28.02.19

Padrenuestro (II - Respuestas XXXIV)

4. En el Misal romano, la primera fórmula con la que el sacerdote invita a los fieles a orar es antigua y clásica: “fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir…” A muchos les resulta dura o extraña esa expresión: “nos atrevemos a decir”; contagiados de una imagen muy secularizada de Dios han olvidado que siendo nuestro Padre, Dios es Dios, estamos ante el Misterio, y es osadía, o audacia, llamarle “Padre”. Sólo lo hacemos porque Cristo nos lo ha dicho así y nos ha dado el Espíritu Santo que clama “Abba, Padre” (Gal 4,6). Rezamos así con un santo atrevimiento, con confianza filial, pero llena de reverencia, de piedad, del santo temor de Dios, conscientes de nuestra pequeñez ante el Misterio mismo de Dios.

    El Catecismo lo recuerda también:

“En la liturgia romana, se invita a la asamblea eucarística a rezar el Padrenuestro con una audacia filial; las liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas: Atrevernos con toda confianza; Haznos dignos de” (CAT 2777).

   Es luminoso el comentario que escribe Jungmann a esta monición: “El entusiasmo que produce la majestad de la oración dominical, reflejada en tales palabras, encuentra su expresión tamibén, aunque en forma más comedida, en las frases introductorias de nuestra misa romana. Para el hombre, formado de polvo y cenizas, es, ciertamente, un atrevimiento (audemus) hacer suya una oración en la que se acerca a Dios como hijo a su padre. Acabamos de ver mencionada la palabra “atrevimiento” en las liturgias orientales. Se repite con frecuencia en boca de los santos Padres cuando hablan del Pater noster. Comprenderemos aún mejor la reverencia que siente ante la oración dominical la liturgia romana y que, sin duda, está muy en su puesto, si recordamos que entonces a esta oración se la mantenía en secreto no sólo ante los gentiles, sino aun ante los catecúmenos hasta momentos antes de que por el bautismo se convertían en hijos del Padre celestial. Pero hasta los ya bautizados debían sentir siempre con humildad la enorme distancia que les separaba de Dios. Por otra parte, el mismo Hijo de Dios nos enseñó estas palabras, mandándonos que las repitiéramos. Fue éste un mandato salvador, una instrucción divina. Los sentimientos concretados en la oración cuadran maravillosamente con la hora en que tenemos entre nuestras manos el sacrificio con que el mismo Hijo se presentó y sigue presentándose ante su Padre celestial”[1].

  Otras posibles moniciones, en el Misal, subrayan otros aspectos. Son más recientes –se incorporaron a la reimpresión castellana de 1988-. “Llenos de alegría por ser hijos de Dios, digamos confiadamente la oración que el mismo Cristo nos enseñó”: subraya la filiación divina y el motivo por el cual podemos recitar la Oración dominical. Otra monición dice: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado; digamos con fe y esperanza”. Tomando un versículo paulino (Rm 5,5), recuerda que la filiación divina es el Don gratuito de su Espíritu Santo, recibido en el Bautismo y la Confirmación, que ora en nosotros y por eso con fe y esperanza oramos nosotros. Y una tercera fórmula: “Antes de participar en el banquete de la Eucaristía, signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna, oremos juntos como el Señor nos ha enseñado”. Incide en la idea de la Eucaristía como sacrificio que realiza la reconciliación entre Dios y los hombres y entre los hombres entre sí. Oramos pidiendo perdón a Dios y perdonando para vincularnos al sacrificio reconciliador de Jesucristo.

  Dicho sea de paso, es una fórmula breve y clara esta monición sacerdotal el Misal: ya hemos visto las fórmulas que ofrece el Ordinario de la Misa. Se empobrece y se seculariza todo cuando se sustituye por una pequeña homilía aquí, inacabable, repitiendo temas. Recordemos: es una monición sobria y escueta.

  Lo mismo presenta el rito ambrosiano de Milán. Son fórmulas breves con las que el sacerdote introduce a todos a la recitación conjunta del Padrenuestro. La primera es la clásica: “Obedientes a la palabra del Señor y formados por su divina enseñanza, nos atrevemos a decir”. Además ofrece las siguientes: “Guiados por el Espíritu de Jesús e iluminados por la sabiduría del evangelio, nos atrevemos a decir”; “Dios Padre envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: ‘¡Abba, Padre!’. Sea éste nuestro mismo grito mientras nos atrevemos a dirigir a Dios la oración que Jesús mismo nos enseñó”; “Con el bautismo nos hemos convertido en hijos de Dios y como tales Dios mismo nos invita ahora a su mesa: con gozosa confianza dirijamos a él la oración que Jesús nos enseñó”, y la última monición en el rito ambrosiano, invitando además a que los fieles extiendan las manos para rezarlo: “Levantando las manos hacia el Padre que está en los cielos y dejándonos guiar por el Espíritu Santo que ora en nosotros y por nosotros, digamos juntos la oración que Jesús mismo nos enseñó”.

