Con aroma a mandarina

Por no verme pecando de ingratitud a Dios, no estoy dispuesta a dejar pasar por alto muchísimos detalles de la vida cotidiana que me evocan el sentido de bienestar y seguridad de mis mejores años; tal como un rico almuerzo familiar, tomar café con mis amigas o viajar con mi hermano hasta la provincia vecina para almorzar en el mercado.

Esos viejos edificios con sus pisos de mosaicos multicolores muy antiguos, los muros y paredes viejísimas y bien conservadas, me recuerdan a mi abuela y con ella, su cariño y sentido de bienestar. Los tramos llenos de verduras frescas y el montón de carnicerías y pescaderías que exhiben productos de la tierra o el mar que hace tiempo no se veían, dan una sensación de prosperidad, trabajo y alegría que alguna vez tuve y de, las que viéndolas delante de mí, no pasaré  de largo.

Mucho menos dejaré de prestar atención al cambio del clima que, por esta época, ya trae los fríos de Navidad, los olores, las alergias y los buenos recuerdos de los días de sol de toda la larga vida que me ha dado Dios.

De nada de lo que Dios me quiera dar, pienso pasar de largo. Incluso si, ha sido como fue este año, molestias de variable intensidad por causa de la salud.

Muy acertadamente le decimos a María que se compadezca de nosotros en “este valle de lágrimas” ya que, ¡caramba!, que feo se pone todo de vez en cuando o, cuánto tiempo a veces tarda todo en mejorar. Pasan y pasan los días y nada parece ponerse mejor. Muy difícil se pone la vida con frecuencia o, se la pasa de ese modo, casi siempre.

Debido a eso es que, de muchas maneras Dios, nos pide que seamos agradecidos por nuestro propio bien.

Y, para estarlo, primero hemos de estar atentos para cuando Dios permite que tanta dificultad se transforme en consuelo o nos deje entrever su gracia.

Según sea nuestra vida, podría ser que, muy poco hayamos experimentado la dicha del consuelo de Dios o que, lo hayamos malinterpretado o que, sencillamente, supusimos que aquél momento glorioso fue pura casualidad o suerte. Porque, así somos, se nos figura que las cosas buenas solo les suceden a otros, a la gente santa, quizá.

Y es que, debido a esa misma falta de conciencia o de falta de prestar atención, no logramos darle gusto a Dios viviendo la vida que nos da. A muchos, nos da por refunfuñar por todo o cosa peor.

El primer paso, si es que quisiéramos mejorar, es desear estar atento a la bondad de Dios, porque nos la da a diario y a manos llenas.

Yo, por ejemplo, tengo un momento del día en que celebro y es al final de la tarde, quitándole la piel a la mandarina que me propuse comer por salud. Esa es mi impostergable celebración de cada día.

Aquella piel despide un aroma que me parece estar viendo el cielo y de ahí deduzco que solo pudo habérselo inventado Dios para nuestra salud de cuerpo y alma.

No es cuento, la sensación de calma, ligereza y bienestar no son subjetivas sino un proceso biológico real pensado por Dios para consolarnos.

Por esa razón no me faltan las mandarinas y si no las tuviera, también la piña, que aporta sinnúmero de sustancias buenas, al mejor estilo del buen Dios.

Entrar en la práctica de descubrir la bondad, hará–como dije antes- que  el cerebro empiece a ver las cosas buenas y, de paso, a buscarlas asiduamente, logrando percibir cada vez más y más, y lo consigue cada vez mejor y por, eso ya no le queda de otra que agradecer y vivir en la esperanza de algún día gozar de la plenitud de la gloria de Dios, de la que -estoy segura- tiene aroma a mandarina. 

Cuando tu voluntad se inclina a vivir la vida bella que Dios pensó para ti y te decides prestar atención a lo bueno, bello y verdadero, el cerebro empieza a funcionar a tu favor para que tu alma se sitúe en posición de agradecer lo recibido y así Dios, complacido, te da cada día más.

Porque lo contrario, sería vivir sin prestar atención, alimentar el ego con todo lo negativo, sin agradecer y sin percibir lo bueno que Dios tiene para ti. Lo contrario es alimentar tu soberbia y continuar lejos de Dios.

Yo escribo estas cosas con toda la ingenuidad del mundo y me da risa porque, casi puedo imaginar la cara de los gruñones que, lo primero que pensarán, es que la señora perdió la chaveta. No importa, lo escribo para ellos y para cualquiera que busca su propio camino hacia Dios.

Este es el mío y doy testimonio para quien quiera escuchar.

3 comentarios

  
Marcelo Fernando Gerstner
La lectura de su artículo me hizo recordar, entre los viejos discos de vinilo que heredé de mi padre, "El mandarín maravilloso" Op. 19 de Béla Bartók editada bajo el sello RCA (RCA Victor Red Seal). Es la versión del ballet completo interpretada por la Orquesta Sinfónica de San Luis (Saint Louis Symphony Orchestra) y el coro, bajo la dirección de Leonard Slatkin.
27/10/26 6:47 AM
  
Hugo Z. Hazquenbush
Que razón llevas, Maricruz
Yo rezo dando gracias cada día que tengo sexo con una hermosa mujer
O como un platillo delicioso
27/10/26 9:57 AM
  
Vladimir
Donde está la aspiración está la complacencia:
a más elevada la primera más elevada la segunda.
28/10/26 12:17 AM

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