Una ventaja más del latín

Todavía tenemos fresca en la memoria la visita del Papa León XIV a España y, en mi caso, especialmente su estancia en mi ciudad, Barcelona. La mayoría de los recuerdos que guardo son buenos, muy buenos: desde sus palabras hasta sus gestos (cómo no recordar el cariño con el que iba tomando en brazos y bendiciendo a tantos bebés) y también la reacción, totalmente imprevista, de fervor que se produjo entre tanta gente. Y sin embargo, guardo un pequeño recuerdo negativo: el penoso espectáculo que nos ofrecieron tantas personas y medios nacionalistas con la cuestión del uso de la lengua catalana.
Quiero advertir que yo no tengo ningún problema con que el Papa emplee una lengua que también es la mía, la de mi padre, la de mis abuelos… Pero la obsesión por obligarle en hablar en una lengua que no domina (¡teniendo la suerte de que este Papa habla español tras media vida en Perú!) y, sobre todo, el despliegue de contabilidad lingüística, fueron actitudes vergonzosas. Que si había hablado medio minuto más en español que en catalán, cronómetro en mano, que si el catalán iba a ser usado en tal momento, menos importante, y no en tal otro, se supone que de mayor importancia… miserias de un nacionalismo lingüístico que no atiende a lo que el Papa dice, sino que se fija solamente en que lo diga en una determinada lengua.