   En la peculiar estructura, tan oriental, de la Misa hispano-mozárabe, el Padrenuestro es introducido no por una monición fija (que tenga dos o tres fórmulas alternativas), sino por una pieza, una oración, que es propia de cada Misa y que se llama “ad dominicam orationem”. Esta oración propia de cada Misa, elabora algún tema de la celebración o Misterio del día, dirigida a Dios Padre e incluso a Jesucristo, y no a los fieles, terminando con una fórmula de enlace que suele decir: “y desde la tierra nos atrevemos a decir”, o “clamamos desde la tierra”.

    En el IV domingo de Adviento, el sacerdote introduce al Padrenuestro diciendo:

Oh Dios altísimo y todopoderoso, Padre sin principio

tú quisiste que la venida de tu Unigénito, hecho hombre,

fuese el remedio para obtener nuestra reconciliación,

a fin de que recibiéramos por él la gracia de la adopción.

Sin comienzo y antes de todos los siglos,

engendrado por ti e igual a ti por su naturaleza divina,

por él hemos sido adoptados como hijos,

a pesar de que, por nuestros méritos,

no merecíamos ni ser siervos;

haz que podamos celebrar tan gran solemnidad

diciendo y proclamando sin dificultad:

     En la Misa de la Natividad del Señor:

 Al que mostró el Camino por el que hemos de avanzar,

al que enseñó la Vida que hemos de proclamar,

al que estableció la Verdad que hemos de observar,

a ti, oh Padre supremo, con corazón conmovido,

clamamos desde la tierra:

  La solemne fiesta de la Aparición del Señor –la adoración de los Magos…- presenta esta oración:

 Cristo Dios, que, al salir del seno virginal,

apareciste hoy en el mundo como una luz nueva,

reconocido en la estrella y adorado en los dones;

sácianos con el panal de miel de tus buenas palabras,

adecuadas oraciones y piadosas respuestas;

para que la dulzura de sentirnos escuchados

nos sirva de salud de alma y cuerpo,

y para que, gustando y comprobando

la seguridad de tu presencia, Señor,

no volvamos a desviarnos hacia la amargura del mundo,

sino que, pendientes de tus palabras celestiales,

con el alma y el corazón invoquemos por ti al Padre

desde la tierra:

   Y el VI domingo de la Pascua:

 Levántanos en tu presencia, Dios todopoderoso,

en quien vivimos, a quien nos hemos consagrado,

de quién hemos recibido el bien de nuestra salvación,

es don tuyo nuestra celebración,

favor tuyo la vida de los creyentes,

rescate tuyo la resurrección de los muertos.

Hazte presente en los sacrificios que estableciste,

en las alegrías que nos has procurado,

tú que con la resurrección de tu Hijo

confirmaste la esperanza de nuestra resurrección y redención.

Conserva en nosotros este don tuyo

entre todo y por encima de todo;

que en este día de la resurrección del Señor,

entonando cantos dignos de ti

podamos decirte desde la tierra:

 

   La monición, en general, salvando la peculiaridad de cada familia litúrgica “asume varias funciones. Ante todo, relaciona el Pater noster con su origen, es decir, con el mandato y con la enseñanza del Señor, ilustrándolo así en su inigualable valor. El prólogo además es necesario también por razones de estructura por cuanto sirve de paso de la plegaria eucarística a la sección de la comunión”[2].

 



[1] JUNGMANN, El sacrificio de la Misa, 970-971.

[2] RAFFA, Mistagogia della Messa, 448.

21.02.19

Padrenuestro (I - Respuestas XXXIII)

1. La oración propia de los hijos de Dios, es decir, de los bautizados que han recibido el espíritu filial de adopción según san Pablo (Rm 8,15), es el “Padrenuestro”, también llamado “oración dominical”, es decir, “oración del Señor”, pues fueron los labios de Cristo los que la pronunciaron para nosotros, encomendándonos: “Cuando oréis, decid: Padre nuestro…” (Lc 11,2).

  Es oración tan propia de los hijos de Dios, de los bautizados, que los catecúmenos –ni antes ni ahora- la rezaban. Eran despedidos tras la homilía porque no eran fieles cristianos todavía para poder participar de la oración común. Cuando han sido ya elegidos para ser bautizados en la próxima Vigilia pascual, se les realiza el rito de la entrega del Padrenuestro. Transcurre en la V semana de Cuaresma.

    Muy claro explica el motivo el Ritual de la Iniciación cristiana de adultos: “También se entrega a los elegidos la ‘Oración dominical’ que desde la antigüedad es propia de los que han recibido en el Bautismo el espíritu de los hijos de adopción, y que los neófitos recitan juntamente con los demás bautizados al participar por primera vez en la celebración de la Eucaristía” (RICA 188).

