InfoCatólica / El blog de Monseñor Sebastián / Archivos para: Abril 2008

29.04.08

El martirio en la vida de todos los cristianos (I)

El martirio de Jesús

Cualquier consideración que queramos hacer sobre la realidad del martirio en la vida de la Iglesia, en la vida de los cristianos, debe comenzar por recordar que Jesús es el mártir por excelencia. Toda la vida cristiana, el rescate de la humanidad, y la nueva humanidad nacen del martirio de Jesús.

Jesús es nuestro primer mártir. Y a partir de El la vida de los discípulos, la vida de la Iglesia, la vida de los cristianos es una vida esencialmente martirial. Hoy como siempre, el martirio, real o potencial, es la forma perfecta del seguimiento de Jesús, del amor y de la perfección cristiana.

En el lenguaje cristiano, mártir es el testigo de la fe en Dios, más radicalmente el testigo de la verdad y de la bondad del Dios en quien creemos. El martirio es la palabra más verdadera sin posibilidad de engaño. El mártir mantiene su fe en Dios por encima de la muerte porque está convencido de la verdad de lo que cree y porque está seguro de que ese Dios en quien cree es fuente de vida y vencedor de la muerte.

Ya en el Antiguo Testamento la realidad del martirio aparece como un momento cumbre de la fe. Jesús sabe que el martirio ha sido frecuentemente el fin de los profetas. Bien cerca de él, Juan el Bautista fue martirizado por denunciar los pecados de Herodes. El evangelista nos dice que Herodes “quería quitarle la vida” para acabar con sus denuncias (Mt 14,3).

El autor del IVº evangelio nos lo dice desde el principio como una de las claves para comprender no sólo su relato sino la misma vida de Jesús: “a los suyos vino, y los suyos no le recibieron”. La obra de Jesús podía haberse realizado pacíficamente, pero el pecado y la impenitencia de los dirigentes de Israel hicieron imprescindible su muerte y su martirio. Fueron los intereses de los judíos, que ellos veían amenazados por la predicación de Jesús, lo que determinó su muerte: si este hombre sigue predicando “todos creerán en él, vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar santo y el país entero” (Jn 11, 43). Después de la resurrección de Lázaro los grandes jefes sentenciaron definitivamente a Jesús, “conviene que muera uno solo por todo el pueblo”. Profetizaron sin saberlo.

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24.04.08

Cómo descubrir a Dios

A Dios nadie lo ha visto jamás. Pero nos ha dejado pistas suficientes como para que podamos estar seguros de su presencia, de su providencia y de su benevolencia con nosotros.

Es vocación inevitable del hombre hacerse cargo de la realidad que le rodea y vivir en relación con ella. Esta realidad son los demás, somos nosotros mismos, es el mundo y todo lo que el mundo supone antes o después, delante o detrás de El. Por eso la pregunta sobre Dios es parte de nuestra vida consciente. Esa pregunta tan simple es la que nos hace hombres y nos separa radicalmente del mundo animal.

Por eso puede ser interesante dedicar unas líneas a esta cuestión. ¿Podemos saber con certeza si existe un Ser infinito, anterior al mundo, creador y providente? Y si existe ¿podemos saber algo de El? Una respuesta esquemática puede servirnos para repasar los caminos de nuestra fe y si hace falta fortalecerla. Puede servirle a quien esté pasando un tiempo de dudas y de inseguridad. Y nos puede servir si es que alguna vez podemos y queremos hablar de esta cuestión con algún amigo o familiar no creyente.

Una advertencia preliminar es indispensable. Para hablar de Dios, como para hablar íntimamente con otra persona, hace falta un clima. Un clima de sinceridad, de autenticidad, de querer conocer la verdad, sin prevenciones, sin posturitas, un clima de confidencialidad, de respeto, de hablar, como se dice, con el corazón en la mano. Y hace falta tener un deseo sincero de querer encontrar la verdad y acomodarse a ella. Conocer la verdad es cuestión de inteligencia, pero más profundamente es cuestión del corazón. Hay actitudes profundas del corazón que nos hacen no querer ver lo que no nos conviene. Jesús se lo decía a algunos de sus oyentes que no le creían. No me creéis porque buscáis vuestra gloria por encima de la verdad. Por eso para hablar de Dios hay que comenzar por crear la disposición interior de querer escuchar, de querer saber, de querer acertar en la propia vida.

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20.04.08

De nuevo a vueltas con el laicismo

Estos días algunos medios de comunicación están apretando con el asunto del laicismo. No les ha gustado ver en la toma de posesión del nuevo gobierno los signos cristianos, la Biblia y el crucifijo. Ellos piensan que esa exhibición de signos religiosos es un residuo del confesionalismo franquista. La cosa tiene su importancia. Porque si triunfa esta concepción del Estado aconfesional podemos entrar en una situación de conflicto. Vale la pena analizarlo.

De entrada tiene que quedar bien claro que los católicos estamos conformes con el Estado aconfesional descrito en la Constitución, un Estado que no asume ninguna confesión religiosa ni beligera en cuestiones de religión, pero que sí se compromete a reconocer y proteger el pleno ejercicio de la libertad religiosa de los ciudadanos atendiendo a las realidades históricas y sociales.

