(InfoCatólica) «Se puede llorar mucho sin convertirse, y se puede convertir profundamente sin derramar una lágrima». Con esta advertencia, el Cardenal Angelo De Donatis, Penitenciario Mayor, situó en la verdad del corazón, y no en la emoción, el centro del arrepentimiento, durante la sesión inaugural del V Seminario de formación «Celebrar el sacramento de la Reconciliación».
El encuentro, organizado por la Penitenciaría Apostólica, se celebró los días 23 y 24 de octubre en el Palacio de la Cancillería, en Roma, con el lema «La contritio cordis: fundamentos bíblicos, teológicos y espirituales». Esta quinta edición, abierta a «todos los fieles que deseen acercarse con mayor conciencia y renovado entusiasmo al sacramento de la Reconciliación», da continuidad a la de 2025, dedicada al examen de conciencia. Lo abrió el cardenal con una lectura del Salmo 50 (51 en la numeración hebrea) y lo clausuró el regente de la Penitenciaría, monseñor Krzysztof Józef Nykiel, con una advertencia que resume buena parte de lo tratado en estos dos días, ya que, según dijo, «la confesión no debe confundirse con la psicoterapia».
El Miserere, escuela de contrición
De Donatis dedicó su intervención a los «fundamentos bíblicos de la contritio cordis» en el Salmo 50, «conocido en la tradición cristiana como el Miserere». El texto recoge «la confesión de David, que tuvo lugar después de que el profeta Natán lo acusara del pecado cometido con Betsabé», esposa de Urías, y constituye por ello la «respuesta de los fieles que han acogido la palabra profética, comprendido la gravedad de su condición y llegado a la plena consciencia de su pecado».
El arrepentimiento, precisó, no se mide «solo por las lágrimas o la emoción». «Lo que importa es la verdad del corazón que se vuelve a Dios y rechaza el pecado», y para ello «hay que quebrar la dureza del orgullo, esa coraza interior que nos impide reconocer el mal, pedir ayuda y permitirnos ser perdonados».
La contrición comienza, según el Penitenciario Mayor, cuando el hombre reconoce su responsabilidad y «deja de construir explicaciones para defenderse». No consiste «en medir la intensidad de nuestro sufrimiento, sino en reconocer, ante el Señor, el mal como mal y en desear sinceramente desprendernos de él». El cardenal recordó la distinción clásica, porque «en la tradición teológica, hablamos de contrición perfecta cuando el arrepentimiento surge del amor a Dios, amado por encima de todas las cosas», mientras que la imperfecta nace de la conciencia de la «fealdad del pecado» o del «miedo a sus consecuencias».
Primero la misericordia, después el examen
El salmo, explicó De Donatis, enseña que «el camino del arrepentimiento no comienza con el recuerdo del pecado y la observación de la propia maldad, sino con la mirada puesta en la divina misericordia». El orden importa. «Si invertimos este orden, el examen de conciencia corre el riesgo de convertirse en un tribunal sin esperanza. Si, en cambio, partimos de Dios, la verdad, incluso cuando es dolorosa, se vuelve liberadora».
Solo después de invocar a Dios el salmista reconoce su maldad e implora sanación. «Le pide a Dios, en primer lugar, que "borre" la iniquidad, que "lave" la culpa y, finalmente, que "purifique" el pecado». Desde esta perspectiva, el perdón «no se reduce a una amnistía externa, sino que se concibe como una acción transformadora capaz de justificar al pecador».
Un corazón contrito, resumió, «no es un corazón destruido por la desesperación, sino un corazón que renuncia a la autojustificación para permitirse ser reconstruido». Pero esa reconstrucción no se queda en el ámbito privado. «No hay contrición auténtica si la relación con el Señor se convierte en una forma de olvidar la justicia debida a los demás», ya que «el arrepentimiento por los pecados, cuando es genuino, abre la puerta a la reparación, la restitución, la petición de perdón y el cambio concreto».
Una nueva creación
El cardenal se detuvo también en las imágenes del salmo. El hisopo, «planta utilizada en los ritos levíticos para la purificación de los leprosos», remite al gesto con el que Dios readmite a la persona en la comunidad, y la nieve, «un fenómeno raro en Israel», indica una pureza «que sobrepasa toda medida humana». El pecado, por su parte, aparece no como «la mera suma aritmética de malas acciones, sino una profunda condición existencial que ha marcado a los seres humanos desde el principio».
