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7.09.17

Escuchando, se participa en la liturgia (V)

Escuchar requiere un acto interior de la inteligencia y del corazón, para captar e integrar, asimilando. Es un acto consciente. Oír es algo reflejo, donde captamos muchos sonidos, pero no todos son pensados ni acogidos. Escuchar sí requiere una inteligencia amorosa, una capacidad de recepción, atención, disponibilidad, desterrando cuanto nos pueda distraer o apartar para no desperdiciar ninguna palabra.

 He aquí, entonces, un modo más de participación litúrgica, fructuosa e interior.

 La escucha, en primer lugar, se refiere a las lecturas de la Palabra de Dios en la liturgia, que merecen ser bien proclamadas, con lectores aptos para leer en público y en alta voz (y no por un falso concepto de participación, aceptar que cualquiera lea, aunque luego no sepa ni entonar): “pido que la liturgia de la Palabra se prepare y se viva siempre de manera adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la liturgia se ponga gran atención a la proclamación de la Palabra de Dios por parte de lectores bien instruidos” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, n. 45). Y también: “Es necesario que los lectores encargados de este servicio, aunque no hayan sido instituidos, sean realmente idóneos y estén seriamente preparados. Dicha preparación ha de ser tanto bíblica y litúrgica, como técnica” (Benedicto XVI, Verbum Domini, n. 58).

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31.08.17

¿Monición de "acción de gracias"? ¡No, por favor!

   Parece que en aras de la participación, habría que multiplicar elementos en la Misa, una y otra y otra intervención más. En ese caos, nadie se paró a mirar qué dice el Misal, o se lo miró, lo reinterpretó a su gusto. Todos estos añadidos –en contra de lo que decía el mismo Concilio Vaticano II en SC 22- se fueron haciendo corrientes, difundidos, extendidos y casi hasta obligatorios. La liturgia se convirtió en algo antropocéntrico, sólo “nosotros”, y cada vez con menos sentido sagrado. Nos convertíamos en protagonistas, olvidando que el protagonista de la liturgia es Jesucristo y su Misterio pascual.

   Entre esos elementos, se ha introducido un larguísimo discurso, una monición de “acción de gracias” después de la comunión, con tal de que haya una persona más que intervenga en la liturgia. Es un discurso normalmente largo y que parece de obligado cumplimiento en ciertas Misas: Misas con niños, Primeras comuniones, Novenas de la Patrona, etc.

  ¿Lo permite el Misal? ¿Deja esa monición de acción de gracias como posible, como opcional, como facultativa? ¡En absoluto! Vayamos al Misal y encontraremos lo siguiente:

   “Terminada la distribución de la Comunión, si resulta oportuno, el sacerdote y los fieles oran en silencio por algún intervalo de tiempo. Si se quiere, la asamblea entera también puede cantar un salmo u otro canto de alabanza o un himno” (IGMR 88).

  “Después [de la comunión] el sacerdote puede regresar a la sede. Se puede, además, observar un intervalo de sagrado silencio o cantar un salmo, o un cántico de alabanza, o un himno” (IGMR 164).

   Éstas son las opciones posibles: silencio, o cantar un salmo o cántico de alabanza o un himno. No figura entre esas opciones que alguien lea un discurso o monición de “acción de gracias”. Tan simple como eso.

   Hay que entender, además, que “acción de gracias” como tal es el sacrificio eucarístico entero, la Misa celebrada, y no simplemente un discurso o monición leída por alguien. Terminada la distribución de la sagrada comunión, o se ora en silencio, o se entona un canto de alabanza o salmo y, finalmente, la acción de gracias de todos es verbalizada por la oración de postcomunión que el sacerdote, en nombre de todos, eleva a Dios dando gracias por el sacramento que hemos recibido. Esa oración de postcomunión es auténtica acción de gracias, recitada por el sacerdote, y parece una repetición absurda anteponerle una “acción de gracias” leída por alguien.

  Además esa monición de acción de gracias rompe con una norma de la Tradición litúrgica de la Iglesia. Los fieles no se dirigen individualmente a Dios en la Misa, sino en común y formando una sola voz; ni siquiera el diácono en la Misa: las moniciones siempre se dirigen a los demás (“Daos la paz”, “inclinaos para recibir la bendición”). Sólo el sacerdote se dirige a Dios en nombre de todos: “Oh Dios, que has realizado…” ¿Cómo es posible que un lector, sin más, lea algo dirigido a Dios como discurso de acción de gracias?

