar Joseph Ratzinger; gracias a ello, como Papa pudo configurar el motu proprio Summorum Pontificum.
Pío V postulaba un único rito de la Misa, pero en la Constitución Apostólica Quo primum admite excepciones, aunque con cierta reticencia, para una diócesis o comunidad religiosa con una tradición de doscientos años o más. Insistiendo, sin embargo, en el uso del Misal de 1570, admitía un cierto pluralismo de formas. También el Vaticano II, «salvando la unidad sustancial del rito romano» (SC 38), prevé que se desarrollen formas ulteriores, «varietates legitimae».
¿No se sostiene con frecuencia que la unidad no es uniformidad? La unidad de la Iglesia, en general, no depende de una única forma, como lo atestiguan las diversas formas litúrgicas orientales y occidentales. La unidad de la Iglesia universal debe realizarse en las cosas esenciales, en la variedad de lenguas y de formas litúrgicas. ¿Por qué, entonces, no celebrar el rito romano antiguo?
3. «La llamada “reforma de la reforma”, ¿debía entenderse como una revisión del Novus Ordo a la luz de la tradición litúrgica, o como una convivencia estable y mutuamente enriquecedora de las dos formas del rito romano?»
A la pregunta de por dónde comenzar la «reforma de la reforma», Ratzinger respondía: «por la presencia de lo sagrado en los corazones, por la liturgia y por su misterio». Este renacimiento católico de lo sagrado es la condición para la recuperación de la identidad de la Iglesia, en una época de extroversión no equilibrada por el dogma y la oración.
Lo sagrado no es otra cosa que la Presencia del Señor en su Iglesia, comenzando por su corazón, que es la Eucaristía, la divina y «Sagrada Liturgia». Por ello, el Papa Benedicto XVI propuso permitir nuevamente la orientación del sacerdote ad Deum o hacia la Cruz durante la Liturgia Eucarística de la Misa, como signo más evidente de la continuidad con la tradición apostólica y, aún hoy, con la praxis de los orientales.
Con el motu proprio Summorum Pontificum quiso restablecer el rito romano antiguo, nunca jurídicamente abrogado pero, salvo indultos individuales, prohibido durante sesenta años. Al mismo tiempo, quiso otorgar igual dignidad a las dos formas del único rito romano: el Usus antiquior o Vetus Ordo y el Usus recentior o Novus Ordo, favoreciendo su mutuo enriquecimiento. De este modo aplicó la intención de la Constitución litúrgica del Vaticano II de salvaguardar «las legítimas diversidades» y, al mismo tiempo, «la unidad sustancial del rito romano» (SC 38).
La vía de la «reconciliación interna en el seno de la Iglesia» pasa por la recomposición de la unidad en la historia de la liturgia y en la correcta comprensión del Concilio, que no quiso la ruptura, sino la renovación en la continuidad del único sujeto Iglesia (Discurso del 22 de diciembre de 2005).
4. «Después de un pontificado —el de Francisco— claramente restrictivo con respecto a la Misa tradicional, ¿percibe usted en el inicio del pontificado de León XIV un cambio real de orientación por parte de la Santa Sede, o únicamente un cambio de estilo y de tono?»
El Papa Francisco, tras la publicación del motu proprio Traditionis Custodes, debe haber sido inducido a la reflexión. Según lo hecho público por el vaticanista Robert Moynihan —y nunca desmentido por la Santa Sede—, un ulterior documento destinado a limitar de forma muy severa la Misa tradicional no habría sido publicado únicamente porque una personalidad ruso-ortodoxa le explicó que «había tantas personas jóvenes y buenas en América y en otros países que amaban la antigua liturgia, no como un signo de rabia contra él, sino simplemente porque amaban a Jesús. Querían acercarse a Él, y la liturgia lo hacía posible. Era muy similar a la forma en que la gente sencilla en Rusia se acercaba a la liturgia en el siglo XVII, cuando los Viejos Creyentes fueron condenados por querer mantener la misma liturgia antigua y no la liturgia reformada».
