6.09.09

Historias de los herejes y las herejías (II): La Abadía de Port-Royal y el jansenismo

LA ABADÍA DE PORT-ROYAL: EL JANSENISMO HIZO A SUS MONJAS “PURAS COMO ÁNGELES Y ORGULLOSAS COMO DEMONIOS”

La famosa abadía fue fundada en 1204 por Matilde de Garlande, esposa de Mathieu de Montmercy, en el valle de Chevreuse, a seis leguas ( entre 16 y 17 millas) de Paris, en el lugar de la actual villa de Magny –les – Hamaux, en Seine-et-Oise. La fundación del cenobio ocurrió de la sihuiente manera: Habiendo partido Mathieu en 1202 para la cuarta cruzada, su esposa Mathilde de Garlande tuvo la idea de esta fundación, con la intención de que fuera lugar de reposo del cruzado. El lugar donde se enclavó el monasterio se llamaba Porrois, pero se le dio el nombre más ilustrado de Port-Royal ( de Portu Regio), con el cual se le conoce desde 1216. Es curioso que el nombre de Port-Royal tenga una gran semejanza con el de una ciudad célebre, la de Hippona, donde San Agustín fue obispo (el mismo Agustín que, malinterpretado, tanto tuvo que ver en la controversia jansenista). Es una pura casualidad que ha sido conocida pasado ya el siglo XVII. La ciudad africana se llamaba -en francés- “Hippone la Royale” (Hippo Regius), para distinguirse de otra ciudad del mismo nombre; “Hippo", en lengua púnica, quería decir “puerto” ("Port").

Estuvo en primer lugar sometida a la regla de S. Benito y después al Cister con su particular interpretación de la misma regla; la comunidad sufrió mucho durante las invasiones inglesas y las guerras de religión. A principios del siglo XVII la disciplina estaba completamente relajada pero en 1608 fue reformada por la madre Angélica Arnaud con la ayuda y estímulo de San Francisco de Sales.

Las monjas formadas en Port Royal se extendieron por todas Francia trabajando en la reforma de otros monasterios. En 1626 Port Royal era un lugar poco saludable que ya no ofrecía acomodo adecuado y la comunidad emigró a París, estableciéndose en el Faubourg St-Jaques. Renunciando al antiguo privilegio concedido por los papas, la nueva abadía se puso bajo la jurisdicción del Arzobispo de Paris. Desde entonces, la monjas, dedicadas a la adoración de la Eucaristía, tomaron el nombre de Hermanas del Santísimo Sacramento. En 1636 el Abad de St-Cyran era el director espiritual del monasterio y enseguida lo convirtió en un nido de Jansenismo . Reunió en torno a sí al abad Singlin, a los dos hermanos de la madre Angélica, Arnaud d´Andilly y Antoine, a sus tres sobrinos, Antoine Lematre , Lemaitre de Lacy y Lemaitre de Sericourt, Nicole, Lancelot,Hamon, Le Nain de Tillemont y otros que urgidos por el deseo de soledad y estudio se retiraron al monasterio “de los campos”. Había pues un Port Royal de Paris y Port Royal des Champs (“de los campos”).

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5.09.09

Historias del Postconcilio (II): Comienzos llenos de presiones

CONCLUYE EL CONCILIO Y COMIENZAN LAS PRESIONES POR TODOS LOS LADOS

La que iba a ser una gran sinfonía conciliar, destinada a cantar la gloria de Dios en una orquestación grandiosa de todas las fuerzas vivas de la Iglesia, puestas al día con el nuevo espíritu conciliar, tuvo pronto sus notas tristes y estridentes. No había concluido todavía el Concilio (se retrasaba porque Pablo VI se tomaba su tiempo en revisar las actas antes de las votaciones finales) y ya empezaban las presiones por todas partes. Pululaban los que, dejando de mostrarse dóciles al espíritu del Concilio, que es el espíritu de la Iglesia, secundaban el espíritu del tiempo, que tantas veces contradice al espíritu de la Iglesia, sobre todo si se deja llevar por intereses lejanos a aquellos que son legítimos en la barca de Pedro, esto es, la comunión de todos los fieles “cum Petro et sub Petro” y la búsqueda de aquel que el fin de esta santa sociedad, esto es, la salvación de las almas.

