Ucrania
Nunca he visitado Ucrania. Tampoco Rusia. Lo más cerca que estuve de ambos países fue cuando viajé a Polonia – en dos ocasiones – y a Rumanía – una sola vez -. Ucrania, casi por casualidad, ha estado presente en mis lecturas últimas. El admirable libro “La liebre con ojos de ámbar”, de Edmund de Waal, recorre varias ubicaciones, que son marco y trama a la vez, de vivencias personales, familiares e históricas: París, Viena, Tokio… y, al final, entre otras ciudades, Odesa: “Nadie me había contado que era tan hermosa – escribe de Waal sobre Odesa – […] que había catalpas en las aceras, que por las puertas abiertas se veían patios, suaves escaleras de roble, que había casas con galería”.
Yo no sé cómo era Odesa, ni cómo es ahora, ni cómo seguirá siendo, en el supuesto de que siga siendo. No obstante, el hilo de la lectura, el nexo que, en buena parte, nos une al universo, me ha guiado hasta Irène Némirosvky; en concreto a “Los fuegos de otoño”. Esta extraordinaria escritora nació en Kiev, en 1903, y murió en Auschwitz, en 1942. Huyendo, su familia, de la revolución bolchevique, Irène se educó en París. La Segunda Guerra Mundial cambió su destino – lo “interrumpió”, con el carácter definitivo que tienes algunas “interrupciones” – para morir asesinada en Auschwitz.
Nos quedan sus obras. Para mí, ahora, “Los fuegos de otoño”. Una novela que recrea el final de la Primera Guerra Mundial, el París de entreguerras y los tambores que anunciaban la Segunda Guerra Mundial. Una grandísima escritora ucraniana.

El 30 de marzo de 2006, la LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española publicó la Instrucción pastoral “Teología y secularización en España. A los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II”.
El profeta Joel (2,12-18) exhorta al pueblo a practicar la penitencia para conmover a Dios. Ha de ser una penitencia auténtica, que implique el corazón: “convertíos a mí de todo corazón”, “rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos”. La razón de ser de todos los ritos penitenciales, su finalidad última, es que se encienda “el celo de Dios” por su tierra, para que perdone a su pueblo, porque Dios es “compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor”.
Ayer me encontré, de nuevo, con esta expresión: “Las lágrimas de las cosas”. En la brillante obra - por otra parte, tan actual, gracias ya no a Hitler, sino a Putin - La liebre con ojos de ámbar, de Edmund de Waal, se evoca el exilio en Londres de Viktor Ephrussi, huyendo del nazismo que anexionó Austria a Alemania: “A veces, cuando los nietos volvían del colegio, les contaba la historia de Eneas y su regreso a Cartago. En los muros de la ciudad hay escenas de Troya. Y es entonces, enfrentado con la imagen de lo que ha perdido, cuando Eneas por fin llora. “Sunt lacrimae rerum”, dice. “Hay lágrimas en las cosas”.






