P. Heriberto García Arias, el sacerdote charro: “No soy yo quien dirige mi vida; las riendas las lleva Dios”

Por gracia de Dios, pasó de tener pánico a hablar en público a evangelizar a millones de jóvenes en las redes. Afirma que el secreto no está delante de la cámara sino del Sagrario y que la evangelización comienza de rodillas, pues los grandes evangelizadores de la historia fueron grandes contemplativos
Heriberto García Arias es sacerdote de la Diócesis de San Juan de los Lagos (México), licenciado en Filosofía, Teología y Comunicación Institucional. Estudió en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, y ha colaborado con el Dicasterio para la Comunicación de la Santa Sede en diversos proyectos de evangelización digital. Es autor de Hablando con Heriberto García Arias. Confesiones de un sacerdote digital y Misioneros Digitales. ¿Influencers o testigos de Cristo hoy?
Su misión consiste en llevar el primer anuncio del Evangelio en el contexto digital, especialmente entre los jóvenes, convencido de que las redes sociales no son simplemente herramientas tecnológicas, sino un verdadero espacio humano donde millones de personas buscan sentido, esperanza y a Dios.
¿Cómo valora a su familia, la formación católica que le dieron y el apoyo en el sacerdocio?
Cuando miro mi vida hacia atrás descubro que mi primera escuela de teología no fue una universidad, sino la mesa de mi casa. Antes de aprender conceptos sobre Dios, aprendí a verlo en el testimonio de mis padres y de mis abuelos.
Crecí en una familia profundamente creyente, donde la fe nunca fue un discurso, sino una forma de vivir. En mi casa se rezaba porque Dios ocupaba un lugar real, no decorativo. Mi madre nos enseñó la importancia de la oración cotidiana; mi padre nos educó con el ejemplo del trabajo honesto y del esfuerzo silencioso. Mis abuelos me enseñaron que un hombre vale tanto como vale su palabra. Esas lecciones permanecen mucho más que cualquier conferencia.
Con frecuencia pensamos que una vocación nace el día en que alguien entra al seminario. Yo creo que comienza muchos años antes. Comienza cuando un niño ve a sus padres perdonarse, cuando descubre a sus abuelos rezando el Rosario antes de dormir, cuando entiende que Dios forma parte natural de la vida familiar. Allí empezó mi sacerdocio sin que nadie lo supiera.
Nunca me presionaron para ser sacerdote. Me enseñaron algo mucho más importante: a buscar sinceramente la voluntad de Dios. Cuando descubrí que Él me llamaba, mi familia no intentó retenerme. Hizo lo que hacen quienes aman de verdad: ofrecerme a Dios con libertad, aunque eso significara tenerme lejos durante muchos años.
He vivido en Roma, he recorrido muchos países y he conocido personas extraordinarias, pero siempre vuelvo interiormente a mis raíces. Porque uno puede aprender idiomas, obtener títulos académicos y conocer el mundo; sin embargo, el corazón siempre habla el lenguaje que aprendió en casa. Mi familia no solo me dio la vida. Me enseñó para quién debía vivirla.
¿Cómo el hecho de ser charro, jinete tradicional mexicano, forma parte de sus raíces y de su identidad?
Ser charro es mucho más que vestir un traje típico o practicar un deporte nacional. Es una manera de entender la vida.
La charrería nació del trabajo cotidiano en el campo, del esfuerzo silencioso, de la relación entre el hombre, el caballo y la tierra. En ella aprendí que las cosas importantes nunca se improvisan. Un caballo no se domina con violencia, sino con paciencia; no responde al miedo, sino a la confianza. Esa lección terminó convirtiéndose también en una lección espiritual.
Muchas veces he comparado mi relación con Dios con la del caballo que confía plenamente en su jinete. El caballo no conoce el camino completo; simplemente se deja conducir por quien sostiene las riendas. Así entiendo también mi sacerdocio. No soy yo quien dirige mi vida. Las riendas las lleva Dios.
En la cultura actual se exalta la autonomía absoluta. Parece que el éxito consiste en que nadie nos diga qué hacer. El Evangelio propone exactamente lo contrario: la verdadera libertad consiste en dejarse conducir por quien nos ama infinitamente más de lo que nosotros mismos podemos amarnos.
La charrería también me enseñó disciplina. Detrás de una buena suerte charra existen cientos de horas de entrenamiento que nadie ve. En las redes sociales sucede algo parecido. Muchos observan un video de un minuto, pero desconocen las horas de oración, estudio, preparación y discernimiento que hay detrás. Lo visible siempre es consecuencia de un trabajo invisible.
Cada vez que vuelvo a México y monto un caballo, recuerdo quién soy. No importa cuántos kilómetros haya recorrido o cuántos países haya visitado. Hay raíces que nunca dejan de alimentar el corazón.
