Filosofía y teología del Mas Allá: Los lugares después de la muerte

La inmortalidad del alma humana[1]

La primera cuestión del Tratado de los Novísimos, que se encuentra en el llamado Suplemento de la Suma Teológica versa sobre a donde van las almas después de la muerte.

El artículo primero se ocupa de averiguar si son llevadas a algún lugar.

Se da por supuesto que el alma o espíritu del hombre es inmortal. Santo Tomás, en muchas de sus obras, da varias demostraciones de la inmortalidad del alma.Son de tipo metafísico, filosófico, psicológico y moral.

La de mayor certeza es la prueba metafísica. Se basa en composición metafísica fundamental de esencia y ser. Se argumenta: «Toda corrupción es por separación de la forma de la materia», que son los dos constitutivos de la esencia o naturaleza de las substancias o cosas materiales. De manera que están compuestas de materia, sujeto o soporte, y una forma, que explica todas sus características y propiedades. Cuando se separa la forma de su sujeto, se da una corrupción, la desaparición de una forma y el advenimiento de otra distinta.

Explica seguidamente Santo Tomás que: «hay corrupción simple, por separación de la forma substancial, y corrupción parcial, por separación de la forma accidental». La primera forma constituye específicamente a las cosas materiales y la segunda proporciona características adventicias: con ellas o sin ellas permanece la misma substancia. Al desaparecer la forma substancial cambia la substancia o la cosa, que es distinta porque la forma que tenia se ha sustituido por otra; en cambio, en la cesación de la accidental permanece su sustancia, que la sustentaba, pero ahora con otra forma accidental.

Añade que en el cambio de la forma sustancial: «mientras permanece la forma, permanece también la cosa, ya que por la forma hácese la substancia recipiente propio de aquello que es ser». Por la forma substancial, la esencia substancial se hace sujeto o recipiente del ser.

El ser es otro principio más básico que la esencia, no captable directamente por nuestra inteligencia, como la esencia, y menos por nuestros sentidos. El ser es la causa de la existencia de cada cosa o el hecho de que esté en la realidad. También constituye a la esencia o naturaleza como tal, el otro principio fundamental de las cosas y es así la causa de todas las perfecciones de la esencia.

En todas las cosas creadas espirituales, que son inmateriales, se da una composición de esencia y ser; y una doble composición en los materiales, la de esencia y ser; y la de materia y forma en su esencia. De ahí que: «donde no hay composición de forma y materia no puede haber separación de ambas, como tampoco corrupción», el convertirse en otra cosa.

Y dado que: «ninguna substancia espiritual está compuesta de materia y forma», su esencia es simple, sólo es forma sin materia. En ellas no puede haber separación de ambas. El espíritu, donde la esencia permanece siempre, porque no está compuesto de materia y forma, permanentemente conserva el ser.

Su esencia o forma, como todas las demás, es siempre recipiente del ser, el cual hace que ésta sea cosa o entidad; le da la existencia; y todas sus perfecciones, según el grado que marca la esencia. «Luego ninguna substancia intelectual es corruptible»[2], ya que ninguna puede perder su forma, y sin materia no puede morir, es inmortal.

Como consecuencia de esta explicación sobre el espíritu y su inmortalidad, Santo Tomás formula la siguiente demostración silogística de la doctrina del espíritu humano, que a diferencia de los otros es alma del cuerpo: «Ya se ha probado más arriba que toda substancia espiritual es incorruptible. El alma humana es una substancia espiritual», porque sus operaciones de entender y querer son intrínsecamente independientes del cuerpo. «Luego el alma humana es preciso que sea incorruptible»[3]. No se corrompe al corromperse el cuerpo.

En conclusión: el alma espiritual humana no puede morir. Por tener un ser propio, su existencia no depende del cuerpo. Con la muerte del hombre, cuando el cuerpo humano ya no es apto para recibir el ser que le comunica el alma, ésta tiene que abandonar el cuerpo.La unión del cuerpo y el alma termina, entonces muere el hombre, pero continúa existiendo, ya que conserva el ser del hombre, que ella le proporcionaba, y, por tanto, continúa existiendo. De este modo, hay que afirmar que, el hombre es mortal, pero su alma espiritual, creada individualmente por Dios, es inmortal.