Nos referimos a los que se propusieron amargar la conclusión del evento conciliar y hablaron de la “Semana negra del Concilio”, refiriéndose a la prórroga de la votación sobre el esquema De libertate y de la famosa Nota previa, con las reservas puestas por el Papa a la Lumen gentium y al referente al ecumenismo. Todas estas medidas habían sido tomadas por Pablo VI ante ciertos riesgos de desviación que el pontífice había detectado en algunas de las discusiones del aula conciliar. Fueron medidas llenas de prudencia y sabiduría pastoral, que además podía tomar como pastor supremo de la Iglesia.

Pues bien, ante esta intervención papal con su correspondiente retraso de la conclusión del Concilio, se montó toda una campaña bien orquestada por parte de la prensa: Se habló de decepción, de maniobras de la minoría conservadora, de intervencionismo papal, hasta de insurrección y de un sano anticlericalismo que aparecía necesario en esas circunstancias, como lo vino a explicar nuestro E. Miret Magdalena, en Triunfo, de 28 noviembre 1964. Un escritor ingles, católico por mas señas, llevó su decepción al extremo de escribir: “El Gran Concilio Vaticano II, tan celebrado, que debía abrir una nueva era en la historia del catolicismo, se muere aun antes que se acabe su tercera sesión. Ya no hay apenas esperanza de salvar ni un solo elemento positivo de este gran fiasco ruinoso, que tanto ha dado que hablar de si” (Paul Johnson, en New Statesman).

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3.09.09

Los comienzos de la Iglesia contados por Eusebio de Cesarea (II): San Pedro y san Pablo en Roma

PRESENCIA Y MARTIRIO DE SAN PEDRO Y SAN PABLO EN ROMA

LIBRO II

Acerca de la predicación del apóstol Pedro en Roma

XIV 1. En aquel tiempo el malvado Poder que odia el bien y es enemigo de la salvación de los hombres, alzó a Simón, el padre y creador de estos grandes males, como el gran rival de los grandes y divinos apóstoles de nuestro Salvador.
2. A pesar de ello, la gracia divina y celestial acudió a ayudar a sus siervos y apagó la llama del maligno con la manifestación y la presencia de ellos, y por su mediación humilló y abatió «toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios».
3. Por esta razón ninguna urdimbre, ni de Simón ni de cualquier otro que por aquel tiempo las producían, consiguió sostenerse en aquellos días apostólicos, pues todo lo vencía y dominaba el resplandor de la verdad y el mismo verbo Divino, el cual justamente entonces, viniendo de Dios, había brillado sobre los hombres, floreciendo en la tierra y habitando con sus apóstoles.
4. Inmediatamente, el encantador que hemos mencionado, como herido en los ojos del entendimiento por su destello divino y su entendimiento cuando ya habían sido descubiertas por el apóstol Pedro sus maquinaciones en Judea, emprendió un viaje muy largo al otro lado del mar y fue huyendo de Oriente a Occidente, con la certidumbre de que únicamente allí podría seguir viviendo de acuerdo con sus ideas.
5. Entonces llegó a la ciudad de Roma, y allí, secundado por el gran poder estatal en aquel lugar, en muy poco tiempo consiguió un éxito total, e incluso se le honró dedicándosele una estatua como a un dios.
6. A pesar de ello, no progresó por mucho tiempo, pues, siguiendo sus pasos y durante el mismo reinado de Claudio, la providencia universal, perfectamente buena y amante en extremo de los hombres, guiaba la mano hacia Roma, como contra un tan grave agente destructor de la vida, del animoso y gran apóstol Pedro, el cual es el portavoz de todos los demás, gracias a su virtud. Él, como valeroso capitán de Dios y bien provisto de las armas divinas, llevaba de Oriente a los habitantes de Occidente la preciosa mercancía de la luz espiritual, predicando la luz y la Palabra salvadora de almas: la proclamación del reino de los cielos.

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2.09.09

Historia de la Reforma Litúrgica (II): Intrigas en la preparación del Concilio

APARECE EN ESCENA MONS. ANNIBALE BUGNINI

En el discurso del 25 de enero de 1959 a los cardenales, en la basílica de San Pablo Extramuros de Roma, curiosamente Juan XXIII no mencionó la liturgia como posible tema conciliar. Todos quedaron muy extrañados de ese silencio sobre un tema tan importante para la vida de la Iglesia. Llovieron las peticiones a la Santa Sede. El 25 de julio de 1960 escribió Juan XXIII en el “motu proprio” Rubricarum instructum: “Después de haber examinado por mucho tiempo y con detención, hemos decidido que en el próximo concilio ecuménico se deben proponer los grandes principios para una reforma litúrgica general“.

