La última de Masiá. Oigan, y todos tan felices
Esto es lo último que ha escrito el P. Juan Masiá de la Compañia de Jesús respondiendo públicamente al cuestionario papal sobre la familia. Pues miren ustedes, si aquí no pasa nada habrá que tomar nota, y si un día alguien me llama la atención por algo pues diré que si el único que tiene bula es Masiá. Y que el día en que le amonesten en público, como públicas son sus barbaridades, pues que me avisen.
Esto dice el P. Masiá sobre la transmisión de la vida (por cierto, P. Nicolás, ¿está usted por ahí?):
Esta acogida y protección debe llevarse a cabo de modo responsable. Pero esta postura en favor de la acogida de la vida no significa que esa vida sea absolutamente intocable. La acogida ha de ser responsable y podrán presentarse casos conflictivos que justifiquen moralmente la interrupción de ese proceso. Si no se va a poder asumir la responsabilidad de acoger, dar a luz y criar esa nueva vida, hay que prevenirlo a tiempo mediante los oportunos recursos anticonceptivos (antes del inicio de la fertilización) o interceptivos (antes de la implantación).

Así que el problema, dicen, es que la Iglesia se ha separado de la sociedad, que hemos perdido el tren y que lo que tenemos que hacer es aceptar que las cosas han cambiado.
Tristes. Muy
Quizá hasta se la pueda encargar a la señora Rafaela, que puede hablar con Joaquina, Jesusa y alguna más y mira por donde, entretenimiento para un rato. Y no solo para la catedral de Santiago, no vamos a andarnos con chiquitas. Necesitamos un comando organizado tricotosa S.A., con delegaciones en todos las ciudades, villas, pueblos y aldeas, con el noble fin de ir tejiendo, con las variedades más llamativas de la artesanía nacional, fundas para todo monumento católico al aire libre. Sin discriminaciones. Desde la catedral de Santiago a Santa María del Naranco, desde la ermita del Rocío a la ermita de San Frutos, pasando por el monasterio del Escorial, la Sagrada Familia de Barcelona (para la que excepcionalmente se admitiría funda estelada), el Pilar de Zaragoza o los cruceiros gallegos. Ante todo, el respeto.
Los monaguillos, para empezar, me parecen un extraordinario invento. Un par de chavales que sepan su oficio, acompañen al sacerdote, le ayuden con las vinajeras y el lavabo, la campanilla o la bandeja de la comunión, es un servicio muy de agradecer. En días solemnes, otro par para que ayuden con incensario y naveta, perfecto. Pero no más.