(InfoCatólica) El domingo pasado tocaba el evangelio del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Como todos los años se va convirtiendo en costumbre la desnaturalización, o mejor dicho, naturalización del relato de los Evangelios, convirtiéndose en un campo de batalla teológico.
No por lo que dice, sino por lo que ciertos predicadores se empeñan en que no diga. Donde los cuatro evangelistas narran un milagro, un prodigio, una corriente tenaz de la predicación contemporánea prefiere ver una lección de convivencia: el verdadero milagro, aseguran, fue que la multitud compartió sus provisiones. El problema es que esa lectura exige ignorar lo que el texto afirma.
Rüdiger Plantiko, doctor y articulista del medio alemán Corrigenda, examina en un extenso artículo las consecuencias de esta reinterpretación naturalista de los milagros de Jesús, y advierte de que quien los elimina del Evangelio acaba, por coherencia, eliminando también la Resurrección, fundamento mismo de la fe cristiana.
Eisegesis: leer en el texto lo que no está
Plantiko señala que la tendencia a rebajar los milagros de Cristo a anécdotas morales no es nueva, pero sigue viva en los púlpitos. Cuando el leccionario propone los relatos de la multiplicación de los panes (la alimentación de los cinco mil, recogida en Mt 14,13-21, Mc 6,30-44, Lc 9,10-17 y Jn 6,1-15, y la de los cuatro mil, en Mt 15,29-16,12 y Mc 8,1-10), no faltan homilías que sustituyen el prodigio por un «milagro del compartir».
El autor subraya que esta lectura contradice frontalmente el texto: en los relatos evangélicos, Jesús mismo hace indagar a los discípulos qué alimentos hay disponibles, toma la escasa cantidad de panes y peces, los distribuye personalmente y sacia a toda la multitud, sobrando aún cestos de comida. Presentar el episodio como un acto colectivo de generosidad espontánea supone, sostiene Plantiko, practicar Eisegese (lectura proyectiva) en lugar de exégesis: se proyectan sobre el texto convicciones previas, como el prejuicio naturalista de que los milagros son imposibles, y se obliga a los evangelistas a decir lo contrario de lo que escribieron.
La tentación de la mundanidad pastoral
¿Por qué predicadores ordenados recurren a estas reinterpretaciones? Plantiko lo atribuye a un impulso pastoral mal orientado: el deseo de «ir a buscar a la gente donde está» y presentar un mensaje que coincida con los valores del público. Sacerdotes formados en el clima cultural del 68, argumenta, siguen dirigiéndose a un interlocutor que ya no existe: el joven idealista, marxista y racionalista para quien la religión era «opio del pueblo» y de la fe solo cabía rescatar la exhortación a «ser buenos los unos con los otros».
El análisis conecta esta actitud con una deriva del aggiornamento tan popular en los 70. La intención conciliar de hacer comprensible la fe en un mundo transformado, explica Plantiko, degeneró en algunos casos en pura adaptación mundana. Sacerdotes que predican en formato rap o entran al templo en monopatín son, a su juicio, «figuras lamentables en un triste intento de congraciarse» con personas de las que tienen una imagen equivocada. Si el mensaje se reduce a «soy como vosotros», la respuesta lógica es: «Si eres como nosotros, no te necesitamos».
Plantiko recuerda la advertencia de san Pablo: «Nolite conformari huic saeculo» (Rm 12,2). Cuando la sal se vuelve sosa, ya no sirve para nada.
El milagro apunta más allá del mundo
Frente al optimismo progresista que daba por superada la religión, el autor constata que la experiencia histórica ha revelado constantes antropológicas que ningún proyecto social puede abolir. La visión puramente inmanente de la existencia, sostiene, conduce a lo que describe como «la cruz de la cotidianidad»: un horizonte donde todo resulta indiferente y, en última instancia, carente de sentido.
Es precisamente en ese contexto, argumenta Plantiko, donde el milagro recupera su fuerza. Por definición, el milagro rompe la regularidad observable del mundo. Citando al filósofo de la religión Daniel von Wachter, el autor recuerda que el avance del conocimiento científico no cierra la puerta a lo milagroso: los milagros no pueden excluirse categóricamente. Su valor, sin embargo, no reside en la ruptura del orden natural en sí misma, sino en aquello a lo que apunta: Dios, creador del universo, que está por encima de las leyes que ha impreso en su creación.
Sin Resurrección, la fe es vana
Los relatos de milagros de los sinópticos, subraya Plantiko, muestran la divinidad de Jesús y su señorío sobre los elementos, la enfermedad y la muerte. El crescendo culmina en la resurrección de Lázaro, tras la cual Jesús permite voluntariamente su pasión y muerte, superadas finalmente por el mayor de todos los prodigios: su Resurrección corporal.
El autor recoge la argumentación de san Pablo a los corintios (1 Cor 15,14-19): si Cristo no ha resucitado, la predicación apostólica es vacía, la fe carece de sentido, el Nuevo Testamento difundiría enseñanzas falsas sobre Dios, los creyentes seguirían bajo el dominio del pecado, los muertos en Cristo estarían perdidos y los cristianos serían «los más dignos de lástima entre todos los hombres».
La conclusión es directa: quien elimina los milagros del Evangelio terminará, por coherencia lógica, eliminando también la Resurrección. Y sin ella, advierte Plantiko, el camino queda libre para fabricar un Cristo a medida de las propias preferencias ideológicas.
Un Cristo a la carta
Como ejemplo histórico de esa domesticación, el análisis cita al escritor Heinrich Heine, que elogió a Jesús como «aquel bello joven» que «abrazó al mundo con amor infinito» para predicar «el evangelio de la libertad, la igualdad y la fraternidad». Plantiko observa dos operaciones en esta descripción: la omisión deliberada de la Resurrección (Jesús es solo «un dios moribundo») y la identificación total del Evangelio con los ideales de la Revolución Francesa. El resultado es un Jesús puramente humano que, por feliz coincidencia, defiende exactamente los valores que su admirador ya profesaba.
Frente a esta reducción, Plantiko concluye que en el centro de la fe cristiana no hay un principio moral más o menos evidente, sino Cristo, el Dios hecho hombre, alfa y omega, Señor del mundo y de todos los tiempos, que «hace nuevas todas las cosas» (Ap 21,5) y cuya nueva creación ha comenzado ya con la formación de su cuerpo resucitado. Leer los milagros del Evangelio a la luz de este misterio es, sostiene, lo que convierte la Palabra de Dios en auténtico alimento del alma «en un mundo donde los desiertos espirituales crecen por todas partes».