Pero esto se había decidido ya antes, pues el 6 de junio de 1960 se creó la comisión litúrgica preparatoria y era nombrado presidente de la misma el prefecto de la Congregación de Ritos, cardenal Gaetano Cicognani. El 11 de julio del mismo año se nombró secretario de la comisión al padre Anibal Bugnini, de controvertida memoria. Se nombraron miembros de la comisión y peritos, en un total de 65. En esto, como en otras muchas comisiones conciliares, ni estuvieron todos los que eran ni eran todos los que estuvieron, pero había en ella personas de gran relieve en el campo de los estudios litúrgicos y experiencias pastorales.

Después de la reunión de la comisión, se crearon varias subcomisiones: Sobre el ministerio de la sagrada liturgia y su relación con la vida de la Iglesia, la Santa Misa, la concelebración sacramental, el Oficio divino, sacramentos y sacramentales, el Calendario litúrgico, la lengua latina, la participación de los fieles en la liturgia, las vestiduras sagradas, la música sagrada, el arte sagrado, etc. Estos temas fueron sacados de las proposiciones que hicieron los obispos de todo el mundo y otras personas competentes en la materia. La reunión se tuvo del 12 al 15 de noviembre de 1960 y el tema de la primera subcomisión fue propuesto por el padre Bevilacqua. Fue una proposición atinada y luego se convirtió en el tema más importante de lo que sería el proemio y el primer capítulo de la constitución Sacrosanctum concilium, por obra principalmente del benedictino padre Cipriano Vagaggini. Es gran lástima que no se tenga en cuenta el proemio y el capítulo primero de esa constitución conciliar. Muchos de los desbordamientos que se han dado posteriormente en materia litúrgica adolecen de falta de conocimiento de esa parte maravillosa de la Sacrosanctum concilium.

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31.08.09

Pío VII, un Papa débil, prisionero de Napoleón Bonaparte (I)

PÍO VII Y NAPOLEÓN: HISTORIA DE UN ENFRENTAMIENTO


RODOLFO VARGAS RUBIO

Los defensores de la autenticidad de la famosa Profecía de los Papas atribuida a san Malaquías de Armagh suelen aducir como argumento a su favor el acierto del lema asignado por ella a Pío VII: “Aquila rapax” (Águila rapaz). Y es que la mayor parte de su pontificado transcurrió bajo la sombra amenazante de Napoléon, el hombre que, como esa grandiosa ave, se elevó hasta las cumbres más altas del poder, desde donde se abatió sobre las naciones de Europa haciéndolas presas de sus garras, no perdonando ni siquiera a la Sede de Pedro. Precisamente, hace algunas semanas se cumplieron doscientos años del inicio del cautiverio del papa Chiaramonti por disposición del enfant gaté de la Revolución. Queremos hacernos eco de esta efeméride relatando las vicisitudes que marcaron la difícil relación entre ambos.

Dom Barnaba Gregorio Chiaramonti, cardenal benedictino y obispo de Imola, tenía 57 años cuando fue elegido sucesor de su pariente y paisano Pío VI el 14 de marzo de 1800, en un cónclave algo fuera de lo común. Por de pronto, se había reunido en la abadía benedictina de la isla de San Giorgio Maggiore en la laguna de Venecia, rompiendo así una continuidad de casi cuatrocientos años de cónclaves romanos. También contó con la participación del número más bajo de electores desde 1534: sólo participaron 35 de los 45 cardenales del Sacro Colegio. Éste se hallaba dividido entre zelanti y politicanti. Los primeros reivindicaban los derechos de la Iglesia conculcados por la Revolución y rechazaban todo compromiso con ésta, mientras los segundos, considerando que la nueva situación creada por ella era irreversible, se mostraban partidarios de acuerdos prágmáticos que salvaran lo esencial. Hubo la intervención de las potencias católicas, que hicieron uso del privilegio del exclusive, produciéndose un impasse, del cual se salió cuando los votos de los electores convergieron en un nombre propuesto por monseñor Ercole Consalvi: el del cardenal Chiaramonti. Su elevación al sacro solio dio un mentís a la Revolución que había pretendido que Pío VI (muerto el 29 de agosto de 1799 a consecuencia de los padecimientos de su duro cautiverio) sería el último de los Papas.

