La maestra Paloma León habla de In Deum Vivum: psicología católica al servicio del Dios

Paloma Leon tiene Maestría en Psicología Clínica y en Trastornos de la Personalidad y Psicosis. Es Licenciatura en Psicología y en Criminología e Investigación. Además, ha realizado formación especializada en diversas áreas complementarias, entre ellas: (Sagrada Teología, Psicología Católica, Psicología y Medicina de Santa Hildegarda, Exorcística…) y otras especialidades afines (nueve en total), orientadas al estudio integral de la persona humana.
Es directora y fundadora del Instituto In Deum Vivum de Psicología Católica, institución dedicada al acompañamiento terapéutico integral desde una antropología cristiana.
En esta entrevista nos habla de esta institución, así como de su historia personal y su proceso de conversión.
Háblenos de usted y de cómo nació su vocación por la psicología…
Considero que Dios fue preparando mi alma y mi misión desde muy temprana edad. Desde niña sentí una especial inclinación hacia las personas en situación de calle, hacia quienes padecen adicciones o se encuentran inmersos en la violencia. Siempre me preguntaba cómo era posible que hubieran llegado a esas circunstancias; esa inquietud constante iba acompañada de una profunda compasión. Crecí en un México que atravesaba una transición hacia una mayor violencia. Era real: la ira se percibía en el ambiente y las tragedias se escuchaban con frecuencia. Siempre fui católica y amo serlo; para mí es un gran honor. Sin embargo, viví también la experiencia de un catolicismo familiar débil, con una formación mínima y sin una valoración profunda de los sacramentos. Aun así, iba a misa, me confesaba y procuraba comulgaba de la mejor forma y, al llegar a la adolescencia, asumí con seriedad mi identidad como católica.
A los 16 años formaba parte de la escuela de pastoral, impartía algunos temas y era profundamente feliz en la Iglesia. No obstante, al ingresar a la preparatoria ocurrió una experiencia que marcó mi vida. Recuerdo con claridad que llevaba una cruz con la imagen de Jesús, el Buen Pastor. A partir de entonces, algunos profesores comenzaron a maltratarme de diversas maneras: se burlaban de la Iglesia, me insistían en que me quitara la cruz y hacían comentarios constantes en contra de la fe. Yo no comprendía lo que estaba sucediendo; parecía que la cruz los incomodaba, les quemaba. En las clases se repetía la idea de que la Iglesia nos había engañado y, poco a poco, aquellas palabras comenzaron a quebrarme interiormente. Sufría profundamente, porque para mí la realidad era completamente opuesta a lo que decían. Busqué ayuda en mi parroquia; acudí con el deseo de preguntar y de encontrar a alguien que me orientara, pero no hubo quien me acompañar, a ello se sumó la muerte de mi padre y el que mi madre tuvo que trabajar y sencillamente viví eso sola, sin guía.
Ese abandono se convirtió en herida…
Efectivamente, pues me hicieron dudar de aquello que yo amaba con todo el corazón. Continué llevando mi cruz durante un tiempo, después un día ya no la encontré, no supe como, fue algo muy extraño, decidí vivir mi fe de manera íntima, hoy comprendo más que fue el inicio de un proceso de descristianización programado, organizado, dirigido y entre sin ninguna ayuda, sin conciencia, nadie hablaba de ello en la iglesia, muchos jóvenes son adoctrinados en contra de Dios y la Iglesia cada día, en las escuelas y los medios de comunicación, como un veneno que se fue dando a gotas y hoy a dosis extremas, logrando así perder a tantos, dañando a la Iglesia y sus miembros de tantas formas, incluyendo las vocaciones. Siempre he sentido un profundo llamado a ayudar. Mi vida estuvo marcada por grandes dificultades desde la infancia; mis padres fueron dominados por la ira, el orgullo, la desconfianza, en mi siempre estaba la constante pregunta de por qué era así, eso me llevó a refugiarme en el estudio. Me convertí en una persona profundamente enfocada en aprender: leía de manera constante, no solo como pasatiempo, sino como la única forma que encontraba para calmar el dolor que todo aquello me provocaba.
Con el paso del tiempo, la exposición continua a ideologías anticristianas me condujo a un colapso interior: caí en depresión, perdí el sentido de la vida y me sentí vacía. Atravesé varias crisis en mi matrimonio y en mi familia, y fue entonces cuando comencé a buscar ayuda psicológica. Pasé por varios especialistas y, con gran dolor, descubrí la profunda corrupción que afecta hoy a gran parte de la psicología convencional: prácticas de la Nueva Era, chamanismo, esoterismo, terapeutas que hablan de “energías”, que invocan “maestros ascendidos” o aplican métodos ajenos a toda ética cristiana.
Afirma que lo más grave es que usted no acudía buscando eso.
Así es. Yo jamás busqué conscientemente nada esotérico; buscaba un profesional que me acompañara y me ayudara, yo iba a terapia con gente que se anunciaba como psicólogos. Sin embargo, una y otra vez encontré esta mezcla de psicología y nueva era, hacia supuestas técnicas que usaban en la sesion de psicoterapia y que hoy reconozco que era esoterismo, esto pasa también en varios cursos católicos, que se ofrecen como tal e incluyen nueva era, me parece terrible y un gran engaño, la gente tiene derecho a saber en que consiste tu servicio, yo nunca fui practicante de ninguna vertiente, no me involucré en ninguna práctica directa, siempre fue asi en terapia. Las consecuencias fueron devastadoras y terminé muy afectada.