  A lo que hay que añadir otra costumbre más que se ha ido introduciendo: la acción de gracias del nuevo sacerdote en su ordenación o primera Misa, o la del religioso o religiosa en su profesión; un discurso largo, emotivo, sentimental, que convierte la liturgia en un homenaje a esa persona y que suele ser lo único que se recuerda porque resultó impactante, porque todos se emocionaron, etc., y, claro, ¡todos aplaudieron! Se perdió el espíritu sagrado de la liturgia y el nuevo sacerdote o el nuevo religioso o religiosa se convirtieron en los protagonistas absolutos. En vez del sacramento celebrado, en lugar de la profesión religiosa bendecida, parece que lo importante son estas palabras de “acción de gracias” que encontrarían su lugar adecuado fuera de la Misa, tal vez como palabras iniciales en el ágape, antes de bendecir la mesa.

  Que algo esté extendido y sea muy común, no quiere decir ni mucho menos que esté bien, aunque todos lo hagan. En el caso de esta monición de “acción de gracias” tras la comunión, hay que procurar ajustarnos en todos los casos al Misal y evitar estos elementos que son una distorsión de la liturgia, la introducción de lo emotivo y sentimental en forma de discurso.

 

25.08.17

¡Participar es orar! (IV)

Tal vez incluso alguien se sorprenda al identificar estos dos verbos, participar = orar, y sin embargo no hay participación verdadera sin oración y la oración (personal y común en la liturgia) es un modo importantísimo de participación.

  La liturgia es, ante todo, oración, la gran oración de la Iglesia que se une a Jesucristo y participar, por tanto, será orar en la liturgia, orar la liturgia. “La liturgia es también participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En ella toda oración cristiana encuentra su fuente y su término. Por la liturgia el hombre interior es enraizado y fundado (cf Ef 3,16-17) en “el gran amor con que el Padre nos amó” (Ef 2,4) en su Hijo Amado. Es la misma “maravilla de Dios” que es vivida e interiorizada por toda oración, “en todo tiempo, en el Espíritu” (Ef 6,18)” (CAT 1073). Y también enseña el Catecismo cómo la liturgia es una de las fuentes de la oración, durante la liturgia misma y después de la liturgia, a modo de prolongación e interiorización:

  “La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto” (Mt 6, 6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf Institución general de la Liturgia de las Horas, 9)” (CAT 2655).

  Durante la liturgia, se participa orando. El sacerdote pronuncia las distintas oraciones en nombre de todos, de manera clara y con unción: “El sacerdote invita al pueblo a elevar los corazones hacia el Señor, en oración y en acción de gracias, y lo asocia a sí mismo en la oración que él dirige en nombre de toda la comunidad a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo” (IGMR 78). Los fieles se adhieren y prestan su consentimiento a las oraciones que el sacerdote recita en su nombre con la respuesta “Amén”: “El pueblo uniéndose a la súplica, con la aclamación Amén la hace suya la oración” (IGMR 54; 77; 89); “Doxología final: por la cual se expresa la glorificación de Dios, que es afirmada y concluida con la aclamación Amén del pueblo” (IGMR 79).

 Ora el pueblo (y eso es participar) en la confesión común del acto penitencial (“Yo confieso”), ora también recibiendo la Palabra de Dios leída dirigiéndose a Dios en acción de gracias (“Te alabamos, Señor”, “Gloria a ti, Señor Jesús”). Ora e intercede en la llamada “Oración de los fieles”, porque son los fieles los que oran a cada intención que se les propone: “Señor, escucha y ten piedad”, “Te rogamos, óyenos”, “Kyrie eleison”. Esa es su oración, la de los fieles, intercediendo como pueblo sacerdotal: “En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos” (IGMR 69). Los fieles participan rezando juntos, a una voz, el Padrenuestro con sentimientos filiales (“El sacerdote hace la invitación a la oración y todos los fieles, juntamente con el sacerdote, dicen la oración”, IGMR 81) y aclaman a Dios: “tuyo es el reino, tuyo el poder”.

Esa oración en común, a una sola voz y con un solo corazón, es verdadera y santa participación en la liturgia.

  La participación litúrgica activa, interior, fructuosa, requiere la audición de los textos litúrgicos proclamados con voz clara, recitando con sentido. Es curioso ver cómo a veces algún sacerdote introduce alguna monición y habla con voz cálida, clara, y después al pasar a recitar el texto litúrgico, acelera, apresura el ritmo, se apaga la voz, y omite toda entonación y cualquier pausa. Las oraciones pasan rápido, como un trámite, incomprensibles. La participación litúrgica sin embargo lleva a la comunión en la oración, y por eso los textos eucológicos deben ser orados realmente, bien recitados, para decir conscientemente “Amén".

