11.08.17

¿Cómo hay que comulgar? ¿Cómo se comulga en la mano?

Comunión en la mano

Dado lo visto en varios comentarios de otros post, y siguiendo la sugerencia de que habría que instruir claramente en esto para que se haga con reverencia y devoción, vamos a ver cómo se comulga en la mano.

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La educación litúrgica requiere que, a veces, se recuerden cosas que se dan por sabidas.

 La comunión en la mano está permitida para todo aquel que lo desee, a tenor de nuestra Conferencia episcopal, que lo solicitó a la Santa Sede.

 ¿Cómo se comulga en la mano? ¡Hemos de conocer las disposiciones de la Iglesia para quien desee comulgar así!, porque en muchísimas ocasiones se hace mal, de forma completamente irrespetuosa.

Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma: al aire, agarrando la Forma de cualquier manera,  o con una sola mano… Actitudes que desdicen de la adoración debida.

Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma:

“Sobre todo en esta forma de recibir la sagrada Comunión, se han de tener bien presentes algunas cosas que la misma experiencia aconseja. Cuando la Sagrada Especie se deposita en las manos del comulgante, tanto el ministro como el fiel pongan sumo cuidado y atención a las partículas que pueden desprenderse de las manos de los fieles, debe ir acompañada, necesariamente, de la oportuna instrucción o catequesis sobre la doctrina católica acerca de la presencia real y permanente de Jesucristo bajo las especies eucarísticas y del respeto debido al Sacramento”[1].

Los fieles al comulgar en la mano, así como los ministros al distribuir la sagrada comunión en la mano, deben conocer y respetar lo establecido por la Iglesia, para salvaguardar el respeto y adoración a la Presencia real del Señor. Así todos deben observar cuidadosamente esto[2]:

“Parece útil llamar la atención sobre los siguientes puntos:

1. La Comunión en la mano debe manifestar, tanto como la Comunión recibida en la boca, el respeto a la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Por esto se insistirá, tal como lo hacían los Padres de la Iglesia, acerca de la nobleza que debe tener en sí el gesto del comulgante. Así ocurría con los recién bautizados del siglo IV, que recibían la consigna de tender las dos manos haciendo “de la mano izquierda un trono para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey” (5ª catequesis mistagógica de Jerusalén, n. 21: PG 33, col. 1125, o también Sources chréet., 126, p. 171; S. Juan Crisóstomo, Homilía 47: PG 63, col. 898, etc.)[3].

2. De acuerdo igualmente con las enseñanzas de los Padres, se insistirá en el Amén que pronuncia el fiel, como respuesta a la fórmula del ministro: “El Cuerpo de Cristo"; este Amén debe ser la afirmación de la fe: “Cum ergo petieris, dicit tibi sacerdos ‘Corpus Christi’ et tu dicis ‘Amen’, hoc est ‘verum’; quod confitetur lingua, teneat affectus” (S. Ambrosio, De Sacramentis, 4, 25: SC 25 bis, p. 116).

3. El fiel que ha recibido la Eucaristía en su mano, la llevará a la boca, antes de regresar a su lugar, retirándose lo suficiente para dejar pasar a quien le sigue, permaneciendo siempre de cara al altar.

4. Es tradición y norma de la Iglesia que el fiel cristiano recibe la Eucaristía, que es comunión en el Cuerpo de Cristo y en la Iglesia; por esta razón no se ha de tomar el pan consagrado directamente de la patena o de un cesto, como se haría con el pan ordinario o con pan simplemente bendito, sino que se extienden las manos para recibirlo del ministro de la comunión.


5. Se recomendará a todos, y en particular a los niños, la limpieza de las manos, como signo de respeto hacia la Eucaristía.


6. Conviene ofrecer a los fieles una catequesis del rito, insistiendo sobre los sentimientos de adoración y la actitud de respeto que merece el sacramento (cf. Dominicae cenae, n. 11). Se recomendará vigilar para que posibles fragmentos del pan consagrado no se pierdan (cf. S. Cong. para la Doctrina de la Fe, 2 de mayo de 1972: Prot. n. 89/71, en Notitiae 1972, p. 227).


7. No se obligará jamás a los fieles a adoptar la práctica de la comunión en la mano, dejando a cada persona la necesaria libertad para recibir la comunión o en la mano o en la boca.


Estas normas, así como las que se dan en los documentos de la Sede Apostólica citados más arriba, tienen como finalidad recordar el deber de respeto hacia la Eucaristía, independientemente de la forma de recibir la comunión.

