Por supuesto que vale la pena
Nos colocamos rápido en la altura de quienes todo lo saben y se relacionan con los que consideran inferiores con una suficiencia que se mueve entre la conmiseración y el desprecio. Los curas tenemos una gran tendencia.
Nosotros somos los leídos, los escribidos, los que saben aunque no sepamos de la misa la media y los que, en consecuencia, hacemos, deshacemos, organizamos, programamos y de nuestra capa un sayo, ya saben. La gente no sabe, no entiende, no valora, no acude, no viene, es igual lo que hagas, total es lo mismo y, además, a Dios qué le importa. El caso es que desde nuestra altanería nos situamos por encima de la fe, la tradición y la historia simplemente porque nos es más fácil aposentarnos en la comodidad y así justificar la falta de fe y de celo apostólico.

Siendo el aborto el drama que es, y habida cuenta de que el final de la vida tiene sus peligros con esa ley de eutanasia, nos toca rezar y mucho por el respeto a la vida y su cuidado desde la concepción hasta la muerte natural cuando Dios quiera.
Como ya les dije en su momento, fueron tales las respuestas recibidas, en calidad y cantidad, que me sentí en la obligación de hacerlas llegar a las respectivas secretarias del sídodo, tanto a la general, en Roma, como a la de Madrid.
Me lo estoy pasando en grande con las charlas sobre liturgia de los jueves, sobre todo por la cara de asombro que ponen algunos de los participantes.
Yo me estaba resistiendo, pero es ella la que me dice que por qué no lo cuento, que tiene ganas de soltarlo y que o lo digo yo o lo empieza a cacarear ella por el pueblo, pero que mejor yo.