   En una celebración, tras las lecturas bíblicas, se proclama el Evangelio donde el Señor pronuncia el Padrenuestro, con esta admonición del celebrante a los elegidos: “Ahora escuchad cómo el Señor enseñó a orar a sus discípulos” (RICA 191). Tras la homilía se ora por los elegidos.

   Aunque se les ha entregado así, únicamente cuando ya han sido bautizados, durante la Vigilia pascual, podrán entonces, por vez primera, junto con todos los demás fieles cristianos, rezarla. ¡Oración de los hijos de Dios, de los que por gracia han sido hechos hijos de Dios por el bautismo!

   Los Padres explicaban el Padrenuestro a los elegidos, petición a petición, en el rito de la entrega:

  “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿O cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo van a oír si nadie les predica? ¿O cómo predicarán si no son enviados? Él dijo: ¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? Ésta es la causa por la que no recibisteis primero la oración y luego el símbolo, sino primero el símbolo para saber qué habéis de creer, y luego la oración en que conozcáis a quién habéis de invocar. El símbolo, por tanto, dice relación a la fe; la oración, a la súplica, puesto que quien cree es escuchado a través de su invocación” (S. Agustín, Serm. 56,1).

    “El orden de vuestra instrucción exige que aprendáis primero lo que habéis de creer y luego lo que habéis de pedir. Esto mismo dice el Apóstol: Sucederá que todo el que invocare el nombre del Señor será salvo… Puesto que se dijo con toda razón y verdad: ¿Cómo van a invocar a aquel en quien no han creído?, por esto mismo habéis aprendido antes lo que debéis creer y hoy habéis aprendido a invocar a aquel en quien habéis creído” (S. Agustín, Serm. 57,1).

     Se devolvía el Credo, recitándolo antes de la Vigilia pascual –como vimos al tratar el Símbolo- pero no se devolvía el Padrenuestro antes, sino que lo recitarán por vez primera junto con los fieles, a una voz, una vez bautizados: “Una vez bautizados, tenéis que decir diariamente la oración… Por esto el sábado, en la vigilia [pascual] que hemos de celebrar, si Dios quiere, recitaréis en público no la oración, sino el Símbolo” (S. Agustín, Serm. 58,12.13); “la oración que hoy habéis recibido, para aprenderla y darla de memoria dentro de ocho días [después del Bautismo, durante la Vigilia], fue dictada, como escuchasteis en la lectura del Evangelio, por el mismo Señor a sus discípulos y a través de ellos ha llegado hasta nosotros, puesto que su voz se extendió por toda la tierra” (S. Agustín, Serm. 59,1).

   El actual ritual del bautismo de niños destaca su importancia también. “Después de una monición del celebrante, para prefigurar la futura participación en la Eucaristía, se dice ante el altar la oración dominical, en la cual los hijos de Dios se dirigen al Padre que está en los cielos” (RBN 77). La rúbrica, en el ritual, reitera: “El celebrante, de pie ante al altar, dice a los padres y padrinos y a todos los presentes estas palabras u otras semejantes” (RBN 134).

    La monición relaciona entre sí los tres sacramentos de la Iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación, Eucaristía), y resalta el Padrenuestro como la oración propia de los que ya, por el Bautismo, son hijos adoptivos de Dios y se pueden dirigir a Dios llamándole Padre con toda propiedad:

            “Hermanos:

            Estos niños, nacidos de nuevo por el Bautismo, se llaman y son hijos de Dios. Un día recibirán por la confirmación la plenitud del Espíritu Santo. Se acercarán al altar del Señor, participarán en la mesa de su sacrificio y lo invocarán como Padre en medio de su Iglesia. Ahora nosotros, en nombre de estos niños, que son ya hijos por el espíritu de adopción que todos hemos recibido, oremos juntos como Cristo nos enseñó” (RBN 134).

    El ritual de la Confirmación, por su parte, quiere que se dé el suficiente realce a la oración dominical por los nuevos confirmados: “Debe darse gran importancia a la recitación de la oración dominical (el Padrenuestro), que hacen los confirmandos juntamente con el pueblo, ya sea dentro de la Misa antes de la Comunión, ya fuera de la Misa antes de la bendición, porque es el Espíritu el que ora en nosotros, y el cristiano en el Espíritu dice: ‘Abba, Padre’” (RC 13). Sin embargo, el ritual luego no ofrece ninguna monición específica para el Padrenuestro, ni indica la conveniencia, tal vez, de cantarlo en la celebración dentro de la Misa. En la celebración fuera de la Misa sí ofrece una monición muy genérica: “Ahora, hermanos, concluyamos nuestra oración y uniéndola  a la plegaria que nos enseñó el Señor, digamos todos juntos” (RC 60).

    2. Lógicamente, es una oración muy querida por la Iglesia. Pronto el uso de recitar tres veces al día la confesión de fe del “Shemá Israel” motivó que los cristianos, tres veces al día, rezasen el Padrenuestro como confesión de fe y alabanza a Dios.