Los pastores de almas han de insistir no solamente sobre las disposiciones necesarias para una recepción fructuosa de la comunión –que en algunos casos exige el recurso al sacramento de la penitencia-, sino también sobre la actitud exterior de respeto que, bien considerado, ha de expresar la fe del cristiano en la Eucaristía”.

Comunión en la manoAl distribuir la sagrada comunión en la mano, el ministro debe cuidar que el comulgante la reciba dignamente, poniendo las manos en forma de cruz, esperando a que el ministro deposite la sagrada hostia, y comulgue delante de él, evitando así cualquier peligro de profanación o sacrilegio: “póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano”[4].

¿Cómo hemos de acercarnos entonces a la Sagrada Comunión? ¿Cómo se ha de comulgar?

  1. Nos acercamos, sin prisa, al ministro que nos da la comunión, sin separarnos mucho de él para que pueda darnos fácilmente la comunión.
  2. Mientras el fiel anterior a nosotros comulga, hacemos inclinación ante el Cuerpo de Cristo, adorándolo. O, si lo preferimos, nos arrodillamos en el comulgatorio.
  3. El ministro que nos da la comunión nos dice: “El Cuerpo de Cristo” y respondemos, “Amén” de forma que se nos oiga claramente, puesto que es una profesión de fe.

Este “Amén”, profesión de fe personal del cristiano ante el Cuerpo real de su Señor en la Eucaristía, ha sido muchas veces comentado y explicado en la Tradición de la Iglesia. Sirva, por ejemplo, la voz de S. Agustín:

Si queréis entender lo que en el cuerpo de Cristo, escuchad al Apóstol, ved lo que le dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. Si, pues, vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, vuestro misterio está sobre la mesa del Señor, y lo que recibís es vuestro misterio. Con el Amén respondéis lo que sois, y respondiendo lo rubricáis. Se te dice: he aquí el cuerpo de Cristo, y vosotros contestáis “Amén”. Sed, pues, miembros del Cuerpo de Cristo para que sea verdadero vuestro Amén (Sermón 272).

     4. Una vez dicho el Amén, podemos comulgar en la mano o en la boca. 

    Predicaban los Padres de la Iglesia:

 Honremos el Cuerpo de Cristo con toda pureza espiritual y corporal. Lleguémonos a él con ardiente deseo y, poniendo las palmas de las manos en forma de cruz, recibamos el cuerpo del Crucificado (S. VIII, S. JUAN DAMASCENO, De fide orthodoxa, L. 4, C. 13).

    5. Si comulgamos en la mano, ponemos nuestra mano izquierda encima de la derecha, y no cogemos la forma en el aire, sino que esperamos a que nos la pongan en las manos, que forman un trono para recibir al gran Rey.

    6. Luego comulgamos inmediatamente delante del sacerdote y cuidamos de que no quede ninguna partícula en nuestra mano.

    7. Si se distribuye la comunión con el cáliz, seguiremos las indicaciones que el diácono o el sacerdote nos den.

 


[1] Instrucción “Inmensae caritatis”, IV.

[2] Cong. para el Culto divino, Notificación acerca de la comunión en la mano (3-abril-1985).

[3] En nota a pie de página, explica esta Notificación: “De hecho, conviene aconsejar a los fieles más bien colocar la mano izquierda sobre la derecha, para poder tomar fácilmente la hostia con la mano derecha y llevarla a la boca”.

[4] Instrucción “Redemptionis sacramentum”, n. 92.

 

5.08.17

¿Autocomulgar? ¡Imposible!

Una mala comprensión del misterio de la Eucaristía se tradujo en una praxis, en una práctica, que era un abuso absoluto. Hace años era muy frecuente que se dejase la patena y el cáliz sobre el altar y que cada fiel pasase y comulgase directamente por sí mismo, una forma de self-service ajena por completo a la tradición eclesial, mientras el sacerdote permanecía sentado. O también se hacía otra variante, la de pasar de mano en mano la patena y luego el cáliz estando todos sentados.

