Solo el 55% de los católicos australianos encuestados por sus obispos cree en la Presencia Real

«No es una prioridad»: la indiferencia, primera causa de ausencia de la Misa

Solo el 55% de los católicos australianos encuestados por sus obispos cree en la Presencia Real

No son los abusos ni la liturgia. El primer motivo por el que los católicos australianos faltan a Misa es que no la consideran una prioridad, según un estudio encargado por su Conferencia Episcopal. Constata también que la pandemia de COVID-19 debilitó el sentido de obligación y convirtió la Misa, para muchos, en una forma más de relacionarse con Dios.

(The Pillar/InfoCatólica) Solo el 55% de los católicos australianos que participaron en un estudio encargado por sus obispos cree que el pan y el vino consagrados se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La cifra procede además de una muestra en la que más de uno de cada cuatro participantes va a Misa cada domingo. El dato figura en Absent from the Table: Catholics in Australia Who Do Not Regularly Attend Sunday Mass («Ausentes de la mesa. Católicos en Australia que no asisten con regularidad a la Misa dominical»), presentado el 7 de octubre. El propio informe lo interpreta como síntoma de un problema de fondo. «Desde una perspectiva eclesial, estas creencias y actitudes no representan meramente tendencias pastorales, sino un debilitamiento de la fe en la Eucaristía en el núcleo de la creencia católica», concluye.

El estudio, elaborado por el Centro Nacional de Investigación Pastoral de la Conferencia Episcopal Australiana bajo la dirección de Trudy Dantis, recoge al mismo tiempo una fe declarada considerable. El 65% de los participantes dice que la fe es muy importante en su vida, más de tres cuartas partes creen que Jesús es el Hijo de Dios, el 64% reza con regularidad y el 69% afirma que ser católico forma parte esencial de lo que es hoy. Sin embargo, el primer motivo que aducen para faltar a Misa no es un reproche contra la Iglesia, sino que ir a Misa, sencillamente, no es una prioridad.

Una muestra con practicantes

La encuesta se dirigía a católicos mayores de 18 años que no van a Misa con regularidad, entendiendo por asistencia regular acudir tres o más veces al mes, vigilia del sábado incluida. Tras depurar 2.014 respuestas, los investigadores trabajaron con 1.963 cuestionarios válidos y realizaron después entrevistas en profundidad a 67 voluntarios, entre marzo y julio de 2025. La difusión se hizo a través de las diócesis y los párrocos, además de boletines, medios católicos y una entrevista radiofónica.

Pese a ese planteamiento, el 27% de los encuestados declaró ir a Misa al menos una vez por semana, un porcentaje que sube al 39% entre los entrevistados. El 19% acude una vez al mes, el 36% ocasionalmente y el 19% no va nunca. Los practicantes semanales fueron excluidos del análisis de los motivos de ausencia, pero no de los datos sobre creencias, que se calculan sobre el conjunto de los participantes.

La muestra presenta además otros sesgos. El 69% son mujeres y el 80% ha nacido en Australia. Australia Occidental aporta el 24% de las respuestas, frente al 10% de Victoria. El informe advierte de que, al tratarse de participantes autoseleccionados, sus conclusiones no son plenamente generalizables al conjunto de los católicos del país.

La indiferencia, primera causa

El estudio clasifica los motivos de ausencia, como ya hizo uno anterior de 2007, en «centrados en el participante» y «centrados en la Iglesia». El peso de cada uno es muy desigual. Que ir a Misa «no es una prioridad» es el motivo principal para 500 encuestados, más del doble que el primero de los atribuidos a la Iglesia, las cuestiones litúrgicas (234). Siguen la crisis de fe (137), los problemas con el párroco y otros clérigos (109), el mal uso del poder y la autoridad en la Iglesia (104), los factores estructurales (92), las cuestiones familiares (91) y los problemas de la parroquia como comunidad (90). La sensación de exclusión por las normas de la Iglesia (41) y la percepción de que la Iglesia es irrelevante (37) quedan en los últimos puestos.