¿Cómo salió de ahí?
Fue entonces cuando mi familia decidió llevarme con un sacerdote católico dedicado al ministerio de liberación. Aquel sacerdote, a quien considero comparable al padre Pío por los dones extraordinarios que Dios le ha concedido, fue instrumento de una liberación muy fuerte en mi vida. En ese momento tomé plena conciencia del daño que me habían causado las ideologías y esos pseudopsicólogos (oro por ellos) y el gran error de alejarme de la Iglesia de sus Sacramentos, de Mama María, de mi amado Jesús. Allí rogué a Dios una nueva oportunidad y le pedí perdón. Comprendí con claridad el engaño del progresismo y de los enemigos de la Iglesia, me sentí robada, me habían saqueado sin darme cuenta. Viví un verdadero despertar espiritual: todo comenzó a tomar su lugar, entendí el engaño de tantos años y, finalmente, le prometí a Nuestro Señor Jesucristo que el resto de mi vida se lo ofrecería para servirle. Sentí profundamente que Él aceptaba esa entrega y salí de aquella liberación envuelta en una paz interior indescriptible.
El sacerdote me dio seguimiento y continuamos asistiendo. Doy testimonio de que fui sanando con cada Eucaristía, con cada misterio del Santo Rosario. Sentía un fuego nuevo en mi corazón. Dios me resucitó, como a Lázaro. Comencé a leer la Sagrada Escritura y mi vida se centró completamente en Jesús. Experimenté lo que expresan Filipenses 3,8 y Mateo 13,44: encontré un tesoro y lo dejé todo.
Dejó su trabajo, una consultoría que estaba en proceso, una maestría que me faltaban dos meses por concluir, amistades, malos hábitos y todo aquello que no era Jesús.
Me abandoné completamente a Él, lo incluí en cada aspecto de mi vida, con el temor santo de no volver a perderlo. Fui sanando, consciente de que la sanación es un proceso continuo. En mi vida se restablecieron áreas que la psicología jamás pudo tocar. Me encontré con Cristo Médico, del que hablan los Santos Padres de la Iglesia. Jesús es infinitamente más y ha dejado en su Iglesia todo lo necesario para sanar y sostener a sus hijos. Sin embargo, los constantes ataques a la Iglesia han hecho que perdamos conciencia de esta riqueza y, de manera casi imperceptible, se han despreciado las bases que durante siglos dieron solidez, salud mental y virtud a los católicos a las familias.
Interiormente comencé a secarme. En las carreras de criminología y psicología fue especialmente doloroso constatar cómo, desde ciertos enfoques, se utilizaban estas disciplinas para negar sistemáticamente a Dios y desacreditar de manera constante a la Iglesia Católica. De este modo, inicié un proceso de alejamiento de la Iglesia: nunca dejé de creer en Dios, pero sí en la Iglesia. Comprendo hoy que esa es una estrategia particularmente cruel, porque cuando se logra separar al creyente de la Iglesia, la pérdida más grande es el abandono de los sacramentos, de Jesucristo y de María. El Rosario, que me fue enseñado desde niña, fue reemplazado poco a poco por una ideología que, con insistencia y desgaste, contradecían todas las bases de nuestra fe, Terminé alejándome con la sensación de haber sido engañada por todos, pero Dios en su misericordia me rescató y liberó.
¿Cómo fue ese camino de vuelta a la Iglesia?
Ya en mi proceso de inicio de conversión, encontrándome en el Templo Expiatorio de la Ciudad de México, donde reposan los restos del Siervo de Dios Félix de Rougier, templo administrado por los Misioneros del Espíritu Santo y profundamente marcado por la espiritualidad de la Beata Concepción Cabrera de Armida, viví un momento decisivo en oración. Durante ese tiempo recibí mociones interiores que posteriormente fueron analizadas y discernidas, primero con un director espiritual y, más adelante, con otros dos sacerdotes católicos. En ese contexto de adoración, escuché interiormente, desde la custodia, la frase:“Mira cuánto daño han hecho a mis hijos”. Aquellas palabras fueron como una luz que despertó mi entendimiento; todo comenzó a ordenarse interiormente, como si un rompecabezas fuera encajando pieza por pieza. De manera progresiva, y especialmente durante la celebración de la Santa Misa, fui adquiriendo una nueva conciencia de la realidad que había vivido y del daño que me causaron estas estrategias anticristianas.
A partir de ese momento, comencé un camino serio de estudio y formación: realicé cursos, diplomados y dos maestrías; me orienté de manera decidida hacia la investigación, la teología y la patrística. Todo ello fue acompañado de una intensa vida de oración. En ese clima espiritual recibía inspiraciones concretas, que siempre procuraba revisar con calma y discernimiento de un sacerdote, verificando su solidez doctrinal. Tenía claro que no se trataba de proponer una “psicología católica” superficial o fanática, ni de reproducir inconsistencias o improvisar, todo requería tiempo, investigación, estudio y oración. Todo se fue dando de manera providencial. Llegaban los libros adecuados, las personas precisas, los cursos necesarios, fortaleciendo cada vez más una propuesta que confío corresponde a la voluntad de Dios. Comprendí entonces que, por un bien mayor, el Señor me había permitido atravesar todo aquel camino de dolor y búsqueda. Nada había sido en vano: todo tenía un sentido y un propósito.
