La curiosa libertad de expresión en la Iglesia
Lo de la libertad de expresión ya saben ustedes que es una cosa según la cual los míos pueden decir lo que quieran hasta ciscarse en lo más santo, pero los contrarios no tienen derecho ni a agua.
Por ejemplo, los cardenales Caffarra, Brandmüller, Burke y Meisner (q.e.p.d.) no tienen derecho a la libertad de expresión. ¿Su delito? Dirigirse al santo padre, ejerciendo su oficio de consejeros, con una carta firmada y sellada, pidiendo aclaraciones a algunos puntos de Amoris Laetitia. Se les ha dicho de todo y acusado de todo, como por ejemplo hablar mal del santo padres, llevarle la contraria, ir abiertamente contra Francisco.
Está claro. La libertad de expresión consiste en la libertad de poder decir exactamente lo que conviene que se diga. Esta libertad de expresión es la misma que existe hoy en Cuba y en Corea del Norte. Usted puede decir todo lo que quiera a favor nuestro, pero si lleva la contraria en algo, o se atreve a pedir explicaciones, ya no será alguien que opina libremente, sino un traidor a la causa.

El arzobispado de Madrid, en aras de una mayor transparencia y el deseo de gestionar los bienes de la archidiócesis de una manera más eficaz, ha decidido dar paso a unos auditores externos que, en primer lugar, han llevado a cabo un amplio estudio de las cuentas de la curia, estudio que en su día se nos presentó a los sacerdotes y que deja las cosas en bastante buen lugar. Se pueden mejorar aspectos, pero, en general, nos damos por razonablemente satisfechos.
Uno tiene que saber en qué se gasta los cuartos, especialmente si los cuartos son de otros y yo soy el administrador. Servidor, por ejemplo, no puede gastarse los dineros del cepillo, los donativos o la colecta dominical en cualquier cosa. Los fieles, que son los que ponen la pasta, tienen no solo el derecho, sino la obligación de velar para que su aportación más o menos generosa vaya destinada a lo que tiene que ir: mantenimiento del templo parroquial, salario del sacerdote, actividades pastorales y ejercicio de la caridad.
NOTA PREVIA: Colocaré la homilía dominical normalmente pasado el domingo. Estos días que estoy fuera de la parroquia, como algo excepcional, intentaré colgarla antes, ya que hay sacerdotes que así me lo piden. Pero lo de estos días será algo puntual.
Yo no sé si nos engañan, o nos encanta vivir en la más exquisita y sublime de las nubes. ¡Oh el efecto Francisco! ¡Ah la nueva Iglesia! Por fin una Iglesia abierta. Gloria a Dios: era hora de sintonizar con la gente. Mantras. Muletillas. Frases que a base de ser repetidas nos quieren hacer creer que son la realidad. Todos encantadísimos con la realidad excepto los cuatro cavernarios.