Los críticos de la situación actual pretenden que el Estado laico, o la laicidad del Estado, exige la exclusión de cualquier manifestación religiosa en las instituciones y actuaciones públicas. Este concepto de laicidad no se razona sino que se impone como un dogma indiscutible. Discrepar de esta manera de ver las cosas es confesionalismo, parcialidad, prepotencia. Yo no lo veo así.

Esta manera excluyente de entender la laicidad supone que el Estado es algo que viene como prefabricado independientemente de la sociedad, no se sabe de qué laboratorios ideológicos. Pero lo cierto es que el Estado nace de la sociedad, debe reflejar el pluralismo y la complejidad de la sociedad, y tiene que estar estrictamente al servicio de los ciudadanos.

Con esta laicidad excluyente se desconoce algo muy importante de la sociedad y de los ciudadanos que es su religiosidad, la que sea, uniforme o variada, mayoritaria o minoritaria. No es elegante tomarse a broma la religiosidad de los conciudadanos. La pretendida neutralidad de nuestros laicistas resulta ser en realidad una exclusión de la religión, o de las religiones, mantenidas y queridas por los ciudadanos, en una buena parte de su vida. Porque la vida pública también es vida de la sociedad y en definitiva de las personas.

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15.04.08

Sobre la Iglesia (y II)

Vª. FUERTE EN LA DEBILIDAD

Muchas veces los cristianos somos impacientes y equivocamos el camino para hacer las cosas. Queremos responder a las críticas que padecemos con el mismo lenguaje, con los mismos estilos con que nos critican. Pretendemos servir al Reino de Dios con los mismos medios con que nos persiguen o se burlan de nosotros sus enemigos. Queremos ser fuertes teniendo más recursos, más influencias, más poder y más riquezas, para ponerlo todo al servicio del Reino de Dios. Así pensaba también San Pablo agobiado por las muchas dificultades que encontraba en su ministerio, y él mismo dice que el Señor le corrigió, haciéndolo comprender otra cosa: “te basta mi gracia”. “La fuerza de Dios se manifiesta en tu debilidad”. San Pablo aprendió la lección y sacó una consecuencia que nosotros también tenemos que aprender: “Cuando soy débil, entonces es cuando soy más fuerte”.

Hay un misterio en todo esto que no es fácil de comprender. Parece lógico que queramos disponer de los mejores medios y de los mayores recursos para difundir la palabra de Dios, para apabullar a los enemigos de Dios con la fuerza de nuestros argumentos y la abundancia de nuestros recursos. No nos damos cuenta de que la abundancia de bienes materiales y de recursos humanos puede engañarnos haciéndonos creer que somos nosotros quienes hacemos el bien, en vez de confiar humildemente en Dios y atribuirle a El lo que es obra de su bondad y de su amor.

Es el misterio de David contra Goliat, es el misterio de la debilidad de los mártires que con su fidelidad vencen la soberbia de sus verdugos, es en definitiva el misterio de la suprema debilidad de Cristo crucificado que con su obediencia filial al Padre vence las fuerzas del Mal precisamente cuando aparenta ser más débil.

El progreso y la vida del Reino es obra de Dios y Dios ha escogido el camino de la debilidad porque ha escogido el camino del amor. Dios nos ha creado a su imagen, como seres libres, responsables de nuestra vida, y quiere que crezcamos en la verdad y en el amor. Por eso mismo Dios respeta nuestros ritmos, se queda como en segunda fila, dejándonos tiempo y espacio para que nosotros vayamos asumiendo nuestras responsabilidades y haciendo a nuestro paso las tareas que nos corresponden.

Eso que algunos llaman el silencio de Dios, es en realidad el respeto y el amor de Dios. Este silencio de Dios llegó a su punto máximo en la pasión de Jesucristo. Fue el silencio de Dios el mayor amor con que Dios nos amó, dejando que Jesús venciera para siempre las fuerzas del mal, con la fuerza victoriosa de su obediencia y de su fidelidad. En El se cumplió sobre manera la afirmación de Pablo, “Cuando soy débil entonces es cuando soy más fuerte” “Todo lo puedo con la fuerza de quien me sostiene”. Este modo de obrar es una constante en la providencia de Dios, que escoge a los débiles para vencer a los fuertes, que prefiere la ignorancia de los sencillos de corazón a la sabiduría de los presuntuosos. En las relaciones con Dios todo es libertad. Esa es la debilidad y la fuerza invencible de la Iglesia.

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12.04.08

¿Ética laica? y Educación para la Ciudadanía

El Señor Peces Barba pretende convencernos de que no hay razones serias para oponerse a la asignatura de “Educación para la Ciudadanía". Quienes se oponen serían unos melindrosos anticuados que se aferran a un sistema moral confuso y confunden lo público con lo privado.

Vamos a ver si nos aclaramos:

Una asignatura que se limitase a exponer los criterios de convivencia que hemos aprobado los españoles en la Constitución y describiese las principales instituciones mediante las cuales organizamos nuestra convivencia, nos resultaría del todo aceptable. No me parece muy necesaria, porque eso mismo ya se hace en otros momentos, pero sería aceptable.

