9.08.18

Te alabamos, Señor (a la Palabra) (Respuestas XI)

    Las lecturas bíblicas, y su culmen, el Evangelio, están rodeados de ritos, gestos y aclamaciones, que disponen para su acogida y que manifiestan luego su asentimiento, su recepción, su acogida en la fe.

   Esto es algo común a todas las familias litúrgicas, a todos los ritos orientales y occidentales, aunque cada uno de ellos lo realiza de manera distinta, pero todos rodean de veneración la lectura de las santas Escrituras y le rinden honor a la Palabra divina con respuestas y con aclamaciones.

    El rito hispano-mozárabe anuncia la lectura, “Lectura de la profecía de Isaías” y el pueblo la recibe diciendo: “Demos gracias a Dios”. Cuando acaba la lectura, todos dicen: “Amén”, confirmando la acogida creyente. Antiguamente (hoy no se ha mantenido en el actual Misal hispano-mozárabe) el diácono, en el paso de las lecturas del Antiguo Testamento a la lectura apostólica, advertía: “Silentium facite!”, “Guardad silencio”, que es un aviso diaconal muy semejante al que veremos que realiza el diácono en la divina liturgia de S. Juan Crisóstomo y otras liturgias orientales.

     También el Evangelio es recibido con honor: cirios en incienso en procesión, saludo del diácono (“El Señor esté siempre con vosotros”) incensación, anuncio de la lectura y aclamación de los fieles: “Gloria a ti, Señor”. Comienza el Evangelio de un modo muy característico; en vez de decir “Jesús”, dice “Nuestro Señor Jesucristo”: “En aquel tiempo, nuestro Señor Jesucristo…” Concluye con el “Amén” de los fieles, ratificando y aclamando el Evangelio que acaba de ser proclamado.

    En la divina liturgia bizantina, antes de proclamarse la epístola, el diácono advierte: “Atendamos” y continúa el sacerdote: “Paz a todos. Sabiduría”. El coro entona unos versículos sálmicos y vuelve a repetir el diácono: “Sabiduría”. El lector anuncia el título de la Epístola, y el diácono repite: “Atendamos”. Tras lo cual, lee la epístola. Terminada la epístola, el sacerdote se dirige al lector: “La paz contigo”, y el coro entona por tres veces “Aleluya”.

   Con gran solemnidad llega el momento del Evangelio. El diácono avisa: “Sabiduría, estemos con respeto, escuchemos el Santo Evangelio.” El sacerdote saluda: “La paz sea con vosotros” y contesta el coro: “Y con tu espíritu también”. El diácono anuncia la lectura: “Lectura del santo Evangelio según san…” y el coro canta aclamando: “Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti”. Reitera el diácono una vez más: “Estemos atentos”, y entonces lee el Evangelio. Cuando termina el Evangelio, el coro vuelve a cantar: “Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti”.

    Apenas encontramos diferencia alguna entre el rito ambrosiano y el rito romano para acoger y responder a las lecturas bíblicas.

    Antes de cada lectura, el lector desde el ambón pide la bendición al sacerdote: “Bendíceme, padre”, y el sacerdote en su sede responde: “La lectura profética nos ilumine y nos lleve a la salvación”. El lector anuncia la lectura y lee directamente; al final aclama: “Palabra de Dios” y todos responden: “Demos gracias a Dios”. En el Evangelio, el diácono, después de saludar “El Señor esté con vosotros –Y con tu espíritu”, anuncia la lectura: “Lectura del Evangelio según san…” y todos aclaman: “Gloria a ti, oh Señor”. Terminada la lectura, el diácono dice: “Palabra del Señor”, y los fieles responden: “Alabanza a ti, oh Cristo”.

     El rito romano anuncia la lectura y directamente comienza a leer, sin ningún tipo de aclamación o respuesta de todos. Al final el lector –o un cantor- entona una aclamación: “¡Palabra de Dios!” y todos responden en castellano: “Te alabamos, Señor”, o “Verbum Domini – Deo gratias”.

     Se trata de aclamar, festejar, la Palabra de Dios que se ha hecho presente, y los fieles alaban a Dios por ella: “Deo gratias”, “te alabamos, Señor”. Al tener el valor de una aclamación, pierde todo su sentido y eficacia cuando el lector se atreve a modificarla con expresiones como “es palabra de Dios”, “esto es Palabra de Dios”, porque no se trata de explicar, como una monición, que lo que se ha leído es Palabra revelada, sino de festejarla y aclamarla: “¡Palabra de Dios!”