 Además, los textos litúrgicos expresan y reflejan la fe de la Iglesia. Nada ni nadie puede alterarlos por una creatividad salvaje. Esos mismos textos pasan a ser patrimonio de todos en la medida en que escuchados una y otra vez durante cada año litúrgico, van forjando la inteligencia cristiana del Misterio y se quedan grabados en la memoria. Así fue cómo la liturgia fue la gran catequesis (didascalia) de la Iglesia durante siglos: sus textos litúrgicos, claros, bien recitados, repetidos una y otra vez, transmitían suficientemente la fe eclesial. Luego es conveniente que en la oración personal, en el tiempo de meditación, acudamos de nuevo a estos textos para repasarlos, interiorizarlos, considerarlos.

  Sumemos a la oración en común, con las respuestas y plegarias recitadas a la vez por todos, los distintos momentos de oración personal silenciosa en la Misa y entenderemos mejor la participación litúrgica.

  Participar es orar y recogerse en silencio unos instantes en el acto penitencial: “el sacerdote invita al acto penitencial que, tras una breve pausa de silencio, se lleva a cabo” (IGMR 51), y participar es orar en silencio a la invitación del sacerdote: “Oremos”. Todos en silencio se recogen en su corazón para orar personalmente a Dios; después el sacerdote extiende las manos y recita la oración colecta: “el sacerdote invita al pueblo a orar, y todos, juntamente con el sacerdote, guardan un momento de silencio para hacerse conscientes de que están en la presencia de Dios y puedan formular en su espíritu sus deseos. Entonces el sacerdote dice la oración que suele llamarse “colecta” y por la cual se expresa el carácter de la celebración” (IGMR 54).

  En silencio se ora acogiendo la Palabra de Dios que se ha proclamado, especialmente el silencio después de la homilía: “Además conviene que durante la misma [liturgia de la Palabra] haya breves momentos de silencio, acomodados a la asamblea reunida, gracias a los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, se saboree la Palabra de Dios en los corazones y, por la oración, se prepare la respuesta” (IGMR 56); “es conveniente que se guarde un breve espacio de silencio después de la homilía” (IGMR 66), “para que todos mediten brevemente lo que escucharon” (IGMR 128).

  Igualmente se ora en silencio antes de la comunión, cuando el sacerdote una vez que ha fraccionado todo el Pan eucarístico reza en privado: “El sacerdote se prepara para recibir fructuosamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo con una oración en secreto. Los fieles hacen lo mismo orando en silencio” (IGMR 84). Después de la distribución de la sagrada comunión, participar es también orar en silencio dando gracias: “Terminada la distribución de la Comunión, si resulta oportuno, el sacerdote y los fieles oran en silencio por algún intervalo de tiempo. Si se quiere, la asamblea entera también puede cantar un salmo u otro canto de alabanza o un himno” (IGMR 88).

 Recordemos que el silencio no es un vacío en la liturgia que haya que rellenar como sea, sino un ingrediente necesario para poder orar personalmente, recogerse en lo interior, formular súplicas o dar gracias:

 “Debe guardarse también, en el momento en que corresponde, como parte de la celebración, un sagrado silencio. Sin embargo, su naturaleza depende del momento en que se observa en cada celebración. Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran. Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción sagrada” (IGMR 45).

 Se ve con claridad que participar es orar, tanto en común como personalmente en la liturgia. Cuando se quiere fomentar la participación activa, interior, fructuosa, lo que debe hacerse es cuidar el sentido de orar en común con las respuestas y aclamaciones, orando lo que el sacerdote pronuncia para responder conscientemente “Amén” sabiendo qué hemos pedido y cuidar la participación será respetar sosegadamente los momentos previstos de silencio educando en la oración personal.

 

 

17.08.17

Lo que incluye participar en la liturgia (III)

Participar es ver y oír.-

  La primera participación que reseñamos está relacionada con ver y oír la celebración litúrgica. Este es un primer modo de participación necesario para todos: ver el desarrollo de los ritos y poder oír las oraciones, lecturas, plegarias y cantos. Ver y oír ya es participar.