    La Didajé señala ya esta práctica: “Tres veces debéis rezar de este modo cada día” (VIII,3). Estamos aún en el siglo I. San Agustín, en el siglo IV, les dice a sus catecúmenos: “Una vez bautizados, tenéis que decir diariamente la oración. En la iglesia se dice todos los días ante el altar de Dios y los fieles la escuchan” (Serm. 58,12).

   La Iglesia mantiene esa costumbre. Tres veces al día lo recita solemnemente, como Iglesia, en su liturgia: en Laudes, en Vísperas y en la Misa. La Ordenación general de la Liturgia de las Horas lo explica: “En las Laudes matutinas y en las Vísperas, como Horas más populares, a continuación de las preces ocupa el Padrenuestro el lugar correspondiente a su dignidad, de acuerdo con una tradición venerable. Así, la oración dominical, de ahora en adelante, se dirá solemnemente tres veces al día, a saber en la Misa, en las Laudes matutinas y en las Vísperas” (IGLH 194-195).

    3. Las distintas familias litúrgicas, occidentales y orientales, situaron –salvo una o dos excepciones- el rezo del Padrenuestro entre los ritos preparatorios de la comunión. La petición “danos hoy nuestro pan” fue interpretada por los Padres con un sentido eucarístico, como petición del Pan de la Eucaristía, disponiéndonos así a recibir la comunión eucarística como un Don que nos concede el Padre celestial. Dios escucha las súplicas y nos da “el pan de los hijos”, la Eucaristía cada día: “concédenos, por tu misericordia, que cuantos hemos sido alimentados con el pan de los hijos seamos también santificados por el espíritu de adopción”[1].

   Por ese sentido eucarístico, y no devocional (una oración más, piadosa), y no por subrayar la fraternidad horizontal (como a veces se ha hecho uniendo todos sus manos), es por lo que el Padrenuestro se ubica dentro de los ritos de comunión.

    El Misal, en su Ordenación general, lo deja claro: “se pide el pan de cada día, con lo que se evoca, para los cristianos, principalmente el pan eucarístico y se implora la purificación de los pecados, de modo que, verdaderamente las cosas santas se den a los santos” (IGMR 81).

 



[1] Oración de Postcomunión, San Joaquín y Sta. Ana, 26 de julio.

14.02.19

Amén ( y III - Respuestas XXXII)

7. Igualmente importante, solemne y rotundo, que el “Amén” que rubrica la gran plegaria eucarística, es el “Amén” que se pronuncia antes de comulgar. Es confesión de fe y reconocimiento adorante de que Jesucristo está en el Sacramento real y sustancialmente presente.

   Primero veamos el rito de la distribución de la sagrada comunión, las rúbricas, ya que, para participar mejor, hemos de saber cómo se hace bien, y luego el sentido de la respuesta.

   El fiel que se acerca a comulgar, realiza primero un signo de adoración inclinándose. La postura corporal, por tanto, ha de ser sumamente respetuosa:

“Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas” (IGMR 160).

   El rito de la distribución de la sagrada comunión se desarrolla de la siguiente manera:

“Si la Comunión se recibe sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la Hostia un poco elevada, la muestra a cada uno, diciendo: El Cuerpo de Cristo. El que comulga responde: Amén, y recibe el Sacramento, en la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su deseo. Quien comulga, inmediatamente recibe la sagrada Hostia, la consume íntegramente” (IGMR 161).

  Por tanto, hay cuatros momentos:

1) se muestra la especie de Pan, teniendo la Hostia un poco elevada;

2) Se le dice al comulgante: “El Cuerpo de Cristo”;

3) El fiel responde: “Amén”;

4) finalmente comulga.

    “El Cuerpo de Cristo – Amén”, “La Sangre de Cristo – Amén”, es decir: ¡así es, así lo creo, así lo confieso! Todo eso se contiene en la breve palabra “Amén” que obligatoriamente debe ser pronunciada por el fiel que va a comulgar, y que sea dicha claramente, no un susurro o un levísimo murmullo inaudible, para que el ministro que distribuye la Comunión pueda oírlo.

   Así, a la hora de la Comunión, se establece un verdadero diálogo de fe:

“El Cuerpo de Cristo – Amén”, y junto a la inclinación antes de comulgar, este “Amén” es otro gesto más de adoración ante el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. ¡Sí, adoración!, ya que “en la Eucaristía no es que simplemente recibamos algo. Es un encuentro y una unificación de personas, pero la persona que viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros es el Hijo de Dios. Esa unificación sólo puede realizarse según la modalidad de la adoración” (Benedicto XVI, Disc. a la Curia romana, 22-diciembre-2005).