    El Evangelio se subraya más aún ya que es Cristo quien sigue anunciando el Evangelio (cf. SC 33). El diácono o el sacerdote anuncia: “Lectura del santo evangelio según san…”, y todos responde: “Gloria a ti, Señor”. Se aclama a Jesucristo, estando en pie, porque el Evangelio es su misma voz aquí y ahora a la Iglesia. Por eso se dirige a Él mismo la aclamación: “Gloria a ti, Señor”.

    Significando que el Evangelio es el culmen de la Revelación entera, que Cristo es la plenitud y que en Él, Dios nos lo ha dicho ya todo y no tiene más que decir (cf. S. Juan de la Cruz, 2S, 22,3-4). La aclamación del Evangelio es distinta a la de las demás lecturas. “Verbum Domini”, “Palabra del Señor”, y se responde: “Laus tibi, Christe”, “Gloria a ti, Señor Jesús”.

    Como Jesucristo se hace presente en la Palabra proclamada (cf. SC 7), a Él nos dirigimos dándole gracias por anunciarlos el Evangelio por boca de un ministro ordenado: “Gloria a ti, Señor Jesús”.

    Si la aclamación se canta, según con qué tono se entone, se permiten varias respuestas musicalizadas: “Gloria y honor a ti, Señor Jesús”, “Tu palabra, Señor, es la verdad, y tu ley es la libertad”, “Gloria a ti, oh Cristo, Palabra de Dios”. Según la melodía de la aclamación, así dará pie a la melodía de una u otra forma musicalizada de respuesta.

    Es necesario cuidar las aclamaciones a las lecturas (“Palabra de Dios”, “Palabra del Señor”) e incluso cantarlas en los días más solemnes para que todos respondan cantando: “Es conveniente cantarlos, a fin de que la asamblea pueda aclamar del mismo modo, aunque el Evangelio sea tan sólo leído. De este modo se pone de relieve la importancia de la lectura evangélica y se aviva la fe de los oyentes” (OLM 17).

    Las prescripciones del Misal y del Leccionario señalan su importancia. La IGMR dice: “Después de cada lectura, el lector propone una aclamación, con cuya respuesta el pueblo congregado tributa honor a la Palabra de Dios recibida con fe y con ánimo agradecido” (IGMR 59). Y, para el Evangelio, insiste: “los fieles… con sus aclamaciones reconocen y profesan la presencia de Cristo que les habla” (IGMR 60). Por su parte, la Ordenación del Leccionario de la Misa explica que la aclamación “Palabra de Dios” “puede ser cantada también por un cantor distinto al lector que ha proclamado la lectura, respondiendo luego todos con la aclamación. De este modo la asamblea reunida honra la palabra de Dios, recibida con fe y con espíritu de acción de gracias” (OLM 18).

    Ya en el Antiguo Testamento encontramos una aclamación litúrgica a la lectura de la Ley. Cuando Esdras, desde un ambón, lee la ley del Señor, el pueblo responde: “¡Amén, amén!” (Neh 8,6). También es la conclusión, a modo de aclamación final, de algunos salmos: “Bendito el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas… ¡Amén, amén!” (Sal 71), “Bendito el Señor por siempre. Amén, amén” (Sal 88), “y todo el pueblo diga: ¡Amén!” (Sal 105).

    A Cristo le dirán sus propios apóstoles: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,69), y es que sus palabras encendían el corazón al explicar las Escrituras (cf. Lc 24,32). “Nadie jamás ha hablado como ese hombre” (Jn 7,46) porque su palabra es poderosa.

     La liturgia de la Palabra es un diálogo de Dios con su pueblo, un coloquio esponsal de Cristo con su Iglesia. Él habla, los fieles escuchan y después responden asintiendo, recibiendo. La fe les hace reconocer que, a través del lector, Dios sigue hablando. El lector mismo se sabe un instrumento e invita a todos a reconocer en aquella lectura al Dios vivo: “¡Palabra de Dios!”, y todos, con fe y gozo, aclaman: “te alabamos, Señor”.

    El lugar y momento propio en el que Dios habla y se proclaman las Escrituras es la liturgia, “el ámbito privilegiado en el que Dios nos habla en nuestra vida, habla hoy a su pueblo, que escucha y responde” (Benedicto XVI, Verbum Domini, n. 52). Es algo más que un momento didáctico o ilustrativo o de estudio (lo cual es lo propio y necesario en catequesis, grupos de estudio, círculos bíblicos, etc.), porque “el anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una enseñanza: exige la respuesta de la fe, como consentimiento y compromiso, con miras a la Alianza entre Dios y su pueblo” (CAT 1102).