Usted afirma con claridad que no niega ninguna especialidad ni está en contra de la ciencia.
Confío plenamente en que Dios ha permitido al ser humano crecer, investigar y desarrollar métodos y formas que mejoran la vida. Mi postura no es de rechazo, sino de mayor profundidad y responsabilidad: considero indispensable un estudio más amplio antes, durante y después de cualquier proceso terapéutico, así como una investigación seria, ética y comprometida con la persona en su totalidad. Es innegable que, en muchos casos, resulta más sencillo encuadrar un trastorno y medicar. Sin embargo, estudiar verdaderamente a una persona requiere valor, tiempo y compromiso. Implica escuchar, discernir, orar y pedir a Dios guía y entendimiento. Sin duda, habrá pacientes que necesiten acompañamiento de un psicólogo convencional que ejerce su profesión con integridad; otros encontrarán estabilidad mediante enfoques como el cognitivo-conductual; habrá quienes requieran intervención psiquiátrica y logren un equilibrio adecuado con el uso responsable de medicamentos. No es mi posición negar ninguna de estas posibilidades. Por el contrario, reconozco y valoro profundamente disciplinas como la neuropsicología, la psiquiatría nutricional y la medicina funcional, que, cuando se aplican correctamente, pueden ser extraordinariamente beneficiosas. La ciencia bien ejercida es un don. La propuesta de este Instituto es abrir una opción sólida y responsable dentro de la doctrina católica, que no incorpore prácticas contrarias a la fe ni ponga en riesgo al paciente. Es un espacio para personas que viven su fe y no desean encontrarse con ideologías ajenas o contrarias a ella, sino con fundamentos católicos que les ayuden a discernir y tomar decisiones a la luz de la Voluntad de Dios. Aquí la terapia no se limita únicamente a “estar bien”, sino a comprender el propósito, la misión y la vocación de la propia vida. Es un acompañamiento donde la salvación del alma es considerada, donde el ser humano no es reducido a un síntoma ni tratado como un medio económico, y donde no se apuesta por inflar el ego para alcanzar una estabilidad superficial. La persona es mirada como un hermano en Cristo, y recibe una atención que brota de la virtud, de la caridad y de la verdad. En este camino, el terapeuta también crece, se purifica y vive su fe de manera honesta, buscando la integridad y la coherencia, sin imponer a otros cargas que él mismo no esté dispuesto a llevar.
Con el paso del tiempo se fue desarrollando un método orientado a un perfil específico: los católicos.
Al comenzar a atender pacientes, se hizo evidente la magnitud de la necesidad existente. He recibido numerosos testimonios de personas católicas que vivieron experiencias negativas en procesos terapéuticos previos, donde recibieron consejos contrarios a la fe cristiana o claramente alineados con ideologías del mundo. Lejos de ayudar a su crecimiento espiritual, estos enfoques, bajo el argumento de libertad y bienestar, terminaron promoviendo una visión egocéntrica de la persona y causando un gran daño. En este camino, fui recibiendo —como inspiración de Dios— respuestas, alternativas y criterios de discernimiento en espacios de oración, estudio y acompañamiento espiritual. Estas luces se apoyaron especialmente en la teología espiritual, la patrística, la espiritualidad de la Cruz y las enseñanzas de santa Hildegarda de Bingen, cuya visión integral del ser humano resulta de gran valor para el acompañamiento terapéutico.
La práctica clínica le confirmó estas intuiciones.
Pude constatar numerosos errores de diagnóstico derivados de miradas reduccionistas: cuando se absolutiza una sola dimensión de la persona. Ni todo es espiritual, ni todo es demonio, ni todo es psicológico o psiquiátrico, ni todo puede explicarse exclusivamente desde el funcionamiento del cerebro, ni aplica a todos ser medicados. El ser humano es una unidad de cuerpo, alma y espíritu, y cualquier acompañamiento que ignore esta realidad corre el riesgo de ser incompleto o incluso limitado. Este método nace, por tanto, de la experiencia clínica, del discernimiento espiritual y de una antropología cristiana integral, con el deseo de ofrecer un acompañamiento verdaderamente humano, fiel a la fe y respetuoso de la dignidad de la persona. Este camino ha sido una lucha constante, una verdadera batalla. Con frecuencia le digo a Jesús, el Amado: “Si este Instituto no lo diriges Tú, fracasará”. El error forma parte de la condición humana, la ceguera espiritual actúa como un sedante peligroso. Por ello, el área de investigación es fundamental: no se trata únicamente de dialogar en un proceso terapéutico, mucho menos de improvisar, sino también de estudiar el camino recorrido, evaluar los avances y discernir con honestidad los resultados.
