Santa María, madre de Dios
Siguiendo la costumbre de los israelitas, los cristianos celebramos las grandes fiestas durante ocho días. La solemnidad de la Navidad tiene, por consiguiente, su “octava” en la solemnidad de santa María, madre de Dios. María y Jesús están indisociablemente unidos, con un singular vínculo materno-filial. Como decía Pablo VI, “en la Virgen María todo es referido a Cristo y todo depende de él”. Contemplar la maternidad divina de María ayuda a comprender en toda su hondura la verdad de la encarnación: “El Verbo se hizo carne”; es decir, el Hijo de Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre.
Por ser la madre de Jesucristo, el Verbo encarnado, los cristianos invocaron, desde muy pronto, a María como “madre de Dios” - “theotókos”, en lengua griega -. Este título no era del gusto de Nestorio, patriarca de Constantinopla desde el año 428, quien, contraviniendo el uso tradicional en la piedad popular, en la liturgia y en la teología, pedía que a María se le llamase no “madre de Dios”, sino “madre de Cristo”. Muchos de sus feligreses protestaron contra Nestorio, encontrando, en el descontento, un aliado en el patriarca de Alejandría, Cirilo, quien defendió a María como “theotókos”: si nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿por qué la Virgen santísima no puede ser llamada “madre de Dios”?, se preguntaba.

He tenido ocasión de visitar el magnífico “Belén Monumental” instalado en Vigo, en la “Casa das Artes”. Se trata de un “Belén Napolitano”, un estilo que se distingue por la atención al detalle, tanto al representar las escenas principales del nacimiento de Jesús como los momentos cotidianos que caracterizan la vida de los hombres. El belén es un “hermoso signo” – “admirabile signum” -, que, como dice el papa Francisco en una carta apostólica, causa siempre asombro y admiración.
El tirano es aquel que rige un Estado sin justicia y a medida de su voluntad. Para un déspota los derechos humanos son palabras sin significado y las leyes equivalen a meras convenciones que se pueden modificar siguiendo su propio capricho. El sátrapa gobierna arbitrariamente y hace ostentación de su poder: lo de menos es quién tenga la razón, lo importante es que todos sepan quién manda y qué les puede pasar si contradicen a quien manda.
Sor Juana Inés de la Cruz, nacida a mediados del siglo XVII en el Virreinato de Nueva España – hoy México -, es una destacada integrante del Siglo de Oro español y del barroco literario novohispano. Desde muy niña, sor Juana mostró una auténtica pasión por el saber, por la adquisición de conocimientos. Dicen que solía cortarse un mechón de cabello y plantearse el reto de aprender un tema específico antes de que volviera a crecer, o de lo contrario lo cortaba de nuevo, pues “no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias”.
La filosofía, el intento de comprender y explicar reflexivamente lo real, además de estimular el ejercicio del pensamiento, puede proporcionar momentos de grata lectura. Muchas veces se cree que los filósofos se dedican a dirimir dificilísimas cuestiones ajenas a las preocupaciones del común de los mortales, pero no necesariamente es así: “Aunque no lo creas, las cosas que nos interesan a los filósofos son las mismas que a ti te importan”, escribe el catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad de Navarra Ricardo Piñero Moral al comienzo de su breve ensayo “El bosque de los filósofos” (El Buey Mudo, Madrid 2024, 204 páginas).