     La Palabra en la liturgia es eficaz porque es presencia de Cristo y actuación del Espíritu Santo: así, la “Palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz por el poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor indeficiente en su eficacia para con los hombres” (OLM 4).

   Por eso las lecturas bíblicas en la liturgia se rodean de honor, se solemnizan con ritos (el Evangelio con procesión, cirios, incensación), se anuncian también solemnemente y se concluyen con una aclamación o respuesta de todos, a veces cantada, que es confesión de fe, acogida a la Palabra proclamada, reconocimiento de la Verdad, gratitud al Señor que sigue hablando y revelándose.

 

 

2.08.18

Las ofrendas de la Misa (I)

Cuando el sacerdote recita la oración sobre las ofrendas, si lo hace de modo claro, y todos los fieles escuchan atentamente interiorizando, se puede llegar a descubrir lo evidente: que las ofrendas que se presentan son pan y vino; éstos son los dones principales que se aportan al altar y sobre los cuales se reza.

  Esto es lo evidente y, sin embargo, parece que pasa desapercibido confundiendo ofrendas con cualquier elemento que -¡hasta con una monición por ofrenda, y girándose hacia los fieles, levantando la ofrenda para que se vea, dando la espalda al altar y al sacerdote!- se lleva en procesión. Pero esto es una corruptela que se ha introducido en el modo de celebrar el rito romano, un elemento distorsionante.

1. Pan y vino

    Los dones verdaderos, la ofrenda real, es la materia del sacrificio eucarístico: todo el pan y todo el vino necesarios para consagrar y distribuir en la sagrada comunión. Pues algo tan evidente ha quedado desfigurado y extraño en la liturgia.

   La Ordenación General del Misal Romano, que es norma y pauta obligatoria, lo explica:

  “Terminada la oración universal, todos se sientan y comienza el canto del ofertorio…

  Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste en la presentación del pan y del vino para la celebración de la Eucaristía o de otros dones con los que se ayude a las necesidades de la iglesia o de los pobres” (IGMR 139-140).

   El desarrollo ritual es claro: comienza el canto del ofertorio (no hay monición al ofertorio ni monición a cada ofrenda) y los fieles aportan pan y vino para la Eucaristía, o también dones para las necesidades de la iglesia o para los pobres. Nada más, nada menos.

   Por eso luego se oye en la oración sobre las ofrendas la alusión al pan y al vino, la verdadera ofrenda, la ofrenda real:

   “Señor, Dios nuestro, que has creado este pan y este vino para reparar nuestras fuerzas, concédenos que sean también para nosotros sacramento de vida eterna”[1][1];

“acepta, Señor, este pan y este vino, escogidos de entre los bienes que hemos recibido de ti”[2][2];

“muéstrate propicio a nuestra ofrenda, Señor, y ya que este pan, que se va a convertir en el Cuerpo de tu Hijo, está hecho de granos de trigo, concédenos el gozo de saber que nuestra semilla dará fruto abundante gracias a tu bendición”[3][3].

   Son alusiones explícitas al pan y al vino como ofrendas que se han presentado, y no incluyen ningún otro elemento más, porque la liturgia romana, como las otras liturgias, identifican “ofrendas” sólo con “el pan y el vino”; de sustento temporal y alimento común van a transformarse en sacramento de eternidad y celestial banquete:

  “Dios y Señor nuestro, creador todopoderoso, acepta los dones que tú mismo nos diste y transforma en sacramento de vida eterna el pan y el vino que has creado para sustento temporal del hombre”[4][4];

“te presentamos, Señor, estos dones que tú mismo nos diste para ofrecer en tu presencia, y tú, que has hecho de este pan y este vino misterio de salvación para nosotros, haz que encontremos en ellos una fuente de vida eterna”[5][5];

“acepta y santifica, Señor, estos dones de pan y de vino, fruto de la tierra que cultivó san Isidro labrador regándola con el sudor de su frente”[6][6].

   Siguiendo la lógica de la oración de la Iglesia, a poco que sepamos escuchar las oraciones sobre las ofrendas, descubriremos que el rito del ofertorio es sólo para llevar pan y vino al altar y por tanto, prescindir de otros elementos simbólicos e inútiles será un paso necesario en todas partes para volver a centrar este rito, y la presentación de ofrendas, en su claro y original sentido eucarístico.