La concepción sacramental que había detrás es de una gran pobreza. Se consideraba el santísimo sacramento de la Eucaristía como una simple comida de fraternidad, y se quería realizar de modo que fuese semejante a una comida de amigos, llena de igualitarismo y de informalidad. Pero, ¿acaso la Eucaristía es comida de amigos? ¿Lo que Jesucristo realizó al instituir la Eucaristía en la Última Cena era una comida de colegas, sin más? ¡Es evidente que no! Estas son concepciones nuestras, que hemos secularizado totalmente la persona de Cristo y sus acciones. Son concepciones de una teología liberal, del modernismo, que niegan la divinidad de Cristo y naturalizan todo lo que Él es y realizó.

Esa forma de autocomunión se hizo común en Misas para grupos reducidos en convivencias y encuentros, en campamentos juveniles, en Misas domésticas para “comprometidos”, y en algunos casos incluso en las Misas parroquiales. Pero es un completo abuso, es una aberración ante el Misterio de la Eucaristía.

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31.07.17

Solemnidad y dignidad (Sacralidad - VIII)

Es evidente que el modo, el estilo, de celebrar la liturgia un obispo o un sacerdote va marcando a los fieles poco a poco, influye en la manera en que todos los demás van a vivir la liturgia porque, insensiblemente, a la larga, el modo de un sacerdote va educando al pueblo cristiano.

  Por eso es tan primordial que sacerdotes y obispos celebren bien, centrados en el Misterio, siguiendo las prescripciones de los libros litúrgicos sin quitar nada, cambiar o añadir, sumergiéndose en Dios con espíritu de fe y sin estar distraídos.

 Nuestra liturgia es muy rica, pero para que estas riquezas beneficien la vida espiritual de todos los fieles cristianos, sean un manantial de espiritualidad, habrá que cortar de raíz tantos abusos (grandes o pequeños) que se cometen, tantos inventos en la liturgia, tantos modos vulgares, secularizados, de celebrar y vivir la liturgia. Esto provoca que apenas se dé unidad en la liturgia y se varíe muchísimo de un sacerdote a otro, o de una parroquia a otra, porque cada cual hace y deshace a su antojo (salvada la buena voluntad).

 Hay que volver a algo tan elemental como que todos se ajusten a lo que marcan las normas litúrgicas y cultivar un espíritu orante en la liturgia, con dignidad, unción y fervor. Benedicto XVI lo tenía muy claro e insistía en ello:

 “La garantía más segura para que el Misal de Pablo VI pueda unir a las comunidades parroquiales y sea amado por ellas consiste en celebrar con gran reverencia de acuerdo con las prescripciones; esto hace visible la riqueza espiritual y la profundidad teológica de este Misal” (Carta a los Obispos que acompaña al Motu proprio Summorum Pontificum, 7-julio-2007).

 Entre estos elementos necesarios para vivir la liturgia, con reverencia, con dignidad, está el modo de recitar los textos litúrgicos. Las tres oraciones de la Misa (colecta, sobre las ofrendas, postcomunión), el prefacio y la plegaria eucarística, están dirigidos a Dios. El sacerdote los recita en nombre de todos (in nomine Ecclesiae) y los fieles las ratifican respondiendo “Amén”.

 La reverencia estará en saber pronunciar estas plegarias orando, rezando, consciente de lo que se dice, de forma pausada, reposada, para que los fieles, oyéndolas, oren, las asimilen… e incluso nazca en ellos el deseo de meditarlas luego personalmente, haciendo su oración personal con los mismos textos de la liturgia. Normalmente se le da más valor y pausa y buena entonación a una monición o a la homilía que a los mismos textos litúrgicos, que se suelen recitar muy apresuradamente, con un tono cansino, sin reposo alguno.

 Cuando se considera que la liturgia es la gran oración de la Iglesia, las plegarias litúrgicas se convierten en elemento principalísimo y se pronuncian bien, con sentido, con fervor, sabiendo lo que se dice y a Quién se dice:

  “Debemos aprender a pronunciar bien las palabras. Cuando yo era profesor en mi patria, a veces los muchachos leían la Sagrada Escritura, y la leían como se lee el texto de un poeta que no se ha comprendido. Como es obvio, para aprender a pronunciar bien, antes es preciso haber entendido el texto en su dramatismo, en su presente. Así también el Prefacio y la Plegaria Eucarística. Para los fieles es difícil seguir un texto tan largo como el de nuestra Plegaria Eucarística. Por eso, se han ‘inventado’ siempre plegarias nuevas. Pero con Plegarias eucarísticas nuevas no se responde al problema, dado que el problema es que vivimos un tiempo que invita también a los demás al silencio con Dios y a orar con Dios. Por tanto, las cosas sólo podrán mejorar si la Plegaria eucarística se pronuncia bien, con interioridad, pero también con el arte de hablar. De ahí se sigue que el rezo de la Plegaria eucarística requiere un momento de atención particular para pronunciarla de un modo que implique a los demás” (Benedicto XVI, Encuentro con los sacerdotes de Albano, 31-agosto-2006).