¿Qué recuerdos tiene de su etapa del Seminario y del día de su ordenación?
El seminario fue el lugar donde Dios comenzó a desmontar muchas imágenes que yo tenía de mí mismo. Entré siendo un joven con muchos sueños, pero también con muchos miedos. Siempre digo que una de las grandes sorpresas de mi vida es que hoy me dedique a comunicar. De adolescente tenía verdadero temor de hablar en público. Si alguien me hubiera dicho entonces que algún día anunciaría el Evangelio ante millones de personas, probablemente me habría reído. El seminario me enseñó que Dios no suele llamar a los más preparados. Más bien prepara a quienes llama.
Allí comprendí que la formación sacerdotal no consiste únicamente en estudiar Filosofía o Teología. Consiste, sobre todo, en permitir que Cristo vaya transformando el corazón. Es mucho más difícil dejarse moldear que aprobar un examen.
El día de mi ordenación permanece grabado como uno de los momentos más intensos de mi vida. Recuerdo perfectamente la sensación de pequeñez. Mientras estaba postrado en el suelo durante las letanías de los santos experimenté una verdad que todavía me acompaña: el sacerdocio nunca será una conquista personal; siempre será un regalo inmerecido.
A veces la gente me pregunta qué sentí cuando el obispo impuso sus manos sobre mi cabeza. La respuesta más sincera es esta: sentí el peso de una responsabilidad que me supera completamente.
Ese día no terminé un camino. Lo empecé. Con los años he descubierto que la ordenación no convierte mágicamente a un hombre en santo. Cada mañana hay que volver a decirle a Cristo el mismo “sí” que se pronunció aquel día. El sacerdocio no se recibe una vez; se renueva todos los días.
¿Qué representó en su vida vivir unos años en Roma y estudiar en una Universidad como la Santa Croce?
Roma cambió mi manera de mirar la Iglesia. Antes la conocía desde la realidad de una diócesis concreta. En Roma descubrí verdaderamente su universalidad. Caminando por los pasillos de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz podía encontrar sacerdotes, religiosas y laicos provenientes de los cinco continentes. Todos hablábamos idiomas distintos, pero compartíamos la misma fe.
La Santa Croce me enseñó algo que considero imprescindible: la evangelización necesita tanto pasión como rigor intelectual. Amar mucho a Cristo no nos dispensa de estudiar. Al contrario. Precisamente porque el Evangelio merece lo mejor de nosotros, debemos prepararnos con seriedad.
También comprendí que la comunicación ya no puede entenderse solamente como una cuestión de medios o de estrategias. Estamos viviendo una auténtica cultura digital. No ha cambiado únicamente la tecnología; ha cambiado la manera en que las personas piensan, se relacionan, aprenden, aman y buscan respuestas. Si la Iglesia quiere seguir anunciando a Cristo con eficacia, necesita comprender profundamente esa transformación cultural.
Roma me regaló además la oportunidad de colaborar con el Dicasterio para la Comunicación y de participar en iniciativas internacionales que me permitieron descubrir que el Espíritu Santo está suscitando misioneros digitales en todos los continentes. No fue una intuición aislada de unas pocas personas. Es una llamada que está creciendo en la Iglesia universal.
Regresé con varios títulos académicos. Pero, sobre todo, regresé convencido de que la Iglesia tiene dos mil años de historia y, precisamente por eso, no puede tener miedo al futuro.
¿Por qué cree que la Iglesia debe estar en la vanguardia de la comunicación?
Porque el Evangelio siempre ha sido una noticia destinada a ponerse en camino. La Iglesia nunca ha esperado a que las personas lleguen. Siempre ha salido a buscarlas. San Pablo recorrió el Mediterráneo utilizando las grandes vías del Imperio Romano. Los misioneros cruzaron océanos cuando otros apenas se atrevían a navegar. Más tarde llegaron la imprenta, la radio, la televisión e internet. Cada época ha tenido sus areópagos.
Hoy ese areópago también es digital. A veces escucho decir que las redes sociales son superficiales y que la Iglesia debería mantenerse al margen. Yo pienso exactamente lo contrario. Precisamente porque allí existen superficialidad, soledad, violencia o desinformación, la Iglesia no puede abandonar ese espacio. Si Cristo comía con publicanos y pecadores, ¿cómo no vamos a estar presentes donde hoy millones de personas pasan buena parte de su vida?
Sin embargo, estar presentes no significa adaptarnos al mundo hasta volvernos irreconocibles. La Iglesia no entra en la cultura digital para imitarla. Entra para transformarla desde dentro con la fuerza del Evangelio.
No competimos por algoritmos. Competimos por corazones. La comunicación eclesial no consiste simplemente en transmitir información religiosa. Consiste en generar encuentros capaces de conducir a una Persona: Jesucristo.