 

 



[1][1] OF V Tiempo Ordinario.

[2][2] OF Domingo I Adviento.

[3][3] OF En tiempo de siembra, B.

[4][4] OF Martes I Cuaresma.

[5][5] OF Miércoles I Cuaresma.

[6][6] OF 15 de mayo, S. Isidro.

26.07.18

Gloria a Dios en el cielo - IV (Respuestas X)

     El himno, entonces, cobra otro aire, coge un nuevo giro: de las alabanzas a Cristo, enumerando los títulos cristológicos, se pasa a la súplica, a la petición.

      En los himnos clásicos latinos es un proceso habitual; primero un cuerpo amplio de alabanza, después unas súplicas y terminan con una doxología o alabanza a la Trinidad.

    Por ejemplo, el himno latino para Laudes de la I semana del Salterio “Splendor Paternae gloriae” comienza alabando e invocando:

 Resplandor de la gloria del Padre,
y Destello de su Luz,
Luz de Luz y Fuente de toda Luz,
Día que iluminas el día.

     De ahí, de la alabanza, torna a súplica confiada:

 Que informe nuestros actos decididos,
quiebre el dardo del maligno,
nos secunde en la adversidad,
y con su gracia nos asista.

Que gobierne y dirija nuestras almas,
guardando el cuerpo puro y dócil;
que preservándola del engañoso veneno,
avive con ímpetu nuestra fe.

Siendo Cristo nuestro alimento,
y nuestra bebida la fe,
libemos con gozo la sobria
efusión del Espíritu.

     Concluye con una doxología trinitaria:

Y mientras la aurora prosigue su curso,
que emerja Aquel que es todo Aurora,
todo el Hijo en el Padre,
y en el Verbo, el Padre todo.

Gloria al Padre ingénito,

gloria al Unigénito,
junto con el Espíritu Santo
por los siglos de los siglos. Amén.

      En este caso, en el himno “Gloria in excelsis”, la súplica se formula o casi se repite por tres veces: “Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. Tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica. Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros”.

   A Cristo Jesús se dirige la Iglesia, contemplándolo glorioso, como Señor de todo, sentado a la derecha del Padre y glorificado por su santa Ascensión. Él es el Señor, el Redentor, el Sumo y Eterno Sacerdote, el Mediador único, el Pontífice. A Él acudimos suplicando que “tenga piedad de nosotros” y que “atienda nuestra súplica”, súplica en singular y no “súplicas”, porque una y única es la petición que ahora elevamos: ¡que tenga piedad! Débiles y pecadores, toda nuestra esperanza estriba en su gran misericordia. ¡Ten piedad!

    Por último, el himno se eleva hacia la glorificación de Dios, la doxología.

    Es un final vibrante, denso, solemne; una alabanza a Dios y confesión de fe en la Santísima Trinidad. Lo que se canta merece ser considerado: “Porque sólo tú eres Santo, sólo tú, Señor, sólo tú, altísimo, Jesucristo”.

   Jesucristo es el Santo de Dios (cf. Lc 4,34), realmente el tres veces Santo por su naturaleza divina. ¡Sólo tú eres Santo! Todos los demás son santos o serán santos no por sus capacidades naturales, no por sí mismos sin el auxilio de la gracia, no por sus solos méritos, sino porque participan de la santidad de Jesucristo, han recibido la santidad como don de Jesucristo, la reflejan como una epifanía, la transparentan. La santidad es siempre santidad participada de Jesucristo por gracia. Por eso ningún santo agota en sí toda la santidad, sino que cada uno refleja y plasma en su vida y se configura con un aspecto del Misterio insondable de Jesucristo. El único Santo es Jesucristo.

    “¡Altísimo!”, porque reina como Señor de cielo y tierra (cf. Sal 96), como Juez de vivos y muertos. Ha sido exaltado y glorificado por el Padre.

     “Con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén”. La santa Trinidad es glorificada por los labios de la Iglesia: Dios, uno y trino; Dios, tres Personas distintas de idéntica naturaleza e iguales en dignidad, alabada por siempre.

     Alabanza, súplica y confesión de fe: son los tres aspectos preciosos de este antiguo y venerable himno. Se entiende que su letra sea invariable, que no admita paráfrasis, adaptaciones o recrearlo, ni mucho menos sustituirlo por otro canto que recuerde remotamente al Gloria.