Francisco habría respondido: «Tengo el texto sobre mi escritorio. Me han dicho que debería firmarlo, pero, puesto que me has dicho todo esto, no lo firmaré». Y de hecho, al menos por ahora, de ese documento se ha perdido el rastro.
El Papa León XIV ha permitido la celebración de la Misa Pontifical al término de la peregrinación internacional de finales de octubre en Roma, así como otras concesiones en el Reino Unido y en Estados Unidos. La unidad es la primera nota de la Iglesia profesada en el Credo, y se realiza en las cosas esenciales: pensar que ello pueda darse sin tensiones es contrario a la realidad, como se atestigua desde los tiempos apostólicos. Entre las cosas esenciales se encuentra la sagrada liturgia, que debe «poder proponerse como ejemplo para todo el Pueblo de Dios, en el respeto de las normas y en la atención a las diversas sensibilidades de quienes participan» (León XIV, Homilía en la Dedicación de la Basílica Lateranense, 9 de noviembre de 2025). Es necesario esperar con paciencia —la caridad es paciente— a que el nuevo Papa traduzca en la práctica sus intenciones.
5. «¿Qué lectura hace del último consistorio en relación con la cuestión litúrgica: continuidad con la línea anterior o posible punto de inflexión? ¿Y qué juicio le merece el texto del cardenal Roche difundido entre los cardenales?»
El Santo Padre incluyó la Liturgia en el orden del día del Consistorio, proponiendo a los cardenales una profunda reflexión histórica, teológica y pastoral «para conservar la sana tradición y abrir, no obstante, el camino a un legítimo progreso» (SC 23).
Para conservar la tradición y progresar legítimamente es necesario comprender la naturaleza de la liturgia. «La crisis de la liturgia —y por tanto de la Iglesia— en la que seguimos encontrándonos —afirmaba Benedicto XVI— se debe sólo en mínima parte a la diferencia entre los libros litúrgicos antiguos y los nuevos. Se hace cada vez más claro que, en el trasfondo de todas las controversias, ha emergido un profundo disenso sobre la esencia de la celebración litúrgica, su origen, su sujeto y su forma correcta». Se trata de la cuestión de la estructura fundamental de la liturgia en general; más o menos conscientemente, aquí chocan dos concepciones diversas. Los conceptos dominantes de la nueva visión de la liturgia pueden resumirse en las palabras clave “creatividad”, “libertad”, “fiesta”, “comunidad”. Desde este punto de vista, “rito”, “obligación”, “interioridad”, “ordenamiento de la Iglesia universal” aparecen como conceptos negativos, que describen la situación a superar de la “antigua” liturgia» (J. Ratzinger, La cuestión sobre la estructura de la celebración litúrgica, en Opera omnia, vol. 11, LEV, Ciudad del Vaticano 2010, VI, p. 441).
Por ello, no pocos católicos reconocen la validez del Concilio Vaticano II y de la constitución litúrgica Sacrosanctum Concilium, pero no consideran necesario acoger plenamente la reforma litúrgica postconciliar llevada a cabo por el Consilium encargado de aplicarla: se estima que entre el Concilio y el Consilium, y también en el propio recorrido del Movimiento litúrgico, se produjeron discontinuidades y rupturas.
En el punto 7, el cardenal Roche afirma que la reforma litúrgica fue elaborada sobre la base de una investigación cuidadosa, teológica, histórica y pastoral. En realidad, el texto de SC 23 recomienda que la reforma praecedat —es decir, sea precedida— «para que se conserve la sana tradición y, no obstante, se abra el camino a un progreso legítimo». Sin embargo, él da por supuesto que así se actuó, cuando la Constitución litúrgica simplemente lo desea, y añade a continuación: «tómense en consideración tanto las leyes generales de la estructura y del espíritu de la liturgia como la experiencia derivada de la reforma litúrgica más reciente (la de 1953) y de los indultos concedidos aquí y allá. Finalmente —se recomienda— no se introduzcan innovaciones si no lo exige una verdadera y comprobada utilidad de la Iglesia, y con la advertencia de que las nuevas formas broten de algún modo orgánicamente de las ya existentes».
