Filosofía y teología del Mas Allá: La muerte

Experiencia de la muerte[1]

El hecho de la muerte es patente en todos los seres vivos. Por su evidencia inmediata, no requiere demostración. Además, precede necesariamente a todo lo que está «más allá» de nuestra vida terrenal. Es, por ello, el punto de partida de la Escatología, el estudio de lo que le ocurrirá al hombre cuando haya finalizado su vida en todo lo de «acá».

San Agustín es uno de los pensadores que se ocupó especialmente de la muerte y lo hizo a partir de dos experiencias, que además del sufrimiento que sintió le hicieron reflexionar de una manera parecida a la filosofía existencialista. La primera la tuvo en su juventud, en su época de estudiante, cuando todavía no era cristiano, por la muerte de un compañero y amigo.

La descripción de sus sentimientos es tan real y viva, que cualquier persona que acabe de perder un ser querido se identifica con ella y asume como propia. Escribe sobre su angustia y miedo ante la muerte: «Sentía un grandísimo tedio de vivir y al mismo tiempo tenía miedo de morir. Creo que cuanto más amaba yo al amigo, tanto más odiaba y temía a la muerte (…) Me maravillaba que viviesen los demás mortales (…) y más me maravillaba aún de que, habiendo muerto él, viviera yo, que era otro él. Bien dijo uno de su amigo que «era la mitad de su alma». Porque yo sentí que «mi alma y la suya no eran más que una en dos cuerpos», y por eso me causaba horror la vida, porque no quería vivir a medias, y al mismo tiempo temía mucho morir, porque no muriese del todo aquel a quien había amado tanto»[2], ya que moriría la otra mitad.

La segunda experiencia ocurrió años más tarde con la muerte de su madre santa Mónica, mujer de gran inteligencia y de otros dones naturales e incluso místicos. Naturalmente san Agustín confiesa que siente dolor, pero, ya con la fe cristiana, sus sentimientos están templados por la esperanza en la comunión real entre vivos y difuntos y la futura resurrección.

En aquellos momentos, escribe: «A los nueve días de su enfermedad, a los cincuenta y seis años de su edad y treinta y tres de la mía, fue liberada del cuerpo aquella alma religiosa y piadosa»[3]. Es conocida su insistente oración por su hijo.

Sobre su dolor y su expresión en llanto contenidos por la muerte de su madre, dice: «Cerraba yo sus ojos y una tristeza inmensa se agolpaba en mi corazón, que ya iba a resolverse en lágrimas, cuando al punto mis ojos, ante la orden imperiosa de mi alma, reabsorbían su fuente hasta secarla, padeciendo con tal lucha de modo imponderable. Entonces fue cuando, al dar el último suspiro, el niño Adeodato (su hijo) rompió a llorar a gritos; pero calmado por todos nosotros, calló. De ese modo aquello que había en mí de pueril, y me provocaba al llanto, también era acallado por la voz adulta, la voz de la mente».

Explica que la razón era: «porque juzgábamos que no era conveniente celebrar aquel entierro con quejas lastimeras y gemidos, con los cuales se suele frecuentemente deplorar la miseria de los que mueren o su total extinción; y ella ni había muerto miserablemente ni había muerto del todo; de lo cual estábamos nosotros seguros por el testimonio de sus costumbres, «por su fe no fingida» (1 Tim, 1, 5)que son argumentos de seguridad»[4].

Ahora con su conversión, San Agustín ha superado la experiencia negativa anterior a la misma, pero no con una represión de los sentimientos, tal como intentaban los estoicos. Sufre igualmente, e incluso más, pero sin desesperación, tal como se desprende de esta revelación de su dolor íntimo: «¿Y qué era lo que interiormente tanto me dolía sino la herida reciente que me había causado el romperse repentinamente aquella costumbre dulcísima y carísima de vivir juntos? Cierto es que me llenaba de satisfacción el testimonio que había dado de mí, cuando en esta su última enfermedad, como acariciándome por mis atenciones con ella, me llamaba piadoso y recordaba con gran afecto de cariño no haber oído jamás salir de mi boca la menor palabra dura o contumeliosa contra ella. Pero ¿qué era, Dios mío, Hacedor nuestro, este honor que yo le había dado en comparación de lo que ella me había servido? Por eso, porque me veía abandonado de aquel tan gran consuelo suyo, sentía el alma herida y despedazada mi vida, que había llegado a formar una sola con la suya»[5].