 El mismo Misal prescribe así el lugar de los fieles en la nave de la iglesia:

 “Dispónganse los lugares para los fieles con el conveniente cuidado, de tal forma que puedan participar debidamente, siguiendo con su mirada y de corazón, las sagradas celebraciones. Es conveniente que los fieles dispongan habitualmente de bancas o de sillas. Sin embargo, debe reprobarse la costumbre de reservar asientos a algunas personas particulares. En todo caso, dispónganse de tal manera las bancas o asientos, especialmente en las iglesias recientemente construidas, que los fieles puedan asumir con facilidad las posturas corporales exigidas por las diversas partes de la celebración y puedan acercarse expeditamente a recibir la Comunión.

Procúrese que los fieles no sólo puedan ver al sacerdote, al diácono y a los lectores,sino que también puedan oírlos cómodamente, empleando los instrumentos técnicos de hoy” (IGMR 311).

 “Al edificar los templos, procúrese con diligencia que sean aptos para la celebración de las acciones litúrgicas y para conseguir la participación activa de los fieles” (SC 124).

 Referente al “oír”, hay un común acuerdo que ha llevado a la instalación de la megafonía en todos los templos que por su tamaño la requieran. Sólo es cuestión de atinar y calibrar en el volumen para que ni atrone por un volumen demasiado alto, que aturde a todos y hace que los micrófonos se acoplen, ni un volumen tan bajo que exija tal atención de todos que difícilmente se pueda seguir bien la celebración.

 Respecto al “ver”, recordemos cómo los presbiterios se construyen elevados, con varios escalones, para permitir una mejor visibilidad y el ambón, como su nombre en griego significa, es un lugar elevado adonde sube el lector y el diácono para ser bien vistos y oídos por todos. Un falso concepto de cercanía, presunta sencillez y participación durante ciertas épocas recientes ha eliminado incluso los escalones del presbiterio para que el altar esté casi rozando las primeras filas de fieles –en una tarima o con un solo escalón-. Se dejaba el presbiterio sin uso, y en el crucero de la iglesia se instalaba un pequeño altar y un atril (en lugar de un ambón) con un solo escalón por altura.

 Lo que se conseguía era obstaculizar la visión, de modo que los que estén más atrás en la nave de la iglesia puedan ver algo. La altura del presbiterio debe ir en consonancia con la longitud y tamaño de todo el templo para poder ver bien el desarrollo de la acción litúrgica y unirse así al Misterio que se celebra.

 

Participar es rezar juntos en alta voz.-

 “Las aclamaciones y las respuestas de los fieles a los saludos del sacerdote y a las oraciones constituyen el grado de participación activa que deben observar los fieles congregados en cualquier forma de Misa, para que se exprese claramente y se promueva como acción de toda la comunidad.

 Otras partes muy útiles para manifestar y favorecer la participación activa de los fieles, y que se encomiendan a toda la asamblea convocada, son principalmente el acto penitencial, la profesión de fe, la oración universal y la Oración del Señor” (IGMR 35-36).

 Cuando se oye decir que “van a participar en la oración de los fieles”, se suele estar diciendo más bien, no que los fieles van a orar ya que esa es la participación, sino que cada intención la va a leer una persona distinta, convirtiendo este momento orante en un movimiento de personas y micrófono, pensando que eso es participar en la oración de los fieles. ¿Pero no hemos quedado en que son los fieles los que oran y así participan? Pues acabamos confundiendo los términos, dejamos de pensar en que los fieles oren y hacemos que cada intención la lea una persona distinta soñando equivocadamente que eso es participar, ¡y no lo es!

Las Orientaciones pastorales de la Comisión Episcopal de Liturgia sobre la Oración de los Fieles ya advertían que “de suyo ha de ser un solo ministro el que proponga las intenciones, salvo que sea conveniente usar más de una lengua en las peticiones a causa de la composición de la asamblea. La formulación de las intenciones por varias personas que van turnándose, exagera el carácter funcional de esta parte de la Oración de los fieles y resta importancia a la súplica de la asamblea” (n. 9).

El Misal, garantizando el orden y el decoro, insiste más en la oración como tal de los fieles que en los lectores de las intenciones: un diácono, y si no lo hay, un cantor o un lector: en todo caso, una sola persona señala a todos los fieles los motivos y necesidades para que oren.

 Los niños de Primera Comunión, o los jóvenes recién confirmados, o una cofradía en una Novena, por ejemplo, no participan más porque 6 lectores enuncien uno a uno las intenciones, sino que participan más cuando juntos oran a lo que un diácono o un lector les ha invitado. Y es que participar no es sinónimo de intervenir, ejerciendo un servicio o un ministerio.

