La vía del mal gusto (o «qué cosa más fea»)
Cuando tanto hablamos de belleza y de la “via pulchritudinis", debemos darnos cuenta de que la realidad que hoy se impone es el feísmo, las cosas utilitarias, o “la vía del mal gusto". Es una estética reinante fea, que va unida al rechazo a la Verdad y al Bien. Lo que es Bello en sí mismo sí va unido a la Verdad y al Bien.
Sociedad y cultura actuales han privilegiado ese “mal gusto"; la Iglesia, hija de su tiempo, con hombres que son hijos de su tiempo, ha asumido demasiado ese camino de fealdad en su música, en sus cantos, en sus “obras artísticas” (si pueden llamarse así) y en sus edificios. Aun cuando a veces esa banalidad en las formas y en los contenidos se justifiquen por la palabra talismán “pastoral", la pastoral auténtica sabe privilegiar los caminos de la belleza como vía de acceso y de comunicación del Misterio.
La Iglesia siempre se ha mostrado amiga del arte verdadero, pero no se identifica con estilo artístico ninguno, no reconoce ninguno como propio y exclusivo. Se adapta a la cultura de cada época, de regiones distintas, a condición de que sea belleza verdadera. Sería una contradicción construir hoy y celebrar hoy con el paradigma del “barroco” como único estilo bello y eclesial o la reproducción de lo bizantino como único arte y expresión evangelizadora; y tampoco sería verdadero y bello asumir acríticamente la música actual y la arquitectura actual, secularizando la belleza y el sentido del Misterio de Dios dándose.


Para unirse al “corazón” de la Misa (Cf CAT 1352), la gran Plegaria o anáfora, es bueno conocerla en su estructura, en las partes fundamentales que tiene, la trabazón interna que posee, para no despistarse o aburrirse ante su extensión al ser proclamada.
Desgraciadamente vemos, padecemos, sufrimos, que la plegaria eucarística, casi siempre es la II, por ser la más breve tras una larga y enojosa y vacía homilía. Se recita la plegaria a la carrera, con un mínimo parón ritual para la consagración, pero corriendo en los demás textos como si no tuvieran importancia, ni valor, ni sentido para los fieles. “Es que se aburren”, decía uno que iba de pastoralista por la vida. Tal vez se aburrirían menos si se les hubiera explicado la Plegaria en catequesis y se celebrase ritualmente bien.