 La reverencia, la dignidad y el fervor al celebrar la liturgia, pronunciando bien y con sentido los textos litúrgicos denotan hasta qué punto la divina liturgia es la gran Oración de la Iglesia. Al vivir la liturgia, pedagógicamente somos educados en las actitudes íntimas y disposiciones fundamentales de la oración cristiana: comunión con Cristo, obediencia, adoración, espíritu de fe, contemplación.

“Orar es un caminar en comunión personal con Cristo, exponiendo ante Él nuestra vida cotidiana, nuestros logros y fracasos, nuestras dificultades y alegrías: es un sencillo presentarnos a nosotros mismos delante de Él. Pero, para que eso no se convierta en una autocontemplación, es importante aprender continuamente a orar rezando con la Iglesia” (Benedicto XVI, Hom. en la Misa crismal, 9-abril-2009).

  Más aún, “rezar significa, mediante una necesaria transformación paulatina de nuestro ser, ir identificándose con el pneuma de Jesús, ir acercándose al Espíritu de Dios (¡hacerse ‘anima ecclesiastica’!) y así bajo el aliento de su amor, vivir en una alegría que ya no se nos puede quitar” (Ratzinger, J., La fiesta de la fe, 41). La oración nos eleva, nos introduce en la comunión personal con Jesucristo y despliega el sentido de Iglesia en nuestra alma.

  Así la liturgia se muestra maestra de espiritualidad, escuela de vida cristiana. Pero, para ello, la misma liturgia debe ser oración; la reverencia y la dignidad contribuirán a crear ese sentido orante; los textos litúrgicos y las oraciones, pronunciados con sentido, pausadamente, permitirán la oración de todos, la asimilación interior.

 

24.07.17

Participar en la liturgia (II)

4. Para bien participar y saber qué es la participación

Parecería evidente, un recordatorio casi banal, y sin embargo es necesario porque la realidad se impone: para participar adecuadamente en la liturgia, lo primero es que el Rito mismo se realice bien. Una liturgia llena de innovaciones constantes, de creatividad del sacerdote o de algún catequista o miembro de una Asociación; una liturgia realizada de manera precipitada, o con falta de unción, de devoción, o una liturgia que ignore y desprecie las normas del Misal, dificultará siempre la participación plena, consciente, activa, de todos los fieles cristianos.

Por eso, para bien participar, lo primero es celebrar bien, ajustarse al Rito eucarístico según el Misal de la Iglesia, seguir las normas litúrgicas, realizando la liturgia con hondura espiritual y amor de Dios. Ya el papa Benedicto XVI, en la exhortación apostólica “Sacramentum caritatis” afirmaba:

“El primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud” (n. 38).

Verdadera pastoral será cuidar lo mejor posible la dignidad y santidad de la celebración litúrgica, el “ars celebrandi” o “celebrar bien”, para glorificar a Dios pero también para el provecho espiritual de los fieles: “¡Gran misterio la Eucaristía! Misterio que ante todo debe ser celebrado bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro de la vida cristiana y que en cada comunidad se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según las normas establecidas” (Juan Pablo II, Carta Mane nobiscum Domine, n. 17).

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, favoreció e impulsó la participación de los fieles en la sagrada liturgia, para que no asistiesen como “mudos y pasivos espectadores” (SC 48). Sin embargo, precisa el Santo Padre, “no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana” (Sacramentum caritatis, n. 52). Un recto y claro concepto de “participación” influirá decididamente en la vida litúrgica de las parroquias y comunidades cristianas.

Además, ampliando la mirada a una visión de conjunto, la participación activa en la liturgia supone e implica unas disposiciones personales previas, un tono cristiano de vivir, una intensidad espiritual en todo lo que somos y vivimos, que luego se verifica y se realiza en la sagrada liturgia. Estas disposiciones previas, importantes, fundamentales, exigibles, se pueden cifrar así:

  1. el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida;
  2. favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental;
  3. no puede haber una actuosa participatio en los santos Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad[1].