De ahí la súplica «crea en mí un corazón puro». «El hombre reconoce que una simple corrección de la conducta no basta: se necesita una nueva creación», afirmó, porque «el salmista pide a Dios lo que no puede producir por sus propias fuerzas». Por eso, añadió, «la confesión no es una simple declaración de nuestras faltas. Es el lugar donde el hombre entrega su propia verdad a la misericordia activa de Cristo, a través del ministerio de la Iglesia». Y el perdonado se convierte en maestro de otros, «fortalecido por la certeza de que ninguna situación es irreparable».
La lista de pecados no basta
En la parte final, De Donatis se centró en la práctica sacramental. «La contrición no es el precio del perdón: es la disposición con la que dejamos de resistirnos al perdón». Y advirtió de un riesgo frecuente. «A veces nos preocupamos por encontrar la lista exacta de pecados, recordar cada circunstancia, expresar la fórmula adecuada, pero el sacramento también exige del corazón: arrepentimiento por los pecados y la resolución de no volver a pecar. Una acusación precisa sin deseo de conversión quedaría incompleta».
Un corazón contrito, matizó, «no es necesariamente un corazón ya curado de toda fragilidad». Puede «experimentar tentaciones, miedos y recaídas; pero no desea justificarlos», y mantiene la resolución de «no elegir más el mal» y de usar «medios concretos que ayuden a evitarlo».
Nykiel: el confesor no es «un juez de las ruinas»
La ponencia de clausura de monseñor Nykiel recogió las intervenciones de los dos días, en las que participaron también la profesora Lodovica Maria Zanet, de la Università Pontificia Salesiana, que abordó la distinción entre culpa, pesar, arrepentimiento y contrición; don Giuseppe Forlai, del Pontificio Seminario Romano Maggiore, con una mirada a los pasos del verdadero arrepentimiento entre Oriente y Occidente; y el padre Jaime Emilio González Magaña, SJ, teólogo de la Penitenciaría, que habló de la reparación. El conjunto, a juicio del regente, ha trazado «un mapa completo, bíblico, espiritual, psicológico-existencial y pastoral, del camino de conversión».
La contrición, explicó, no es «un sentido de culpa paralizante», ni «un análisis psicológico estérilmente encerrado en sí mismo», sino «el encuentro liberador entre la verdad de nuestra fragilidad y la sobreabundancia de la misericordia de Dios». «La contrición no es un precio que hay que pagar, sino el inicio de la nueva creación obrada por el Espíritu Santo».
El regente distinguió esa contrición del sentimiento de culpa «psicológico, estático y autorreferencial», que «apabulla a la persona en la ilusión de ser culpa» y «conduce al inmovilismo o a confesiones frenéticas por mero alivio emocional». El confesor, en consecuencia, no es «un juez de las ruinas», sino «un servidor de la reconstrucción que acompaña al penitente desde la culpa hasta la misericordia».
Citando la encíclica Dilexit nos del Papa Francisco, Nykiel subrayó el «vínculo indisoluble entre la contrición interior y la reparación externa», que «no es un mero deber moralista», sino «el fruto de un corazón traspasado que elige construir sobre las ruinas causadas por el pecado», expresión que coincide con el título de la ponencia de González Magaña, «La reparación: construir sobre las ruinas». Lo ilustró con el llanto de San Pedro al cruzar su mirada con la de Jesús, la lucha interior de San Agustín y la pedagogía ignaciana de las tres preguntas, «¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago? ¿Qué haré?».
Cuatro claves para aprender a confesarse
El regente dejó cuatro indicaciones prácticas. La primera, «comenzar por el amor, no por el tribunal interior», pues el examen de conciencia debe partir «de la contemplación de la misericordia de Dios y del Crucificado». La segunda, «llamar al pecado por su nombre y superar la autorreferencialidad», dejando atrás el sentimiento de culpa que hace decir «no valgo nada» para abrazar la contrición evangélica, que dice «He herido al Amor, pero deseo volver al Padre».
La tercera, «prolongar el sacramento en la reparación», porque «la confesión no se agota en la absolución final. Si la contrición mira a Dios, la reparación mira al hermano y a la comunidad». La cuarta, «mantener un corazón sensible y vulnerable a la Palabra de Dios, capaz de no juzgar a los hermanos y dispuesto a recomenzar cada día con esperanza». Su deseo, concluyó, es que el seminario sea «una escuela de oración y reconciliación» y dé «frutos concretos» en la vida espiritual.








