El mandato divino "No matarás" significa que nadie puede matar sin motivo y sin razón. Pero hay circunstancias muy especiales y concretas en las que hay una justificación: en la guerra justa, en defensa propia y en la justa aplicación de la pena de muerte. Nos recuerda el Catecismo en el punto 2308:
“Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras. Sin embargo, “mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa” (GS 79).”
Y en el punto 2263 precisa:
“La legítima defensa de las personas y las sociedades no es una excepción a la prohibición de la muerte del inocente que constituye el homicidio voluntario. “La acción de defenderse [...] puede entrañar un doble efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la muerte del agresor” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 64, a. 7). “Nada impide que un solo acto tenga dos efectos, de los que uno sólo es querido, sin embargo el otro está más allá de la intención” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 64, a. 7).”
Sacerdotes españoles en una guerra justa
Hubo un tiempo en el que un gran número de sacerdotes españoles se unieron para no transigir con el Mal. Un tiempo en que los curas y religiosos estaban convencidos que la “tolerancia” hacia las doctrinas e ideas antirreligiosas, aunque éstas se presentaran con engañosos términos positivos como “igualdad, libertad y fraternidad”, era profundamente errónea porque dañaba y destruía a las almas, arrastrándolas al infierno. Por ello, por el bien de las almas y de la paz pública al Mal había que combatirlo incluso con las armas sin andar “dialogando” o haciendo pactos con él.
Un período donde se evidenció este hecho con claridad fue en la lucha contra el ejército invasor francés napoleónico (1808-1814), conocido en nuestra historia como “La Guerra de la Independencia”. Esta lucha fue en España, eminentemente popular y en ella tuvo una extraordinaria importancia el fenómeno de “la guerrilla”, auténticos ejércitos populares que se alzaron en las diferentes regiones del país (tal vez unos 50.000 guerrilleros en toda España) para combatir infatigablemente al invasor. Lo hicieron– y los testimonios al respecto son abrumadores- en nombre de la “Independencia de la nación española” y “en defensa de la Santa Religión”.
Como señala el historiador Fernando Martínez Laínez – y ello nos ha de avergonzar a las generaciones presentes de españoles-, en su excelente y exhaustiva obra sobre la guerrilla en la Guerra de la Independencia, “Como lobos hambrientos”, publicada en 2007, “los españoles de 1808 tenían más conciencia patriótica y de nación que los actuales”. Sobre la importancia de la guerrilla en el terreno estrictamente militar en aquel conflicto se ha escrito mucho. Baste recordar lo que escribió al respecto el famoso historiador militar británico Liddle Hart, corroborado por el libro más reciente del también británico Roland Fraser; las guerrillas españolas causaron la mayor parte de bajas sufridas por el ejército de Napoleón en España (quizá unos 75.000 muertos sin contar heridos y prisioneros). Algo en lo que coinciden las fuentes francesas. En contraste, el número de bajas francesas ocasionadas por los ejércitos regulares hispano británicos al mando del Duque de Wellington fue bastante menor.
Como decíamos antes la vertiente de cruzada religiosa al mismo tiempo que patriótica contra los franceses no puede ser soslayada. Y la mejor prueba de ello es el enorme número de sacerdotes que participaron en la lucha, en muchos casos al frente de las partidas guerrilleras. Y es que aquellos sacerdotes eran muy conscientes de que los soldados napoleónicos eran portadores de los “ideales” anticatólicos de la Revolución Francesa.Es un tema tan amplio y apasionante que pudiera dar para nuevos artículos. Hoy vamos a centrarnos en la figura del más importante de ellos: Jerónimo Merino, conocido como “el cura Merino, un hombre que llegó a convertirse en una leyenda a quien Martínez Laínez califica en su obra como “el mejor cura guerrillero de la historia”.
El Cura Merino
Fuel el azote de los soldados franceses en las tierras de Castilla y León. El hombre del que Napoleón dijo “ ¡Prefiero la cabeza de ese cura a cuatro ciudades españolas!”. Nacido el 30 de septiembre de 1769 (apenas un mes después que el propio Napoleón) en la localidad de Villoviado (Burgos) Jerónimo Merino y Cob vino al mundo en una familia de labradores pobres. En sus años de adolescente ejerció de pastor de las escasas cabras que poseía su familia, lo cual le proporcionó un conocimiento de terreno en amplias zonas que le sería muy útil más tarde. Su familia, viendo su inteligencia natural y su entusiasmo religioso, con apoyo del párroco de Covarrubias, le animó a entrar en la vida religiosa y hacerse sacerdote. Tenía facilidad para aprender y consiguió ser ordenado sacerdote y cantar su primera misa en 1790 a los 21 años. Tenía celo religioso, aunque le costara moderar su carácter de natural colérico.
Su vida transcurrió apacible como cura de su pueblo hasta que llegó el fatídico año 1808 cuando los soldados de Napoleón penetraron en España. En enero de ese año, se produjo un incidente que no está muy claro y que marcaría su vida. Unos dicen que fue humillado por un destacamento de soldados franceses del general Dupont (el que luego sería derrotado en Andalucía por el general Castaños en la batalla de Bailén) que le obligaron a cargar como si fuese una mula un fardo muy pesado. Otros, quizá con más fundamento, dicen que los soldados franceses violaron a su hermana menor, Bernarda.