 

Participar es orar.-

 La participación litúrgica activa, interior, fructuosa, requiere la audición de los textos litúrgicos proclamados con voz clara, recitando con sentido. Es curioso ver cómo a veces algún sacerdote introduce alguna monición y habla con voz cálida, clara, y después al pasar a recitar el texto litúrgico, acelera, apresura el ritmo, se apaga la voz, y omite toda entonación y cualquier pausa. Las oraciones pasan rápido, como un trámite, incomprensibles. La participación litúrgica sin embargo lleva a la comunión en la oración, y por eso los textos eucológicos deben ser orados realmente, bien recitados, para decir conscientemente “Amén".

 Los textos litúrgicos expresan y reflejan la fe de la Iglesia. Nada ni nadie puede alterarlos por una creatividad salvaje. Esos mismos textos pasan a ser patrimonio de todos en la medida en que escuchados una y otra vez durante cada año litúrgico, van forjando la inteligencia cristiana del Misterio y se quedan grabados en la memoria. Así fue cómo la liturgia fue la gran catequesis (didascalia) de la Iglesia durante siglos: sus textos litúrgicos, claros, bien recitados, repetidos una y otra vez, transmitían suficientemente la fe eclesial.

 

Participar es escuchar.-

 Hemos de recuperar el valor sagrado de la liturgia de la Palabra, su expresividad ritual; la participación plena, activa y fructuosa requiere una atención cordial a las lecturas bíblicas para que sean recibidas; necesitan del silencio orante y oyente, del canto del salmo, de la interiorización… y de buenos lectores que sepan ser el eslabón último de la Revelación en el “hoy” de la Iglesia.

 “Los fieles tanto más participan de la acción litúrgica, cuanto más se esfuerzan, al escuchar la palabra de Dios en ella proclamada, por adherirse íntimamente a la palabra de Dios en persona, Cristo encarnado, de modo que procuren que aquello que celebran en la Liturgia sea una realidad en su vida y costumbres, y a la inversa, que lo que hagan en su vida se refleje en la Liturgia” (OLM 6).

 

Participar es comulgar.-

 La Eucaristía, sacramento pascual, es el tesoro inefable, que nunca se agota en su consideración.

A la vez, e inseparablemente, es:

 -el Sacrificio de Cristo, que se hace presente (no se repite, porque es único; se hace presente el mismo Sacrificio del Calvario),

-es Presencia, porque el Pan y el Vino se convierten -transformándose sustancialmente- en el Cuerpo y la Sangre del Resucitado, y merecen toda nuestra adoración y el mayor respeto,

-y es Comunión, porque está destinado para ser sumido, comido, como Banquete pascual. Esta es la plena participación: poder comulgar tras haber discernido si estamos o no en gracia de Dios, debidamente preparado.

 Las tres dimensiones de la Eucaristía deben estar presentes y ser asumidas, comprendidas, vividas. Una mala reducción de la Eucaristía considerará exclusivamente una de las dimensiones arrinconando las otras dos.

 Un discurso del papa Benedicto XVI podrá ser una gran ayuda para nuestra comprensión y vivencia del misterio eucarístico.

 "Una menor atención que en ocasiones se ha prestado al culto del Santísimo Sacramento es indicio y causa de oscurecimiento del sentido cristiano del misterio, como sucede cuando en la Santa Misa ya no aparece como preeminente y operante Jesús, sino una comunidad atareada con muchas cosas en vez de estar en recogimiento y de dejarse atraer a lo Único necesario: su Señor. Al contrario, la actitud primaria y esencial del fiel cristiano que participa en la celebración litúrgica no es hacer, sino escuchar, abrirse, recibir… Es obvio que, en este caso, recibir no significa volverse pasivo o desinteresarse de lo que allí acontece, sino cooperar – porque nos volvemos capaces de actuar por la gracia de Dios – según “la auténtica naturaleza de la verdadera Iglesia, que es simultáneamente humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, empeñada en la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y sin embargo peregrina, pero de forma que lo que en ella es humano se debe ordenar y subordinar a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, y el presente a la ciudad futura que buscamos” (Const. Sacrosanctum Concilium, 2). Si en la liturgia no emergiese la figura de Cristo, que está en su principio y que está realmente presente para hacerla válida, ya no tendríamos la liturgia cristiana, toda dependiente del Señor y toda suspendida de su presencia creadora” (Disc. a un grupo de obispos de Brasil en visita ad limina, 15-abril-2010).

