Fernando Díaz, la caridad como forma de vida

Entrevistamos a una persona con vocación de servicio a los demás, pero sobre todo por amor a Cristo. Tanto su trabajo por la mañana como su apostolado por la tarde en la parroquia es una entrega al prójimo. Y cada día corona la jornada con la Santa Misa. Un ejemplo de vida que probablemente nunca sea noticia en los medios generalistas, pero aquí en este espacio siempre tendrán cabida testimonios como este.
¿Por qué cursó estudios relacionados con la Asistencia Social para atender a personas con discapacidad?
Mi primer trabajo fue en un colegio de educación especial y allí nació, sin darme cuenta, lo que con el tiempo descubriría que era una verdadera vocación. Al principio pensaba que iba a enseñar o a prestar un servicio, pero muy pronto comprendí que eran ellos quienes me estaban enseñando a mí. Aprendí el valor de la sencillez, de la confianza, del cariño sin intereses y de la alegría que brota de las cosas más pequeñas.
Convivir con personas con discapacidad cambió profundamente mi forma de entender la vida. Descubrí que cada persona tiene una dignidad infinita, independientemente de sus capacidades, y que la sociedad muchas veces mide el valor de las personas por lo que producen o por lo que pueden hacer. Sin embargo, el Evangelio nos enseña algo completamente distinto. Jesús siempre puso en el centro a los pequeños, a los enfermos, a los descartados y a quienes parecían no contar para nadie.
Por eso, cuando estoy con ellos, no siento que estoy haciendo un trabajo especial, sino que tengo el privilegio de compartir la vida con personas que reflejan de una manera muy auténtica el corazón de Dios. Cristo dijo que “los últimos serán los primeros en el Reino de los Cielos", y creo firmemente que estas personas tienen mucho que enseñarnos sobre el amor, la humildad y la confianza. Ellos no solo despertaron mi vocación profesional, sino también mi vocación cristiana de servicio.
¿Cómo le llena su trabajo?
La verdad es que nunca lo he considerado un trabajo. Un trabajo empieza a una hora y termina cuando acaba la jornada. Lo que yo vivo no funciona así. Las personas a las que acompaño forman parte de mi vida. Son mi familia. Cuando compartes tantos años con personas, conoces sus alegrías, sus sufrimientos, sus avances, sus miedos y sus ilusiones. Celebras con ellos cada pequeño logro y también sufres cuando ellos sufren. Se crea un vínculo que va mucho más allá de una relación profesional.
Muchas veces la sociedad piensa que quienes cuidamos damos mucho. Yo creo que recibimos muchísimo más de lo que damos. Ellos me enseñan cada día a ser más paciente, más agradecido, más humano y más cristiano. Me recuerdan constantemente que el valor de una persona no depende de su inteligencia, de su fuerza o de su éxito, sino simplemente de que es un hijo amado de Dios. Por eso digo que no es un trabajo. Es una manera de vivir. Es una forma de entender que mi vida solo tiene sentido cuando la comparto con los demás.
¿Por qué por las tardes se dedica a obras de caridad en la parroquia?
Siempre he vivido muy unido a la parroquia. Desde pequeño participé en ella, pero hubo un momento en el que descubrí realmente qué significaba la caridad cristiana. Hasta entonces pensaba que ayudar era hacer cosas por los demás. Después comprendí que la verdadera caridad consiste en encontrarse con Cristo vivo en cada persona que sufre.
Cuando una persona llega a la parroquia pidiendo ayuda, muchas veces no solo le falta comida o ropa. Lo que más suele faltar es esperanza, compañía y dignidad. Hay personas que han llegado a pensar que no valen nada, que molestan, que son un fracaso para la sociedad. Ahí es donde el Evangelio cobra vida. Intentamos que cada persona vuelva a descubrir que sigue siendo un hijo amado de Dios y que su vida tiene un valor inmenso. Cuando ves que alguien vuelve a sonreír, recupera la ilusión o empieza a creer otra vez en sí mismo, experimentas una alegría muy difícil de explicar.
Es una felicidad que no nace del éxito personal ni del reconocimiento de los demás. Es una alegría profunda que solo Dios puede regalar cuando uno intenta amar como Él ama.
¿Qué labores suele realizar?
Nuestro trabajo es muy amplio porque intentamos responder a las distintas necesidades que aparecen en el barrio. Organizamos campañas solidarias para recaudar fondos con los que comprar alimentos básicos, productos de higiene y material para familias con pocos recursos, prestando una atención especial a los niños.
También impartimos clases de castellano para personas extranjeras. Aprender el idioma significa mucho más que aprender palabras; significa poder encontrar trabajo, relacionarse, integrarse y sentirse parte de una comunidad. Desarrollamos talleres de reciclaje de ropa, costura, repostería y otras actividades que permiten aprender habilidades, favorecer la convivencia y ofrecer nuevas oportunidades a muchas personas.