Cuando Pío VII se convirtió en Romano Pontífice la estrella de Bonaparte acababa de iniciar su ascenso fulgurante: el águila emprendía el vuelo. Por medio del golpe de Estado del 18 de Brumario (9 de noviembre) de 1799, había acabado con el corrupto y desprestigiado Directorio y, convertido en Primer Cónsul, se había hecho con un poder omnímodo, que le iba a permitir consolidar la Revolución, dándole estabilidad institucional y una fachada de respetabilidad. Durante diez años Francia había vivido en medio de una vorágine de cambio con episodios de violencia extrema y sangrienta que habían acabado por hartar a la población. Ésta empezaba a mirar con nostalgia a las instituciones tradicionales que habían hecho la grandeza del país en el pasado: la monarquía y la religión católica. Bonaparte comprendió que no podría gobernar sin asumir la herencia de la primera y prescindiendo de la segunda (anclada como estaba en la idiosincrasia gala). Por eso, empezó a dar los pasos para construir su cesarismo y quiso reconciliarse con la Iglesia de Roma, acabando con el cisma provocado por la Constitución Civil del Clero de 1790.

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29.08.09

Las dificilísimas relaciones entre la Iglesia y el régimen de Hitler (y II)

LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y HITLER SE FUERON ENRARECIENDO HASTA HACERSE IMPOSIBLES

Con el estallido de la guerra mundial, cambiarán bastantes cosas. Las relaciones de la Iglesia con el Tercer Reich ya no se referirán tan sólo a lo que suceda dentro de las fronteras alemanas, sino a una geografía más amplia y siempre cambiante. A los efectos que nos interesan, lo que importa es únicamente cuando un territorio está bajo la directa dominación alemana, y no si está alineado con el Eje. Italia, por ejemplo, sólo cae bajo dominio alemán cuando es derribado Mussolini en septiembre de 1943, y sólo la parte no ocupada por los aliados; habrá paracaidistas alemanes –y más discretamente, la Gestapo– vigilando los bordes de la Ciudad del Vaticano, pero sólo medio año, pues los norteamericanos entrarán en Roma a principios de junio de 1944. El hecho de que cada vez más países entren en guerra, y lo crítica que se volverá su situación a partir de 1943, hará que el régimen nazi se radicalice: cada vez le importará menos quedar bien ante nadie, ni le quedarán espacios donde poner en juego la diplomacia. Las matanzas de judíos –la «solución final»– comenzaron en la segunda mitad de 1942. En esa situación, los esfuerzos de la Santa Sede se dirigirán más bien a los aliados de Alemania, desde luego menos inhumanos que esta, con la intención de que resistieran la presión de los nazis para realizar deportaciones.

Cada país es una historia, y no hay espacio aquí para detallar qué sucedió en cada uno. Por parte de la Santa Sede, la principal novedad es el fallecimiento de Pío XI poco antes de comenzar la guerra, en febrero de 1939. Pero su sucesor fue el hasta entonces Secretario de Estado, Pacelli, que tomó el nombre de Pío XII. Nombró Secretario de Estado al cardenal Luigi Maglione. En cuanto a Alemania, no hay cambios importantes en la jerarquía. Por su firmeza en denunciar los abusos, que no faltaban, consiguieron que la represión anticatólica no fuera tan fuerte como en otros lugares, aunque hubo detenciones e internamientos en campos de concentración. Por lo demás, al estallar la guerra muchos de los judíos alemanes ya habían emigrado, y los mayores atropellos nazis tuvieron lugar fuera de sus fronteras, donde poco podían hacer los obispos alemanes.

Durante la mayor parte de la guerra, la principal preocupación de la Santa Sede era Polonia. Conquistada el primer mes de la guerra, seguiría en manos alemanas hasta el otoño de 1944, casi al final. Tenía todos los ingredientes para convertirse en un infierno: ocupada durante cinco años, país católico, de la raza eslava, despreciada por los nazis y con más de tres millones de judíos, casi diez veces más que Alemania antes del nazismo, y la mayor proporción de Europa –ligeramente superior al 10%–. Y en eso se convirtió.

