20.03.22

La Iglesia del Hombre y la Tierra

La nueva iglesia, la del nuevo paradigma, bien se podría llamar como aquel programa de Félix Rodríguez de la Fuente que los que ya peinamos canas recordamos con la nostalgia del paraíso perdido de la infancia. Se trata de una nueva religión que tiene como centro el hombre. Es, por tanto, antropocéntrica y podríamos decir que se trata de una antropolatría, o culto al hombre, fin en sí mismo y medida de todas las cosas. El hombre es la causa primera de sí misma y de la realidad.

Esta nueva religión es feminista, sostenible y con perspectiva de género. Quiere la ordenación de sacerdotisas, adora a la Madre Tierra – a la que llaman con nombre pagano como la Pacha Mama – y es inclusiva.

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17.03.22

Un Mundo sin Dios

Es evidente que el título de mi último artículo, Hitler ganó la guerra, era una provocación. Hitler no ganó ninguna guerra. Pero Nietzsche ha ganado a la postre la batalla de las ideas. Miremos a nuestro alrededor:

¿No ha triunfado el nihilismo? Nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestros vecinos y compañeros de trabajo, ¿acaso no viven la mayoría de ellos como si Dios no existiera? ¿No se ha pretendido “matar” a Dios? ¿No ha triunfado el vitalismo nietzscheano? ¿No vivimos en una sociedad descreída en la que casi nadie cree que exista cielo o infierno; que nadie cree que Dios nos va a juzgar a todos con justicia?

La mayoría cree que Dios no existe. El mundo pretendió matar a Dios en nombre de la razón y de la ciencia. Y después de matar a Dios, mataron la razón y el sentido común y la realidad misma en nombre de la voluntad (de los deseos) irracional del individuo. El mundo perdió a Dios y al mismo tiempo, la razón; y se volvió loco de remate. Y un mundo sin Dios ni razón ni sentido común sólo puede engendrar monstruos.

El vitalismo nietzscheano ¿no es acaso esta pocilga hedonista en la que nos revolcamos cada día en el Occidente neopagano?

¿No quería Nietzsche destruir la moral católica? ¿Y acaso no lo ha conseguido?

¿No estamos rodeados de superhombres que desprecian a Dios y a sus Mandamientos?

¿Qué sentido tiene la vida de quienes se enfangan en los botellones, en la promiscuidad, en el sexo sin compromisos ni fidelidades? ¿No creen que ellos y su disfrute de la vida son su propio fin? ¿No es este el Reino de los Fines kantiano? ¿No es el “hágase mi voluntad” contra el “hágase Tu Voluntad”?

«Los débiles y malogrados deben perecer; tal es el axioma capital de nuestro amor al hombre. Y hasta se les debe ayudar a perecer» (El Anticristo, Nietzsche).

¿No es esta la justificación de la eutanasia o del suicidio asistido?

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13.03.22

Hitler ganó la guerra

Las revoluciones liberales nos vendieron que sin Dios íbamos a ser más felices, que la educación iba a acabar con la violencia y con las guerras. El hombre mayor de edad, siguiendo el non serviam luciferino, se rebeló contra la Ley de Dios y se creyó autónomo. Los ateos convencieron a las masas de que sin Dios viviríamos mejor y seríamos verdaderamente libres. El hombre es bueno por naturaleza – el buen salvaje – y, libre del concepto de pecado y de remordimientos, él solo y por sí mismo se dará sus propias normas morales. Dios ya no hace falta para nada.

Y viene Kant y dice que el hombre mayor de edad, el ilustrado, no puede conocer nada que no perciba por los sentidos: ya no se puede hablar del alma ni de Dios. Y que una persona es un ser autónomo que no depende de nadie, que se autodetermina, se autoposee y que es responsable de sus actos. La persona es digna porque es autónoma y no depende de nada ni de nadie: tampoco de Dios, suponiendo que exista porque a Él no lo podemos conocer.

Y resulta que los seres humanos no autónomos no son personas y no tienen derechos, sino precio. Y los embriones humanos, los fetos, no son autónomos y no son personas y, por lo tanto, no tienen derechos. Y el aborto se convierte en un derecho de la mujer autónoma, que tiene dignidad y es libre para matar a su hijo, si no lo desea. Porque la dignidad de las personas autónomas impone su libertad, su voluntad, a cualquier otra consideración. La ley es su deseo. El libertinaje es ley. Los seres no autónomos no tienen dignidad ni derechos. 

