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10.05.17

¡¡Delante de Dios!! (Sacralidad - III)

La liturgia se celebra para Dios, ante Dios, delante de Dios. La liturgia es el actuar de Dios en la Iglesia: sigue hablando-revelándose, sigue comunicando su gracia, sigue entregándose. A Él escuchamos en la liturgia, a Él nos dirigimos y oramos con las oraciones de la liturgia y el canto de los salmos, ante Él estamos en amor y adoración, a Él lo recibimos y acogemos.

Así la liturgia será sagrada y bella cuando lejos de convertirla en un discurso moralista constante, o en una catequesis didáctica, o en una reunión festiva donde nos celebramos a nosotros mismos, reconocemos la presencia de Dios en la liturgia, el primado de Dios, y somos conscientes de que estamos ante Dios mismo. ¡Es obra de Dios la liturgia!

 Esta primacía de Dios en la liturgia se descubre si miramos bien a Dios en la liturgia en vez de mirarnos unos a otros. Sólo Dios puede ser el protagonista de la liturgia y por ello la liturgia se vuelve sagrada y bella, y se cuida:

 “En toda forma de esmero por la liturgia, el criterio determinante debe ser siempre la mirada puesta en Dios. Estamos en presencia de Dios; él nos habla y nosotros le hablamos a él. Cuando, en las reflexiones sobre la liturgia, nos preguntamos cómo hacerla atrayente, interesante y hermosa, ya vamos por mal camino. O la liturgia es obra de Dios, con Dios como sujeto específico, o no lo es. En este contexto os pido: celebrad la santa liturgia dirigiendo la mirada a Dios en la comunión de los santos, de la Iglesia viva de todos los lugares y de todos los tiempos, para que se transforme en expresión de la belleza y de la sublimidad del Dios amigo de los hombres” (Benedicto XVI, Disc. a los monjes de la abadía de Heiligenkreuz, 9-septiembre-2007).

 La naturaleza de la liturgia nos lleva a descubrir gozosamente que es una acción sagrada ante Dios y con Dios, siendo Dios el centro único. La liturgia es la Iglesia en oración con el Señor; de ahí sus oraciones, prefacios, plegarias solemnes con los cuales el único sujeto-Iglesia une a todos en un solo “Yo” eclesial para dirigirse a Dios; de ahí también la importancia de las lecturas bíblicas y del Evangelio mismo con los que Dios habla a su pueblo y el pueblo cristiano responde con la oración, el silencio y el canto.

 Podría decirse que la liturgia es dialógica, es decir, entabla un diálogo orante y de fe entre Dios y su pueblo, entre Cristo y su Esposa. Estamos, con reverencia, con adoración, ante el Misterio mismo de Dios.

 Esta perspectiva queda totalmente desdibujada cuando introducimos una visión muy opuesta: una liturgia que parece más una fiesta en la que la comunidad se celebra a sí misma; en vez de ser Dios el centro, se convierte en centro a la propia comunidad; en lugar de oración-diálogo de Dios con su pueblo, se convierte en diálogo y acción interactiva entre los asistentes como si fuera una puesta en común, un congreso donde se habla, una charla informal entre todos (de ahí: la proliferación y verborrea de moniciones en cualquier momento; las homilías dialogadas; la intervención espontánea de cualquiera en la homilía, en las preces o en la “acción de gracias”, etc). Cuando esto ocurre, se rompe la sacralidad de la liturgia para convertirse en algo humano, en terapia grupal, en un acto que refuerce la identidad del grupo… Los elementos que contribuyen a la solemnidad desaparecen, se omite cualquier silencio sagrado, y las oraciones litúrgicas, dirigidas a Dios, se despachan velozmente porque no se les ve sentido ni función alguna.

 Se pasa así de estar todos mirando al Señor, vueltos a Dios, a estar mirándose la comunidad a sí misma, autocomplaciente, encantada con su “compromiso cristiano”, celebrando lo bueno que son todos. Es palpar cómo la teología se ha pervertido en sociología, la espiritualidad pervertida en espectáculo. Es el dato estremecedor que se ve en muchas liturgias hoy:

“A veces se advierten celebraciones litúrgicas, bellas y atractivas en su desarrollo ritual, pero al final desazonan, porque dan la impresión que el centro de toda la celebración sea, no la gloria del Padre de nuestro Señor Jesucristo, sino la misma comunidad, y no tanto la santificación de las personas, sino su satisfacción grupal” (Rodríguez, P., La sagrada liturgia en la escuela de Benedicto XVI, Roma 2014, 304-305).

 Hay que rebajar el protagonismo de los asistentes en la liturgia y acentuar más el protagonismo del mismo Señor. Hay que dejar de mirarse unos a otros, dando cada cual su opinión o interviniendo “espontáneamente”, para ungir la liturgia con el respeto y la sacralidad, con la mirada de todos hacia un único punto: Dios actuando y santificando.

  Así la liturgia no tiene que estar inventándose una y otra vez, ni introducir algún elemento nuevo para captar la atención y ser creativo, ya que la liturgia no es algo “nuestro”, una actuación humana a gusto de los asistentes, sino que es Dios quien obra, actúa, interviene. Se trata de no quitar a Dios para ponerse en su lugar los asistentes, sino que todos juntos adoran a Dios, lo escuchan, se dejan santificar.

 “Debemos tener presente y aceptar la lógica de la Encarnación de Dios: él se hizo cercano, presente, entrando en la historia y en la naturaleza humana, haciéndose uno de nosotros. Y esta presencia continúa en la Iglesia, su Cuerpo. La liturgia, entonces, no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino que es la presencia viva del Misterio pascual de Cristo que trasciende y une los tiempos y los espacios. Si en la celebración no emerge la centralidad de Cristo, no tendremos la liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora. Dios obra por medio de Cristo y nosotros no podemos obrar sino por medio de él y en él. Cada día debe crecer en nosotros la convicción de que la liturgia no es un ‘hacer’ nuestro o mío, sino que es acción de Dios en nosotros y con nosotros” (Benedicto XVI, Audiencia general, 3-octubre-2012).