Hay pacientes que, por la gracia de Dios, han experimentado una gran recuperación. En otros casos, cuando no se observa progreso o cuando la situación supera el ámbito de nuestra especialidad, actuamos con absoluta transparencia: lo comunicamos claramente al paciente y, cuando es necesario, lo canalizamos a la especialidad que corresponde, siempre informando, acompañando o cuidando la toma de decisiones, estos casos han sido los menos la mayoria se queda por gracia de Dios. No lo podemos todo; Dios nos libre de tal soberbia. Pero aquello que Nuestro Señor permite que hagamos, lo realizamos con todo el corazón y con la fe puesta en la Santísima Trinidad, en Mamá María y en San José. No somos una empresa; somos una asociación cuyos principios están orientados a colaborar, en la medida que Dios lo permita, con la salvación de las almas.
¿Por qué se especializó en Trastornos de Personalidad y Psicosis, Psicología Clínica y Criminología?
Considero que esta pregunta queda respondida a la luz de lo expuesto anteriormente. Solo añadiría que decidí estudiar Criminología a raíz de una invitación para participar en un proyecto que resultó ser una experiencia muy valiosa. Formaba parte del trabajo que realizaba en ese momento; me fue muy bien y aprendí sobre la conducta humana. Posteriormente me especialicé en delincuencia organizada, conductas antisociales, trastornos, lo que me permitió conocer diversas vertientes culturales, la influencia de las subculturas, sus dinámicas internas, los sistemas que las sostienen, así como aspectos de geopolítica y otros factores estructurales. Todo ello me aporta una visión amplia al momento de realizar el estudio de cada caso. Doy testimonio de que, cuando se analizan de manera integral factores como la influencia del entorno —la familia y su dinámica, la zona en la que vive la persona y su contexto social—, junto con la dimensión espiritual (prácticas, cultos y vida de fe), así como la influencia de los medios de comunicación, las ideologías, y estos elementos son debidamente atendidos, los pacientes presentan mejoras significativas.
La criminología es una disciplina de enorme valor que fortalece de manera directa a la psicología. En ella se estudian áreas como neuroanatomía, sociología, psicología clínica, antropología, criminalística, estadística y mas; es una profesión que te capacita para analizar conductas, detectar mentiras, evaluar entornos, influencias sociales, culturales, ideológicas, espirituales, se comprende la conducta humana de forma más especializada, lo cual beneficia de manera integral todo el proceso terapéutico.
Durante mi formación en criminología, observé una variable constante: personas que habían incurrido en conductas antisociales graves referían escuchar voces que les daban órdenes, realizaban dibujos de figuras demoníacas o manifestaban de diversas formas la presencia de una realidad espiritual maligna. Muchos afirmaban con claridad que no deseaban realizar esos actos, pero que algo los impulsaba u ordenaba hacerlo. Este dato lo he estudiado durante años; continúo comparando información e identificando patrones de conducta e influencias. En la actualidad, muchas de estas manifestaciones suelen ser etiquetadas automáticamente como “locura” o encuadradas sin mayor discernimiento dentro de algún trastorno. Sin embargo, no todo puede ni debe reducirse a ello.
Estoy convencida de que cada persona merece un estudio serio y respetuoso, como expresión de su dignidad. Siempre me negué a encasillar toda experiencia humana dentro de un diagnóstico automático, pues me parecía una falta de respeto a la vida del otro. Interiormente me decía: merece ser escuchado, merece que al menos se intente comprender qué ocurrió, la incomprensión también enferma y debilita, ser comprendido es también ser reconocido y respetado. Conozco técnicas que permiten identificar cuando una persona miente y cuando no; en muchos casos, los relatos eran congruentes. Comprendí entonces que lo más honesto era investigar y abrirme a comprender la dimensión espiritual desde las bases sólidas de la Iglesia Católica, la teología y la demonología. En la terapia hay algo que me parece hermoso, primero mi trabajo es mirar con compasión al paciente, cuando narran lo que sienten o piensan fortalecemos que no hay etiquetas, no te encasillo en un trastorno, no eres ¨bipolar¨, ni ¨toc¨, ni un ¨loco¨, no eres el mal que te cometieron, ni el mal que has realizado, eres hijo de Dios y muy amado, desde ahí podemos avanzar, desde su dignidad, ese siempre es un gran comienzo, Dios obra de tantas formas, es su terapia, se ora por los pacientes todos los días. En la actualidad hay un sistema que ataca directo la identidad, manipulan los pensamientos y sentimientos, es el sometimiento del libre albedrio.
¿Por qué añadió la especialización en Teología Espiritual y Patrística?
Los Santos Padres identifican la salud original del ser humano con el estado de perfección para el cual fue creado. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26), lo que implica la capacidad de asemejarse plenamente a Él y de participar de todo bien. En este sentido, la virtud pertenece a la estructura misma del alma humana: el hombre es virtuoso por naturaleza en cuanto creado para el bien, y, tras el pecado original, las virtudes permanecen como capacidades orientadas hacia la perfección. Los Padres de la Iglesia afirmaban que la enfermedad comienza primero en el alma y posteriormente se manifiesta en el cuerpo. Para ellos, la verdadera salud del ser humano tiene su fundamento en la virtud, mientras que la enfermedad espiritual se origina en los vicios o pasiones, también conocidos como pecados capitales. Existe una enseñanza amplia y constante según la cual la conducta humana debe configurarse a partir de la imitación de Jesucristo, a quien reconocen como el arquetipo perfecto y el modelo supremo a seguir. Esta configuración se realiza mediante la práctica concreta y perseverante de las virtudes.