   Se entiende, asimismo, que por ser un himno tan solemne y festivo, su texto pida ser cantado, y debe ser mucho más habitual su canto en nuestra liturgia dominical y no el mero recitado.

    Para terminar, bien pueden iluminar este himno Gloria in excelsis las oraciones post-gloriam del rito hispano. Equivalentes a la oración colecta de la Misa romana, sin embargo en el rito hispano suelen glosar alguna frase del Gloria haciendo eco de lo cantado antes.

 Oh Dios, tú quisiste anunciar la llegada de tu Hijo,

nuestro Señor Jesucristo, por medio de los coros celestiales ,

y por el pregón de los ángeles: “Gloria a Dios en el cielo

y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”,

manifestarlo a quienes lo aclamaban;

concédenos que, en esta celebración de la resurrección del Señor,

se incremente la paz devuelta a la tierra

y se mantenga el amor de la caridad fraterna.

R/. Amén. (Dom. I de Adviento)

 

Para ti entonamos cantos de gloria, Señor Dios nuestro,

y pedimos la acción de tu poder,

para que así como te has dignado

morir por nosotros, pecadores,

y al tercer día de tu glorificación

te apareciste en la grandeza de la resurrección,

también nosotros, liberados por ti,

merezcamos poseer el gozo eterno,

como nos precedió el ejemplo de la verdadera Resurrección.

R/. Amén. (Dom. Octava de Pascua).

 

Tú eres nuestra gloria, Dios nuestro,

aclamado y cantado sin interrupción

por los ángeles en el cielo,

mientras aquí eres celebrado solemne y sinceramente;

concédenos, por tu inmensa bondad,

vernos libres de todo mal y poder proclamar siempre tus alabanzas.

R/. Amén. (Dom. I de Cotidiano).

 

20.07.18

Gloria a Dios en el cielo - III (Respuestas IX)

   Comienza entonces, como forma de alabanza, una enumeración de los títulos de Dios, uno y trino.

   Primero se dirige al Padre: “Señor Dios, Rey celestial, Dios, Padre todopoderoso”. ¡Éste es nuestro Dios por siempre jamás!

   Después, como auténtica confesión de fe, reconoce y aclama a Jesucristo como Dios verdadero, Hijo de Dios: “Señor, Hijo único, Jesucristo. Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre”.

   Con el canto, estas expresiones cristológicas se memorizan fácilmente en el pueblo cristiano, siendo un modo de educar en la recta fe generación tras generación. No extrañará entonces que los arrianos, aquellos que negaban la divinidad de Cristo y lo hacían solo “semejante” al Padre como una criatura más, corrigieran esta parte del Gloria para atribuir únicamente al Padre el ser Dios y Señor.

     También en los himnos hay alguna parte dedicada a la petición y súplica antes de la estrofa final. En este himno doxológico, de glorificación, la Iglesia se dirige a su Cabeza, Señor y Esposo. “Tú que quitas el pecado del mundo”: así comienza la doble invocación para suplicar “ten piedad de nosotros”, “atiende nuestra súplica” y la tercera es más desarrollada: “Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros”.

    Y así como cualquier himno termina con una estrofa que vuelve a alabar y glorificar a Dios, este himno concluye alabando hermosamente a Dios en cada una de las tres divinas Personas: “Sólo tú eres santo, sólo tú, Señor, sólo tú, altísimo Jesucristo. Con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre”. Clara confesión de fe cristiana: así canta la Iglesia a Dios.

    Los títulos con los que canta a Cristo y le glorifica, resultan ser, además, recta confesión de la fe ortodoxa, ya que el canto debe expresar la fe, no los sentimientos, y la letra de himnos y cantos, fáciles por tanto de memorizar gracias a la melodía, se convierten en instrumentos magníficos para grabar en las mentes las verdades de la fe.

       a) “Hijo único”, o “Unigénito”:

      Significa que Jesucristo es el único Hijo de Dios propiamente, por naturaleza, y no por adopción y gracia como los bautizados. Siendo su Hijo, es consustancial a Él, de la misma naturaleza, y no una criatura como el hombre, ni siquiera semejante o parecido a Dios. Ésta era la herejía arriana que, actualmente, ha rebrotado con otros términos.

