El enfado del arzobispo de Santiago, los polvos y los lodos
Del arzobispo y de quien no es el arzobispo. Porque que un tiparraco suelte en Santiago un pregón de carnaval metiéndose gravemente con el apóstol y hasta faltándole gravemente al respeto a la Virgen del Pilar es para que el personal, desde el arzobispo al último fiel medio decente, se indignen. Solo faltaba. Ya lo dijo en su día el papa Francisco: que no consentiría que nadie ofendiese a su madre.
No sé de qué nos asustamos. La política eclesial de los últimos años e incluso decenios es la de no molestar, callar, aguantar, perdonar y bajarse las calzas. La política podemita lleva, entre otras cosas, sacudir a los católicos todo lo que sea menester, sabiendo, constatando, que nunca pasará nada, y que los católicos, como mucho, convocarán un acto de desagravio. De aquellos polvos, estos lodos.


Es sorprendente cómo, en una sociedad que alardea de su anti yanquismo, luego te encuentres con tanta gente imitando todo lo que aparece en las más típicas y tópicas películas norteamericanas. Y es sorprendente que la única formación religiosa y litúrgica de tantos católicos sea el visionado de los más básicos e intranscendentes telefilmes de importación.
Me decía Rafaela, y repetidas veces, que a los curas no hay quien nos entienda. Llega uno, contaba, y decide quitar el altar de donde está y colocarlo en medio de la iglesia para que las misas sean más comunitarias. Dinero para el invento. El siguiente cree que el altar mucho mejor donde estaba antes. Más dinero. Y de paso, una nueva sede más austera, que la que tienen forrada de terciopelo es demasiado. Dinero para la sede y la anterior al trastero o el vertedero. Pero llega otro cura y prefiere la solemnidad, así que se acabó la sede actual y a comprar un sillón a todo trapo porque la liturgia requiere grandiosidad. Todo, evidentemente, a cargo de Rafaela, Joaquina, y todos los demás, porque los curas en esto no solemos poner un euro de nuestro bolsillo.