En este marco se integran dos aportaciones fundamentales: el estudio y la experiencia espiritual que Dios concedió a santa Hildegarda de Bingen Doctora de la Iglesia y a la beata Concepción Cabrera de Armida, cuyas enseñanzas ofrecen una aplicación práctica de estos principios. Sus escritos pueden entenderse como verdaderos manuales de conducta espiritual que, con el tiempo, la experiencia y la gracia de Dios, han sido progresivamente perfeccionados para el beneficio de las almas. De este modo, la vida de los santos, junto con la enseñanza de los cinco Doctores de la Iglesia más influyentes en la teología espiritual, se convierte en un fundamento sólido para orientar la conducta humana, la toma de decisiones y el ejercicio responsable del libre albedrío. En la vida de los santos encontramos modos concretos de afrontar las dificultades, discernir, actuar y perseverar; no se trata de ideas procedentes del mundo, sino de referencias probadas y firmes. A ello se suma la Sagrada Escritura, leída desde una teología seria y sana, no desde interpretaciones subjetivas u opiniones personales, sino desde lo que la Iglesia ha enseñado de manera sabia.
Los Padres de la Iglesia hablan con claridad de un combate espiritual, en el cual la mente se convierte en un verdadero campo de batalla. La mente no se identifica con el cerebro. Mientras que la psicología y la psiquiatría suelen atender al paciente principalmente desde el enfoque del cerebro como órgano —y gran parte de la medicación se orienta a este nivel—, para la tradición de la Iglesia la mente está en función del alma: es intangible, no es un órgano, y requiere un abordaje acorde a su naturaleza. Cuando se atiende desde esta comprensión integral, se producen grandes avances. Comprender, desde la doctrina cristiana, el sentido de la vida, el valor de vivir en virtud, el significado de las pruebas, la purificación, la vocación y la misión personal, así como la existencia de un plan de salvación, ofrece al alma un marco de sanación profundo. Incluso, los Padres enseñan la existencia de mecanismos de tentación que permiten discernir qué pensamientos no deben ser acogidos ni consentidos. En este punto, los Padres del Desierto, y de modo especial Evagrio Póntico, ofrecen una auténtica terapéutica espiritual frente a los pensamientos malignos.
.¿Cómo nació el Instituto In Deum Vivum y con qué objetivos?
En la práctica terapéutica comencé a notar que existía una influencia espiritual maligna, independiente del trauma o del trastorno psicológico. Esto me llevó a profundizar en el estudio junto con mi esposo; ambos cursamos una maestría en una Universidad Pontificia, donde tuve la oportunidad de conocer a varios sacerdotes. Un día, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, durante una confesión, expresé a un sacerdote mi preocupación por lo que estaba observando en la terapia. A partir de ese encuentro comenzamos a dialogar; todo fue providencial. El sacerdote contaba con el permiso de su obispo para realizar oraciones de liberación y me compartió generosamente su valiosa experiencia. Me invitó a participar en espacios de oración y un dia me dijo: “Trae a tus pacientes”. Les expliqué a los pacientes detalladamente y aceptaron, de ese primer grupo tuvieron un avance impresionante casi un 80%, otros avanzaron pero requirieron de mas tiempo, pero si puedo afirmar que todos mejoraron en varios aspectos.
Este sacerdote cursaba la maestría en Mariología en la misma Universidad que nosotros. Durante cuatro años tuvimos mi esposo y yo el honor —inmerecido— de acompañarlo en este camino. Tomábamos notas, dábamos seguimiento a los casos y aprendimos de forma muy responsable sobre el plano espiritual. Comprendí con claridad y la sabiduría del sacerdote, la línea que distingue lo espiritual, lo psicológico y lo físico. Es un gran sacerdote, a quien estoy profundamente agradecida, pues contribuyó de manera decisiva en mi formación y compartió conmigo su experiencia con gran generosidad, vi en 4 años a muchas personas ser sanadas y liberadas, en donde el protagonista no era el demonio, ni sus ataques o estrategias, el centro era Dios, su virtud, su caridad, su fuerza sanadora y liberadora, eso sumado a un proceso terapéutico como lo he expresado, se convierte en una verdadera bendición, una gracia de Dios.
Él insistía constantemente en la virtud, en la responsabilidad personal y en la necesidad de combatir el fanatismo, la fantasía y el pensamiento mágico. Subrayaba que no tenemos la capacidad de ver el mundo espiritual y que, por ello, lo más sólido y seguro que podemos hacer es orientar el trabajo terapéutico, de sanación o de liberación hacia la virtud. Coincidíamos en que el pecado capital ejerce una influencia directa en la conducta y que, cuando este se trabaja adecuadamente, el paciente avanza y, con la ayuda de Dios mejora. Cuando alguien le decía al sacerdote que le habían hecho brujería o sentía ataques, él respondía: “Vamos a revisar qué hiciste para que esto te pasara”. Lo hacía con gran caridad, buscando que la persona asumiera responsabilidad sobre sus propios actos: su conducta, su forma de comunicarse, la toma de decisiones, su respuesta ante la situación y la manera en que ejercía su fe, en esas áreas cooperaba yo para escuchar, anotar y orientar. De este modo, ni el demonio ni el problema se colocaban en el centro, sino Dios y el uso que cada persona hace de su libertad. Se reflexionaba sobre cómo se habían ido alejando de Dios, qué pensamientos o sentimientos les habían conducido a ello y cómo estaban respondiendo a las pruebas, entendidas como oportunidades de purificación de las pasiones que le dominaban. Este enfoque resulta valioso, porque en el análisis y la reflexión la persona termina asumiendo su responsabilidad en su justa medida. Y entonces no solo avanza en su proceso, sino que, por la gracia de Dios, crece verdaderamente.