Pero es que nuestro Gobierno, en el programa de esta asignatura, incluye la ideología de género, que es una carga de profundidad contra los valores morales que rigen nuestra vida y configuran nuestra sociedad. Desde luego los cristianos no la podemos aceptar, y las personas juiciosas que tengan un buen sentido moral, tampoco.

Veamos por qué. La ideología de género es un invento del feminismo radical que viene a decir que la diferenciación entre varón y mujer es discriminatoria y opresiva para la mujer. Por lo cual, en una sociedad libre y liberada, hay que prescindir de la diferenciación sexual como factor de relación personal, de ordenamiento social y distribuidor de roles sociales. El sexo como realidad biológica pierde importancia, y la sexualidad pasa a ser un mero papel social que cada uno elige a su gusto. Por eso se habla de “género” y no se habla ya de “sexo". Cada uno “hace de” hombre o de mujer, o de las dos cosas, según le apetezca. Con lo cual, heterosexualidad, homosexualidad, transexualidad, son situaciones absolutamente normales e intercambiables, según la voluntad de cada uno. En consecuencia, se legitiman todas las formas imaginables de ejercer la sexualidad, y hasta se pretende llegar a “liberar” a la mujer de la “carga” de la maternidad, encomendando la continuidad de la especie a la ingeniería de los laboratorios. Con ello se atomiza la sociedad, al desaparecer el matrimonio y la familia como primer núcleo social, como lugar de arraigo amoroso del ser humano. Sin matrimonio, sin familia, el hombre deja de ser un ser relacional que nace, crece, vive y muere en un contexto de amor interpersonal, mutuo, generoso, irrevocable, para quedar reducido a un ser aislado y desarraigado, confiado únicamente al intervencionismo asfixiante de un Estado asistencialista y omnipresente. ¿Alguien puede decir que esta revolución cultural y social esté prevista en la Constitución?

Rechazar esto no es poner la voluntad del individuo por encima de la norma aprobada por la mayoría. Primero, porque esas normas se han ido aprobando de tapadillo, sin explicar lo que significan. Segundo, porque lo que con la objeción de conciencia se antepone a la norma no es la voluntad del individuo, sino la conciencia moral de la persona, santuario de la libertad personal, anterior y superior a cualquier ley humana. El orden moral natural es previo y superior a cualquier institución política. Obliga a todos, ciudadanos y gobernantes. Los cristianos nos negamos a que sean las leyes y los legisladores los que definan el bien y el mal moral. Eso es tiranía.

El Señor Peces Barba intenta resolver el conflicto apelando a la distinción entre ética privada y ética pública. La ética privada es propia del individuo y puede estar regida por su conciencia. La ética pública nace de la soberanía popular, es interpretada por el parlamento y sancionada por las leyes. Esto es lo moderno y lo democrático. La teoría resulta atrayente por su aparente claridad, pero si se examina detenidamente resulta insostenible. Etica privada y pública no son dos éticas independientes y menos opuestas. La sociedad, de cuya soberanía arranca la ética pública, está compuesta por personas, que tienen su propia ética personal, generalmente de origen religioso, o por lo menos racional y tradicional. En virtud de sus criterios éticos personales, los ciudadanos configuran una ética pública para regir su convivencia, en la que están presentes, con las debidas adaptaciones, los mismos criterios éticos que valen para su vida personal. Y es esa ética común, consensuada entre las personas que forman el pueblo soberano, la que tienen que asumir, respetar y obedecer los legisladores y jueces que están al servicio de la convivencia. No es el Parlamento el que crea la ética pública, sino los ciudadanos a los que tiene que someterse y servir el Parlamento. ¿Acaso hemos aceptado los españoles la ética de la ideología de género como ética pública vigente en nuestra sociedad? ¿Quiénes han formulado esa ética pública con autoridad para imponérnosla? ¿Cuándo y dónde les hemos dado la encomienda para semejante revolución? Son preguntas capaces de remover los fundamentos de nuestra sociedad. Porque no se trata de defender una “vaga y genérica moralidad” como dice el Sr. Peces Barba. Se trata, a mi juicio, de defender una parte imprescindible de la tradición moral de los españoles y de todo el occidente cristiano.

La tradición occidental, que la revelación y la experiencia cristiana ha clarificado y fortalecido, resuelve la tensión entre los sexos recurriendo al amor fiel e irrevocable como motivo y cualificación de la relación interpersonal entre varón y mujer. La biología queda asumida y trascendida por un amor personal, libre y fiel, ejemplarizado y enriquecido por el amor de Dios que habita en nuestros corazones. “Vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por vosotros". Entregáos unos a otros con el amor de Cristo. Amáos unos a otros como a vosotros mismos. El sexo no es lo que domina, sino que se convierte en expresión y vehículo de este amor fiel y poderoso que nos rescata de la muerte. Otra antropología, otra manera de ver y vivir la misma humanidad.

+Fernando Sebastián Aguilar