Por eso estoy convencido de que la comunicación no es una actividad secundaria dentro de la Iglesia. Forma parte de su propia identidad misionera. Desde Pentecostés, la Iglesia existe para anunciar. Y quien deja de anunciar termina dejando de respirar.
Hay un principio filosófico que afirma que no se puede dar lo que no se tiene. ¿En qué medida es clave llenarse de Dios en la oración, tener deseos de santidad y formarse bien para poderlo difundir?
Ese principio resume una verdad profundamente cristiana: nadie puede comunicar un encuentro que nunca ha tenido. Vivimos en una época en la que existe la tentación de confundir visibilidad con fecundidad. Hoy es posible aprender técnicas de comunicación, dominar los algoritmos, hablar con seguridad frente a una cámara e incluso emocionar a miles de personas. Pero ninguna de esas capacidades puede sustituir la intimidad con Dios.
La evangelización comienza siempre de rodillas. Los grandes evangelizadores de la historia no cambiaron el mundo porque fueran extraordinarios oradores. Lo cambiaron porque primero fueron grandes contemplativos. San Pablo pasó años dejándose formar por Cristo antes de recorrer el mundo. San Francisco de Asís hablaba poco de Dios porque primero hablaba mucho con Dios. San Juan Pablo II impresionaba por sus discursos, pero quienes convivían con él sabían que el secreto estaba en las largas horas de oración.
Eso no ha cambiado. Muchas personas me preguntan cuál es el secreto para comunicar el Evangelio en redes sociales. Siempre respondo lo mismo: el secreto nunca está delante de la cámara; está delante del Sagrario.
La oración purifica nuestras intenciones. Nos recuerda que no trabajamos para construir una marca personal, sino para que Cristo sea conocido. Nos libera de la ansiedad de los resultados y nos devuelve continuamente al centro.
Junto a la oración está la formación. Amar a Dios también implica amar la verdad. La fe necesita inteligencia. En ocasiones creemos que basta la buena voluntad para evangelizar, pero el mundo actual plantea preguntas profundas sobre la ciencia, la antropología, la ética, la inteligencia artificial, la sexualidad o el sentido de la vida. Si queremos dialogar con la cultura contemporánea, necesitamos prepararnos seriamente.
Y, finalmente, está el deseo de santidad. Creo que la Iglesia necesita menos celebridades religiosas y más santos. Porque la santidad sigue siendo el lenguaje más convincente que existe. El mundo puede discutir nuestras ideas, pero le resulta mucho más difícil discutir una vida transformada por Cristo.
¿Se podría decir que a Dios hay que darle lo mejor y no podemos evangelizar en las redes de forma mediocre o zafia?
Estoy completamente convencido. A veces hemos caído en un error peligroso: pensar que, por tratarse de contenidos religiosos, la calidad pasa a un segundo plano. Como si el Evangelio justificara la improvisación.
Yo pienso exactamente lo contrario. Si una empresa dedica enormes recursos para presentar bien un producto que caduca, ¿cómo no vamos a esforzarnos nosotros por comunicar con excelencia el único mensaje capaz de transformar eternamente la vida de una persona?
La mediocridad nunca ha sido una virtud cristiana. Eso no significa convertir la evangelización en un espectáculo ni obsesionarnos con la estética. Significa comprender que la belleza también evangeliza. Dios hizo un universo inmensamente bello porque la belleza abre el corazón a la verdad.
Quien evangeliza debería cuidar tanto el contenido como la forma. Un buen audio, una imagen bien realizada, un lenguaje comprensible, una narrativa atractiva, un mensaje bien preparado… todo eso también forma parte de la caridad. Cuando dedicamos tiempo a hacer bien las cosas, estamos diciendo silenciosamente que el Evangelio merece nuestro mejor esfuerzo.
Lo mediocre distrae del mensaje. Lo excelente lo hace brillar. Sin embargo, existe un peligro igual de grande: creer que la calidad técnica basta. He visto contenidos impecables que no dejan ninguna huella porque les falta alma. También he visto videos sencillos grabados con un teléfono móvil que han llevado a muchas personas a reconciliarse con Dios. La excelencia cristiana nace cuando la competencia profesional y la gracia caminan juntas. No basta con hacer contenido bonito. Hay que hacer contenido verdadero.
¿Cómo le pide a Dios luz en la oración para ser un instrumento dócil y llevar su palabra a un mundo sediento de Dios?
Mi oración suele ser muy sencilla. Con frecuencia le digo al Señor que no permita nunca que la gente se encuentre conmigo antes que con Él. Ese es uno de los mayores riesgos para cualquiera que comunica: terminar ocupando el lugar que solo le corresponde a Cristo.