Naturaleza de la muerte

La experiencia de la muerte, la cesación de la vida, no es la propia sino la de los demás, lo que se experimenta es la ausencia del otro y el efecto que nos produce. En cualquier caso, sobre la naturaleza de la muerte puede afirmarse con santo Tomás que: «La muerte es natural al hombre, cuyo cuerpo está compuesto de elementos contrarios que le hacen «mortal», como dice la misma definición de hombre»[6].

Precisa, además, que: «decimos que una cosa es natural cuando es causada por los principios de esa misma naturaleza, que son la materia y forma. Y como en el hombre la forma es el alma racional, inmortal por sí misma, la muerte no le es natural en virtud de una forma intrínseca. Pero la materia es el cuerpo, compuesto de elementos contrarios entre sí que tienden a la corrupción; y, por este capítulo, la muerte le es natural al hombre».

Concreta todavía, a continuación, que: «esta condición de mortalidad ha sido impuesta al cuerpo por exigencia de la materia, ya que era indispensable que el cuerpo humano fuese órgano del tacto y, por consiguiente, medio entre los elementos táctiles, cosa que no podría darse sin la composición de elementos opuestos, como dice Aristóteles (El alma, II, c. 11, n. 10)»[7], ni tampoco los demás sentidos, necesarios para que el alma puede actualizar sus facultades espirituales, el entendimiento y la voluntad.

Según esta explicación de santo Tomás, puede decirse que la causa natural de la muerte es, en primer lugar: «la multiplicidad, diversidad, y contrariedad de los elementos constitutivos de nuestro cuerpo. De ello se sigue la corrupción del mismo. Como en los demás seres corpóreos, la corrupción no procede del principio formal, el alma en nuestro caso, que más bien es una causa de unión y no de disolución, sino la diversidad y la oposición de los componentes del cuerpo. Por lo tanto, el morir es natural al hombre. Y la muerte se sigue de la degradación y desintegración orgánica. En este estado el alma no puede ejercer sus actos ni tiene potencia suficiente para reorganizar el cuerpo. Y entonces se produce la muerte»[8].

El hombre es un compuesto de cuerpo y alma, pero entendiendo que el alma humana es una substancia intelectual unida al cuerpo como forma. Del alma espiritual o espíritu humano, santo Tomás da esta definición: «el alma humana es una substancia intelectual unida al cuerpo como forma»[9]. El espíritu comunica la vida al cuerpo, que se convierte así en un cuerpo vivo, y esta substancia espiritual hace de forma vital o alma.

El alma del hombre, a diferencia de las almas de los otros seres vivos, por ser un espíritu, es una substancia espiritual no una mera forma. De manera que el hombre, que es una substancia, una substancia compuesta, como todos los demás seres materiales, pero no de materia y forma substancial, sino de una materia o cuerpo y de una forma, pero que es otra substancía, el espíritu del hombre, en cuanto que hace de forma o de alma de la materia. Por consiguiente, el alma substancial inmaterial o espíritu humano es superior a las otras formas, aunque realice la función de forma y actúe como ella, por ser a la vez forma y espíritu.

Por ello, santo Tomás, después de explicar que la mortalidad del hombre es por su cuerpo o materia, añade que, sin embargo: «no es condición del cuerpo en cuanto sometido y adaptado al alma», de un alma que es espiritual, «pues, si fuera posible, siendo el alma incorruptible, debería serlo también la materia»[10]. El alma por ser espíritu, y, por tanto, simple o no material, es incorruptible; no muere, es inmortal.

Es cierto que: «la muerte es natural al hombre, cuyo cuerpo está compuesto de. elementos contrarios que le hacen «mortal», y por esto este término se pone en la definición de hombre»[11], al decirse que: «el hombre es mortal».

También se caracteriza al hombre como animal, pero que es racional, al dar esta definición: «el hombre es un animal racional». Por ello: «la muerte y los demás efectos corporales se encuentran lo mismo en el hombre que en los otros animales»[12].

Sin embargo, debe advertirse que al calificarle de mortal y animal y, por tanto, hacerle similar a todos los animales irracionales: «esa semejanza del hombre con los demás animales no vale sino en cuanto a la materia, es decir, en cuanto al cuerpo compuesto de elementos contrarios, no vale en cuanto a la forma, pues el alma del hombre es inmortal y las almas de los animales son mortales».[13] De ahí que se especifique la definición con el término «racional».