Entre los temas nuevos respecto a 2007, el informe identifica como subtema propio la idea de que asistir a Misa cada semana es innecesario para mantener la fe. Constata también que la pandemia de COVID-19 debilitó el sentido de obligación y convirtió la Misa, para muchos, en una forma más de relacionarse con Dios. Aparecen asimismo las dificultades con sacerdotes nacidos en otros países, la falta de Misa semanal en algunas zonas y, entre los factores estructurales, la ausencia de Misa tradicional en latín.

La Eucaristía, en cuestión

Frente al 55% que cree en la presencia real, el 24% considera que el pan y el vino siguen siendo solo pan y vino y el 21% no sabe qué creer. Las entrevistas dan voz a esas dudas. Algunos participantes reducen la Eucaristía a una comida que une a la comunidad, y otros declaran abiertamente su rechazo a la doctrina. «Ya no puedo aceptar la transubstanciación», afirma una mujer de entre 40 y 44 años. Otra entrevistada confiesa que comulga por inercia. «No me importaría no volver a comulgar nunca jamás. Solo lo hago por cumplir cuando estoy allí», dice.

Solo el 22% de los participantes recibe el sacramento de la Reconciliación. Algunos reconocen incomodidad al comulgar mientras discrepan de la enseñanza de la Iglesia.

Las tres fases del declive

El informe recoge un estudio publicado en 2025 en Nature Communications por Jörg Stolz y otros investigadores, según el cual el declive religioso sigue tres etapas. Primero se abandona la participación en el rito público, después la religión pierde importancia para la persona y, por último, llega la desafiliación.

Muchos encuestados mantienen otros vínculos con la Iglesia. El 44% ha llevado a sus hijos a un colegio católico, el 40% comparte su fe y el 29% colabora como voluntario en la parroquia. La escuela católica, sin embargo, pesa más que la parroquia. El 74% la considera importante, frente al 51% que dice lo mismo de su parroquia.

Las trayectorias personales muestran también una curva llamativa. El 79% de los participantes iba a Misa cada semana a los siete años. La práctica fue cayendo hasta los 40, edad a partir de la cual vuelve a subir, hasta el 52% a los 50 años y el 54% a los 60.

Del abuso a la cuestión indígena

Los autores señalan seis factores de fondo, que son la crisis de los abusos, el deseo de una comunidad que la parroquia no ofrece, una espiritualidad vivida al margen de la Iglesia y acelerada por la pandemia, el agotamiento y las prioridades que compiten con la práctica, la desvinculación de los jóvenes y las cuestiones indígenas. El informe sitúa este cambio de panorama desde 2007 en un contexto marcado por la Comisión Real sobre la respuesta institucional a los abusos sexuales a menores (2012-2017), el plebiscito de 2017 sobre la legalización de la unión entre personas del mismo sexo, el V Concilio Plenario australiano, el Sínodo sobre la sinodalidad y la pandemia.

En el ámbito indígena, algunos participantes lamentan la falta de un apoyo unánime de la Iglesia al referéndum de 2023 sobre la llamada «Voz» (Voice), que proponía un órgano consultivo federal para trasladar al Parlamento las opiniones de los pueblos aborígenes y de las islas del Estrecho de Torres. Las opiniones se dividen también sobre el Acknowledgment of Country, la declaración que reconoce a esos pueblos como custodios tradicionales de la tierra y que precede a algunas Misas. «Algunos se sentían frustrados o alienados por su inclusión en contextos litúrgicos», mientras que otros reprochaban a los párrocos que desaconsejaban su uso, según el texto.

El informe concluye que «la desvinculación de la Misa dominical no es necesariamente un rechazo de la fe, sino más bien el reflejo de necesidades comunitarias no satisfechas».

Lo que piden los alejados

Las propuestas para volver a la práctica incluyen mejores homilías y música, Misas más breves, horarios más accesibles, un lenguaje litúrgico más comprensible y explicaciones del rito para quienes no lo conocen. «Algunos encuestados pidieron mayor flexibilidad, como aprobar días distintos del domingo para cumplir la obligación semanal», recoge el informe.