    ¡Cuánto predicaron los Padres sobre esto! San Gregorio de Nisa decía: “El Verbo que existe antes de los siglos es el unigénito, y que el Verbo hecho carne se ha convertido en primogénito de toda criatura que en el tiempo ha nacido en Cristo” (Sobre la perfección, 62). El gran san Agustín, combatiendo el arrianismo, predicaba: “A su Hijo único en persona, al que había engendrado y mediante el que había creado todo, lo ha enviado a este mundo, para que él no estuviese solo, sino que tuviera hermanos adoptados. En efecto, nosotros somos no nacidos de Dios como el Unigénito, sino adoptados mediante éste. Él, en efecto, Unigénito, ha venido a aniquilar los pecados” (In Ioh. ev., tr. 2,13).

   El Crisóstomo, a su vez, predica: “Igual que las palabras ‘al principio era el Verbo’ designan su eternidad, la frase ‘y al principio estaba junto a Dios’ indica que es coeterno con el Padre. En efecto, el evangelista, para que nadie piense al oír ‘al principio estaba junto a Dios’, que el Padre sea preexistente a Él, ni siquiera por unos instantes, y para que no se atribuya un principio al Unigénito, se añade: ‘estaba al principio junto a Dios’. O sea es eterno como el Padre, el cual, por consiguiente, jamás estuvo privado del Verbo. Éste, en suma, existió siempre como Dios junto a Dios, aunque tuviera una persona propia y distinta” (Hom. ev. Ioh, 4,1).

            b) “Señor Dios”

       La confesión más clara y explícita de Jesucristo como Dios la hallamos en el incrédulo Tomás, que sólo cuando lo vio resucitado y capaz de tocarlo, pronuncia, como broche de oro de todo el evangelio, la profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”.

     Jesucristo es Dios. Igual al Padre en dignidad y en naturaleza, Dios como Él, pero Dios que asume nuestra humanidad encarnándose. No un profeta más, no un líder religioso cualificado, no un revolucionario, no un defensor de causas románticas y secularizadas, sino “Dios-con-nosotros”. No mero hombre, sino Dios y hombre; no disfrazado de hombre, sino Dios y hombre verdadero. No simplemente hombre, como tantos otros, sino su divinidad real bajo los velos de nuestra carne. “¡Señor Dios!”.

    Comentando ese momento cumbre, la confesión de Tomás, dice san Agustín: “Veía y tocaba a un hombre y confesaba a Dios, al que no veía ni tocaba; pero, mediante esto que veía y tocaba, creía aquello” (In Ioh. ev., tr. 121,5).

        c) “Cordero de Dios”

      “Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre”. ¿Qué significa? ¿Cuál es esta alusión a Cristo como Cordero, que en otros momentos de la liturgia romana nos vamos a encontrar?

    Comentando el pasaje (Jn 1,29) en que el Bautista califica así a Cristo, predica san Agustín: “Cordero, pues, es sólo aquel que no ha venido así, pues no fue concebido en medio de iniquidad, porque no fue concebido a partir de la condición mortal; tampoco entre pecados alimentó su madre en el útero a ese que concibió virgen y virgen parió, porque lo concibió por la fe y por la fe lo recibió. He aquí, pues, al Cordero de Dios… De Adán tomó sólo la carne, no asumió el pecado. Quien de nuestra masa no asumió el pecado, ése es el que quita nuestro pecado” (In Ioh. ev., tr. 4,10).

     Cristo, Señor Dios, es el Cordero de Dios, el único sin mancha, inmaculado y puro, capaz de ser ofrecido en expiación y ser, a un tiempo, Cordero pascual. “Así también, el Cordero en singular, el único sin mancha, sin pecado; no cuyas manchas hayan sido limpiadas, sino cuya mancha fue nula… En singular, pues, él –éste es el Cordero de Dios-, porque con sola la sangre de este Cordero en singular han podido ser redimidos los hombres” (S. Agustín, In Ioh. ev., tr. 7,5).

     ¡El Cordero de Dios, el único! “La expresión ‘he ahí’, revela cómo eran muchos los que aguardaban su llegada con un intenso deseo, acrecentado, también, por cuantas cosas se venían diciendo de Él desde hacía mucho tiempo. Lo llama ‘cordero’ para evocar en la mente de sus oyentes las palabras del profeta Isaías y las prefiguraciones de la época de Moisés y para, mediante un símbolo alegórico, más fácilmente conducirlos hasta la verdad. Bien es verdad, sin embargo, que el antiguo cordero no cargó con los pecados de nadie, mientras que éste llevó sobre sí los pecados de todo el mundo. Él enseguida sustrajo a la ira de Dios al mundo entero, amenazado de ruina” (S. Juan Crisóstomo, Hom. In Ioh., 17,1).