Las redes sociales alimentan constantemente el ego. Los números, las visualizaciones, los comentarios positivos o negativos pueden hacernos olvidar por qué comenzamos esta misión. Por eso necesito volver continuamente al silencio.
El silencio es el lugar donde Dios vuelve a ordenar el corazón. Muchas veces, antes de grabar un video, celebro la Eucaristía o paso un momento delante del Santísimo. Allí descubro que el Espíritu Santo ya estaba trabajando mucho antes de que yo encendiera una cámara. Yo no convierto a nadie. Yo no cambio el corazón de nadie. Yo solamente siembro. Quien hace crecer la semilla es Dios.
También suelo pedir una gracia muy concreta: conservar siempre la capacidad de escuchar. En la cultura digital todos quieren hablar. Muy pocos quieren escuchar. Sin embargo, Jesús dedicaba mucho tiempo a hacer preguntas antes de responderlas.
Quiero parecerme más a ese Cristo que escucha. Cuando un joven me escribe diciendo que perdió el sentido de la vida, que atraviesa una depresión o que lleva años lejos de la Iglesia, entiendo que detrás de una pantalla hay una persona concreta, con una historia sagrada. En ese momento desaparecen las estadísticas. Solo queda un hijo de Dios esperando ser amado. Mi oración termina casi siempre igual: “Señor, que cuando alguien termine de escucharme, no recuerde mi nombre, sino el tuyo".
No puede haber nada más atractivo que el Evangelio, pero ¿por qué hoy es necesario presentarlo a los jóvenes de forma atractiva?
Porque el problema nunca ha sido el Evangelio. El problema muchas veces ha sido nuestra forma de presentarlo. Jesucristo sigue fascinando cuando las personas realmente lo conocen. Basta leer los Evangelios para descubrir que nadie quedaba indiferente ante Él. Los pescadores dejaban las redes. Mateo abandonaba el banco de los impuestos. Zaqueo bajaba del árbol. La samaritana corría a anunciarlo al pueblo.
Cristo nunca fue aburrido. Lo aburrido puede ser nuestra manera de hablar de Él. Los jóvenes de hoy no rechazan necesariamente el Evangelio. Muchas veces rechazan una versión reducida, moralista o desencarnada del cristianismo. Buscan autenticidad. Quieren respuestas reales para heridas reales. Necesitan descubrir que Cristo no vino a quitarles la alegría, sino a mostrarles dónde encontrarla plenamente.
Por eso debemos aprender el lenguaje de cada generación. Eso hizo san Pablo en Atenas. Eso hicieron los grandes misioneros en América, Asia y África. Eso está llamada a hacer hoy la Iglesia en la cultura digital. Hablar el lenguaje de los jóvenes no significa pensar como ellos en todo. Significa encontrar las palabras que les permitan descubrir la misma verdad eterna. Cada época cambia de idioma. El Evangelio nunca cambia de contenido. Nuestro desafío consiste precisamente en traducir, no en transformar.
¿Por qué el hacerlo atractivo, pretender llegar a más gente, no debe significar bajar un ápice el nivel de exigencia del Evangelio?
Porque el amor verdadero nunca engaña. Vivimos en una cultura donde existe la tentación permanente de suavizar cualquier mensaje que pueda resultar incómodo. También esa tentación llega a la evangelización. A veces pensamos que, si eliminamos las exigencias del Evangelio, lograremos atraer a más personas.
Pero sucede exactamente lo contrario. Un Evangelio rebajado termina siendo irrelevante. Jesús jamás negoció la verdad para ganar popularidad. Cuando el joven rico decidió marcharse, no rebajó las exigencias para retenerlo. Cuando muchos discípulos abandonaron el discurso del Pan de Vida, tampoco cambió sus palabras para evitar perder seguidores. Cristo nunca buscó seguidores a cualquier precio. Buscó discípulos. Eso sigue siendo válido hoy.
La cultura digital premia lo inmediato, lo fácil y lo superficial. El Evangelio propone paciencia, cruz, conversión y entrega. A primera vista parecen caminos incompatibles. Sin embargo, los jóvenes siguen siendo capaces de responder a los grandes ideales cuando alguien tiene el valor de proponérselos.
Nunca he conocido a un joven cuya vida cambiara porque alguien le pidió muy poco. Las vidas cambian cuando descubren una causa que merece entregarlo todo. Por eso creo que la misión de la Iglesia no consiste en rebajar el Evangelio para adaptarlo al mundo. Nuestra misión consiste en elevar al hombre para que descubra la altura del Evangelio. La Iglesia debe abrir las puertas de par en par. Pero sin mover el umbral. Porque la misericordia acoge a todos. Y la verdad transforma a quien decide entrar.
Por Javier Navascués
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