Otro bloque de peticiones apunta a una Iglesia «más inclusiva y progresista». Entre ellas figuran la ordenación sacerdotal de mujeres y de hombres casados, permitir casarse a los sacerdotes ya ordenados y una mayor aceptación de los divorciados vueltos a casar y de las personas que el informe agrupa bajo las siglas LGBTQI+.

Un número reducido de participantes pide, en sentido contrario, una Misa más tradicional, centrada en la Eucaristía, y algunos reclaman más celebraciones de la Misa tradicional en latín. Casi cuatro quintas partes de estos últimos son practicantes semanales. Una encuestada atribuye, por el contrario, el alejamiento de sus hijos a la actitud de quienes «quieren volver a las Misas en latín». El 20% de los participantes ha asistido a celebraciones dominicales en ausencia de presbítero.

Seis reflexiones sobre la mesa vacía

El prólogo lo firma el Obispo de Sale, Greg Bennet, delegado del Consejo Católico Australiano para la Investigación Pastoral. «Las conclusiones del informe no ofrecen una solución única, sino que abren un horizonte pastoral», escribe. Los participantes, añade, «piden ser vistos no como "alejados" o "perdidos", sino como compañeros de peregrinación cuyos caminos de fe han seguido rumbos distintos».

El informe se cierra con seis reflexiones. El Arzobispo de Hobart, Anthony Ireland, que preside la comisión episcopal de Doctrina y Moral, recuerda una visita de Santa Teresa de Calcuta a su seminario. «Dadnos un sacerdote, por anciano que sea. Dadnos un sacerdote, por desdentado que sea. Dadnos un sacerdote», pedía. Para Ireland, Cristo presente en la Eucaristía «no solo ha de ser creído, ha de ser amado». «Algunos de los que faltan a la Misa dominical siguen creyendo, algunos siguen sirviendo con generosidad, algunos siguen rezando con hondura. Pero el amor se apaga cuando se apaga la presencia», escribe. Citando a San Pablo VI en Evangelii nuntiandi, sostiene que la crisis actual «no es solo de estructura o de estrategia, sino de credibilidad». Recuerda además que, tras la pandemia, los estadios y los aviones volvieron a llenarse. «La gente sabe perfectamente volver a lo que valora. Así que hay que preguntarse por qué no a la Misa dominical».

El diácono Peter Pellicaan, director de ministerios de la archidiócesis de Brisbane, insiste en la misma idea. «Los seres humanos somos más que capaces de incomodarnos considerablemente por las cosas que consideramos significativas. Entonces, ¿por qué una hora a la semana para la Misa es demasiado?», se pregunta. Y apunta a la formación. «¿Cómo es posible que solo el 55% de los encuestados reconozca la presencia real de Jesús en la Eucaristía?».

Renée Köhler-Ryan, catedrática de Filosofía en la Universidad de Notre Dame Australia y miembro con voto del Sínodo sobre la sinodalidad, advierte de que la presencia real y personal de Cristo en la Eucaristía «ya no resulta, para muchos, lo bastante atrayente». Habla de una «tibieza» hacia la «fuente y cumbre» de la vida sacramental, y ve en el Congreso Eucarístico Internacional de Sídney de 2028 una oportunidad para una liturgia «bella e inspiradora».

El sacerdote Mark Reynolds, párroco en Melbourne, recuerda que hay menos gente en la mesa que hace décadas, pero que «nunca hubo un tiempo en que todos estuvieran a la mesa». Gabrielle McMullen, presidenta del Consejo de Investigación Pastoral, inscribe el estudio en el camino hacia una Iglesia sinodal. Denis Fitzgerald, capellán laico de prisiones, dedica parte de su texto a las mujeres que se sienten excluidas del ministerio ordenado. «La Iglesia en Australia no puede cambiar las normas sobre la ordenación de mujeres, pero hay mucho que podemos hacer para mostrar solidaridad pastoral con quienes se sienten excluidos por lo que perciben como una estructura patriarcal», escribe.

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