Para explicar que el cuerpo, por estar informado por un alma inmortal, por un espíritu, que, por ser superior, sería conveniente que se adaptara a ella y no fuera mortal, santo Tomás pone este claro ejemplo: «la sierra hace falta que sea de hierro para que pueda cumplir la función a que se le destina, y para cual se requiere dureza; pero el que sea oxidable no depende de la voluntad del agente, sino de la condición íntima de la materia. Si el fabricante pudiese, fabricaría sierras inoxidables»[14].

El castigo de la muerte

La muerte tiene una causa natural y, por ello, es algo propio de la naturaleza humana, pero, además, es efecto de una causa penal. Se considera una pena del pecado de los primeros padres. La razón que da santo Tomás, en el artículo de la Suma teológica dedicado a la pena del primer pecado, es que como: «enseña San Pablo, «por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte» (Rm 5, 12)»[15]. La muerte es así un castigo del pecado.

Santo Tomás lo explica con la siguiente argumentación: «si alguien, a causa de una culpa personal, fuese privado de un beneficio cualquiera que anteriormente le fue concedido, la carencia de dicho beneficio tendría razón de pena respecto de la culpa anterior».

En Cuestiones disputadas sobre el mal, había explicado que, en Adán, el primer hombre, se dio esta situación, ya que: «en el estado de justicia original, le fue concedido por voluntad divina el que las fuerzas inferiores del alma estuviesen sometidas a la inteligencia, mientras que ésta se mantuviera sometida a la ley de Dios, y que el cuerpo estuviese sometido al alma».

El hombre creado en el estado de condición estabilizada, que se denomina de justicia original, tenía una naturaleza «pura» o sin pecado; el don sobrenatural de la gracia, que le elevaba por Dios al fin sobrenatural de la gloria y le proporcionaba los medios para conseguirlo, la gracias santificantes, las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo; y cuatro dones preternaturales: la inmortalidad; la impasibilidad o exención del dolor en el alma y en el cuerpo; la integridad, es decir, inmunidad de la concupiscencia o deseo desordenado; y el dominio perfecto sobre todas las cosas sensibles. Estos beneficios preternaturales, que perfeccionaban a la naturaleza humana se transmitirían a sus descendientes.

La razón de la concesión de esos dones es porque: «el hombre está compuesto de alma y cuerpo, y es de naturaleza intelectual y sensible; lo cual, en cierto modo, si se deja a su naturaleza, es un peso para el entendimiento y le impide que pueda alcanzar libremente la cima de la contemplación. Y este auxilio fue la justicia original por la cual la mente del hombre, si se sometiera a Dios, se someterían a ella totalmente las facultades inferiores y el cuerpo mismo; y la razón no estaría impedida de tender hacia Dios. Y así como el cuerpo es por el alma, y los sentidos por el intelecto, así también este auxilio por el que el cuerpo es gobernado por el alma, y las facultades sensitivas por el alma intelectiva, es como una cierta disposición para aquel otro auxilio por el que la mente humana se ordena a ver a Dios y a disfrutar del mismo», es decir del auxilio de la gracia.

De manera que los dones preternaturales, al perfeccionar los defectos de la naturaleza humana le disponían para la recepción de la gracia. Sin embargo: «este auxilio de la justicia original fue suprimido por el pecado original». Se perdieron así la gracia y los dones preternaturales.

De este modo el hombre no pudo ya entrar en el cielo, porque: «cuando alguien al pecar se aparta por sí de aquello por lo cual contaba con la disposición de adquirir un bien, merece ser privado de aquel bien para el cual poseía la disposición, y la privación misma de aquel bien es la pena conveniente para él; y por esto, la pena conveniente del pecado original es la privación de la gracia, y por consiguiente, de la visión divina, a la cual se ordena el hombre por medio de la gracia»[16].

Por consiguiente, concluye santo Tomás, en el artículo de la Suma teológica: «como, por el pecado, la parte superior del hombre se apartó de Dios, de ahí se originó el que las fuerzas inferiores se alzaran contra la razón, estableciéndose la lucha del apetito carnal contra la razón, e incluso la lucha del cuerpo contra el espíritu, dando lugar a la muerte y demás defectos corporales».

La razón es porque: «la vida e integridad del cuerpo consiste en estar sometida al alma, lo mismo que lo imperfecto se somete a lo perfecto; y, por contraste, la muerte y enfermedad o cualquier otro defecto corporal tienen su origen en la falta de sujeción del cuerpo al alma. Está, pues, claro que, así como la rebelión del apetito carnal contra el espíritu es pena del pecado de los primeros padres, también lo es la muerte y demás defectos corporales»[17], que son los efectos de esta insurrección.

