Piedrita en el zapato
Con el paso del tiempo me he convertido en la piedrita en el zapato de fieles y sacerdotes. No ha sido un acto premeditado sino más bien impulsivo (como mucho de lo que hago); sobre lo cual, obviamente, la honradez me obliga a asumir siempre las consecuencias.


Uno es tan cándido que le dice al Señor cosas como: “Hágase tu voluntad”, “Pongo mi vida en tus manos”, “Moldéame como al barro lo moldea el alfarero”, etc., y, cuando lo dice, lo hace –básicamente- por dos razones:
Uno, que por estas latitudes leyendo las noticias se siente como mirando los toros desde la barrera; impotente hasta cierto punto, sostenido de la oración y de los sacramentos ante tanta locura que desordena y que desconcierta.