Y los viejos, los discapacitados, los parapléjicos, los enfermos terminales, los niños con Síndrome de Down tampoco son personas con dignidad: su vida es indigna. Por eso se les tiene que proporcionar una «muerte digna». Los débiles, dice Nietzsche (discípulo aventajado de Kant y de Darwin), no solo deben desaparecer, sino que debemos ayudarlos a desaparecer. La compasión cristiana va contra el principio darwinista de la selección natural. Pero la ley de la selección natural nos dice que solo deben sobrevivir los más fuertes, los más dotados para vivir sin depender de nadie.

Y en toda Europa se aprueban leyes de eutanasia y de suicidio asistido para quitarse de en medio a todos aquellos que llevan una vida indigna por no ser autónomos. Y los fetos con discapacidad o con Síndrome de Down no llegan a nacer y Europa presume de que cada vez hay menos niños Down: claro, porque los matan, los abortan. Porque la voluntad del hombre autónomo, la voluntad de quien impone su libertad y sus deseos, asesina a los débiles, que deben perecer, porque son una carga para la humanidad. 

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3.03.22

Rusia invade Ucrania

No lo entiendo. No puedo entenderlo.

Entiendo que los comunistas del mundo apoyen a Putin y a su régimen tiránico en su invasión de Ucrania. A Putin, a la Rusia de Putin, la apoyan Corea del Norte, Venezuela, Cuba, Eritrea, Siria, Bielorrusia… ¿Hace falta explicar qué representan estos países? Son basura: gobiernos asesinos, dictaduras monstruosas… Son la ciénaga pestilente de la comunidad de naciones. Así pues, es comprensible que la defecación apoye a la excreción. La misma mierda son.

Lo que no puedo entender es que haya voces del tradicionalismo católico que prediquen la neutralidad o incluso lleguen a justificar la invasión de Ucrania como un acto de guerra justa. No lo entiendo. Y, por supuesto, no lo comparto en absoluto y con la libertad de hijo de Dios, de quien no debe nada a nadie, condeno esta invasión de Ucrania sin ningún tipo de paliativo.

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24.02.22

Guerra, hambre y peste: los tres castigos de Dios sobre los pueblos

En 1805, don Pedro Gómez Bueno (1741-1807) predica en la solemnidad del domingo de ramos un sermón en la Real Iglesia de Santiago de Cádiz titulado Guerra, hambre y peste, los tres castigos de Dios sobre los pueblos, sirviendo de aviso a los mortales. El texto completo lo pueden leer pinchando en el enlace: el PDF está en la Biblioteca Virtual Andalucía. Les aseguro que nunca había oído hablar del P. Gómez Bueno. Pero la Divina Providencia, con su sabiduría infinita y eterna, hizo que este texto llegara a mi conocimiento. Y, por su interés, comparto con ustedes algunos fragmentos de este sermón de don Pedro Gómez, sin añadir ni quitar nada:

Nosotros en el día sufrimos guerras repe­tidas, hambres frecuentes y epidemias reiteradas. A vista de esto, deseo haceros conocer que, si Jesucristo anunciaba a Jerusalén varias calamida­des en castigo de su obstinación y dureza, pode­mos temer nosotros que las calamidades que mi­ramos presentes sean unos castigos del Cielo por nuestros pecados. Me da fundamento para esto la misma Iglesia. Ésta, en una de sus oraciones de rogativa por  calamidad pública, pide encarecidamen­te a Dios que haga conocer a los hombres esto mismo. Haz, Señor, le dice, que los hombres co­nozcan que las calamidades son azotes de tu ma­no: que se los mandas cuando estás irritado con­tra ellos y que solo cesarán estando Vos aplaca­do: mortalium corda cognoscantte indignante talia flagella prodire et te miserante cessare. Pueblo Cristiano, conócelo tú de esta suerte: ¡Qué feliz fueras si así lo conocieras! Si cognovisses et tu: os he manifestado mi idea: intento deciros que la guerra, la hambre y la peste que hemos experi­mentado en estos años pueden ser muy bien efec­tos de la Divina Justicia indignada contra nosotros, pero añado que también pueden ser efectos de su misericordia para con nosotros dándonos es­tos recuerdos para nuestra enmienda. En breves pa­labras: la guerra, la hambre y la peste son castigos de Dios sobre los pueblos con los que avi­sa a los mortales sobre el arrepentimiento de sus culpas. Para que yo pueda imprimir en vuestros corazones estos sentimientos, recurramos antes todos a pedir los socorros de lo alto.

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