Esta segunda parte del número 23, omitida en la intervención del cardenal Roche, ayuda a comprender que no hubo una investigación cuidadosa, por falta de tiempo y por otras razones.
6. «¿Qué signo concreto le permitiría afirmar que Roma está revisando realmente su postura sobre la Misa tradicional: gestos pastorales, decisiones canónicas o un replanteamiento doctrinal explícito?»
El signo concreto vendría del reconocimiento del pluralismo litúrgico, mediante actos pastorales, canónicos y doctrinales. En primer lugar, debe corregirse la afirmación del artículo 1 del motu proprio Traditionis custodes: «Los libros litúrgicos promulgados después del Concilio Vaticano II son la única expresión de la lex orandi del rito romano». Esta afirmación carece de fundamento histórico, porque en el rito romano han surgido diversas formas en uso en las órdenes religiosas y en la Curia romana, constituyendo la familia ritual latina junto con los demás ritos occidentales.
En la familia más amplia del rito latino siempre han existido varias formas que progresivamente cayeron en desuso o quedaron restringidas, a causa de la unificación de los espacios de vida en Europa: esto no provocaba escándalo alguno, antes bien, se estaba orgulloso de la riqueza de las tradiciones. Quien conoce las formas litúrgicas orientales sabe además que existe diversidad entre las Iglesias y también dentro de cada una de ellas: la liturgia bizantina tiene tres formas —la de san Juan Crisóstomo, la de san Basilio y la de los Presantificados—. ¿Por qué, entonces, la latina no puede tener dos formas: la desarrollada por los santos papas Dámaso y Gregorio Magno hasta Pío V, y la de Pablo VI?
En segundo lugar, el artículo 1 de Traditionis custodes contradice la Constitución litúrgica del Vaticano II: «La Iglesia, cuando no está en juego la fe o el bien común general, no pretende imponer, ni siquiera en la liturgia, una rígida uniformidad» (SC 37). La uniformidad —reducir las formas rituales a una sola— y la rigidez nunca han sido la praxis litúrgica de la Iglesia.
Ya el indulto Ecclesia Dei adflicta de san Juan Pablo II era una invitación a la tolerancia, habiendo promulgado él mismo los libros litúrgicos postconciliares. Por tanto, no se puede sostener que los papas Pablo VI y Juan Pablo II se limitaran a tolerar y no promovieran el rito antiguo. Ambos aprobaron los libros litúrgicos confiando en que estuvieran en plena sintonía con la Constitución litúrgica, aun habiendo detectado sombras y deformaciones debidas a la creatividad.
Para disipar el temor de que, al restablecer el Misal romano en su última edición de 1962, se viera afectada la autoridad del Concilio en virtud del cual Pablo VI publicó el nuevo Misal, la carta de Benedicto XVI que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum afirma que se trata de dos redacciones sucesivas, como ha ocurrido otras veces a lo largo de los siglos, en el desarrollo del único rito. En efecto, quien conoce la historia de los libros litúrgicos sabe que, con ocasión de sus reediciones, éstos han sido corregidos y enriquecidos con formularios de Misas, bendiciones, etc. Por tanto, los dos Misales no pertenecen a dos ritos distintos.
Por último, conviene recordar que el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1125) precisa que «ni siquiera la suprema autoridad de la Iglesia [es decir, el Papa] puede modificar la liturgia arbitrariamente, sino sólo en obediencia a la fe y con respeto religioso al misterio de la liturgia».
7. «Más allá de Roma, ¿hasta qué punto la situación actual de la Misa tradicional depende realmente de los obispos diocesanos más que de un cambio explícito de las normas por parte de la Santa Sede?»
En el estilo de la sinodalidad proclamada, Roma debería dar a conocer a toda la Iglesia que aproximadamente un tercio de los obispos expresó su parecer al responder al cuestionario de 2020 de la Congregación para la Doctrina de la Fe, poniendo de relieve los aspectos ampliamente positivos de la forma extraordinaria: activar fuerzas vivas y contribuir a llevar paz y unidad a la Iglesia; reconocer los valores litúrgicos, teológicos, catequéticos y el valor histórico que inculca y remite al desarrollo orgánico de la tradición de la Iglesia.