    8. Mucho y bien predicaron los Padres de este “Amén” del comulgante por la importancia que le daban.

  Algunos lo describen solamente, para que se sepa bien cómo es el rito y se haga bien y con adoración, o son alusiones al “Amén” en otro contexto:

   “Explique, pues, todas estas cosas el obispo a aquellos que comulgan; al partir el pan y distribuir cada una de las partes, diga: ‘Pan celestial en Cristo Jesús’. El que lo recibe responda: ‘Amén’” (Hipólito, Trad. Apost., c. 21).

   “¿Cómo puedes tolera que aquellas manos que habías extendido ante el Señor [al comulgar] se fatiguen aplaudiendo al histrión? ¿Y que de la boca con la que proferiste el “Amén” al Santo puedas vitorear al gladiador y decir ‘por los siglos de los siglos’ a algún otro que a Dios y a Cristo?” (Tertuliano, De spectaculis, 25).

   “Si no podemos ofrecer nuestros dones sin paz, ¡cuánto menos recibir el Cuerpo de Cristo! ¿Con qué conciencia responderé “Amén” a la Eucaristía si dudo de la caridad del que me la da?” (S. Jerónimo, Ep. 81).

  Pero, en general, son muchos los Padres que dan la explicación mistagógica, es decir, el sentido y la razón de ser del “Amén” pronunciado por el fiel antes de comulgar:

   “¿Qué es más, el maná del cielo o el cuerpo de Cristo? Claro es que el cuerpo de Cristo, que es el autor del cielo. Además el que comió el maná murió; pero el que comiere este cuerpo recibirá el perdón de sus pecados y no morirá eternamente. Luego no en vano dices tú: ‘Amén’, confesando ya en espíritu que recibes el cuerpo de Cristo. Pues cuanto tú has pedido, el sacerdote dice: ‘El cuerpo de Cristo’, y tú dices: ‘Amén’, esto es verdad. Lo que confiesa la lengua, sosténgalo el afecto” (S. Ambrosio, De Sacr. V,24-25).

   “El pontífice, pues, al dar [la oblación], dice: ‘El cuerpo de Cristo’, y te enseña con esta palabra a que no mires lo que aparece, sino que representes en tu corazón aquello que ha llegado a ser lo que había sido presentado, y que por la venida del Espíritu Santo es el cuerpo de Cristo. Así, conviene que te presentes con mucho temor y gran caridad, teniendo en cuenta la grandeza de lo que se te da; Él merece el temor a causa de la grandeza de su dignidad y el amor por la gracia. Por esto, en efecto, dices tú después de él: ‘Amén’. Con tu respuesta confirmas la palabra del pontífice y sellas la palabra del que da. Y se hace lo mismo para tomar el cáliz” (Teodoro de Mopsuestia, Hom. Cat. 16, n. 28).

    Clásica y muy conocida es la catequesis mistagógica de S. Cirilo de Jerusalén; con suma hermosura y delicadeza lo explica a los neófitos:

   “Al acercarte no vayas con las palmas de las manos extendidas, ni con de los dedos separados, sino haz con la mano izquierda un trono, puesto debajo de la derecha, como que está a punto de recibir al Rey; y recibe el cuerpo de Cristo en el hueco de la mano, diciendo “Amén”. Después de santificar tus ojos al sentir el contacto del cuerpo santo, recíbelo seguro con cuidado de no perder nada del mismo” (Cat. Mist. V, 21).

   Emplea S. Cirilo un lenguaje muy contundente para afirmar la presencia real ante la cual se va a responder el “Amén”:

   “No los tengas como pan y vino sin más; según la declaración del Señor son cuerpo y sangre de Cristo. Y aunque el sentido te sugiera eso, la fe debe darte la certeza. No juzgues del hecho por lo que te dicte el gusto, sino que, después de ser considerado digno del cuerpo y sangre de Cristo, estate plenamente convencido desde la fe, sin dudar” (Cat. Mist. IV, 6).

   El gran Agustín de Hipona, el mismísimo día de Pascua, dedica un sermón a la comunión eucarística y al “Amén”, y es que los Padres han predicado de la liturgia y sobre la liturgia para introducir a todos en el Misterio, como algo habitual en ellos, sin moralismos ni ideas vagas:

   “Lo que estáis viendo sobre el altar de Dios, lo visteis también la pasada noche [la Vigilia pascual]; pero aún no habéis escuchado qué es, qué significa ni el gran misterio que encierra. Lo que veis es pan y un cáliz; vuestros ojos así lo indican. Mas según vuestra fe, que necesita ser instruida, el pan es el cuerpo de Cristo, y el cáliz la sangre de Cristo. Esto dicho brevemente, lo que quizá sea suficiente a la fe; pero la fe exige ser documentada…

            En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros. A lo que sois respondéis con el “Amén”, y con vuestra respuesta lo rubricáis. Se te dice: “El Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el “Amén”” (S. Agustín, Serm. 272).