La participación en la liturgia conlleva, inexorablemente, la participación total en la vida de Cristo, la santidad vivida en lo cotidiano, el testimonio de vida y las buenas obras, el apostolado en el mundo, la oración habitual y el recogimiento también antes de la celebración; el ayuno eucarístico y el recurso frecuente al Sacramento de la Penitencia.

Todo esto nos aleja del falso concepto, ya tratado, de interpretar ‘participación’ con ‘intervenir’, como también nos aleja de identificarla con la mera ‘asistencia’, formal, vacía, cumplidora, muda. El fruto de una verdadera participación en la liturgia será, con palabras de san Pablo, llegar a ofrecernos como hostia viva, santa, agradable a Dios, y ése será nuestro culto racional (cf. Rm 12,1-2): una vida en santidad unidos a Cristo en su Misterio pascual. “La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero”[2].

5. La participación que desea la Iglesia

La reforma litúrgica llevada a cabo por la Iglesia correspondía a unas directrices concretas emanadas de la Constitución Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II. En SC aparece el concepto “participación” muchas veces, con adjetivos que la explican, trazando el modo natural que las acciones litúrgicas de la Iglesia han de poseer.

“Los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria” (SC 21); los fieles han de participar “consciente, activa y fructuosamente” (SC 11).

Es deseo de la Iglesia la necesidad, instrucción y educación de todos en la vida litúrgica para poder vivir el Misterio de Cristo en la liturgia; es deseo de la Iglesia promover la educación litúrgica y la participación activa: “La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas” (SC 14).

La participación plena y activa tiene un fundamento, el Bautismo, y un fin: que los fieles beban plenamente el espíritu cristiano; para ello la liturgia debe ser la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia y el manantial de espiritualidad: “Al reformar y fomentar la sagrada Liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo, porque es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano” (SC 14). La participación ha de ser “activa”, no meramente una asistencia callada: “la participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad, condición, género de vida y grado de cultura religiosa” (SC 19).

Esta participación activa de los fieles presentes a la acción litúrgica es un objetivo siempre permanente de toda verdadera pastoral, de toda educación catequética; incluye, a tenor de las palabras de la Constitución Sacrosanctum Concilium, diversos elementos y realidades: “Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales. Guárdese, además, a su debido tiempo, un silencio sagrado” (SC 30).

Por tanto, participar activamente (plena, consciente, fructuosamente), hay que vivir y fomentar los siguientes elementos:

  • aclamaciones
  • respuestas
  • salmodia, antífonas
  • canto
  • acciones o gestos y posturas corporales
  • el silencio sagrado.

Vivir esos elementos bien, realizarlos con atención, con conciencia clara de qué se hace, qué se dice, qué se canta y ante Quién se está, es participar. Por eso, la piedad es un don necesario para caracterizar la participación: “piadosa y activa participación de los fieles” (SC 50) pues se tratan cosas santas.

Hay que añadir que el mayor grado de participación o la participación más plena, se da cuando se recibe la Comunión eucarística: “Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, la cual consiste en que los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciban del mismo sacrificio el Cuerpo del Señor” (SC 55).

Esta participación consciente y activa santifica las almas y las marca con las huellas del Espíritu Santo para conducirlos por Cristo al Padre:

“La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos” (SC 48).

Sería un contrasentido a la misma naturaleza de la liturgia que los fieles fueran meros asistentes, “extraños y mudos espectadores”, que miran desde fuera algo que ocurre en el presbiterio, en el mayor de los mutismos, como en una obra de teatro, o reduciéndose a la impresión estética de lo que se desarrolla en el altar con ceremonias deslumbrantes.

Con ese contexto espiritual, que abarca la vida entera del bautizado, es conveniente ver ahora cómo se participa realmente en la liturgia, cómo todos los fieles toman parte activa y consciente, plena e interior, piadosa y fructuosamente, en la divina liturgia.

 


[1] Cf. Sacramentum caritatis, n. 55.

[2] Id., n. 64.

 

18.07.17

Reverencia y dignidad (Sacralidad - VII)

Mucho depende de la unción con la que sacerdotes y obispos celebren la santa liturgia. Si adquieren un hábito celebrativo lleno de piedad, de reverencia, conscientes ante Quién están y de Quién son su mediación (in persona Christi), facilitará –sin hieratismo, sin esteticismo, sin posturas forzadas- que en la liturgia brille el Misterio.