No se ocultan algunos aspectos críticos, pero a la «forma extraordinaria» de la Misa debe reconocérsele un influjo positivo sobre la forma ordinaria: los sacerdotes que la aprenden comienzan a celebrar también la forma ordinaria de manera más decorosa, es decir, con mayor fe y disciplina; lo mismo ocurre con quienes la estudian en los seminarios y en las casas de formación religiosa. Los datos están disponibles en el libro de N. Bux – S. Gaeta, La liturgia non è uno spettacolo, Fede & Cultura, Verona 2025, pp. 84-94 (edición inglesa: The Liturgy Is Not a Spectacle, pp. 84-94).
En consecuencia, el Papa debería devolver a los obispos y a los sacerdotes el derecho de celebrar en las dos formas del rito romano.
8. «El crecimiento de fieles jóvenes en torno a la Misa tradicional es un hecho difícilmente contestable. ¿Qué lectura teológica y pastoral hace usted de este fenómeno?»
Pablo VI esperaba de la aplicación de la reforma «una feliz difusión de la religión católica en nuestro tiempo. Quien, en cambio, se sirve de la reforma para entregarse a experimentos arbitrarios, dispersa energías y ofende el sentido eclesial» (Audiencia general, 22 de agosto de 1973). En un primer momento, estaba convencido de que la reforma litúrgica había traducido y sostenido las indicaciones de la Constitución litúrgica, pero la experimentación arbitraria continuó produciendo, por el contrario, una revalorización del rito antiguo.
Como ya se ha dicho, en la bula Apostolorum Limina (23 de mayo de 1974), con ocasión del Año Santo de 1975, consideraba muy oportuna una obra de revisión. Dos años más tarde, en el consistorio del 27 de junio de 1977, Pablo VI amonestó a los contestatarios por improvisaciones, banalidades, ligerezas y profanaciones, exigiéndoles severamente atenerse a la norma establecida para no comprometer la regula fidei, el dogma, la disciplina eclesiástica, la lex credendi y la lex orandi; y también a los tradicionalistas, para que reconocieran la «accidentalidad» de las modificaciones introducidas en los ritos sagrados.
Las cosas no cambiaron. Juan Pablo II, en la carta apostólica Vicesimus quintus annus (1988), habla abiertamente de «aplicaciones erróneas», con el fin de considerar la reforma en su justa luz —en gran parte recta en sus intenciones— y de proceder a una corrección de rumbo. Para algunos, todo lo antiguo parecía malo; para otros, todo lo nuevo lo era: afirmar que todo o casi todo en la reforma litúrgica sea negativo o, por el contrario, positivo, conduce al mismo error.
La lectura teológica y pastoral que podemos ofrecer es que el hombre —y en primer lugar el joven— busca a Dios, y el encuentro con Él sólo puede darse allí donde el Misterio divino se convierte en Presencia inefable, como resulta palpable en la Misa tradicional, y no en entretenimiento de trasfondo religioso. La Misa «nueva» debe retomar el modelo místico y redimensionar el modelo didáctico hoy predominante.
9. «¿Qué condiciones mínimas deberían darse hoy para alcanzar una verdadera paz litúrgica en la Iglesia, sin vencedores ni vencidos?»
En su intervención escrita al Consistorio, en el punto 11, el cardenal Roche afirma que sería banal leer las tensiones en torno a la celebración como una divergencia sobre la forma ritual, pues se trataría de una problemática eclesiológica: reconocer la validez del Concilio implicaría acoger la reforma litúrgica nacida de la Sacrosanctum Concilium; por tanto, una acogida crítica de la reforma revelaría una oposición al Concilio. Observaba Ratzinger: «Quien es de la opinión de que no todo en esta reforma ha salido bien, y de que algunas cosas son modificables o incluso necesitan una revisión, no es por ello un enemigo del Concilio».
Ésta es la primera condición. No se sostiene, por tanto, la ecuación según la cual aceptar la validez del Concilio Vaticano II significa aceptar la reforma litúrgica que, en cuanto deseada por él, expresaría la realidad de la liturgia íntimamente ligada a la visión de Iglesia de la Lumen gentium (Roche no explica, sin embargo, cuál sería la visión eclesiológica negada por la liturgia tradicional).
