El “monarquismo” de las Conferencias Episcopales
Por definición dogmática he estudiado que la Iglesia Católica no es una monarquía al uso de los tiempos históricos, ni absolutista ni constitucional.
La eclesiología actual define a la Iglesia como el Pueblo de Dios, caminante a la Casa del Padre, a la cabeza está el Papa sucesor directo de Pedro, sobre cuya roca fundó Cristo su Iglesia, quien además es el Obispo de Roma, y los Apóstoles y sus sucesores legítimos que están al frente de sus respectivas diócesis o Iglesias particulares, donde son los pastores que conducen al rebaño que el mismo Santo Padre les encomienda.
Colaboradores necesarios de los obispos diocesanos, somos los sacerdotes como dispensadores de los misterios de Dios, según el lenguaje paulino, y los diáconos.
La Iglesia es, por lo tanto, comunión y misión. Comunión con Cristo y Pedro y los Apóstoles, y misión para evangelizar hasta el último confín de la tierra.
La historia de la Iglesia Católica ha ayudado a que esta síntesis de fe en la Iglesia se haya vivido según las mudanzas de los tiempos y de las personas que han encarnado la responsabilidad en cada momento de la vida eclesial.
Tras el Vaticano II, nacieron las Conferencias Episcopales para evitar las posibles taifas que pudieran ser cada obispado y su obispo, y entrar en una nueva fórmula llamada la colegialidad episcopal.
Tan bonito objetivo ha traído otras consecuencias que apunto ahora mismo