 

“El Concilio Vaticano II al recomendar especialmente que “la participación más perfecta es aquella por la cual los fieles, después de la Comunión del sacerdote, reciben el Cuerpo del Señor, consagrado en la misma Misa” exhorta a llevar a la práctica otro deseo de los Padres del Tridentino, a saber, que para participar más plenamente en la Eucaristía, “no se contenten los fieles presentes con comulgar espiritualmente, sino que reciban sacramentalmente la comunión eucarística”” (IGMR 13).

 

Participar es cantar.-

 Potenciar la solemnidad, la oración y el canto en la liturgia, es cultivar un gran medio de participación activa de todos para unirse al Misterio.

 Cantar implica la vida misma, para no decir al Señor una alabanza mientras que la propia vida es desagradable al Señor.

 Cantar es propio de la liturgia. Unos cantos serán de un solista-salmista, otros del coro y otros muchos son de todos los fieles. En referencia al canto en general: hay cantos que son de la schola o coro, y otros que son para el coro y los fieles. Lo que no puede convertirse la liturgia es en un concierto hermoso y los demás en “mudos y pasivos espectadores” S(C 48), o abdicar de la posibilidad de cantar todos, enmudeciendo, y dejando todo para el coro, preocupados por no desafinar o tal vez embelesados con lo que cantan.

 Cantar no estorba el recogimiento, sino que ya de por sí es oración y medio de participación. No se puede interpretar restrictivamente la adoración y la devoción con el mutismo absoluto durante la Eucaristía.

 Cantar aquí en la liturgia terrena es preludio y degustación de la liturgia eterna, donde cantaremos, alabaremos y amaremos al que está sentado en el Trono y al Cordero.

 El canto es algo más que un medio de solemnizar la liturgia, o de hacerla amable y espiritual. Conlleva implicaciones espirituales muy concretas para que sea el cántico nuevo que elevamos al Señor. “Los Obispos y demás pastores de almas procuren cuidadosamente que en cualquier acción sagrada con canto, toda la comunidad de los fieles pueda aportar la participación activa que le corresponde” (SC 114).

 “Entre los fieles, los cantores o el coro ejercen un ministerio litúrgico propio, al cual corresponde cuidar de la debida ejecución de las partes que le corresponden, según los diversos géneros de cantos, y promover la activa participación de los fieles en el canto” (IGMR 103).

 Es que la liturgia es un entramado de signos y símbolos, de ritos y oraciones, con noble sencillez, y sin este entramado no hay liturgia. La quietud absoluta no es propia de la liturgia, sino de lo personal, de la devoción, de la meditación silenciosa de cada cual.
La liturgia es algo más… Es signo, canto, rito, inclinaciones, plegarias, salmos cantados, acciones sacramentales (bañar, ungir, perfumar, imponer las manos), procesión, luz, incienso…

Pues para que los fieles no permanezcan como “extraños y mudos espectadores” (SC 48), el canto ayuda mucho a la participación común, plena, consciente y activa, pero a condición de que el canto no sea algo añadido ni superpuesto a la acción litúrgica, buscando ritmos extraños a la calidad artística de la música ni letras tendentes al sentimentalismo y la subjetividad; la participación en el canto remite necesariamente a la teología del canto y de la espiritualidad de quienes cantan: ¡cantad al Señor un cántico nuevo! 

 

Participar incluye los gestos y posturas corporales.-

 Una visión panorámica de la participación del pueblo cristiano en la liturgia la señala la Ordenación General del Misal al decir:

“Formen, pues, un solo cuerpo, al escuchar la Palabra de Dios, al participar en las oraciones y en el canto, y principalmente en la común oblación del sacrificio y en la común participación de la mesa del Señor. Esta unidad se hace hermosamente visible cuando los fieles observan comunitariamente los mismos gestos y posturas corporales” (IGMR 96).

 Son de pie, sentado, rodillas, procesión caminando…

 Es santiguarse, es golpearse el pecho, es trazar las tres cruces en el evangelio… (IGMR 42-44).

 La participación plena, consciente, activa, interior y fructuosa de las distintas celebraciones litúrgicas es el modo adecuado de vivir desde ahora la liturgia, con celebraciones solemnes, dignas y orantes a tenor del rito romano según el Misal de Pablo VI

 La liturgia es escuela de vida espiritual, donde se bebe el genuino espíritu cristiano. La participación en la liturgia no se improvisa, porque no se trata de que todos intervengan y “hagan algo", sino que sepan orar, cantar, responder, adorar, escuchar y amar, con finura de espíritu y sensibilidad para la dignidad de la liturgia.

