La dignidad de la dependencia

La aparición de libros «postfeministas», que cuestionan aspectos del feminismo hegemónico, no cesa. A finales del año pasado Leah Libresco Sargeant publicó The Dignity of Dependence: A Feminist Manifesto en University of Notre Dame Press. La idea central del libro, que le da título, es la reivindicación del concepto de dependencia.
En realidad la cuestión afecta a un campo más amplio que el del propio feminismo. La idea de la emancipación de cualquier tipo de limitación y dependencia es algo que aparece ya en la Ilustración y de la que el feminismo será un caso particular; eso sí, un caso en el que se percibe de forma muy evidente la falacia en que consiste ese proyecto.
Nuestro mundo, señala Libresco Sargeant, nos presenta la autosuficiencia individual como el indiscutible ideal de vida. Este planteamiento, argumenta la autora, es, además de erróneo, imposible. Todos los humanos nacemos, vivimos y morimos siendo, en distintos grados, dependientes. Y eso no es malo, al contrario, es lo propio de la humanidad. Sin dependencia, el mundo se vuelve más inhumano. Ser vulnerables no es algo malo, es una realidad biológica que nos hace ser lo que somos. Cuidar de los demás no es una carga de la que librarse, sino una actividad esencial y humana que nos hace mejores.
Libresco Sargeant traslada esta visión al ámbito del feminismo y muestra cómo éste, al marcarse como objetivo la liberación de la mujer de toda dependencia, en realidad le ha causado un enorme daño. La emancipación promovida por el feminismo ha promovido la masculinización de la mujer. Esto se ve con mucha claridad en el ámbito laboral, donde la mujer tiene que comportarse como un hombre. De esta manera, todas las soluciones que se le dan en relación a la posibilidad de engendrar a un nuevo ser humano son parches en la dirección de la masculinización (como la congelación de óvulos para el momento en que su carrera profesional le autorice a comportarse como una mujer). Libresco Sargeant lo expresa así: «su fertilidad es tratada como algo disruptivo, un problema que hay que controlar».
Otro tanto ocurre tras el parto, cuando (tras un periodo de baja maternal) se supone que la mujer va a volver a su trabajo como si nada. La realidad es muy diferente: «tras cortar el cordón umbilical sigo estando unida a mi hijo, aunque de forma menos evidente. Las mujeres, más que los hombres, están marcadas físicamente por relaciones de cuidado… Los cuerpos y las relaciones de las mujeres están determinados por la dependencia, lo que nos convierte en excepcionales y poco bienvenidas en un mundo que espera que hombres y mujeres sean autónomos… Solo puede hacer un hueco a las mujeres en la medida en que éstas encuentren formas de ocultar o paliar el problema de ser mujeres, es decir, el problema de estar vinculadas a quienes dependen de nosotras».
Esto es algo que ya percibió Simone de Beauvoir, aunque ella, presa del paradigma de la autonomía, consideraba que «son la anatomía y la fisiología de la mujer las que determinan, al menos en parte, su condición de falta de libertad». Libresco Sargeant lo ve desde una perspectiva exactamente opuesta: la anatomía y la fisiología de la mujer no son maldiciones que limiten su libertad, sino que son esenciales para lo que significa ser mujer. La libertad entendida como ruptura con cualquier vínculo no es el ideal de una buena vida, al contrario, ser dependiente y que otros dependan de ti es lo que da sentido a la vida. Por eso Libresco Sargeant afirma que «hablar de autonomía es una forma engañosa de expresarse. Parece que la libertad es algo a lo que tenemos derecho y que consiste en la liberación de las limitaciones impuestas por las circunstancias de cada uno». Pero no es así, las limitaciones nos constituyen, no nos encarcelan.
Más adelante escribe que «algunas diferencias entre hombres y mujeres pueden superarse. Pero la capacidad de dar a luz a un hijo es una diferencia absoluta. Un feminismo que no reconozca esa diferencia será incapaz de defender plenamente ni a las mujeres ni a los niños».
Pero la realidad es que el feminismo aspira, al menos desde Simone de Beauvoir, a erradicar esa diferencia o, si no es posible erradicarla, a poner todos los medios para que se pueda vivir como si esa diferencia entre mujer y varón no existiera. En opinión de Libresco Sargeant «la presión para fingir ser autónomo supone una pesada carga. Desvía la atención del mundo tal y como es realmente hacia el mundo ilusorio de los individuos y la autonomía, y eso tiene un precio… Una cultura que idolatra la autonomía no puede valorar el embarazo. En el mundo de la autonomía, la maternidad supone una interrupción del proyecto humano, en lugar de ser el modo en que estamos vinculados a las personas que vendrán después de nosotros».
La propuesta de Libresco Sargeant no se contenta con los parches habituales sino que va al meollo de la cuestión y, en este sentido, podemos calificarla de radical: «Estamos llamados, no a aceptar la dependencia como un hecho crudo y desagradable, sino a integrarla profundamente en nuestra comprensión de lo que significa ser un ser humano. Nuestros vínculos con los demás no son un obstáculo para nuestra autorrealización, sino que constituyen la base del yo auténtico. Son precisamente nuestras vulnerabilidades las que nos permiten abrirnos al amor y recibir amor a cambio».
De ahí la propuesta de Leah Libresco Sargeant de un nuevo feminismo, un nuevo enfoque dentro de ese magma que se ha dado en llamar postfeminismo, que en vez de combatir lo propio de ser mujer, lo asuma y valore la dependencia no como algo de lo que liberarse, sino como algo que abrazar: «Aunque la tecnología y la cultura cambien, las mujeres somos las únicas que no podemos negar que otras personas dependen de nosotras. No podemos vivir plenamente sumidas en la mentira de la autonomía».
El libro, como probablemente sospecharán a estas alturas, me ha interesado y creo que plantea cuestiones cruciales. Dicho esto, y para que nadie se llame a engaño, advierto que es un libro muy norteamericano: incorpora muchas apreciaciones y testimonios personales, lo que lo hace más entretenido y fácil de leer que un libro puramente académico, pero también infla texto y lo hace en ocasiones reiterativo o banal, además de que dedica capítulos enteros tanto a debates muy centrados en su país así como a cuestiones relativas a las leyes laborales en Estados Unidos que están un tanto alejados de nuestra realidad.
1 comentario
Confundieron "serviciales" con "siervas", y el resultado es que "no sirven".
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