De Chartres a Covadonga: cuando la misión continúa en el servicio. Por el P. Luca Paitoni

Este año entre los voluntarios de la peregrinación NSC a Covadonga se encontraba también un grupo de italianos

Reproducimos por su interés un fraternal texto por parte del sacerdote Luca Paitoni, en representación del grupo de voluntarios italianos que peregrinó de Oviedo a Covadonga

Cada año, la peregrinación tradicional de Oviedo a Covadonga, Nuestra Señora de la Cristiandad, reúne a cientos de jóvenes españoles junto con peregrinos procedentes de toda Europa e incluso de otros continentes. Lo que contemplan quienes los ven llegar a los pies de la Santina es el rostro más conocido de la peregrinación: rostros marcados por el cansancio, pero iluminados por la alegría; familias, sacerdotes, jóvenes, cantos, rosarios y oraciones que han acompañado tres días de camino por las montañas de Asturias.

Pero existe otra cara de la peregrinación, mucho menos visible y, sin embargo, absolutamente indispensable. Es la de los voluntarios.

Sin ellos, nada sería posible. Cada etapa, cada comida, cada traslado, la atención a los peregrinos con dificultades, la distribución del equipaje, el montaje de las infraestructuras, la seguridad a lo largo del recorrido y las innumerables necesidades que surgen inevitablemente durante tres días de marcha son fruto de un trabajo silencioso que comienza cuando los demás aún duermen y termina solamente cuando ha llegado el último peregrino.

Este año, entre esos voluntarios, se encontraba también un grupo de italianos que decidió vivir la peregrinación poniéndose por completo al servicio de la organización.

Sus jornadas no conocían horarios. Se levantaban antes del amanecer para preparar la salida, recorrían kilómetros en coche de un lado a otro del itinerario, descargaban material, montaban las infraestructuras, distribuían los alimentos, atendían a los peregrinos con dificultades y coordinaban toda la logística. Solo cuando todo quedaba finalmente resuelto podían descansar unas pocas horas antes de volver a empezar. Y, sin embargo, en medio de ese intenso trabajo, nunca faltó la dimensión espiritual de la peregrinación. Siempre que sus obligaciones se lo permitían, participaban en la Santa Misa, en los momentos de oración y en las meditaciones. El servicio no sustituyó la peregrinación: se convirtió en una forma particular y profundamente cristiana de vivirla.

Se trataba de jóvenes procedentes de Verona, Brescia, Milán y Pisa, acompañados por tres sacerdotes. Algunos ya habían participado en la peregrinación París–Chartres; otros conocían también la de Oviedo–Covadonga. Y es precisamente aquí donde se comprende el significado más profundo de su presencia. El lema de la peregrinación París–Chartres 2026 era la Misión. Una palabra que estos jóvenes decidieron no dejar encerrada en las meditaciones escuchadas durante el camino hacia la catedral de Chartres. Una vez concluida aquella peregrinación, decidieron traducir ese envío en un gesto concreto, viajando tres meses después a España. Su misión no consistía en recorrer un nuevo itinerario como simples peregrinos, sino en vivir la peregrinación a través del servicio, para que centenares de otros jóvenes pudieran caminar, rezar y alcanzar la meta en las mejores condiciones.

Es aquí donde se manifiesta uno de los aspectos más hermosos de estas grandes peregrinaciones de la Tradición. No existen protagonistas ni figurantes. Quien recorre cada kilómetro del camino y quien prepara una comida para cientos de personas, quien reza el Rosario mientras camina y quien transporta equipajes o monta una tienda avanzan en la misma dirección. Cambian las tareas, pero no la meta.

Muchos peregrinos expresaron espontáneamente su gratitud a estos voluntarios italianos, no solo por la eficacia de la organización, sino también por la serenidad, la disponibilidad y el espíritu de sacrificio con que respondían a cada necesidad. Un testimonio silencioso de esa caridad cristiana que rara vez ocupa el centro de la escena, pero sin la cual ninguna gran obra sería posible.

De esta experiencia surge también una valiosa enseñanza. Nuestra Señora de la Cristiandad no reúne simplemente a hombres y mujeres deseosos de llegar a un santuario. Construye una comunidad en la que cada uno pone al servicio de los demás aquello que ha recibido: unos, la fuerza de sus piernas; otros, su tiempo; otros, sus capacidades organizativas; otros, su esfuerzo. Todos participan de la misma peregrinación, aunque de maneras diferentes.

A los pies de la Santina, la diferencia entre quienes caminaron y quienes sirvieron casi desaparece. Todos pueden decir que han sido peregrinos. Algunos recorrieron cada kilómetro del sendero; otros recorrieron muchos más, siguiendo caminos distintos y a menudo invisibles, pero siempre con el mismo deseo de conducir a los demás hasta la meta.

Hay, además, un detalle que hace aún más significativo el vínculo entre ambas peregrinaciones. Si el lema de la peregrinación París–Chartres era la Misión, el de Oviedo–Covadonga era la Fe. A primera vista podrían parecer dos temas distintos. En realidad, se iluminan mutuamente. La misión nace de la fe y la fe se manifiesta en las obras. Vienen espontáneamente a la mente las palabras del apóstol Santiago: «La fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (Sant 2,17). Estos jóvenes recibieron en Chartres una llamada a la misión; en Covadonga dieron cuerpo a esa misión mediante un servicio humilde y oculto. Así, quizá sin haberlo previsto, mostraron que la fe auténtica se convierte necesariamente en una caridad operante.

En esto se mide la vitalidad de la Tradición. No consiste simplemente en conservar un patrimonio litúrgico, sino en suscitar hombres y mujeres capaces de transformar la fe recibida en obras concretas. Si la peregrinación es una escuela de fe, el servicio es el examen que demuestra su autenticidad. La misión recibida en Chartres encontró en Covadonga su confirmación concreta. La fe meditada a lo largo de los senderos de Asturias se tradujo en las obras de las que habla el apóstol Santiago. Y aquellos voluntarios italianos demostraron que una peregrinación no termina cuando se alcanza un santuario: continúa cada vez que la fe recibida se transforma en servicio, la misión se hace caridad y el camino prosigue en la entrega de uno mismo a los demás.

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