 La liturgia es sobre todo “dimensión espiritual” y así hay que vivirla -ritos y oraciones- y entonces el alma se ensancha y respira con gemidos del Espíritu Santo.

Más que inventar -¡Dios nos libre!- hay que conocer lo que hay, profundizar en su sentido, razón y teología, y celebrar bien.

 “Desde esta perspectiva, sigue siendo más necesario que nunca incrementar la vida litúrgica en nuestras comunidades, a través de una adecuada formación de los ministros y de todos los fieles, con vistas a la participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que recomendó el Concilio” (Juan Pablo II, Carta ap. Spiritus et Sponsa, n. 7).

 Por eso, además de un año que se dedique a la mistagogia de la Eucaristía, al iniciarse un nuevo tiempo litúrgico (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua) se podría hacer lo siguiente:

  • en cada curso de forma cíclica es bueno dedicar una o dos sesiones cada año a desgranar el contenido espiritual de cada ciclo litúrgico, su historia, su dinamismo interno, la distribución de las lecturas bíblicas, las líneas fuertes de espiritualidad,  viendo los textos litúrgicos (oraciones y prefacios), señalando qué es lo propio de cada momento del año litúrgico…
  •  y de modo particular, las catequesis de iniciación al Triduo pascual, donde paso a paso se explique de forma mistagógica cada celebración litúrgica: partes de cada celebración, estructura, respuestas y cantos. Para muchos será un descubrimiento lo que estas celebraciones encierran de riqueza y belleza así como la primera vez para algunos en descubrir y vivir (y participar) en la Santa Vigilia pascual. Tras la Pascua, puede haber algunos momentos de intercambio de la experiencia litúrgica-espiritual del Triduo.
  • Con algunos folletos u hojas, entregar los textos litúrgicos y enseñar cómo se estructuran (invocación, memorial, petición y conclusión), su inspiración bíblica, y educar en la oración con los textos litúrgicos.
  • La catequesis de adultos, dedicando una sesión por ejemplo al trimestre alternando con el contenido doctrinal, enseñará las distintas posturas y gestos corporales en la liturgia, cómo se proclama una lectura, el significado de algún rito o signo… También, y cada día parece más importante, explicar el sentido del canto litúrgico, qué es y qué no es, su momento propio para cantarlo, la importancia de la letra y de la música, acostumbrados hoy a cantar cualquier cosa pensando que eso ya es “participar", hacer “la Misa distraída, divertida", olvidando a veces la letra y solemnidad de los grandes cantos: el Gloria, el salmo responsorial, el Santo…

 

24.07.17

Participar en la liturgia (II)

4. Para bien participar y saber qué es la participación

Parecería evidente, un recordatorio casi banal, y sin embargo es necesario porque la realidad se impone: para participar adecuadamente en la liturgia, lo primero es que el Rito mismo se realice bien. Una liturgia llena de innovaciones constantes, de creatividad del sacerdote o de algún catequista o miembro de una Asociación; una liturgia realizada de manera precipitada, o con falta de unción, de devoción, o una liturgia que ignore y desprecie las normas del Misal, dificultará siempre la participación plena, consciente, activa, de todos los fieles cristianos.

Por eso, para bien participar, lo primero es celebrar bien, ajustarse al Rito eucarístico según el Misal de la Iglesia, seguir las normas litúrgicas, realizando la liturgia con hondura espiritual y amor de Dios. Ya el papa Benedicto XVI, en la exhortación apostólica “Sacramentum caritatis” afirmaba:

“El primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud” (n. 38).

Verdadera pastoral será cuidar lo mejor posible la dignidad y santidad de la celebración litúrgica, el “ars celebrandi” o “celebrar bien”, para glorificar a Dios pero también para el provecho espiritual de los fieles: “¡Gran misterio la Eucaristía! Misterio que ante todo debe ser celebrado bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro de la vida cristiana y que en cada comunidad se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según las normas establecidas” (Juan Pablo II, Carta Mane nobiscum Domine, n. 17).

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, favoreció e impulsó la participación de los fieles en la sagrada liturgia, para que no asistiesen como “mudos y pasivos espectadores” (SC 48). Sin embargo, precisa el Santo Padre, “no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana” (Sacramentum caritatis, n. 52). Un recto y claro concepto de “participación” influirá decididamente en la vida litúrgica de las parroquias y comunidades cristianas.