  El sacerdote es la mediación visible del Liturgo invisible, Jesucristo sumo y eterno Sacerdote. La persona entera del sacerdote debe ocultarse, hacerse transparente, servidor del Misterio, desterrando la tentación de convertirse en protagonista, en showman simpático que acapare todo para lucirse. Es imprescindible una gran dosis de humildad para oficiar los misterios divinos y un alma muy sacerdotal, llena de unción, para dejarse atrapar por el Misterio y vivirlo.

  Por eso, algo evidente pero muy olvidado, es que el sacerdote como servidor que es, no manipule la liturgia a su capricho o criterio, sino que observando las normas litúrgicas, ofrezca a Dios y a los fieles la liturgia de la Iglesia, no su propia reelaboración creativa.

“La observancia ritual ayuda a que el sacerdote no sea protagonista en la celebración, favoreciendo que los fieles no se fijen en él y descubran a Dios y el culto sea un encuentro con Dios, que ocupa siempre el centro. La obediencia del sacerdote a las rúbricas es una señal elocuente y silenciosa de su amor a la Iglesia, a la cual sirve, sin servirse de ella. No podemos tratar la liturgia como si fuera un material por nosotros manipulable, pues se trata de una realidad sagrada” (Fernández, P., La sagrada liturgia, 328).

  El porte exterior del sacerdote refleja su interior, su alma sacerdotal y su disposición contemplativa, lo cual, bien cuidado y vivido, ayudará a los fieles a una verdadera participación interior en la liturgia. Lo pide la Iglesia para el bien de los fieles:

 “El pueblo de Dios tiene necesidad de ver en los sacerdotes y diáconos una conducta llena de reverencia y dignidad, capaz de ayudar a penetrar en las realidades invisibles, incluso con pocas palabras y explicaciones. En el Misal romano, llamado de San Pío V, como en las diversas liturgias orientales, se encuentran muy bellas oraciones con las cuales el sacerdote expresa el más profundo sentido de humildad y de reverencia hacia los santos misterios; ellas muestran la sustancia misma de toda liturgia” (Juan Pablo II, Disc. a la plenaria de la Cong. para el Culto divino, 21-septiembre-2011).

  Esto es lo que deben percibir los fieles. En ocasiones el pueblo cristiano, con la mentalidad secularizada que se ha extendido, exige al sacerdote que haga una liturgia simpática, entretenida, llena de diálogos (y hasta de aplausos). Pero a la larga, ven y experimentan una liturgia mejor y más plena si el sacerdote se ajusta a las normas litúrgicas de la Iglesia y transmite espiritualidad, recogimiento y adoración.

   La dignidad al celebrar, traspasada de oración, no necesita de muchas explicaciones, es elocuente en sí de la santidad de la liturgia.

“Sólo el ministro ordenado representa a Cristo Cabeza y con tal potestad sube al altar, de tal modo que es inferior a Cristo y superior al pueblo. En este sentido, es importante que el ministro ordenado recupere la conciencia de su dignidad, sobre todo cuando está en el altar, y hable con autoridad, sin identificarse equívocamente con la asamblea presente” (Fernández, P., La sagrada liturgia, 175).

 Sabedor de esto, el sacerdote debe presidir toda liturgia orando, con espíritu de oración, en diálogo con Dios a quien dirige las oraciones litúrgicas, meditando personalmente en los momentos de silencio, siendo oyente atento de las lecturas proclamadas, comulgando reverentemente.

“Me parece que la gente percibe si realmente nosotros estamos en coloquio con Dios, con ellos y, por decirlo así, si atraemos a los demás a la comunión con los hijos de Dios; o si, por el contrario, solo hacemos algo exterior” (Benedicto XVI, Encuentro con los sacerdotes de Albano, 31-agosto-2006).

  Es un ministerio santo éste de santificar y celebrar la divina liturgia. Se convierte en fuente de santificación para el propio sacerdote y por ello, sin dejadez, sin un estilo desenfadado, sino con un modo de vivirlo santo, habrá de desempeñarlo:

“El sacerdote está llamado a ser ministro de este gran Misterio, en el sacramento y en la vida. Aunque la gran tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote, salvaguardando así adecuadamente las legítimas expectativas de los fieles, eso no quita nada a la necesaria, más aún, indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón auténticamente sacerdotal: el pueblo de Dios espera de sus pastores también un ejemplo de fe y un testimonio de santidad. En la celebración de los santos misterios es donde el sacerdote encuentra la raíz de su santificación” (Benedicto XVI, Audiencia general, 5-mayo-2010).