Escribir entre las nubes y el sensible callo
Mantener un blog para escribir cada mañana que Dios es bueno, que es un gozo saludar la novedad novedosa de la creación en el amanecer cotidiano, que la solidaridad con el hermano nos hace libres, que la misericordia ha de guiar nuestros pasos y que es necesario apostar por la libertad y la creatividad en el seguimiento de Cristo, no solo es inútil, es una gilipulluá y, peor aún, un engañabobos que puede hacer creer a la gente que el camino de Cristo es algo así como una comuna hippie rediviva que se abraza entre “Imagine” y “Yo tengo un amigo que me ama”.

Parece ser que con el rey Fernando III, el santo, san Fernando, hubo un lugarteniente llamado Alonso Guadalix y que él solito acabó con cinco moros. De ahí que el escudo del apellido Guadalix vaya orlado con cinco cabezas de moro, las mismas que cortó en su día don Alonso.
No hay duda de que las lecturas de este domingo apuntan a la necesidad de comprender que la fe en Cristo no es algo exclusivo de una raza, una cultura, una forma de entender la vida. La clave de la fe no es el lugar de nacimiento, la descendencia de Abraham, la tierra de Israel. Judíos y gentiles llamados a ser de Cristo.
Estoy pasando unos días fuera de la parroquia. Mi compañero está a cargo de todo y estamos en contacto básicamente porque somos amigos y nos gusta saber al uno del otro. Aunque sea una broma por WhatsApp, pero sí, sabemos el uno del otro.
Siempre se ha identificado la barca de Pedro con la Iglesia. Hoy nos encontramos, en el evangelio, con esa barquita en medio de una tempestad. No hace falta pensar mucho para identificar la tormenta con este tiempo actual en el que la iglesia trata de vivir en fidelidad a Jesucristo.





