(InfoCatólica) El Obispo de Sant Feliu de Llobregat, monseñor Xabier Gómez García, obispo dominico, dedica una carta pastoral al sacramento de la reconciliación, en la que anima a los católicos a redescubrir la confesión y pide a los sacerdotes de su diócesis que faciliten su acceso en las parroquias. El punto de partida es una imagen tomada del mundo del espectáculo, la del confesionario que la cantante Rosalía llevó a un escenario.
Una intimidad hecha espectáculo
El prelado arranca con un diagnóstico de época. «Vivimos en una sociedad exhibicionista», escribe, en la que las redes sociales invitan a mostrar dónde estamos, qué comemos, qué pensamos e incluso cómo nos sentimos, y en la que muchas expresiones musicales y audiovisuales convierten lo íntimo en materia de exhibición. «Hasta la creativa Rosalía instaló en el escenario un confesionario».
Tras esa necesidad compulsiva de expresarse, advierte, late muchas veces un deseo legítimo de ser vistos, escuchados y queridos. Pero la atención a la imagen tiene un precio: «Exponemos y explotamos nuestra imagen, pero descuidamos la arquitectura de nuestro ser profundo, la paz del alma».
La culpa como brújula
Ser humanos, recuerda el obispo, obliga a convivir con la culpa. Apoyándose en la psicología, distingue una culpa sana, que actúa como brújula interna, el remordimiento que avisa de un error real y que empuja a pedir perdón, a Dios y a los demás en el caso de los creyentes, a reparar el daño y a cambiar de conducta.
En ese contexto sitúa su llamada. Los católicos «podemos y debemos acudir al sacramento del perdón», y añade que «sería un error pensar que es algo trasnochado».
Un sacramento de curación
La confesión, explica, convierte la intimidad en un ámbito sagrado de confidencialidad, respeto y olvido, donde es posible nombrar errores, inmadureces o pecados sin temor a ser juzgado ni a quedar atrapado por ellos. «Solo hay algo tan liberador como escuchar decir "yo te perdono" y es oír decir "yo te querré siempre"».
«Todos necesitamos la misericordia de Dios», insiste. Lo define como un sacramento de curación, «tan bello y desarmado como la humildad que lo hace posible», que regala paz y serenidad de conciencia, consuelo espiritual y fortaleza para volver a la vida cotidiana. Y marca una frontera expresa, porque la confesión no se confunde con el acompañamiento espiritual ni con la terapia psicológica, que pertenecen a otros ámbitos.
El confesionario, abierto
La carta concluye con un encargo a los sacerdotes. El obispo les invita a revisar los horarios, los espacios, la ambientación, la motivación y la acogida, para que el sacramento sea accesible en la vida ordinaria de las parroquias. «Ofrezcamos una escucha sacramental exquisita, paciente y compasiva, capaz de hacer de cada confesión una experiencia liberadora y gratuita», pide, y cierra con un criterio sencillo: «Tratando a quien llega como quisiéramos ser tratados».