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28.08.09

Memoria histórica (I): Los mártires del Cerro de los Ángeles

LOS JÓVENES MARTIRIZADOS JUNTO AL CERRO DE LOS ÁNGELES FUERON DENUNCIADOS POR BENDECIR LA MESA

JOSÉ FRANCISCO GUIJARRO

El sábado 18 de julio de 1936, por la tarde, se habían dirigido al Cerro de los Ánge­les, para hacer su acostumbrada vigilia de adoración nocturna el Santísimo Sacramento, unos treinta congregantes de las Compañías de Obreros de San José y del Sagrado Corazón de Jesús. A1 acabar la santa misa, ya en la madrugada del domingo 19, Fidel de Pablo García, vocal de piedad y de aspirantes de la Ac­ción Católica de la parroquia del Espíritu Santo, de 29 años de edad, se volvió a Madrid, acompañando al sacerdote que la había celebrado, don José María Vegas Pérez, capellán del Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, como tam­bién lo hizo la mayoría de los congregantes que habían participado en aquella última vela. Pero cinco de ellos se quedaron ante el monumento, confiando en que la llegada de las tropas iba a ser inminente, y así no se interrumpía una «guardia de honor» al Sagrado Corazón de Jesús. Se trataba de Pedro-Justo Dorado Dellmans, de 31 años; Fidel Barrios Muñoz, de 21 años; Elías Requejo Sorondo, ebanista, de 19 años, de la Juventud Católica de la parroquia del Espíritu Santo; Blas Ciarreta Ibarrondo, de 40 años, casado con Ángela Pardo, con la que se había desplazado a Madrid, procedente de Santurce (Vizcaya), de cuya Guardia Municipal había sido jefe; Vicente de Pablo García, carpintero, de 19 años de edad, de la juventud de Acción Católica de la misma parroquia del Espíritu Santo, de Ventas, hermano del que había acompañado a Madrid al sacerdote.

Ellos se quedaron allí, solos, y, tras una inspección de los milicianos en el Cerro, tras el desalojo del monasterio de las Carmelitas Descalzas, se quedaron en las cercanías, acercándose para comer a Las Zorreras, una finca cercana, ya perteneciente al pueblo de Perales del Río.

Dieron dinero a los criados [de la finca] para que les dieran de comer y ofreciéronles abo­nar cuanto gastaran en su sustento en los días que tuvieran que estar allí escondidos en es­pera de la próxima llegada de las tropas liberadoras (…) alguno de ellos, o todos, fueron de mañana [el 23 de julio] al vecino pueblo de Perales del Río, en cuya taberna desayunaron, haciendo antes sobre los manjares la señal de la cruz, y que, no pasando desapercibida a gen­tes extrañas esta clara muestra de su catolicidad, puede muy bien decirse que rubricaron con ella la sentencia de su muerte. (Cfr. Fuente E., “Paúles e Hijas de la Caridad Mártires", 1936, Madrid, 1942, pp. 19, 21, 23)

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27.08.09

Mujeres que han hecho historia en la Iglesia (II): Santa Rosa de Lima

Santa Rosa de Lima

Patrona del Perú, las Indias y Filipinas, Primera flor de Santidad en el Nuevo Mundo

Isabel Flores de Oliva nació el 30 de abril de 1586, en la festividad de santa Catalina de Siena, a la que profesaría a lo largo de su vida una gran devoción. Fueron sus padres el capitán de arcabuceros Gaspar Flores, natural de Puerto Rico e hijo de españoles “cristianos viejos”, y la limeña María de Oliva, también criolla o acaso con algún grado de mestizaje. Era la cuarta de los diez vástagos del matrimonio que sobrevivieron a la infancia (otros tres nacieron muertos o murieron muy pequeños). Se la bautizó con el nombre de su abuela Isabel de Herrera, pero pronto se la comenzó a llamar Rosa por haberla visto en la cuna las que la cuidaban con el rostro bellísimo y encarnado como esta flor.