Ahí nació el Instituto…
Puedo decir que fui acompañada por ese gran sacerdote, quien con el tiempo se convirtió en mi director espiritual. Él fue escuchándome, compartíamos opiniones, le expliqué las bases, objetivos y toda la estructura del proyecto. Todo se fue gestando en un proceso profundamente marcado por la oración, la investigación, el estudio y la experiencia. Guardo con especial gratitud las notas de aquellos días tan hermosos. Aunque también estuvieron marcados por batallas, tentaciones, pruebas y todas las dificultades que este camino implica, siempre experimentábamos una profunda alegría cuando alguien lograba recuperarse. Al mismo tiempo, aprendimos a mirar con compasión a aquellos a quienes Dios permitía que su proceso tomara más tiempo. Ahí comprendí que es Dios quien decide, y que también eso debe respetarse. Nuestra tarea es servir con la mayor entrega, con fe, trabajando la virtud y permaneciendo fieles; el resto pertenece a la Voluntad de Dios. Esta comprensión nos ayudaba a mantener el equilibrio, a no dejarnos vencer por los defectos ni por la desesperanza. El sacerdote nos enseñó a vencernos a nosotros mismos, a combatir nuestros defectos y a comprender que ese trabajo sería para toda la vida; a ser responsables, respetuosos y a luchar por actuar siempre con virtud. En ese tiempo yo no tenía claridad sobre cuánto influyen las pasiones en la conducta humana, y por ello el padre me corregía constantemente, pero siempre con gran caridad.
Esas correcciones las agradezco y las valoro como un gran tesoro, pues fortalecieron en mí un mayor amor por Dios. Hoy reconozco el valor de la humildad, la obediencia, la corrección fraterna y de la responsabilidad, como pilares indispensables para la vida espiritual. Aquellos espacios iniciaban siempre con la Santa Misa, adorando a Nuestro Señor, y participábamos junto al sacerdote como intercesores en los momentos de oración.
¿Con qué equipo de profesionales cuentan?
-Maestros en Psicología Clínica
-Licenciados en Psicología con enfoque católico
-Licenciado en Teología
-Licenciado en Criminología, Sociología (estadística)
El Instituto capacita, evalúa y actualiza a sus integrantes de manera anual. A partir de las investigaciones realizadas y de los avances que han permitido un mayor progreso en los pacientes, el método se perfecciona continuamente, haciéndose cada vez más específico y funcional. Este método se ofrece actualmente a través de dos diplomados: Diplomado en Psicología y Espiritualidad Católica y Diplomado en Terapia y Sanación de los Pecados Capitales.
Cada año se convocan los Diplomados; el próximo se realizará en marzo de 2026. Puede ser vivido por cualquier católico como un proceso de crecimiento personal, o bien cursado por especialistas en salud mental, ya que en él se aprenden técnicas terapéuticas orientadas al abordaje de vicios o defectos de carácter. Dado que el pecado capital ejerce una influencia determinante en la conducta, su adecuado trabajo y tratamiento favorece mejoras significativas, incluso en diversos trastornos. Actualmente nos encontramos en un proceso de reorganización, pues por la gracia de Dios hemos crecido y es necesario capacitar a nuevos integrantes y ampliarnos. Sin embargo, no contamos con bienhechores; avanzamos poco a poco con la providencia de Dios, y gracias a los recursos que provienen del pago de cursos y terapias. La investigación es un área muy poco apoyada, pero a la que nos aferramos con convicción, pues conocemos el bien que genera.
¿Qué tipo de servicios ofrecen y por qué, además de a seglares, muchos de ellos van destinados a sacerdotes y consagrados?
Nuestros servicios se ofrecen totalmente en modalidad en línea y se desarrollan en pleno cumplimiento de la legislación vigente, incluyendo la protección de datos personales y las demás normativas aplicables. Asimismo, le Instituto se encuentra legalmente constituido.
Ofrecemos 3 servicios:
1. Terapia con enfoque católico para consagrados, matrimonios, adultos y adolescentes.
2. Formación para laicos y profesionales de la salud a través de Diplomados.
3. Ministerio de Intercesión, el cual se realiza en coordinación con varios sacerdotes católicos de México. A través de este ministerio se puede solicitar oración y se ofrece un espacio virtual mensual con la participación de distintos sacerdotes dedicados a la oración de liberación. Asimismo, se imparten cursos en modalidad virtual. Este tercer servicio es totalmente gratuito. Los dos primeros se ofrecen con un costo muy accesible que, por gracia de Dios, permite sostener el proyecto.
