El silencio de los pastores: entre el enfrentamento y la mudez
Demasiado silencio, dice los fieles. O al menos eso me hacen llegar. Cada día nos desayunamos, comemos, merendamos y cenamos, amén de algún aperitivo, con nuevas noticias de ofensas a los católicos y faltas de respeto por lo más santo. Lo malo, como en tantas otras cosas, es que nos acostumbramos a que esto sea lo normal.
Ayer, al acabar cada una de las misas, invité expresamente a los fieles a acudir a la procesión con la Virgen de los Dolores que saldrá este próximo viernes a las 20 h. desde la parroquia. Les dije que, además de acompañar a la Virgen y manifestar de un modo tan tradicional la fe y la devoción, la procesión también cumplía con el cometido de dar un público testimonio de fe en la calle en estos momentos de expansión laicista.

Uno nunca sabe si está ante un texto consensuado y con un implícito visto bueno, un globo sonda, una imprudencia o un gol por toda la escuadra, porque las cosas en esta Santa Iglesia Católica parece que cuesta trabajo se sepan con claridad.
Dios es Padre. Mejor, padre – madre, fecundidad, amor enternecido, misericordia, cercanía y compasión. Año jubilar para empaparnos de una nueva sensación en la gratuidad del abrazo definitivo que nos llega de lo alto.
Hace años imprescindibles, después más cuestionadas, el caso es que parece que vuelven a tomar auge las procesiones. El hecho es que constituyen y han constituido una forma de expresar una devoción y un sentimiento muy arraigada en el pueblo cristiano. En cada sitio con su peculiaridad, en cada lugar a su modo, lo cierto es que es un medio muy especial de mover al pueblo de Dios, de manera especial en la semana santa.
Interesante comprobar que justo las cosas a las que damos más importancia, son las que realmente más escaso valor tienen. Por ejemplo, el tema de los padrinos en el bautismo que no es ni siquiera obligatorio.





