Sobre la Iglesia (y II)
Vª. FUERTE EN LA DEBILIDAD
Muchas veces los cristianos somos impacientes y equivocamos el camino para hacer las cosas. Queremos responder a las críticas que padecemos con el mismo lenguaje, con los mismos estilos con que nos critican. Pretendemos servir al Reino de Dios con los mismos medios con que nos persiguen o se burlan de nosotros sus enemigos. Queremos ser fuertes teniendo más recursos, más influencias, más poder y más riquezas, para ponerlo todo al servicio del Reino de Dios. Así pensaba también San Pablo agobiado por las muchas dificultades que encontraba en su ministerio, y él mismo dice que el Señor le corrigió, haciéndolo comprender otra cosa: “te basta mi gracia”. “La fuerza de Dios se manifiesta en tu debilidad”. San Pablo aprendió la lección y sacó una consecuencia que nosotros también tenemos que aprender: “Cuando soy débil, entonces es cuando soy más fuerte”.
Hay un misterio en todo esto que no es fácil de comprender. Parece lógico que queramos disponer de los mejores medios y de los mayores recursos para difundir la palabra de Dios, para apabullar a los enemigos de Dios con la fuerza de nuestros argumentos y la abundancia de nuestros recursos. No nos damos cuenta de que la abundancia de bienes materiales y de recursos humanos puede engañarnos haciéndonos creer que somos nosotros quienes hacemos el bien, en vez de confiar humildemente en Dios y atribuirle a El lo que es obra de su bondad y de su amor.
Es el misterio de David contra Goliat, es el misterio de la debilidad de los mártires que con su fidelidad vencen la soberbia de sus verdugos, es en definitiva el misterio de la suprema debilidad de Cristo crucificado que con su obediencia filial al Padre vence las fuerzas del Mal precisamente cuando aparenta ser más débil.
El progreso y la vida del Reino es obra de Dios y Dios ha escogido el camino de la debilidad porque ha escogido el camino del amor. Dios nos ha creado a su imagen, como seres libres, responsables de nuestra vida, y quiere que crezcamos en la verdad y en el amor. Por eso mismo Dios respeta nuestros ritmos, se queda como en segunda fila, dejándonos tiempo y espacio para que nosotros vayamos asumiendo nuestras responsabilidades y haciendo a nuestro paso las tareas que nos corresponden.
Eso que algunos llaman el silencio de Dios, es en realidad el respeto y el amor de Dios. Este silencio de Dios llegó a su punto máximo en la pasión de Jesucristo. Fue el silencio de Dios el mayor amor con que Dios nos amó, dejando que Jesús venciera para siempre las fuerzas del mal, con la fuerza victoriosa de su obediencia y de su fidelidad. En El se cumplió sobre manera la afirmación de Pablo, “Cuando soy débil entonces es cuando soy más fuerte” “Todo lo puedo con la fuerza de quien me sostiene”. Este modo de obrar es una constante en la providencia de Dios, que escoge a los débiles para vencer a los fuertes, que prefiere la ignorancia de los sencillos de corazón a la sabiduría de los presuntuosos. En las relaciones con Dios todo es libertad. Esa es la debilidad y la fuerza invencible de la Iglesia.