Los lugares de ultratumba

Santo Tomás afirma que las almas espirituales humanas separadas de su cuerpo por la muerte van a un lugar especial. Lo explica en ese primer artículo del Suplemento del modo siguiente: «Aunque las sustancias espirituales no dependen en cuanto su propio ser del cuerpo», porque el ser es propio y sólo lo comunican al cuerpo. «No obstante, Dios gobierna las corporales mediante las espirituales, como dicen San Agustín (Trin. III, c. 4) y San Gregorio (Dialog., IV, c. 6). Y, por lo tanto, hay congruentemente una cierta acomodación de las sustancias espirituales con las corporales. Se manifiesta en que los cuerpos más dignos se adaptan a las sustancias más dignas». Lo espiritual se relaciona con lo corporal y en un orden de dignidad o valor.

De ello se desprende que: «aunque después de la muerte no se asignen a las almas ciertos cuerpos de los cuales sean formas o determinados motores, señálenseles, sin embargo, ciertos lugares corpóreos por cierta congruencia correspondiente a su grado de dignidad, en los cuales están como en un lugar a la manera que pueden estarlo las sustancias incorpóreas»[4], como los ángeles. En un lugar, que, de modo parecido a su cuerpo, que dejaron con la muerte, y al lugar que ocupaban entonces, sea conveniente o coherente con su dignidad.

En la respuesta a la objeción que nota la imposibilidad de ocupar un lugar cuantitativo, como el de los cuerpos, un ser puramente espiritual[5], precisa santo Tomás: «las sustancias incorpóreas no están en un lugar según el modo que a nosotros nos es conocido y habitual. Tal como decimos que los cuerpos están propiamente en el lugar. Están, no obstante, según el modo correspondiente a las sustancias espirituales, el cual no puede ser conocido por nosotros plenamente»[6].

Sin embargo, en la primera parte de la Suma teológica, que fue escrita años después, da una mayor explicación. Sobre las maneras que se puede estar en un lugar, dice: «Estar en un lugar conviene de distinta manera al cuerpo, al ángel y a Dios. El cuerpo está en un lugar en calidad de circunscrito, porque sus dimensiones se adaptan a las del lugar». Los cuerpos ocupan el lugar y con ello lo llenan cuantitativamente, con toda su cantidad, incluso podría decirse que están encerrados en él.

No ocurre así en los espíritus, que son incorpóreos: «El ángel no está circunscriptivamente,puesto que sus dimensiones no se adaptan a las del lugar, sino delimitativamente, se delimitan a él, porque de tal modo está en un lugar que no está en otro». El ángel no ocupa un lugar, no está circunscrito o acotado por él, sino que puede estar en él, ya que «el ángel está en un lugar por la aplicación de su poder en aquel lugar». Está presente en el lugar porque en él realiza una acción.

Nota también que la presencia de Dios por su inmensidad es distinta. «Dios no está ni circunscrito ni delimitado, porque está en todas partes»[7]. Dios está presente en todos los lugares, «por potencia» o por poder, porque todo está subordinado a Él; «por presencia», porque todo está visible ante Dios; y «por esencia» porque actúa en todo dando el ser de cada cosa[8].

Dios no está circunscriptivamente ni delimitativamente en todas partes, porque su presencia no supone la existencia previa del lugar. Dios causa el ser y obrar de todas las cosas y el mismo lugar. Dios penetra así en lo más profundo de las cosas creadas o en su misma esencia o substancia[9].

Las almas de los difuntos, por tanto, están presentes en un lugar como los ángeles de modo delimitado por ejercer en él alguna actividad. También de manera parecida a ellos: «según su mayor proximidad a la primera sustancia, Dios, cuya sede es el cielo, según dice la Escritura, así las almas que participan plenamente de la divinidad las situamos en el cielo y por el contrario, las que están impedidas de dicha participación los situamos en el lugar opuesto»[10].

Podría objetarse asimismo que: «un lugar corpóreo no puede ser para las almas separadas castigo ni premio, porque nada pueden recibir de los cuerpos». Con ello, surge otra dificultad para «asignárseles un lugar determinado[11].

Santo Tomás, en la correspondiente respuesta, reconoce que «el alma separada, nada recibe directamente de los lugares corpóreos a la manera que reciben los cuerpos que se conservan por sus lugares». Sin embargo: «tales almas, por cuanto conocen que han sido asignadas a tales lugares, siéntese ellas mismas gozosas o tristes; y así el lugar es para su castigo o premio»[12].