Además, ampliando la mirada a una visión de conjunto, la participación activa en la liturgia supone e implica unas disposiciones personales previas, un tono cristiano de vivir, una intensidad espiritual en todo lo que somos y vivimos, que luego se verifica y se realiza en la sagrada liturgia. Estas disposiciones previas, importantes, fundamentales, exigibles, se pueden cifrar así:

  1. el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida;
  2. favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental;
  3. no puede haber una actuosa participatio en los santos Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad[1].

La participación en la liturgia conlleva, inexorablemente, la participación total en la vida de Cristo, la santidad vivida en lo cotidiano, el testimonio de vida y las buenas obras, el apostolado en el mundo, la oración habitual y el recogimiento también antes de la celebración; el ayuno eucarístico y el recurso frecuente al Sacramento de la Penitencia.

Todo esto nos aleja del falso concepto, ya tratado, de interpretar ‘participación’ con ‘intervenir’, como también nos aleja de identificarla con la mera ‘asistencia’, formal, vacía, cumplidora, muda. El fruto de una verdadera participación en la liturgia será, con palabras de san Pablo, llegar a ofrecernos como hostia viva, santa, agradable a Dios, y ése será nuestro culto racional (cf. Rm 12,1-2): una vida en santidad unidos a Cristo en su Misterio pascual. “La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero”[2].

5. La participación que desea la Iglesia

La reforma litúrgica llevada a cabo por la Iglesia correspondía a unas directrices concretas emanadas de la Constitución Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II. En SC aparece el concepto “participación” muchas veces, con adjetivos que la explican, trazando el modo natural que las acciones litúrgicas de la Iglesia han de poseer.

“Los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria” (SC 21); los fieles han de participar “consciente, activa y fructuosamente” (SC 11).

Es deseo de la Iglesia la necesidad, instrucción y educación de todos en la vida litúrgica para poder vivir el Misterio de Cristo en la liturgia; es deseo de la Iglesia promover la educación litúrgica y la participación activa: “La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas” (SC 14).

La participación plena y activa tiene un fundamento, el Bautismo, y un fin: que los fieles beban plenamente el espíritu cristiano; para ello la liturgia debe ser la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia y el manantial de espiritualidad: “Al reformar y fomentar la sagrada Liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo, porque es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano” (SC 14). La participación ha de ser “activa”, no meramente una asistencia callada: “la participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad, condición, género de vida y grado de cultura religiosa” (SC 19).

Esta participación activa de los fieles presentes a la acción litúrgica es un objetivo siempre permanente de toda verdadera pastoral, de toda educación catequética; incluye, a tenor de las palabras de la Constitución Sacrosanctum Concilium, diversos elementos y realidades: “Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales. Guárdese, además, a su debido tiempo, un silencio sagrado” (SC 30).

Por tanto, participar activamente (plena, consciente, fructuosamente), hay que vivir y fomentar los siguientes elementos:

  • aclamaciones
  • respuestas
  • salmodia, antífonas
  • canto
  • acciones o gestos y posturas corporales
  • el silencio sagrado.

Vivir esos elementos bien, realizarlos con atención, con conciencia clara de qué se hace, qué se dice, qué se canta y ante Quién se está, es participar. Por eso, la piedad es un don necesario para caracterizar la participación: “piadosa y activa participación de los fieles” (SC 50) pues se tratan cosas santas.

Hay que añadir que el mayor grado de participación o la participación más plena, se da cuando se recibe la Comunión eucarística: “Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, la cual consiste en que los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciban del mismo sacrificio el Cuerpo del Señor” (SC 55).

Esta participación consciente y activa santifica las almas y las marca con las huellas del Espíritu Santo para conducirlos por Cristo al Padre:

“La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos” (SC 48).

Sería un contrasentido a la misma naturaleza de la liturgia que los fieles fueran meros asistentes, “extraños y mudos espectadores”, que miran desde fuera algo que ocurre en el presbiterio, en el mayor de los mutismos, como en una obra de teatro, o reduciéndose a la impresión estética de lo que se desarrolla en el altar con ceremonias deslumbrantes.

Con ese contexto espiritual, que abarca la vida entera del bautizado, es conveniente ver ahora cómo se participa realmente en la liturgia, cómo todos los fieles toman parte activa y consciente, plena e interior, piadosa y fructuosamente, en la divina liturgia.

 


[1] Cf. Sacramentum caritatis, n. 55.

[2] Id., n. 64.