    “Este pan es el cuerpo de Cristo, del que dice el Apóstol dirigiéndose a la Iglesia: Vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo. Lo que recibís, eso sois por la gracia que os ha redimido; cuando respondéis “Amén” lo rubricáis personalmente. Esto que veis es el sacramento de la unidad” (Serm. 229 A,1).

    9. Decimos “Amén” en muchísimos momentos de la liturgia. Y al cantarlo o pronunciarlo, realizando una confesión de fe, nos unimos a Jesucristo. ¿Por qué? Porque Jesucristo es el verdadero “Amén”, el Amén de Dios.

  “Él mismo es el ‘Amén’ (Ap 3,14). Es el ‘Amén’ definitivo del amor del Padre hacia nosotros; asume y completa nuestro ‘Amén’ al Padre: todas las promesas, hechas por Dios han tenido su ‘sí’ en él; y por eso decimos por él ‘Amén’ a la gloria de Dios (2Co 1,20)” (CAT 1065).

 

7.02.19

Amén (II - Respuestas XXXI)

4. Sublime y solemne, la plegaria eucarística concluye con el solemne “Amén” de todos los fieles, cantado, fuerte, vibrante, sellando la doxología que el sacerdote ha cantado igualmente, elevando los dones consagrados.

  Vamos primero a las rúbricas. Dice la Introducción General del Misal Romano:

“Al final de la Plegaria Eucarística, el sacerdote, toma la patena con la Hostia y el cáliz, los eleva simultáneamente y pronuncia la doxología él solo: Por Cristo, con Él y en Él. Al fin el pueblo aclama: Amén. En seguida, el sacerdote coloca la patena y el cáliz sobre el corporal” (IGMR 151).

   Destaquemos cómo aquí, sí, hay una verdadera elevación de la patena con el Pan consagrado y del cáliz, en el culmen y climax de la gran Oración. Sí, elevación, no mera mostración. El “Amén” de los fieles es definido como “aclamación”, por tanto, un tono fuerte, gozoso, claro, alabando a Dios.

   El pan y el vino consagrados, ya el Cuerpo y Sangre de Cristo, permanecen elevados mientras el pueblo canta el “Amén”, no se bajan antes.

“Para la doxología final de la Plegaria Eucarística, de pie al lado del sacerdote, tiene el cáliz elevado, mientras el sacerdote eleva la patena con la Hostia, hasta cuando el pueblo haya aclamado: Amén” (IGMR 180).

Es, pues, un momento solemnísimo dentro del rito romano.

  Con todo esto se demuestra la importancia que la liturgia la concede a este “Amén” final. Así se describe la parte final en el Misal: “Doxología final: por la cual se expresa la glorificación de Dios, que es afirmada y concluida con la aclamación Amén del pueblo” (IGMR 79).

   Lo lógico, y habitual incluso, sería que se cantase la doxología y el “Amén” los domingos y solemnidades. Señala el Directorio de canto y música en la celebración:

“La recitación o canto sereno y expresivo de los maravillosos textos de la plegaria eucarística, con la operatividad y eficacia sacramental que nos dice la fe, crean necesariamente un clima de intenso lirismo que no puede menos de manifestarse efusivamente en las aclamaciones del pueblo, por sobrias y pocas que sean comparadas con otros ritos, especialmente los orientales y africanos” (n. 167).

Más adelante, en ese mismo número, se afirma que la doxología y el Amén son el “colofón sonoro. Y todo cuanto se haga por resaltarlo es plausible, como medio entusiasta de participación. Este Amén, en particular debe resaltarse con el canto, dado que es el más importante de la misa y el mayor signo de la participación del pueblo”.

   5. Maravilloso, en su construcción, es el epílogo final de la plegaria eucarística, llamado “doxología”, que contiene una dimensión sacrificial –la Eucaristía es Sacrificio- que se ofrece y se entrega al Padre. Dirá el sacerdote: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos”.

   Es Cristo Inmolado, hecho presente en el altar su Sacrificio pascual de manera sacramental, entregándose al Padre para gloria de Dios y bien nuestro.

 “La doxología final del Canon tiene una importancia fundamental en la celebración eucarística. Expresa en cierto modo el culmen del Mysterium fidei, del núcleo central del sacrificio eucarístico, que se realiza en el momento en que, con la fuerza del Espíritu Santo, llevamos a cabo la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, como hizo Él mismo por primera vez en el Cenáculo. Cuando la gran plegaria eucarística llega a su culmen, la Iglesia, precisamente entonces, en la persona del ministro ordenado, dirige al Padre estas palabras: « Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria ». Sacrificium laudis!” (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes, 1999).

