4.03.21

El Parlamento Europeo dicta directrices para imponer la neolengua de la Unidad de Igualdad, Inclusión y Diversidad

El Parlamento Europeo ha publicado un glosario de términos pretende ayudar a su personal a comunicarse adecuadamente en los ámbitos de la discapacidad, las cuestiones LGBTI+, la etnia y la religión.

El documento explica que «La regla de oro que aconsejamos a todos los miembros del personal es preguntar al interesado con qué términos prefiere que se dirijan a él. Cuando esto no sea posible, les invitamos a consultar este glosario de lenguaje sensible, cuidadosamente compilado por la Unidad de Igualdad, Inclusión y Diversidad de la DG PERS (Dirección general de personal) en estrecha colaboración con la DG TRAD (Dirección general de traducción)».

En el capítulo LGBTI+, por ejemplo, se pide evitar hablar de «sexo biológico», que deberá ser sustituido por «sexo asignado en el nacimiento». También se anima a emplear todo el catálogo de fobias: Homofobia, Gayfobia, Lesbofobia, Bifobia, Transfobia e Interfobia, aunque la lista está abierta a nuevas sugerencias. Se admiten Bisexual, Pansexual y Omnisexual… pero hay que ir con cuidado porque «Los términos «pansexual» y «omnisexual» utilizados como sustantivos pueden ser considerados ofensivos por algunos hablantes, que consideran que el uso de estas denominaciones reduce a la persona en cuestión únicamente a esa característica». Realmente, esto del lenguaje sensible e inclusivo se parece cada vez más a un deporte de riesgo.

Gracias a este útil glosario nos enteramos de que existe una cosa que se llama Morinombre o, en inglés, Deadname, que «generalmente designa el nombre de pila asignado al nacer a una persona transgénero que ya no utiliza». Y todos sus derivados, como «morinombrar», que se supone que es declarar que aquel nombre ya no va a ser utilizado y, de paso, avisar de que si alguien lo emplea, podrá ser denunciado, condenado en público y, por ahora, se le cancelará en redes sociales, a la espera de medidas más drásticas.

Hay que evitar a toda costa hablar de Derechos LGBTI, Derechos de los homosexuales o Derechos de los transexuales: ahora hay que hablar de «Trato equitativo o justo», que se supone engloba todo lo anterior, sin lo cual parece que no puede haber justicia.

La cirugía de cambio o reasignación de sexo se ha convertido en una palabra demasiado descriptiva y se propone cambiarla por «cirugía de afirmación de sexo», mucho más positiva y acorde con los manuales de autoayuda. Y por supuesto hay que desterrar todo vestigio de heteronormatividad, definida como «Presunción de que la heterosexualidad es la norma, y que las relaciones heterosexuales son el punto de referencia para determinar lo que es normal y lo que no». Presunción falsa, claro está, que solo algunos tontorrones y recalcitrantes, que obviamente no tienen lugar en el Parlamento Europeo, se empeñan en sostener.

Lo que sí supone un gran avance es el signo + añadido a las siglas LGBTI. Si ya tenemos dificultades para recordar todas las letras y, además, en su debido orden, ir añadiendo más y más letras estaba condenado al fracaso. El signo + es un cajón de sastre donde cabe todo lo imaginable e incluso aquello que ahora nos parece inimaginable. Por el momento, nos advierte el Parlamento Europeo que incluye a «las personas queers, biespirituales, así como sus aliados», un anuncio que habrá que investigar (por ejemplo, ¿seré yo un aliado de alguien biespiritual sin haberme dado cuenta?).

Quienes «no quieren acabar con la discriminación de las personas LGBTI+» (en realidad quienes consideran que convertir una institución como el matrimonio, basada en la complementariedad y la capacidad de procreación que se deriva de ésta, en una unión entre personas del mismo sexo es destruir esa institución) ya tenemos un nombre al que debemos responder: Opositores. Y recuerde, si le ponen la etiqueta de «opositor», su vida y su futuro van a ser bastante chungos. No dirá que no le avisaron.

Pero si lo del + es un indiscutible avance, el glosario también nos trae malas noticias: se recomienda usar la palabra SOGIESC, «Acrónimo de orientación sexual, identidad de género, expresión de género y características sexuales». Para los alumnos torpes como el que escribe estas líneas es toda una jugarreta.

Obviamente se recomienda evitar palabras tan soeces y malsonantes como «madre» o «padre», sustituidas por la entrañable «progenitor». Y hay que referirse a los vientres de alquiler como «maternidad de sustitución» (hasta que alguien se queje del uso de la palabra maternidad, ¿desde cuándo los padres no podemos gestar hijos?).