El problema del juicio particular

En artículo siguiente, afirma Santo Tomás que las almas de los difuntos van inmediatamente a estos lugares. Lo prueba argumentando: «Así como los cuerpos tienden a su propio lugar, que es el fin de sus movimientos, por su gravedad o ligereza, así también las almas por su mérito o demérito tienden al premio o al castigo, que son los fines de sus propias acciones».

Además: «si el cuerpo, por gravedad o ligereza, tiende inmediatamente a su lugar, no hallando impedimento, igualmente las almas, desligadas de la carne, que las sujetaba al estado de viador, inmediatamente alcanzan el premio o el castigo, de no hallar obstáculo. Por ejemplo, a veces el pecado venial impide la consecución del premio, que no se puede alcanzar si dicho pecado no es previamente purgado».

Por consiguiente: «como el lugar se depara a las almas en conformidad con el premio o el castigo, resulta que inmediatamente que el alma es librada del cuerpo, o bien se sumerge en el infierno o bien vuela al cielo, de no impedirlo algún reato por el cual convenga retrasar dicho vuelo mientras se purga el alma»[13]. Los reatos o deudas que quedan de la pena temporal que no se han pagado durante la vida mortal, como queda esta obligación, tienen que cumplirse el débito en la otra, en el purgatorio, antes de entrar en el cielo.

Parece, según este texto, que el premio o castigo a las almas adviene a cada alma de una manera directa y mecánicamente, y, por tanto, sin un juicio particular. Un juicio en el que, con la muerte, es inmediatamente juzgada sobre todas las obras buenas o malas que haya realizado en su vida terrena. Se podría inferir de ello, que santo Tomás, como han afirmado algunos, no habría admitido su existencia o por lo menos no habría considerado este juicio, tal como han opinado algunos.

Sin embargo, como escribe Vicente Cudeiro: «Esa no es en modo alguno, la mente del santo doctor. El texto citado quiere indicar simplemente que cada alma, por su impulso natural, dada su condición de justa o réproba, escoge para sí el lugar que le pertenece».

Se comprende porque como confiesa seguidamente: «Tengo para mí que la estancia de un malo en el cielo, manchado con toda suerte de pecados y en presencia de un Dios justamente airado, no sería menor infierno que el lugar de tormento de los condenados». No obstante, tal como concluye: «Pero, sea cual fuere la mente del Santo. en el texto aludido, está fuera de duda que él admitió la existencia de un juicio particular, además del juicio universal»[14].

Existencia del juicio particular

Ciertamente santo Tomás no le dedica ninguna cuestión, a diferencia del juicio universal, que lo estudia más adelante en cuatro (Supl., cuest. 87-90), pero sí que afirma su existencia en un artículo de una de estas cuestiones del Suplemento con la siguiente razón: «Todo hombre es una persona singular y a la vez una parte del género humano. Luego le corresponde un doble juicio. Uno particular, que se hará tras la muerte cuando «reciba según lo que hizo estando en el propio cuerpo» (2 Cor 5, 10), aunque no totalmente, pues sólo es en cuanto al alma y no en cuanto al cuerpo», porque no habría resucitado aún.

El otro universal, «considerando al hombre como parte que es del género humano; al igual que, según la justicia humana, se dice que uno es juzgado cuando lo ha sido la comunidad de que forma parte. De aquí que entonces, cuando se realice el juicio universal de toda la humanidad por la universal separación de buenos y malos, cada cual será en consecuencia juzgado también».

Todo hombre sufrirá un doble juicio: su alma separada, un juicio particular seguidamente al abandono del cuerpo; y, ya resucitado con su cuerpo, un juicio universal o general. Sin embargo, precisa finalmente santo Tomás: que ello no supone que se le juzgue dos veces por lo mismo. «No juzga Dios una misma cosa dos veces, pues no impondrá dos castigos por un solo pecado; lo que hará es que la pena que no impuso completamente antes del juicio final, en éste se completará siendo atormentados los réprobos en cuerpo y alma simultáneamente»[15].

También, en la Suma teológica, al tratar el poder judicial de Cristo, santo Tomás se refiere ya al juicio particular, que efectuará el divino juez, y escribe: «Fue opinión de algunosque las almas de los santos no reciben elpremio en el cielo, ni la de loscondenados reciben el castigo en el infierno hasta el día del juicio. Sin embargo, es evidentemente falso por lo que dice el Apóstol: «Confiamos y quisiéramos partir del cuerpo y estar presentes al Señor» (2 Cor 5, 8):lo cual no es ya «caminar en la fe»,sino «en la visión»(2 Cor 5, 7), como es claro por lo que sigue. Y esto es ver a Dios en su esencia, en lo que consiste «la vida eterna» (Jn 17, 3). De donde resulta manifiesto que las almas separadas de los cuerpos gozan de la vida eterna».

