Échame a mí la culpa de lo que pase
Hay gente que necesita responsabilizar siempre a los otros de sus problemas. Es más viejo que la tos. Hartitos estamos de conocer ateos porque el cura de su pueblo una vez dijo, hizo o dejó de hacer lo que el hoy ateo entendió incorrecto en su momento. Fantástico. Ya tiene disculpa para ser un cómodo agnóstico apuntado a la cosa anticlerical, como la tiene la señora que si no va a misa es por culpa de sor Veremunda que, allá en sus años colegiales, soltaba unos pellizcos de monja de no te menees, tenía su punto de soberbia y, además, un día la encontraron ojeando el “Luna y Sol”.

En la cosa eclesial siempre hemos sido grandes campeones. Teólogos, santos, evangelizadores. No se puede comprender la historia de la Iglesia sin destacar la gran contribución de España a la causa de Cristo. Por eso hoy me siento triste al descubrir que España, en las cosa de la fe, vuelve a ser campeona europea, aunque esta vez por todo lo contrario.
Estaban en una fiesta celebrada en un hotel de Madrid, cuando al torero Rafael el Gallo le presentaron a José Ortega y Gasset. El genio sevillano preguntó quién era «aquel gachó con pinta de estudiao», a lo que le respondieron: «Es filósofo». «¿Filo qué, ezo qué e?», dijo el matador. Alguien le explicó en qué consistía tal profesión, que era un señor que analizaba el pensamiento de la gente, que escribía doctrinas orientadas a conocer mejor el obrar de las personas. El Gallo, estupefacto, guardó silencio unos segundos. Hasta espetar con gracia: «Hay gente pa tó».
Impactante celebrar cada año la fiesta de san Juan María Vianney, el cuatro de agosto, patrón de los sacerdotes, especialmente de los párrocos, y, esto es cosa mía, especialísimamente de los curas de pueblo. Cuando llegó al pueblecito de Ars apenas quedaba un rescoldo de catolicismo. Su labor fue tan extraordinaria que con el paso de los años llegaban peregrinos de todo lugar para rezar y confesarse con él. En Ars consiguió que prácticamente todos los habitantes del pueblo asistieran a misa a diario.
Suben las temperaturas, la gente se trastorna y por eso pasa lo que pasa. En invierno parece que andamos todos más comedidos, pero en cuanto el termómetro supera los cuarenta grados la gente pierde la poca cordura que le quedaba y suelta por su boca y su pluma -de escribir, naturalmente- las mayores barbaridades y simplezas, sabiendo que los mayores disparates siempre conseguirán algunos aplausos.