Con respecto a los sacerdotes, Dios me concedió la gracia de atender por primera vez a uno, experiencia que fue profundamente significativa. El primer sacerdote que acompañé era de España; Dios bendiga siempre a España. Fue una vivencia muy enriquecedora, que abrió un amplio campo de gracia para amar más profundamente a la Iglesia y para comprender realidades que, en este ámbito, suelen ser especialmente difíciles y delicadas. Posteriormente, un sacerdote me recomendó con otro y, de manera providencial, se fueron abriendo nuevas oportunidades para acompañar también a religiosas, diáconos y seminaristas.
¿Por qué es una metodología 100 % católica sin incluir ninguna práctica heterodoxa?
La experiencia nos fue mostrando que la base de la virtud va ordenando todo, es impresionante como un acto en virtud es un campo de gracia, mejora la comunicación, las relaciones, por supuesto que es progresivo que tiene sus batallas, pero si se persevera se vuelve una base tan importante que hasta la familia lo nota, hay una mejora en la conducta, baja la tensión, el estrés, la ansiedad, el pecado capital influencia la conducta, cuando se es consciente, se van mejorando malos hábitos, defectos de carácter y eso tiene una influencia en el entorno, si el paciente presenta un trastorno, se trabaja primero lo espiritual y una vez que se logran avances trabajar el trastorno es más accesible, porque principalmente baja la tensión, el conflicto, el miedo o el bloqueo que no permitía avanzar al paciente, tenemos testimonios de pacientes que nos dicen desde la primera sesión lo que sentí fue seguridad, calma, que solté la presión que me generaba, hay quien despierta, toma conciencia, ven otra parte del problema, ven opciones, respuestas, se amplía la comprensión, desde una visión cristiana le da sentido a todo, le da propósito, encuentran motivación, porque ellos ya tienen una fe, tienen sacramentos, ellos ya creen en Dios y es como un orden que con la ayuda del Espíritu Santo genera mejoras.
Concluyo que la Psicología Teológica Católica que nosotros aplicamos, es una especialidad más, porque la Teología es una ciencia, Santo Tomás de Aquino la llama scientia, porque:
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Tiene un objeto propio: Dios y su Revelación.
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Posee principios (la Revelación divina, la Sagrada Escritura y la Tradición).
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Utiliza un método racional: análisis, argumentación, síntesis y sistematización.
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Busca un conocimiento verdadero y ordenado, no meras opiniones.
Respetamos plenamente la libertad de elección de los pacientes. Se explica con claridad en qué consiste el acompañamiento y, si lo aceptan tal como es, se inicia el proceso; nada se impone. Todo se ofrece dentro de un ambiente de comprensión y caridad. Esta terapia es una opción valiosa para los católicos, donde, cuando el paciente se compromete tanto como el terapeuta, el avance suele ser extraordinariamente positivo.
-¿En qué elementos espirituales se fundamenta?
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La Sagrada Escritura
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Larchet, J.-C. (2014). Terapéutica de las enfermedades espirituales. Salamanca: Ediciones Sígueme. (1.ª ed.; 4.ª ed. enero 2024).
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Cabrera de Armida, C. (s. f.). De las virtudes y de los vicios. México: Editorial La Cruz.
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Hildegarda de Bingen. (2011). Libro de los méritos de la vida (Liber vitae meritorum) (A. A. Fraboschi, Trad.). Madrid: Miño y Dávila.
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Royo Marín, A. (1954). Teología de la perfección cristiana. Madrid: Editorial Católica (BAC).
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Garrigou-Lagrange, R. (1975). Las tres edades de la vida interior: Preludio de la del cielo. Madrid: Ediciones Palabra.
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Garrigou-Lagrange, R. (1945). Las tres vías y las tres conversiones (C. Fernández, Trad.). Bilbao: Desclée de Brouwer.
¿Por qué abordan igualmente la terapéutica de las enfermedades espirituales, la sanación, la liberación y la medicina de Santa Hildegarda…?
Este enfoque constituye un marco de actuación integral, consciente de que no todas las personas necesitan lo mismo, ni requieren las mismas especialidades. El proceso terapéutico inicia con un diagnóstico, en el que se estudia de manera amplia la historia de vida del paciente: sus hábitos, defectos predominantes (pecados capitales), estilo de comunicación, relaciones interpersonales, estructura y dinámica familiar, alimentación, entorno social y cultural, las diferentes influencias de la zona donde viven. Asimismo, se consideran las dinámicas espirituales, las posibles prácticas anticristianas realizadas por el paciente o por su familia, la influencia de los medios de comunicación.
De igual modo, se evalúan aspectos cognitivos y emocionales como el nivel de atención, dispersión, memoria, comprensión e inteligencia, así como la presencia de traumas, heridas emocionales y experiencias significativas. Todo este proceso se realiza en un clima de respeto, escucha y discernimiento. Paralelamente, se ora por el paciente, pidiendo a Dios luz y guía, y se confía el proceso a la intercesión de la Santísima Virgen de Guadalupe. Además, los terapeutas se reúnen semanalmente para orar juntos por los pacientes que acompañan.