La muerte es así una pena o castigo por el primer pecado. En el aspecto natural, no es un mal de sentido o de sufrimiento sensorial o físico: ya que «como privación de la vida, en esta acepción no se puede sentir por ser privación del sentido y de la vida»[18]. Aunque la muerte puede ser angustiosa y dolorosa lo es por lo que inmediatamente le precede, en sí misma no lo es, porque: «el hombre muerto no percibe dolor alguno y en vida no sabe que es la muerte»[19]. En cambio, en cuanto: «la muerte designa el desorden indicado»[20], y que lleva a la separación de Dios y la perdida de la felicidad eterna es una pena de daño.

La muerte no es el único castigo por el pecado original y en la situación que quedó el hombre, que se llama de naturaleza caída, hay otras penas corporales y espirituales previas, que quedan sintetizadas en el siguiente párrafo del Catecismo: «La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (Cf. Gn 3,7); la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (Cf. Gn 3,11-13); sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio (Cf. Gn 3,16). La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (Cf. Gn 3,17.19). A causa del hombre, la creación es sometida «a la servidumbre de la corrupción» (Rm 8,21). Por fin, la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (Cf. Gn 2,17), se realizará: el hombre «volverá al polvo del que fue formado» (Gn 3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (Cf. Rm 5,12)»[21].

 

Eudaldo Forment

 



[1] Juan de Valdés Leal, In ictu oculi (1672)

[2] SAN AGUSTÍN, Confesiones, IV, c. 6, 11.

[3] Ibíd., IX, c. 11, 28.

[4] Ibíd., IX, c. 12, 29.

[5] Ibíd., IX, c. 12, 30.

[6] SANTO TOMÁS DE AQUINO, II-II, q. 164, a. 1, ob. 1.

[7] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, ad 1.

[8] Vicente Cudeiro, OP., Sacramentos, espiritualidad y escatología, en A. Lobato (Ed.), El pensamiento de Santo Tomás de Aquino para el hombre de hoy, III. El hombre, Jesucristo y la Iglesia, Valencia, Edicep, 2003, pp. 741-1075, p. 943.

[9] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma contra los gentiles, II, c. 68.

[10] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, in c.

[11] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, ob. 1.

[12] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, ob. 2.

[13] Ibíd., II-II, q. 164, a.1, ad 2.

[14] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, in c.

[15] Ibíd., II-II, q. 164, a, 1, sed c.

[16] ÍDEM, Cuestiones disputadas sobre el mal, q. 5, a. 1, in c.

[17] ÍDEM, Suma teológica, II-II, q. 164, a, 1, in c.

[18] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1. ad 7.

[19] Ibid., II-II, q. 164, a. 1, ob. 7

[20] Ibid., II-II, q. 164, a. 1, ad.7

[21] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 400.

2 comentarios

  
fvl
Buenos días D. Eudaldo. Magnífica exposición. Dios le guarde la gran capacidad y constancia para confrontar la doctrina tomista con las realidades materiales que nos rodean. Dios le bendiga y que santo Tomás, que en unos días celebraremos, con su intercesión, Dios le premie con la eternidad celestial...

---

E.F.: Muchísimas gracias. Igualmente.
17/01/26 5:45 AM
  
Pedro de Madrid
La `rimera parte del Padre Nuestro cita dos veces el cielo ...que estás en el cielo... y ...hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo ... y cuando Jesús le dice al bu en ladrón "Hoy estarás conmigo en el paraiso, esto dice claramente que hay cielo e infierno ...bajó a los infiernos. Ya ni se quiere comprender lo que dicen las oraciones.
17/01/26 1:39 PM

Dejar un comentario



No se aceptan los comentarios ajenos al tema, sin sentido, repetidos o que contengan publicidad o spam. Tampoco comentarios insultantes, blasfemos o que inciten a la violencia, discriminación o a cualesquiera otros actos contrarios a la legislación española, así como aquéllos que contengan ataques o insultos a los otros comentaristas, a los bloggers o al Director.

Los comentarios no reflejan la opinión de InfoCatólica, sino la de los comentaristas. InfoCatólica se reserva el derecho a eliminar los comentarios que considere que no se ajusten a estas normas.