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25.08.09

Las dificilísimas relaciones entre la Iglesia y el régimen de Hitler (I)

LA IGLESIA INTENTÓ SALVAR LO SALVABLE Y SE ENFRENTÓ CON FUERZA A LA MALA VOLUNTAD DEL RÉGIMEN HITLERIANO

El 28 de enero de 1933 Adolf Hitler fue nombrado Canciller alemán. Su partido, el nacionalsocialista, estaba en minoría, y Hitler sólo tardó tres días en convocar nuevas elecciones. El 5 de marzo las urnas le dieron 288 escaños, que no suponían mayoría absoluta en un parlamento de 647 diputados, pero aprovechó el incendio del Reichstag, atribuido a los comunistas pero en realidad organizado por los nazis, para declarar ilegal al partido comunista. Descartados así los 81 diputados comunistas, los nazis obtenían una mayoría absoluta por escaso margen –10 Escaños, con la que aprobaban una ley de plenos poderes. Un año después, el 2 de agosto de 1934, fallecía el presidente alemán, mariscal Hindenburg. Tan sólo una hora después se anunció que se unificaban los puestos de presidente y canciller en la persona de Hitler. Se convocó un plebiscito para ratificar esta medida, y, con la maquinaria de propaganda firmemente en manos del nazi Goebbels, el 19 de ese mismo mes el pueblo alemán votó afirmativamente por abrumadora mayoría. Con ello, Adolf Hitler se convertía en señor absoluto de Alemania hasta el aplastamiento de ésta en 1945.

Desde su aparición en la escena pública, a la jerarquía católica alemana no le pasó inadvertida la verdadera naturaleza e ideas de los nazis, máxime cuando el Papa Pío XI, a la vista de las convulsiones sociales con que empezaba la década de los 30, ya había advertido públicamente de las consecuencias que traería la prevalencia de «un duro nacionalismo, es decir, el odio y la envidia en lugar del mutuo deseo del bien» (discurso de Navidad de 1930). Los obispos, como sucede hoy en día, redactaban cartas pastorales cuando tenían lugar elecciones, recordando los criterios morales sobre el voto y las ideas que resultaban inaceptables para un católico, aunque sin señalar nombres propios. De particular relieve eran las pastorales del cardenal Faulhaber, por ser el arzobispo de Munich, cuna del nazismo. A diferencia de otras épocas, no puede decirse que los fieles católicos no entendieran el mensaje o lo recibieran con indiferencia. El fulgurante ascenso de la representación parlamentaria del partido nacionalsocialista se debió al voto masivo de las zonas protestantes, sobre todo Prusia, mientras que los católicos se decidieron sobre todo por el viejo «Zentrum» –nacido en la época de Bismarck, e instrumento decisivo para poner fin a su «Kulturkampf»–, y, en Baviera –zona católica y a la vez de bastante inclinación nacionalista y donde se gestó el partido nazi–, a este se le sumaba el partido populista bávaro, que obtuvo 19 escaños en 1933.

Poco después del triunfo nazi de 1933 se reunían los obispos alemanes en el lugar tradicional, Fulda. Se examinó la situación, y las preocupaciones se plasmaron en una carta colectiva del episcopado. No era una condena explícita, pero no carecía en absoluto de claridad. Examinando las doctrinas que se imponían, hay frases que no dejaban lugar a dudas, como la siguiente: «la afirmación exclusiva de los principios de la sangre y de la raza conduce a injusticias que hieren gravemente la conciencia cristiana». Por lo demás, se podía apreciar que los principales temores de los obispos eran dos. Por una parte, que el nuevo Estado totalitario acabase con las organizaciones católicas, especialmente las educativas. Y, por otra, que el nuevo régimen tratara de crear una especie de iglesia nacional y quisiera englobar en ella a todos, también a los católicos. Y, si los nazis ya habían dado pasos en la primera dirección, también había indicios de que el segundo temor era real, pues en algunos círculos protestantes, sobre todo prusianos, ya se hablaba de un cristianismo nacional para arios. Saliendo al paso con firmeza y rapidez de lo que parecían ser los prolegómenos de una nueva «Kulturkampf», los obispos alemanes también enviaron un mensaje no escrito, del que los nazis tomaron buena nota: la confirmación de su unidad, prácticamente sin fisuras. No resultaba prometedor intentar sembrar la discordia entre el episcopado. Para los hitlerianos, parecía una mejor vía de atacar a la Iglesia el intentar abrir una brecha entre los obispos alemanes y la Santa Sede. Esta fue una de las razones por las que Hitler vio con buenos ojos la posibilidad de firmar con la Santa Sede un concordato. Su propaganda empezó a preparar el terreno hablando de los pactos de Letrán con la Italia de Mussolini como «modélicos».