            d) “Hijo del Padre”:

        Otro título más, en este caso reiterativo. Ya se dijo “Hijo único”, ya se le reconoció “Unigénito”, pero la liturgia se recrea en contemplar la filiación divina, única, desde siempre, antes de los tiempos, del Hijo. Es su divinidad a la que alabamos. Es su divinidad, en cuanto Hijo único, la que se encarna y nace y nos redime. “El Padre ama al Hijo, pero como un padre a su hijo, no como un señor a su esclavo; como el Único, no como a un adoptado. Así pues, ha puesto todo en su mano. ¿Qué significa ‘todo’? Que el Hijo es tan grande como el Padre. De hecho, para la igualdad consigo ha engendrado a ese que no tuvo como rapiña ser igual a Dios en forma de Dios. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. Cuando, pues, se dignó enviarnos al Hijo, no supongamos que se nos envió algo menor de lo que es el Padre. Al enviar al Hijo, se envió a sí mismo en otra persona” (S. Agustín, In Ioh. ev., tr. 14,11).

     Por su parte, san Juan Crisóstomo dice: ‘“Entregó a su Hijo Unigénito’. No a un siervo, no a un ángel o a un arcángel. Ningún padre ha sentido tanto amor por sus propios hijos como Dios por sus siervos ingratos” (Hom. in Ioh., 27,2).

 

 

 

12.07.18

Gloria a Dios en el cielo - II (Respuestas VIII)

   Los ángeles en la noche de Navidad, proclamaban la gloria de Dios y la llegada del Mesías, el verdadero Príncipe de la paz (cf. Is 9) que establecerá la paz en todos los confines de la tierra (Sal 71).

   “Los hombres de buena voluntad” son los que aguardaban al Mesías Salvador, los sencillos de corazón, los pobres de espíritu, que acogieron y creyeron las profecías y las esperanzas mesiánicas. Aguardaban al Salvador y Dios cumplió lo que había anunciado.

   La traducción castellana ha reinterpretado estas palabras y las ha traducido de otro modo: “paz a los hombres que ama el Señor”. Dios es quien ama a los hombres (cf. Tit 2,11), y porque los ama, les envía a su Hijo. No es la paz, desde luego, de “los que aman [ellos] al Señor”, como si fueran los hombres los que amaran a Dios… Se trata de mirar la benevolencia divina, destacar la iniciativa divina, su amor previo y gratuito.

  Detengámonos, con los Padres de la Iglesia, en este primer verso del salmo, cantado por los ángeles en el cielo la noche de la Navidad.

   ¿Por qué cantan los ángeles aquella noche luminosa?

 “Cuando se nos leyó el evangelio, escuchamos las palabras mediante las cuales los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Señor Jesucristo de una virgen: Gloria a Dios en los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Palabras de fiesta y de congratulación no sólo para la mujer cuyo seno había dado a luz al niño, sino también para el género humano, en cuyo beneficio la virgen había alumbrado al Salvador” (S. Agustín, Serm. 193,1).

   Cantan los ángeles y glorifican al Señor, como siempre hacen en el cielo, y en esta ocasión, introducen también su canto en la tierra siguiendo a su Jefe, que ha entrado en la tierra, naciendo:

  “Está bien que sea mencionado el ejército de los ángeles que seguían al jefe de su milicia. ¿A quién habían de dirigir los ángeles sus alabanzas, sino a su Señor, según está escrito: “alabad al Señor desde los cielos, alabadle en las alturas, alabadle, ángeles todos”? Aquí, pues, se cumple la profecía. El Señor es alabado en lo alto de los cielos y se muestra sobre la tierra” (S. Ambrosio, In Luc., II, 52).

   Cantamos la gloria a Dios, la paz en la tierra. Dirá san Jerónimo:

“Gloria en el cielo en donde no hay jamás disensión alguna, y paz en la tierra para que no haya a diario guerras. “Y paz en la tierra”. Y esa paz, ¿en quiénes? En los hombres. Y ¿por qué entonces no tienen paz los gentiles ni los judíos? Por eso se apostilla: “Paz a los hombres de buena voluntad”, es decir, a quienes reciben a Cristo recién nacido” (Sobre la Natividad del Señor, BAC, 593,959).