En cualquier caso, a partir de ese momento se convierte en un fugitivo y con un grupo de jóvenes de la zona (pastores, leñadores, arrieros, labradores...) empieza a organizar una banda guerrillera. Aunque al principio estaban precariamente armados hacia finales de 1808 se lanza a una guerra total contra los franceses. A principios de 1809 participa, junto a otro gran guerrillero, El Empecinado, en la toma de Roa que causa un gran número de bajas a los franceses. En verano ataca la villa de Lerma y causa 50 muertos a los franceses en Santa María del Campo en una hábil emboscada. En esa acción captura al ayudante personal del mariscal francés Bernadotte (futuro rey de Suecia).
Su banda iba creciendo y a finales de 1809 la transforma en el Regimiento de Húsares de Burgos, con uniformes y armas aportados por la Junta Central, el protogobierno español clandestino que dirigía la guerra. Derrotó a 120 soldados franceses en Covarrubias. Era un prototipo de guerrillero” sobrio, duro, temible y astuto” según Martínez Laínez. Las Juntas patrióticas de los diferentes pueblos y ciudades pequeñas de Castilla le abastecían de armas, medios e información y el pueblo le apoyaba y empezaba a admirarle. En enero de 1810 en la localidad de Dueñas organiza una gran emboscada en la que sus guerrilleros matan a 500 soldados franceses y hieren y capturan a otros 1000, destruyendo a toda la columna francesa. El cura Merino ya no podía ser ignorado por Napoleón.
El Emperador envió al general Rocquet con un ejército de 20.000 hombres con la misión específica de “coger inmediatamente al Cura”. Pero Merino consigue escabullirse. La Junta Central le nombra coronel a finales de 1811. En esa época vence a otros 90 franceses en otra emboscada en la localidad de Rubena.
Podía ser un hombre implacable pero también era caballeroso en ocasiones y no permitía matanzas de prisioneros. En Segovia permitió que una dama francesa que se lo suplicó, esposa de un coronel napoleónico herido, pudiera reunirse con su marido prisionero. Cuando supo que uno de sus guerrilleros había despojado de sus joyas a esta mujer, lo castigó severamente. Su regimiento, que contaba con 400 hombres de caballería, realizó acciones de audacia increíble en 1812 y 1813 que causaron un millar de muertos más a los franceses en Hontoria de Valdearado, Bureba, Barbadillo, Santibáñez y la misma ciudad de Burgos, entre otros muchos lugares. A partir de finales de 1813 en el final de la guerra su partida convertida en Regimiento se trasladó a Cataluña donde también realizó notables campañas contra los franceses.
Tenía espías por todas partes, sus hombres atacaban donde menos se les esperaba. Era admirado y temido por sus enemigos y por sus propios hombres. Riguroso en la moral, no permitía blasfemias, juego, ni mucho menos prostitutas en su partida. Era un hombre sobrio, austero, delgado y comía poco. Después de la Guerra su historia es triste como la de otros muchos héroes de la guerrilla, que se vieron envueltos en las luchas fratricidas y civiles que ensangrentaron España más tarde. Fiel a su temperamento estricto y su firme convicción religiosa participó en la I Guerra Carlista en el bando carlista en la década de 1830 participando en los sitios de Bilbao y Morella, aunque su edad ya avanzada no le permitió tener un papel protagonista.
La ironía final de su vida fue que él, que había sido el terror de los franceses, acabó exiliado en Francia y murió en la ciudad de Alenzón, donde sobrevivió sus últimos años con una mínima pensión que le pasaba el gobierno francés. Murió en noviembre de 1844. En su tumba ordenó labrar el siguiente epitafio: “Jerónimo Merino Cob. Capitán General de los Ejércitos de España. Prefirió morir antes que prevaricar ante las leyes de Dios y de la Patria.”
Sus restos fueron más tarde repatriados a España donde fueron definitivamente depositados, con honores militares el 2 de mayo de 1968 en la localidad de Lerma en un mirador desde donde se divisa una bella panorámica de los campos de Castilla que fueron su campo de batalla. Hoy, por desgracia, los héroes como él (¡cómo serían venerados en un país como Estados Unidos!) son poco recordados en esta España actual donde los guerrilleros de 1808 apenas se estudian en las escuelas y si se les menciona es a veces para denigrarlos como bandidos.
También otros sacerdotes
Pero la historia les recuerda. En toda España hubo un gran número de sacerdotes en las guerrillas, como Mossén Rovira que en Cataluña dirigió a sus guerrilleros en la toma del castillo de Figueras, un gran éxito militar. O los sacerdotes que en Aragón lideraron numerosas partidas guerrilleras. O el caso de Galicia, quizá la región más combativa de toda España, donde como recuerda el coronel Juan Manuel Osuna en su magnífico libro ”Los franceses en Galicia” (publicado en 2008) donde detalla la lucha allá, el levantamiento armado masivo de los campesinos gallegos contra los soldados franceses que les causó numerosas bajas en solo 5 meses fue liderado en la mayoría de los pueblos por los sacerdotes, que allí, como en toda España, no temían afrontar las durísimas represalias francesas.
En efecto, aquellos sacerdotes tenían bien claro que “el Mal no tiene derechos” y que no hay que hacer componendas con él sino combatirlo. Fue significativo que fueran sacerdotes sencillos y humildes quienes se entregaron totalmente, mientras que muchos obispos no estuvieron a la altura y trataron de congraciarse con los napoleónicos y sus nuevas ideas. No olvidemos, pues, el ejemplo, cristiano y patriótico, de tantos sacerdotes sencillos en la Guerra de la Independencia (1808-1814).
Puede decirse que toda España fue una gran Vendeé contrarrevolucionaria. Que el ejemplo de estos heroicos sacerdotes nos de esperanza y nos anime a defender los derechos de Dios y el bien común de la sociedad con espíritu valeroso y ánimo renovado.
Javier Navascués