 Además, esta doxología, “Por Cristo, con él y en él”, queda sumamente expresiva con el canto y la elevación, mientras tanto, de la patena y del cáliz en claro gesto de entrega y Ofrenda a Dios:

 “En cada Misa, cuando el Cuerpo y la Sangre del Señor son alzados al final de la liturgia eucarística, elevad vuestro corazón y vuestra vida por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, como sacrificio amoroso a Dios nuestro Padre. De ese modo llegaréis a ser altares vivientes, sobre los cuales el amor sacrificial de Cristo se hace presente como inspiración y fuente de alimento espiritual para cuantos encontréis” (Benedicto XVI, Hom. en la Catedral de Sidney, 19-julio-2008).

 6. Las distintas liturgias, orientales y occidentales, concluyen del mismo modo: una doxología (o alabanza solemne a Dios) y el Amén de todos los fieles.

 Nuestro venerable rito hispano-mozárabe, por ejemplo, concluye así: El sacerdote junta las manos. Si en el Propio no se indica una fórmula especial, concluye con la siguiente doxología:

 Concédelo, Señor santo,

pues creas todas estas cosas

para nosotros, indignos siervos tuyos,

y las haces tan buenas,

las santificas, las llenas de vida,

 Al decir “las llenas de vida” hace la señal de la cruz sobre los dones sagrados.

 las bendices y nos las das,

así bendecidas por ti, Dios nuestro,

por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

 El rito ambrosiano, en la Iglesia de Milán, concluye de forma semejante al rito romano. La fórmula de la doxología difiere en unas pocas expresiones y realiza el mismo rito que el romano: elevar la patena y el cáliz, y mientras dice: “De Cristo, por Cristo y en Cristo, a ti, Dios Padre omnipotente, toda magnificencia, toda gloriosa alabanza, toda soberanía sobre nosotros y sobre el mundo en la unidad del Espíritu Santo por infinitos siglos de los siglos”. Y responden: “Amén”.

 También la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, el rito bizantino, concluye la gran Anáfora así: “Y concédenos que con una sola voz y un solo corazón glorifiquemos y alabemos Tu santísimo y majestuoso nombre, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos”, y todos responden: “Amén”.

 La anáfora de los doce apóstoles, de la liturgia antioquena, que se emplea, por ejemplo en la zona de Líbano, termina así: “…A fin de que por sus oraciones y su intercesión seamos preservados del mal y que las misericordias estén en nosotros en los dos mundos. Para que en esto, como en todas las cosas, sea alabado y glorificado tu nombre santo y bendito, y el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y del Espíritu Santo, ahora y por los siglos”. Y los fieles aclaman: “Como ha sido de siglo en siglo, así lo será hasta el fin de los siglos. Amén”.

  Es este “Amén” elemento común y originario de la plegaria eucarística. Resaltarlo es importante; cantarlo subrayará más su afirmación contundente.

 

31.01.19

Amén (I - Respuestas XXX)

   1. Breve y concisa, la palabra “Amén” ha pasado a la liturgia cristiana en su lengua original hebrea, como también ocurrió –ya lo vimos- con Aleluya y Hosanna. Traducirla es empobrecerla, o por cuenta propia decir: “Así es” o “Así sea”, pierde la sonoridad y fuerza que posee el original “Amén”.

   Amplia es la valencia de este “Amén” hebreo. Para nosotros debe ser sumamente apreciado al considerar que nuestro Señor Jesucristo es llamado “Amén” o el “Amén de Dios” en los escritos del NT. El Señor dice: “Habla el testigo fidedigno y veraz, el Amén” (Ap 3,14); Jesucristo es el Amén, el “Testigo fiel” (Ap 1,5), porque en Él todo fue un Sí a Dios, y “por él podemos decir ‘Amén’ para gloria de Dios” (2Co 1,20). El “Amén” es fidelidad, es Verdad, es decir “Sí”. Esto alude a su raíz hebrea, emparentada con la palabra tanto “verdad” y “certeza” como “fidelidad”: emet.

    Su uso es muy frecuente en todas las Escrituras. Sirve, por ejemplo, para firmar o sellar una alianza o un juramento: ‘“¡Así sacuda Dios, fuera de su casa y de su hacienda, a todo aquel que no mantenga esta palabra: así sea sacudido y despojado!’ Toda la asamblea respondió: ‘¡Amén!’ y alabó al Señor. Y el pueblo cumplió esta palabra” (Ne 5,13). En otras muchas ocasiones, adquiere un matiz de deseo, ¡ojalá!, por ejemplo: “¡Amén!, así lo haga el Señor” (Jr 28,6). No falta el sentido de adoración y alabanza y acción de gracias: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, desde siempre y por siempre. Todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Aleluya!” (1Cro 16,36), como también así se cierran los libros del Salterio: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas; bendito por siempre su nombre glorioso, que su gloria llena la tierra. ¡Amén, amén!” (Sal 71), o la adoración, con postración incluida, tras la lectura de la Ley por parte de Esdras: “Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: Amén, amén. Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra” (Ne 8,6). En el cielo, según escribe el vidente del Apocalipsis, “Amén” y “Aleluya” unidos expresan la adoración y continua alabanza a Dios y al Cordero: “se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén” (Ap 7,9-12). Nos mostrará el Apocalipsis a los veinticuatro Ancianos y a los cuatro seres vivientes que se postran y adoran a Dios, sentado en el trono, diciendo: “Amén. Aleluya” (Ap 19,4).