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23.08.09

Santos por las calles de Nueva York (I): Pierre Toussaint

PIERRE TOUSSAINT SUPERÓ CON LA CARIDAD CRISTIANA EL RACISMO Y DE LOS PREJUICIOS ANTICATÓLICOS DE SU ÉPOCA

La ciudad de Nueva York, considerada por muchos en cierto sentido la capital del mundo, es famosa por sus finanzas, su turismo, sus comercios, museos, teatros, y otros muchos aspectos que la hacen verdaderamente fascinante. Lo que muy pocos saben es que es una ciudad con profundas raíces religiosas y, por lo que a nosotros atañe, con una fuerte práctica católica hoy en día, representada por el alto número de fieles que asisten diariamente a la Santa Misa (muchos más proporcionalmente de los que lo hacen en ciudades tradicionalmente católicas del continente europeo) y las innumerables instituciones -antiguas y nuevas- de caridad promovidas por la Iglesia. Todo esto es fruto de la semilla sembrada por hombres y mujeres que vivieron y trabajaron es esta ciudad, a los cuales dedicamos una serie de artículos. Hoy comenzamos con uno de los personajes más conmovedores de toda la historia de la ciudad, el Venerable Pierre Toussaint, al que hasta los protestantes consideraban santo.

Pierre nació esclavo en Haití alrededor del año 1766. Haiti era por aquel entonces la colonia Francesa más rica del Caribe por sus numerosas plantaciones. En el costado occidental de La Española, isla donde Colón arribó por vez primera, los franceses fundaron Santo Domingo (actual Haití), que por mucho tiempo fue la más próspera de las colonias francesas. Atraídos por la riqueza de esas tierras, muchos miembros de la pequeña nobleza llegaron desde la metrópolis para hacer fortuna en las colonias. Entre ellos venía Jean Bérard, que obtuvo una rápida prosperidad gracias a sus plantaciones en la ciudad de Saint Marc.

Pierre y su familia pertenecían al señor Jean Bérard. Hacía mucho tiempo que su abuela Zenobe y su madre Úrsula prestaban significativos servicios como esclavas a la familia Bérard; una, llevando los hijos de su ama a París, para que recibieran una mejor educación, y la otra sirviendo como camarera íntima de la familia. La mayoría de los esclavos trabajaban en los campos produciendo azúcar, café, añil, tabaco y fruta, pero Bérard tomó gran aprecio a Pierre, asignándole a trabajar en su residencia. Allí le enseñó a leer y escribir. El Señor Bérard cuidaba de que sus esclavos practicaran la fe Católica y escogió a su hija para que fuese la madrina de Pierre. Una amiga de la familia declara: “Me acuerdo de Toussaint entre los esclavos, vestido con una chaqueta roja, muy ingenioso, entusiasta de la música y el baile, y dedicado a su joven y alegre señora.”

En 1791, cuando el clima de la Revolución Francesa alcanzó a sus posesiones de ultramar y por tanto también a aquella isla ocurrió, la gran revuelta de los esclavos en Haití. Ocurrieron muchas atrocidades de ambas partes hasta que finalmente las tropas francesas se retiraron en 1797. Jean Jacques Bérard, sucesor de su padre, decidió irse a la Ciudad de Nueva York hasta que se calmasen las cosas. Se llevó con él a su esposa, sus dos hermanas, cinco esclavos y, únicamente, los fondos suficientes para mantener el hogar por un año. Entre los esclavos que fueron estaban Pierre y su hermana Rosalie, los cuales nunca mas verían al resto de su familia. En Nueva York, Bérard gestionó para que Pierre fuese aprendiz del señor Merchant, uno de los mejores barberos de la ciudad. “En eso debe haber entrado la mano de la Providencia”, dirá Toussaint más tarde, al considerar cuán útil le fue esa profesión para dar cauce a su inmensa caridad. Pierre progresó rápidamente demostrando tener gran talento para los elaborados estilos de pelo de esos días, los clientes comenzaron a solicitarlo por nombre y rápidamente se convirtió en el estilista de las damas famosas de las familias Schuylers, Hamiltons, La Farges, Binsses, Crugers, Hosacks y Livingtons. Estimaban mucho a Pierre por su discreción y comportamiento: “Pierre Toussaint fue admirado por la aristocracia protestante blanca de Nueva York que lo trataba como un igual, le confiaba (sus preocupaciones) y se aconsejaba con él” (Christian Tyler, “Financial Times",14/15 Marzo de 1998). No hay que olvidar que en aquella época, dicha aristocracia no sólo era protestante, sino además, por lo general, tremendemente recelosa de todo lo católico.

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