Por consiguiente: «debe afirmarse que después de la muerte, en lo que se refiere al alma, el hombre alcanza un estado inmutable, y, por tanto, en cuanto al premio del alma no hay por qué diferir más el juicio para más adelante».

Sin embargo, no será el único juicio: «porque otras muchas cosas que atañen al hombre, y que se desarrollan en el curso del tiempo, que no son extrañas al juicio divino, conviene que de nuevo, al fin de los tiempos, sean todas ellas traídas a juicio». Las obras del hombre tienen sus efectos después de su muerte, todavía, por tanto, con ella no se han consumado. «Y, si bien por estas el hombre no merezca ni desmerezca, pertenecen, aun así, en algún modo al premio o a la pena, y, por eso deben ser justipreciados en el juicio final»[16].

Igualmente, en la Suma contra los gentiles, santo Tomás ratifica la existencia del juicio particular, al argumentar: «Hay una doble retribución por lo que el hombre hizo en la vida: una, según el alma, la cual recibe uno inmediatamente que el alma se hubiere separado del cuerpo; la otra retribución tendrá lugar en la reasunción de los cuerpos, ya que unos se unirán a cuerpos gloriosos e impasibles y otros a pasibles y viles. Mas la primera retribución se hace, en efecto, a cada uno separadamente, ya que separadamente muere cada cual; pero la segunda se hará a todos a la vez, pues todos resucitarán a la vez».

Además: «toda retribución por la que se dan diversas cosas en atención a la diversidad de méritos requiere un juicio». Por consiguiente: «es necesario que haya un doble juicio: uno por el que a cada uno se da separadamente el premio o castigo al alma y otro universal, según el cual se dará a todos juntamente lo que merecieron respecto al alma y al cuerpo»[17].

 

Eudaldo Forment

 



[1] Sandro Boticelli, El infierno, 1480-95.

[2] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma contra los gentiles, II, c. 55.

[3] Ibíd., II, c. 79.

[4] ÍDEM, Suma teológica, Supl. q. 69, a. 1, in c.

[5] Cf. Ibíd., Supl. q. 69, a. 1, ob. 1

[6] Ibíd.,  Supl. q. 69, a. 1, ad 1

[7] Ibíd., I, q. 52, a. 2, in c.

[8] Ibíd., I, q. 8, a. 3, in c.

[9] Cf. Ibíd, I, q. 8, a. 2, in c.

[10] Ibíd., I, q. 52, a. 2, in c.

[11] Ibíd., Supl. q. 69, a. 1, ob. 3.

[12] Ibíd., Supl. q. 69, a. 1, ad 3.

[13] Ibíd., Supl., q. 69, a. 2, in c.

[14] Vicente Cudeiro, OP., Sacramentos, espiritualidad y escatología, en A. Lobato (Ed.), El pensamiento de Santo Tomás de Aquino para el hombre de hoy, III. El hombre, Jesucristo y la Iglesia, Valencia, Edicep, 2003, pp. 741-1075, p. 946.

[15] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, Supl., q. 88, a. 1, ad 1.

[16] Ibíd., III, q. 59, a. 5, ad 1.

[17] ídem, Suma contra los gentiles, IV, c. 96.

4 comentarios

  
JLuis
Magnífico y muy útil. Gracias
02/02/26 11:42 AM
  
Cordá Lac
Todas las representaciones del infierno muestran a los condenados más o menos agrupados, pero me parece que el infierno es el lugar de la absoluta soledad y allí nadie tiene relación con nadie.
02/02/26 3:14 PM
  
fvl
Es muy clarificador. Qué necesidad tenemos de mentes como las de D. Eudaldo. Ya van quedando pocas en esta sociedad de tinieblas, y en nuestra amada Iglesia donde todo es confusión y relativismo, ante la trascendencia del alma y el cuerpo. ¡¡Gracias!!!
03/02/26 6:00 AM
  
Gabriel B.A.
Don Edualdo, siempre es un verdadero deleite leer sus escritos. Gracias por acercarme al pensamiento y obra del Santo.
05/03/26 7:39 PM

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