Vinculado a esto surge otro tema importante, ya vislumbrado por Pablo VI en algunas tendencias y experimentaciones: la ley litúrgica, que hasta el Concilio era considerada cosa sagrada, para muchos ya no existe. La ruptura se ha producido, por desgracia, porque no se cumplió el deber de salvaguardar los derechos de Dios sobre la sagrada liturgia por parte de los sujetos a quienes el Concilio la había confiado: la Sede Apostólica y, según derecho, el obispo y, dentro de ciertos límites, las conferencias episcopales (§§ 1-2): «Por tanto, absolutamente nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en materia litúrgica» (n. 22, § 3).
Ésta es la segunda condición para una verdadera paz litúrgica. ¿Por qué se es tan exigente al disciplinar el uso del Vetus Ordo y no se lo es del mismo modo con los abusos y delitos en el Novus Ordo? Es necesario retomar la Memoria de la Comisión para la reforma litúrgica de Pío XII, en la que se preveía un Codex liturgicus para asegurar la aplicación y la estabilidad de la reforma.
Por último, se propone el estudio y la publicación íntegra de los documentos del Consilium para la aplicación de la Constitución De sacra liturgia, conservados en el archivo del Dicasterio para el Culto Divino. Ello permitiría evaluar de manera serena y completa la distancia entre la intentio patrum en la promulgación de la Sacrosanctum Concilium y los objetivos de los miembros del Consilium.
La entrevista en vídeo puede verse aquí:
18 comentarios
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Con respecto a la pregunta en la que se trata la liturgia me gustaría aportar el siguiente planteamiento:
Hay cosas que, cuanto más las rezo, más me hacen arquear la ceja. Tercer domingo de Pascua. Oficio de Lecturas. Aparece san Justino mártir, tan campante, siglo II, sin complejos, afirmando que Cristo, durante los cuarenta días de apariciones, enseñó a celebrar la Misa. No una vaga espiritualidad pascual. No una “experiencia comunitaria”. La Misa. Con detalles. Rito de la paz. Oración universal de los fieles. Con dos narices.
Y lo mejor: ese mismo texto está recogido íntegramente en el Catecismo, en el 1345. No como anécdota arqueológica. Asumido oficialmente. Repetido en la liturgia de una solemnidad. Magisterio ordinario universal. O sea, la Iglesia no lo esconde en un cajón; lo subraya con fluorescente.
Ahora bien. Si en la Biblia tenemos, siendo optimistas, un mínimo porcentaje de todo lo que Cristo pudo enseñar en tantas apariciones, y resulta que un mártir del siglo II nos transmite que el Señor enseñó elementos concretos de la celebración… yo, ingenuo de mí, pensaría que eso suscitaría cierto entusiasmo entre los amantes de lo más antiguo, lo más puro, lo más prístino.
Pues no.
Aquí viene mi perplejidad, ya sin disimulo. Llevamos años oyendo que hay que volver a la tradición, que lo medieval huele a cielo, que cualquier cosa anterior al siglo XX tiene pedigrí celestial. Perfecto. Pero cuando un testimonio antiquísimo afirma que el rito de la paz y la oración de los fieles tienen origen divino —enseñados por el Resucitado en persona— de repente nos ponemos selectivamente escépticos.
Curioso método arqueológico: excavar hasta el siglo XVI con pasión, pero si sigues bajando y aparece el siglo II diciendo “esto lo enseñó Cristo”, entonces mejor taparlo con cuidado, no vaya a ser que complique el relato.
Dice el santo mártir al final del texto:
" Le crucificaron, en efecto, la víspera del día de Saturno, y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del sol, se dejó ver de sus apóstoles y discípulos y les enseñó todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración"
Sería muy complicado modificar el vetus ordo e incluir estos elementos? rito de la paz y plegaria universal de los fieles?