    Y con el sentido de verdad y afirmación, el “Amén” lo emplea Cristo muchísimas veces en su predicación: “Amen, amen dico vobis”, “en verdad, en verdad os digo…”, identificando así su palabra con su persona –Cristo, el Amén de Dios- y siendo testigo de la verdad. Comenta san Agustín este “amén”: “Palabra que significa verdad y certeza, pero que no se traduce ni en griego ni en latín, sino que se deja velada en su misterio hebreo” (In Ioh. ev., tr. 41,3).

   2. La liturgia, desde el principio, asumió el uso del “Amén” como respuesta a las oraciones y plegarias, con el múltiple valor de significado que tiene. Pensemos que cada oración es sellada con el “Amén” de los fieles: “por los siglos de los siglos”, “por Jesucristo, nuestro Señor”, “a la vida eterna”, etc., son las conclusiones que provocan el “Amén” de todos. Así lo hace el rito romano.

   El venerable rito hispano-mozárabe, tan nuestro, pero tan influido por el estilo de las liturgias orientales, multiplicó la participación de los fieles con la respuesta “Amén” que pronuncian unas treinta veces a lo largo de la celebración eucarística, unas veces con sentido de adoración y alabanza, otras de afirmación y confesión de fe.

    Por ejemplo, cada lectura en la liturgia de la Palabra no concluye con una aclamación al estilo de “Palabra de Dios – Te alabamos, Señor”, sino respondiendo todos al final de la lectura: “Amén”. Las palabras de la consagración sobre el pan y sobre el cáliz, ambas, son oídas por los fieles que aclaman a su término: “Amén”, adorando. O la peculiar forma del Padrenuestro, que sólo lo recita el sacerdote en voz alta y los fieles responden “Amén” a cada una de las siete peticiones del Padrenuestro.

    3. Destaquemos, en primer lugar, el “Amén” más antiguo y más solemne, el más importante, de toda la celebración eucarística: el que sella y ratifica toda la plegaria eucarística. Es un “Amén” rebosante de gozo con el que se concluye la gran Oración eucarística pronunciada por el sacerdote.

     No faltan datos en la Tradición sobre este importante “Amén” de los de los fieles. San Justino, narrando al emperador la verdad de los ritos cristianos en sus Apologías, allá por el siglo II, escribe: “Seguidamente se presenta al que preside entre los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclado con agua. Cuando lo ha recibido, alaba y glorifica al Padre de todas las cosas por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y da gracias largamente, porque por Él hemos sido hechos dignos de estas cosas. Habiendo terminado él las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén. Amén significa en hebreo, así sea” (I Apol. c. 65).

    Más adelante, san Justino vuelve a explicar: “y, como antes dijimos, cuando hemos terminado de orar, se presenta pan y vino y agua y el que preside eleva, según el poder que hay en él, oraciones, e igualmente acciones de gracias, y el pueblo aclama diciendo el Amén. Y se da y se hace participante a cada uno de las cosas eucaristizadas” (I Apol. c. 67).

   Las Constituciones Apostólicas, en el siglo IV, tienen asumido el uso del “Amén” y es el gran sello y broche de oro de la plegaria eucarística: “Habiéndonos conservado a todos nosotros inmutables, íntegros, irreprochables en la piedad, nos juntes a todos en el reino de tu Cristo, Dios de toda naturaleza sensitiva e intelectual, Rey nuestro; puesto que para ti es toda la gloria, veneración y acción de gracias, honor y adoración, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los infinitos y eternos siglos de los siglos. Y todo el pueblo diga: ‘Amén’” (Cons. Ap., VIII, 12, 48). Explicando cómo comienza el rito de comunión, las Constituciones mencionan de nuevo este “Amén” de la plegaria eucarística: “Y después de decir todos: ‘Amén’, el diácono diga: ‘Prestemos atención’. Y el obispo hable así al pueblo: ‘Las cosas santas para los santos’” (VIII, 13, 11).

   ¡Cómo resonaba este “Amén” en boca de los fieles! ¡Qué fuerza tenía y con qué entusiasmo lo decían al final de la plegaria eucarística! Sirve el testimonio de san Jerónimo, recordando las basílicas romanas: “¿Dónde resuena de igual manera el “amén” a semejanza de un trueno celeste y se abaten los vacíos templos de los ídolos?” (In ep. Gal, lib. II; BAC 693,113).

   Con el “Amén”, dirá san Agustín, los fieles rubrican, firman, sellan, la plegaria eucarística: “lo suscribís cuando respondéis Amén”, “decir ‘Amén’ es suscribir” (Serm. 229,3).