No me negarán que estas directrices no son una mina de ideas para los escritores distópicos que quieran seguir la estela de Orwell o Huxley. Es lo que tiene el compromiso radical con la promoción de la cultura del que hace gala el Parlamento Europeo.

 

22.02.21

Neutralidad: ¿existe realmente?

Hace unos días, un amigo me preguntó si me animaría a escribir una columna para el Diario de Jerez. La verdad es que no me lo pensé mucho y dije que sí. Elegí plantear una reflexión sobre uno de los supuestos fundamentos del régimen en que vivimos: la neutralidad del Estado. Una neutralidad que no se ve por ningún sitio, pero que, me preguntaba, quizás es que no es posible.

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10.02.21

Mucho más que la fe en tiempos de pandemia

La fe en tiempos de pandemia ofrece mucho, muchísimo más de lo que promete. Porque uno aborda este libro esperando encontrar reflexiones más o menos inspiradoras sobre cómo podemos vivir nuestra fe en estos tiempos de confinamiento, distancia social y aforos limitados. Y no hubiese estado mal, aunque, lo confesamos, empezamos a estar un poco hartos del tema: llevamos casi un año hablando a todas horas del Covid-19 y ya casi preferimos cualquier otro tema que no sea volver, una vez más, a lo que ha saturado nuestras mentes desde hace tantos meses.

Es posible que muchos potenciales lectores piensen esto cuando se encuentren ante el libro editado por Juan Antonio Martínez Camino que acaba de publicar Ediciones Encuentro. Se equivocarían, y sería una lástima, porque estamos ante un libro que supera con mucho la manida referencia a la pandemia. Sí, ésta ha servido de catalizador para repensar muchas cosas, y obviamente hay numerosas referencias a la misma, pero me atrevo a decir que las aportaciones a este libro mantendrán su interés y validez dentro de muchos años, cuando el Covid-19 sea solo un mal recuerdo.

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1.02.21

¿Es católico Biden? Robert P. George responde

La llegada a la Casa Blanca de un presidente católico, Joe Biden, cuyas primeras medidas son abiertamente contrarias con lo que enseña la Iglesia, nos pone frente a una desagradable realidad con trágicas consecuencias. No es de extrañar que haya surgido la polémica, incluso en ámbitos tan poco dados a airear sus diferencias como los propios obispos (véase si no el rifirrafe entre Cupich y Gómez).

Algunos acusan a Biden de no ser un católico fiel y coherente; otros lo defienden sosteniendo que no es muy bonito eso de ir dando y quitando carnets de católico. Pero me parece que la intervención de Robert P. George en el debate concluye la cuestión de modo que sólo puede mantenerse abierta desde intereses partidistas, pero que tanto desde un punto de vista religioso como desde la lógica más obvia, la cuestión es clara.

Robert P. George, el prestigioso profesor de la Universidad de Princeton, ha sido durante los años de presidencia de Trump un nevertrumper moderado: crítico con Trump, le ha reconocido algunos aciertos, sin por ello dejar el campo de los contrarios al antiguo presidente. En cualquier caso, no se le puede acusar de simpatías pro Trump o de partidismo republicano.

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26.01.21

Manicomio de verdades, una provocación para superar el fracasado proyecto moderno

El último libro de Rémi Brague, Manicomio de verdades, no rehúye la provocación, un arte que emparenta al pensador francés con ese bondadoso provocador que siempre fue Chesterton y del que extrae la idea que da título al libro: aquello de que el mundo moderno está lleno de viejas virtudes (o mejor verdades, argumenta Brague) cristianas que se volvieron locas. Su subtítulo insiste aún más en esta veta: «Remedios medievales para la era moderna». Algunos igual se asustan y huyen despavoridos ante el fantasma de un Berdiaev redivivo. Harán mal, porque el libro de Brague es una delicia que merece ser leído con calma y meditado.

Es cierto que el autor no se anda con chiquitas y nos pone ante la evidencia de un mundo, el nuestro, esencialmente desorientado. «El mundo moderno es básicamente un parásito que aprovecha las ideas premodernas… El mundo moderno no deja ileso el capital del que vive, sino que lo corrompe», escribe en las primeras páginas. Y aporta ejemplos, irrebatibles: el mundo moderno no engendra hijos pero espera que la cigüeña nos traiga nietos que paguen nuestras pensiones; nos encanta azotar a nuestros antepasados por sus supuestos crímenes mientras nosotros nos vamos de rositas de los nuestros. Y casi mejor así, porque si hay algo de lo que carece el mundo moderno es de la capacidad para perdonar, que ni siquiera se atisba en la lejanía.

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