Cómo descubrir a Dios
A Dios nadie lo ha visto jamás. Pero nos ha dejado pistas suficientes como para que podamos estar seguros de su presencia, de su providencia y de su benevolencia con nosotros.
Es vocación inevitable del hombre hacerse cargo de la realidad que le rodea y vivir en relación con ella. Esta realidad son los demás, somos nosotros mismos, es el mundo y todo lo que el mundo supone antes o después, delante o detrás de El. Por eso la pregunta sobre Dios es parte de nuestra vida consciente. Esa pregunta tan simple es la que nos hace hombres y nos separa radicalmente del mundo animal.
Por eso puede ser interesante dedicar unas líneas a esta cuestión. ¿Podemos saber con certeza si existe un Ser infinito, anterior al mundo, creador y providente? Y si existe ¿podemos saber algo de El? Una respuesta esquemática puede servirnos para repasar los caminos de nuestra fe y si hace falta fortalecerla. Puede servirle a quien esté pasando un tiempo de dudas y de inseguridad. Y nos puede servir si es que alguna vez podemos y queremos hablar de esta cuestión con algún amigo o familiar no creyente.
Una advertencia preliminar es indispensable. Para hablar de Dios, como para hablar íntimamente con otra persona, hace falta un clima. Un clima de sinceridad, de autenticidad, de querer conocer la verdad, sin prevenciones, sin posturitas, un clima de confidencialidad, de respeto, de hablar, como se dice, con el corazón en la mano. Y hace falta tener un deseo sincero de querer encontrar la verdad y acomodarse a ella. Conocer la verdad es cuestión de inteligencia, pero más profundamente es cuestión del corazón. Hay actitudes profundas del corazón que nos hacen no querer ver lo que no nos conviene. Jesús se lo decía a algunos de sus oyentes que no le creían. No me creéis porque buscáis vuestra gloria por encima de la verdad. Por eso para hablar de Dios hay que comenzar por crear la disposición interior de querer escuchar, de querer saber, de querer acertar en la propia vida.