Lo cual es un verdadero problema porque parece haber evidencia muy seria de que el uso de la liturgia antigua produce abundantes frutos pastorales, lo cual dada la sequía que padecemos no es algo para nada desdeñable.
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FJD: En todas partes aparece como Monseñor, que es un título honorífico concedido por la Santa Sede.
A veces me divierte hacer historia-ficción litúrgica. Imagino por un momento que san Justino, en vez de decir que Cristo enseñó el rito de la paz y la oración universal de los fieles, hubiera escrito algo así como: “Y durante los cuarenta días, el Señor nos mandó celebrar siempre ad orientem y con la asamblea en respetuoso mutismo casi absoluto”.
Solo de pensarlo se me acelera la imaginación.
Porque entonces ese párrafo estaría enmarcado en sacristías selectas, citado en conferencias con voz grave y proyectado en PowerPoints con tipografía solemne. El tercer domingo de Pascua sería poco menos que una jornada mundial de reivindicación. El número 1.3.4.5 del Catecismo se habría convertido en munición apologética de grueso calibre. Se escribirían artículos con títulos del tipo: “Cristo lo quiso así”. Y, por supuesto, se repetiría con estudiada naturalidad que no estamos ante una preferencia estética, sino ante mandato pascual directo del Resucitado.
Pero resulta que no. Providencialmente, gracias a Dios, san Justino no dice nada de eso. No menciona una pedagogía celestial sobre el ángulo exacto del altar ni una instrucción expresa acerca de minimizar las respuestas del pueblo. Lo que sí menciona —con toda tranquilidad del mundo— son elementos que hoy algunos miran con prevención: la oración de los fieles, el intercambio de la paz.
Y aquí es donde mi ironía empieza a afinarse. Porque el mismo texto que se proclama solemnemente en la liturgia y que el magisterio ha asumido sin complejos, curiosamente no genera el mismo entusiasmo militante. Nadie parece dispuesto a forzar lo forzable en nombre de ese testimonio antiquísimo. De repente, la prudencia histórica florece, el matiz hermenéutico se multiplica y el siglo II ya no parece tan normativo.
No puedo evitar pensar que, si Justino hubiera escrito lo que algunos desearían leer, tendríamos ya congresos internacionales titulados “La orientación enseñada por Cristo” y “El silencio asambleario de origen divino”. Se citaría el texto con subrayado triple y se concluiría, con aire de inevitabilidad teológica, que o nos alineamos… o nos alejamos del designio pascual.
Pero como el mártir no colaboró con ese guion, el entusiasmo se modera.
Yo, mientras tanto, sigo leyendo el Oficio cada tercer domingo de Pascua con una sonrisa que va creciendo. No por irreverencia, sino por puro asombro ante nuestra selectiva pasión por la tradición. A veces me parece que amamos con ardor lo que confirma nuestras preferencias, y contemplamos en silencio lo que las cuestiona.
Menos mal que san Justino escribió lo que escribió. Porque si hubiera escrito otra cosa, no sé qué sería peor: la presión litúrgica… o la cantidad de subrayadores fosforitos que se habrían agotado en su honor.
Génesis 4,3: Pasado algún tiempo, presentó Caín a Yahvé una ofrenda de los frutos de la tierra.
Es mejor ofrecer la "víctima pura, Santa, hostia inmaculada, Nuestro Señor Jesucristo" (hago un resumen) que se ofrece en la misa católica de siempre.
2. En sentido canónico, el EsN es una categoría penal (1323-1324) dada una circunstancia que puede eximir o atenuar pena. No crea potestad nueva. No otorga misión canónica. No convierte en lícito lo estructuralmente ilícito.
3. En sentido litúrgico, tiene razón la FSSPX en cuanto al EsN, pues existe una restricción universal de libertad casi absoluta del rito antiguo válido, regulado, no abolido, por Traditionis Custodes.
4. El EsN para que exista en sentido canónico tiene que darse: un mal grave e inminente; imposibilidad de otro medio; proporcionalidad objetiva.
5. El Sacerdote participa del munus santificandi pleno del Obispo, luego el Obispo no puede imponerle el rito válido que debe oficiar su Sacerdote.
