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18.02.20

¿Soberanía de Cristo o Soberanía Popular?

¿Cristiano y liberal? ¿Soberanía de Cristo o soberanía popular?

Tengo la sensación – más bien la certeza – de haber escrito este mismo artículo muchas veces. Me repito. Es verdad. Pero en estas cuestiones, nos jugamos la vida. Y si Dios me pide que lo escriba un millón de veces, lo haré. Así que vuelvo a insistir en lo fundamental para que no perdamos el rumbo…

1.- Hemos sido creados por Dios. Dios nos amó desde antes de crear todo cuanto existe y nos dio la vida. No somos fruto del azar, como pretenden los ateos. Dios nos ha dado la vida y nos ha hecho a su imagen y semejante. De ahí proviene nuestra dignidad.

Le dice Dios a Jeremías:

Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones. Jeremía 1, 5.

Y en el Salmo 138 podemos leer:

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.

Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras;
conocías hasta el fondo de mi alma,
no desconocías mis huesos.

Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
tus ojos veían mis acciones,
se escribían todas en tu libro;
calculados estaban mis días
antes que llegase el primero.

2.- La vida del hombre tiene sentido: caminamos hacia nuestra patria celestial que es Dios mismo. Dios nos llama a vivir en comunión con Él, unidos a Él. Dios nos dio la vida y nos la conserva por amor, porque en Él vivimos, nos movemos y existimos.

Este mundo es el camino [1]
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos mientras vivimos,
e llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos,
descansamos.

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1.02.20

El Problema de la Libertad

 “Dios creó al hombre al principio y le dio libertad de tomar sus decisiones.” Eclesiástico 15:14

Empecemos por resumir muy brevemente la doctrina católica sobre la libertad:

  1. Los seres humanos somos libres porque podemos tomar nuestras propias decisiones. La libertad es propia y exclusiva de los seres racionales que somos dueños y responsables de nuestras acciones. El hombre puede obedecer a la razón y practicar el bien moral para alcanzar el fin último para el que ha sido creado; o puede seguir la dirección contraria y dirigirse a su perdición. 
  2. El fin supremo al que debe aspirar la libertad humana no es otro que el mismo Dios. La recta razón nos conduce siempre a Dios, que es nuestro principio, nuestro Creador, y nuestro fin último. Dios es alfa y la omega, principio y fin. Venimos de Dios y hacia Él vamos.
  3. Pero la razón y la voluntad son facultades imperfectas y nos pueden presentar de manera engañosa algo malo con apariencia de bien. La naturaleza humana está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado, aunque no está totalmente corrompida. 
    «Lo que la Revelación divina nos enseña coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros hombres y con todas las cosas creadas» (GS 13,1).
  4. Cuando la voluntad apetece un objeto que se aparta de la recta razón, incurre en el defecto radical de corromper y abusar de la libertad. La posibilidad de pecar no es libertad, sino  esclavitud. El que peca es esclavo del Demonio. Por el pecado original, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original entraña “la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo” (Concilio de Trento: DS 1511, cf. Hb 2,14). Por el pecado, el hombre está privado de la gracia y en estado de enemistad con Dios.
  5. Dios, infinitamente perfecto, sumamente inteligente, sumo bien y esencialmente bondadoso, es plenamente libre y no puede nunca querer el mal. Por lo tanto, la posibilidad de pecar no forma parte del concepto de libertad, pues, de ser así, Dios no sería libre. Libertad y bondad van inexorablemente unidas.
  6. A la libertad le hacía falta una protección y un auxilio capaces de dirigirla hacia el bien y apartarla del mal, porque, si no, la libertad habría sido gravemente perjudicial para el hombre. Esa protección y ese auxilio se los proporciona la ley, que es una norma que nos señala lo que hay que hacer y lo que hay que evitar. El hombre, precisamente por ser libre, ha de vivir sometido a la ley. La ley que guía al hombre en su acción y le mueve a obrar el bien y a evitar el mal es la ley natural que está escrita y grabada en el corazón de cada hombre, porque es la misma razón humana la que manda al hombre hacer el bien y prohíbe al hombre obrar el mal.
  7. Pero este precepto de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuera órgano e intérprete de otra razón más alta, a la que deben estar sometidos nuestro entendimiento y nuestra libertad: la ley eterna. La ley natural es la misma ley eterna, que, grabada en los seres racionales, inclina a éstos a las obras y al fin que les son propios. La ley eterna es la razón eterna de Dios, Creador y Gobernador de todo el universo.
  8. La naturaleza de la libertad humana incluye la necesidad de obedecer a una razón suprema y eterna, que no es otra que la autoridad de Dios imponiendo sus mandamientos y prohibiciones. Y este dominio de Dios sobre los hombres no solo no suprime ni debilita la libertad humana, sino que lo que hace es precisamente todo lo contrario: defenderla y perfeccionarla.
  9. A esta regla de nuestras acciones, a este freno del pecado que son los Mandamientos, Dios ha añadido ciertos auxilios especiales para confirmar y dirigir la acción del hombre. Para que podamos cumplir la ley eterna, Dios nos socorre con su gracia. La gracia divina ilumina el entendimiento y robustece e impulsa la voluntad hacia el bien moral y, al mismo tiempo, facilita y asegura el ejercicio de nuestra libertad natural.
  10. Jesucristo, liberador del género humano, que vino para restaurar y acrecentar la dignidad antigua de la Naturaleza (caída tras el pecado original), ha socorrido de modo extraordinario la voluntad del hombre y la ha levantado a un estado mejor, concediéndole, por una parte, los auxilios de su gracia y abriéndole, por otra parte, la perspectiva de una eterna felicidad en los cielos.

La doctrina expuesta en este apartado está tomada de la Encíclica Libertas Praestantissimum de León XIII (apartados 1 al 8); y lo referente al pecado original del Catecismo (parágrafos 396 a 412).

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