   El canto de paz de los ángeles resuena anunciando la salvación para que todos lleguen a ser hombres de buena voluntad:

“Una vez nacido de la virgen el Señor, cuya natividad celebramos hoy, resonó el canto angélico: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. ¿A qué se debe que haya paz en la tierra sino a que la verdad ha brotado de la tierra, es decir, a que Cristo ha nacido de la carne? Él es también nuestra paz, que de dos pueblos hizo uno, para que nos convirtamos en hombres de buena voluntad, dulcemente unidos en el vínculo de la caridad” (S. Agustín, Serm. 185,3).

  Esa paz es la reconciliación entre el cielo y la tierra, es la paz entre los hombres y los ángeles:

  “Antes de que nuestro Redentor naciera en la carne, estábamos en desacuerdo con los ángeles, de cuya claridad y pureza distábamos mucho, por merecerlo así la primera culpa y nuestros diarios delitos; pues, al pecar, nos habíamos extrañado de Dios, y los ángeles, ciudadanos de Dios, nos consideraban también como extraños a su compañía; pero, cuando ya reconocimos a nuestro Rey, los ángeles nos reconocieron como ciudadanos suyos, porque, habiendo tomado el Rey del cielo la tierra de nuestra carne, la grandeza angélica ya no desprecia nuestra pequeñez: los ángeles hacen las paces con nosotros; dejan a un lado los motivos de la antigua discordia y respetan ya como compañeros a los que antes, por enfermos y abyectos, habían despreciado” (S. Gregorio Magno, Hom. sobre Ev., 1, 8, 2).

  Ahora es cuando surge un nuevo orden, ya perfecto; paz en la tierra y la gloria sólo para Dios en el cielo:

  “Cuando la paz comenzaba a reinar, los ángeles decían: “Gloria en las alturas y paz en la tierra”. Pero cuando los de aquí abajo recibieron la paz de los de arriba, proclamaron: “Gloria en la tierra y paz en los cielos”. Cuando la divinidad descendió a la tierra y se revistió de humanidad, los ángeles proclamaban: “paz en la tierra”. Y cuando esa humanidad asciende y se sienta a la derecha, los niños clamaban ante ella: “Paz en los cielos. ¡Hosanna en las alturas!” Es lo mismo que el Apóstol se dispuso a decir: “Por medio de su sangre restableció la paz, tanto en las criaturas de la tierra como en las celestiales”. Los ángeles decían: “Gloria en las alturas y paz en la tierra”, y los niños: “Paz en los cielos y gloria en la tierra”; así aparece con claridad que, igual que la gracia de la misericordia de Cristo alegra a los pecadores en la tierra, así también su arrepentimiento alcanza a los ángeles del cielo. El “gloria a Dios” fue espontáneo; paz y reconciliación para aquellos contra los que estaba irritado; esperanza y remisión para los culpables” (S. Efrén, Com. al Diatéssaron, 2,14-15).

   Dios hace de la tierra un cielo para su Hijo, y nos anuncia el cielo a nosotros, donde gozaremos plenamente si tenemos una voluntad buena y apartada del pecado:

 “Meditemos con fe, esperanza y caridad estas palabras divinas, este cántico de alabanza a Dios, este gozo angélico, considerado con toda la atención de que seamos capaces. Tal como creemos, esperamos y deseamos, también nosotros seremos “gloria a Dios en las alturas” cuando, una vez resucitado el cuerpo espiritual, seamos llevados al encuentro en las nubes con Cristo, a condición de que ahora, mientras nos hallamos en la tierra, busquemos la paz con buena voluntad. Vida en las alturas ciertamente, porque allí está la región de los vivos; días buenos también allí donde el Señor es siempre el mismo y sus años no pasan. Pero quien ame la vida y desee ver los días buenos, cohíba su lengua del mal y no hablen mentira sus labios; apártese del mal y obre el bien, y conviértase así en hombre de buena voluntad. Busque la paz y persígala, pues paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Serm. 193,1).

  “Por tu inmensa gloria…” Cuando la Iglesia canta himnos a Dios, se suceden las alabanzas, una tras otra, para expresar el ánimo eclesial con que se dirige a Dios: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias”.

    Aquí, enteramente gustando y reconociendo la inmensa gloria de Dios, manifestada plenamente en Cristo, sus maravillas incontables, la misericordia que derrama sin medida, el pueblo cristiano adora a Dios, le alaba, le glorifica y le da gracias sin cesar. La Iglesia es un pueblo de alabanza, una nación santa, “para proclamar las maravillas” de quien nos sacó de las tinieblas y nos trasladó a su luz admirable (cf. 1P 2,9).