6. En sentido eclesiológico y moral, Traditiones Custodes puede generar un EsN limitado para la FSSPX y sacerdotes que quieren oficiar con el Vetus Ordo.
7. En el contexto sacramental, los sacerdotes de la FSSPX poseen plenitud del munus santificandi. Por su ordenación pueden celebrar válidamente la Misa y administrar los sacramentos, incluso fuera de la jurisdicción ordinaria. Pues, la restricción de Traditiones Custodes afecta jurisdicción, no la validez sacramental del rito. El EsN según c1323 y doctrina: puede justificar acciones excepcionales cuando hay grave peligro para la fe, la liturgia o el acceso a los sacramentos, y no hay otra solución. En el caso de la FSSPX existe grave restricción de ministerio litúrgico: prohibición o limitación de celebrar el Vetus Ordo públicamente en muchas diócesis. Necesidad de proteger la fe y la liturgia tradicional: Sacerdotes impedidos de ejercer su munus santificandi plenamente. No existe alternativa pastoral viable: Para los fieles que dependen de la FSSPX para recibir la Misa tradicional. Por tanto, se puede hablar de EsN pastoral y moral, que permite cierta legitimidad para mantener el ministerio sacramental dentro de la FSSPX. Pero, no es universal, ni autoriza cisma formal y bajo resistencia prudencial.
2. Esto justifica la continuación del ministerio sacramental dentro de la Fraternidad bajo el Vetus Ordo, sin romper la comunión con la Iglesia.
3. Este escenario refleja una tensión entre jurisdicción centralizada (esquema eclesiológico del Vaticano II) y plenitud sacramental del Sacerdote, mostrando cómo la centralización post-Vaticano II puede crear conflictos pastorales y morales reales.
2. Esta consulta ha resultado una farsa, pues no se ha hecho pública. Muchos obispos no fueron "consultados". No se ha publicado ninguna documentación de una consulta formal sistemática de todos los obispos.
3. Testimonios de varios obispos indican que nunca recibieron un cuestionario oficial ni participaron en un proceso de consulta “mundial” en sentido estricto. Esto hace dudar de la afirmación de que hubo una consulta universal o formal. Por tanto, desde el punto de vista de la evidencia empírica, la referencia puede considerarse engañosa si se interpretaba como consulta universal o estadísticamente significativa. Es evidencia insuficiente si no se documenta la consulta, no hay manera de verificar objetivamente que los obispos expresaron la gravedad de la situación que justifica la restricción como norma universal.
4. Pues, una afirmación formal que no se corresponde a la realidad empírica genera dudas sobre la legitimidad percibida de la norma. No existe prudencia legislativa si la decisión se basa en percepciones no verificadas o parciales, la universalización de la norma se vuelve cuestionable. Y tensiona a sacerdotes y fieles, porque experimentan la norma como injusta, ya que no se corresponde a su experiencia local.
5. Recordemos que en la Carta a los obispos que acompaña a Traditionis Custodes, el Papa Francisco afirma explícitamente: La Congregación para la Doctrina de la Fe realizó una consulta a los obispos en 2020 sobre la aplicación de Summorum Pontificum, y que las respuestas fueron consideradas en la decisión.
6. Al menos, es legítimo cuestionar la proporcionalidad de Traditiones Custodes.
7. Pues, en la carta que acompaña a Traditionis Custodes se afirma que, tras consultas episcopales, el uso del Misal de 1962 se habría convertido en ciertos contextos en un Instrumento de rechazo del Concilio Vaticano II; Factor de división eclesial; y Punto de agregación identitaria paralela. Pero, esta justificación no es teológica sobre el rito, sino sociológica y pastoral sobre su uso. Porque, el rito antiguo no rechaza el Vaticano II por sí mismo. La justificación oficial se basa en su uso sociológico. La opción por norma universal es discutible prudencialmente, si existiera algún foco local.
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FJD: Por favor, no vuelva a enviar comentarios tan largos.
El Papa ya ha dicho que no es adecuada y ha dejado las razones
Punto final
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FJD: Cuanto más moleste a cierta gente que se traten algunos temas, más gusto da insistir.
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