Pero si tuviera que resumir cuál es nuestra principal labor, diría que es acoger. Acoger sin juzgar. Escuchar antes de hablar. Acompañar sin imponer. Descubrir todo lo bueno que Dios ha puesto en cada persona y ayudarle a creer nuevamente en sí misma. La verdadera caridad no consiste únicamente en dar cosas. Consiste en caminar junto al otro para que vuelva a ponerse en pie y descubra que puede volver a vivir con esperanza.
¿Por qué no es lo mismo hacerlo por amor a Cristo que por simple altruismo?
Toda ayuda es buena y toda persona que hace el bien merece nuestro reconocimiento. Sin embargo, para un cristiano existe una diferencia muy profunda. Cuando uno actúa únicamente por altruismo, la fuerza suele depender de las propias energías. Y las personas nos cansamos, nos frustramos o podemos desanimarnos cuando no vemos resultados.
Cuando se hace por amor a Cristo, la fuente ya no eres tú. Es Él quien sostiene tu corazón. Comprendes que no estás haciendo una obra tuya, sino colaborando con la obra de Dios. Por eso el servicio se vuelve inagotable. No significa que uno no se canse físicamente, porque el cansancio existe. Pero interiormente aparece una paz y una alegría que no dependen del esfuerzo realizado.
Muchas veces, precisamente los días en que llegas más agotado son aquellos en los que te sientes más feliz, porque has experimentado que Dios ha actuado a través de tu pequeñez. Descubres que cuanto más entregas por amor, más crece tu corazón.
¿Cómo ve el rostro de Cristo en el pobre?
Jesús fue muy claro cuando dijo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis". Estas palabras cambian completamente la manera de mirar a las personas. Ya no vemos únicamente una necesidad social, sino la presencia del mismo Cristo que sale a nuestro encuentro.
Ver el rostro de Cristo en el pobre no significa tener una visión extraordinaria. Significa aprender a mirar con amor. Cuando acogemos a alguien, cuando escuchamos sin prisas, cuando consolamos, cuando compartimos el pan o simplemente dedicamos tiempo a quien está solo, estamos encontrándonos con Jesús.
El pobre no es un problema que resolver. Es un hermano que amar. Y cuanto más amas, más fácil resulta reconocer la presencia de Cristo en cada persona. Es una mirada que nace de la oración y que poco a poco transforma toda la vida.
¿Por qué corona el día con la Santa Misa?
La Eucaristía es el centro de mi vida. Todo lo que hago durante el día encuentra allí su sentido. En la Santa Misa pongo sobre el altar a todas las personas con las que me he encontrado. Presento al Señor sus alegrías, sus sufrimientos, sus enfermedades, sus preocupaciones y también mis propias limitaciones.
Uno al sacrificio de Cristo todo lo que he vivido durante la jornada y le pido que complete con su gracia aquello que yo no he sabido hacer. La Misa me recuerda que no soy yo quien salva a nadie. El único Salvador es Jesucristo. Yo solamente intento ser un pequeño instrumento en sus manos.
Además, la Eucaristía me fortalece para volver a empezar al día siguiente con la misma ilusión. Sin ese encuentro diario con Cristo sería muy difícil mantener viva la esperanza y la alegría en el servicio.
¿Cómo puede ser muy fecunda la vida de una persona soltera?
La fecundidad de una vida no depende únicamente de formar una familia o tener hijos. El Evangelio nos enseña que una persona puede ser inmensamente fecunda cuando entrega su vida por amor.
En mi caso, el hecho de ser soltero me permite disponer de más tiempo, más libertad y más disponibilidad para servir a quienes me necesitan. Puedo acompañar a personas, visitar enfermos, colaborar en la parroquia y responder con mayor facilidad cuando surge una necesidad.
No considero que renuncie a formar una familia; más bien siento que Dios me ha regalado una familia mucho más grande. Cada persona que acompaño ocupa un lugar en mi corazón. La verdadera fecundidad consiste en dejar huellas de amor en la vida de los demás. Si al final de mi vida puedo mirar atrás y descubrir que algunas personas recuperaron la esperanza, volvieron a creer en sí mismas o sintieron el amor de Dios gracias a mi pequeña entrega, entonces podré decir que mi vida ha sido verdaderamente fecunda. Creo que todos estamos llamados a amar, cada uno según la vocación que Dios le regala. Y cuando una persona vive su vocación con fidelidad y alegría, su vida produce un fruto que permanece para siempre.
Por Javier Navascués
1 comentario
"Ver el rostro de Cristo en el pobre no significa tener una visión extraordinaria. Significa aprender a mirar con amor." Los medios principalmente nos muestran malos ejemplos (para darnos ideas, que los copiemos: "lo hace todo el mundo, todo el mundo sube el alquiler a sus inquilinos todo lo que puede"): nos animan a mirar al otro como presa. Muchísimas gracias por recordarnos la forma de mirar de Dios (amorosa) (amor puro, sin interés personal, sin condiciones, sin contabilidad) completamente opuesta y liberadora de la idolatría al dinero ("todo por la pasta"). Es que esto es la esencia de la religión (y de la vida): "al final de la vida seremos examinados en el amor".
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