De nuevo a vueltas con el laicismo
Estos días algunos medios de comunicación están apretando con el asunto del laicismo. No les ha gustado ver en la toma de posesión del nuevo gobierno los signos cristianos, la Biblia y el crucifijo. Ellos piensan que esa exhibición de signos religiosos es un residuo del confesionalismo franquista. La cosa tiene su importancia. Porque si triunfa esta concepción del Estado aconfesional podemos entrar en una situación de conflicto. Vale la pena analizarlo.
De entrada tiene que quedar bien claro que los católicos estamos conformes con el Estado aconfesional descrito en la Constitución, un Estado que no asume ninguna confesión religiosa ni beligera en cuestiones de religión, pero que sí se compromete a reconocer y proteger el pleno ejercicio de la libertad religiosa de los ciudadanos atendiendo a las realidades históricas y sociales.
Los críticos de la situación actual pretenden que el Estado laico, o la laicidad del Estado, exige la exclusión de cualquier manifestación religiosa en las instituciones y actuaciones públicas. Este concepto de laicidad no se razona sino que se impone como un dogma indiscutible. Discrepar de esta manera de ver las cosas es confesionalismo, parcialidad, prepotencia. Yo no lo veo así.
Esta manera excluyente de entender la laicidad supone que el Estado es algo que viene como prefabricado independientemente de la sociedad, no se sabe de qué laboratorios ideológicos. Pero lo cierto es que el Estado nace de la sociedad, debe reflejar el pluralismo y la complejidad de la sociedad, y tiene que estar estrictamente al servicio de los ciudadanos.
Con esta laicidad excluyente se desconoce algo muy importante de la sociedad y de los ciudadanos que es su religiosidad, la que sea, uniforme o variada, mayoritaria o minoritaria. No es elegante tomarse a broma la religiosidad de los conciudadanos. La pretendida neutralidad de nuestros laicistas resulta ser en realidad una exclusión de la religión, o de las religiones, mantenidas y queridas por los ciudadanos, en una buena parte de su vida. Porque la vida pública también es vida de la sociedad y en definitiva de las personas.