Una vez concluido el análisis, se elabora un plan de trabajo personalizado en el que se identifican las áreas que deben abordarse durante la terapia y se establece un orden de atención. Siempre se respeta la necesidad que tiene el paciente de atender una problemática central o el dolor que desea trabajar; al mismo tiempo, de manera paralela, se van implementando acciones orientadas a atender aquello que origina el problema en la conducta. Este proceso es progresivo y nunca invasivo; somos muy cuidadosos y no impositivos pues consideramos que es mejor ayudar a la reflexión y al crecimiento. El análisis se realiza de manera conjunta, aportando los principios católicos, los cuales brindan orden, sentido y valor. Este equilibrio entre la demanda del paciente y el discernimiento terapéutico resulta esencial para el proceso terapéutico. Todo el conocimiento anteriormente descrito se aplica de manera prudente y gradual, según las necesidades concretas de cada caso.
Trabajamos la responsabilidad personal ante la problemática que se vive, a la luz de los principios de la prueba enseñados por los Santos Padres de la Iglesia, quienes afirman que todo lo que experimentamos en la vida constituye una prueba espiritual. En cada una de ellas estamos llamados a actuar con virtud y a combatir las pasiones. Toda prueba superada se convierte en ocasión de crecimiento espiritual, mientras que aquella que no se enfrenta o no se supera tiende a fortalecer el pecado capital correspondiente.
¿Qué afirman los santos al respecto?
San Isaac el Sirio afirma que “la tentación es útil a todos los hombres”, pues cumple una función positiva en el camino espiritual. En el mismo sentido, el apóstol Santiago enseña: “Bienaventurado el hombre que persevera bajo la prueba, porque una vez que ha sido aprobado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que le aman” (Sant 1,12).
Los Padres de la Iglesia subrayan que el progreso espiritual es posible precisamente gracias a las tentaciones y, por consiguiente, a los pensamientos que estas suscitan en el hombre. Si tales pruebas no se presentaran, no se podría avanzar más allá del estado espiritual en el que se encuentra cada persona, como enseña san Barsanufio.
Asimismo, san Isaac el Sirio exhorta: “En todas las tentaciones, condénate a ti mismo como causante de que te sucedan”, señalando que los demonios encuentran en las pasiones ocultas del alma los medios para provocar pensamientos desordenados. De este modo, tienden sus trampas con especial sutileza en aquellas áreas del alma que se encuentran más débiles o enfermas.
Este enfoque abre el camino a la purificación de los defectos y, con ello, al progresivo restablecimiento de la salud mental, pues —como ya se ha señalado— constituye la base fundamental del proceso.
Existe una gran riqueza espiritual y una valiosa fuente de ayuda en la tradición de la Iglesia Católica que debe ser redescubierta y recuperada.
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Por Javier Navascués
1 comentario
"El Padre la eligió entre todas las mujeres desde el Principio al Fin del Mundo".
(Y eso lo reconoce hasta el mismo Mahoma y así está escrito en el Corán III: 31, 37, 40, 42, y no reconoció al Hijo porque sino él dónde quedaba; pero es que además tenía la escusa que siempre estuvo rodeado de sectas e iglesias no católicas, y fue eso precisamente lo que le llevó a creer que la doctrina de los cristianos no estaba en la verdad).
"Llena de Gracia Esposa del Espíritu Santo".
(También Mahoma reconoce con minúscula que fue obra del Espíritu, XIX: 16-22, 35.).
"Madre del Hijo, al que dio su Carne y su Sangre".
(También Mahoma lo reconoce, que fue virgen antes de ser engendrada por sus padres, virgen al nacer y virgen toda su vida sin más hijo que Jesús, XXI: 91. LXVI: 12).
"Madre de Dios y Madre Nuestra".
(Mahoma no lo reconoce porque su principal referente fue el nestorianismo. Unos meses antes de morir, fue con sus dos pequeños nietos, su única y querida hija Fátima y su marido Alí a territorio nestoriano para someterse al "juicio del fuego", el "juicio de Dios", que consistía en entrar en la hoguera y quien salía como si nada era el que Dios estaba con él y su verdadera doctrina: los nestorianos se negaron. Faltaban muchos siglos para que apareciese san Francisco de Asís, que eso de entrar y salir del fuego para demostrar la verdad lo hizo en cierta ocasión, y lo quiso repetir ante el sultán de Egipto, pero el sultán conociendo la santidad de Francisco no le permitió que entrase en el fuego).
Y como Dios no tiene que dar explicaciones a nadie, el único que no se enteró de nada fue Satanás o Lucifer jefe de los masones, que María es la Gran Obra de Dios, del "Misterio de Dios" que escribió un gran santo como Ignacio de Antioquía.
A Mahoma Satanás le metió el gol Jesús y Mahoma le metió a Satanás el gol María, y en los últimos minutos del partido y de suerte, Mahoma le metió el gol Fátima: y resulta que muchos siglos después, en un terreno de un desconocido pueblo portugués llamado Fátima, se aparece la Madre de Dios y Madre Nuestra y pide que el Papa en unión de todos los obispos Consagre al Mundo y a Rusia y solo nombra Rusia y punto... ¡y ni caso, unos lo hicieron a su manera y otros como los otros, al final nada !
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