Lo que adorna y lo adornado
Lo que adorna jamás debe superar a lo adornado. Es uno de esos principios que cualquiera debería tener en su casa en letra destacada y en los termplos católicos en letras de oro.
Los adornos, y me da igual hablar de protocolo, liturgia o saber estar común, tienen como finalidad ayudar a que algo destaque, se presente con mayor viveza o sea visto con mayor profundidad. Jamás el adorno puede convertirse en el, involuntario o no, protagonista. Parece mentira que cualquier chef, el camarerito más apañado o el maitre del restaurante de fama tengan esto más sabido que el responsable de liturgia de muchos templos.

A un servidor que Rafaela, Joaquina y el señor Manolo tengan sus discrepancias, le trae al fresco. Al resto de la parroquia y a la Iglesia universal se pueden hacer una idea. La verdad es que sus discrepancias no pasan de los horarios de la misas, si les cae mejor D. Jesús de paisano o D. Antonio, siempre de sotana rigurosa, o si los donativos de las fiestas deben emplearse en Cáritas. Como ven, poco asunto.
Tanto Sacrosanctum concilium: “
La historia nos lleva a los años 50 del pasado siglo. Tras una tarde de triunfo en la plaza de toros de Madrid, el matador y la cuadrilla se dirigen a la estación de Atocha para tomar el tren expreso camino de Andalucía. Al llegar al andén, la máquina a vapor, preparada y a punto para el viaje, resopla manifestando su poder y su fuerza a la vez que pita con entusiasmo. En ese momento un banderillero pequeñito, mientras acomoda los esportones en el departamento lo mejor que puede, exclama: “esos humos los quiero yo en Despeñaperros".





