14.06.18

Yo confieso (Respuestas IV)

  Plegaria de origen devocional, de tipo privado, y sin embargo de buena factura en su contenido, entró en la liturgia.

  El “Yo confieso” o “Confiteor” (como comienza en latín) formaba parte de la preparación privada del sacerdote antes de celebrar el sacrificio de la Misa. Es bueno salir al altar a celebrar la Eucaristía con disposiciones interiores, con recogimiento, con el alma bien templada y consciente de la grandeza del Sacramento… mientras que es malo omitir la preparación, unos momentos previos de silencio, una plegaria, y salir el sacerdote al altar nervioso o apresurado.

  La preparación privada del sacerdote en la sacristía se fue ampliando poco a poco y se fue extendiendo hasta llegar a realizarla con las preces al pie del altar junto con el acólito (el único que le respondía representando a todos los fieles).

  Su origen más remoto parece ser en la adoración callada que hacía el Papa en la misa estacional, al llegar a la basílica y detenerse ante el altar. En la época carolingia, el sacerdote lo iba recitando mientras caminaba hacia el altar… hasta que se incorporó, de modo fijo, a las preces al pie del altar. También servía, y estuvo muy difundido, para la confesión sacramental, a partir del siglo IX, con amplio desarrollo en los pecados enumerados. Son varias las redacciones que encontramos del “Confiteor” con sus variantes.

     El “Yo confieso” incluye también el gesto exterior, humilde y penitencial, que acompaña a las palabras. “Por lo que se refiere al rito exterior, desde el principio encontramos la profunda inclinación como actitud corporal mientras se rezaba el Confiteor. Pero también la de estar de rodillas debió ser muy común. En tiempos muy antiguos se menciona la costumbre de darse golpes de pecho al pronunciar las palabras mea culpa. Esta ceremonia, como recuerdo del ejemplo evangélico del publicano (Lc 18,13), era tan familiar a los oyentes de san Agustín que éste tuvo que enseñarles que no era necesario darse golpes de pecho cada vez que se decía la palabra Confiteor[1].

    Con la reforma del Ordinario de la Misa, en el actual Misal romano vigente desde 1970, se introdujo no ya para el sacerdote sino para todos, un acto penitencial de preparación y purificación, una vez comenzada la Misa. De este modo, el “Yo confieso” pasó a ser plegaria de todos los fieles. También en la celebración comunitaria del sacramento de la Penitencia, en su forma B (con confesión y absolución individual), el “Yo confieso” es llamado “confesión general” que rezan todos de rodillas según la oportunidad (RP 27) antes de dirigirse a los sacerdotes para manifestar sus pecados y recibir la absolución. Igualmente aparece en el rito de la Unción de enfermos como preparación para el Sacramento o en el rito de la comunión a los enfermos. Finalmente, en el rezo de Completas, al finalizar el día, antes del descanso nocturno, el “Confiteor” es una de las fórmulas que se emplean tras el examen de conciencia en silencio.

    En la Misa, después del saludo del sacerdote, ordinariamente viene el acto penitencial. El sacerdote lo introduce con una breve monición tras lo cual se dejan unos momentos de silencio y juntos, a una voz o de forma dialogada, piden perdón a Dios con uno de los tres formularios que ofrece el Misal, el primero de los cuales es el rezo común del “Yo confieso”.

  La introducción del sacerdote motiva y orienta el tono interior y el fin con el que se reza. Una primera monición dice: “Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados”. La humildad de reconocer lo que somos, la fragilidad, la debilidad y los pecados concretos es un modo adecuado de acercarnos al altar del Señor dignamente, con un corazón humilde y purificado ante la santidad del sacramento eucarístico.

  Otra monición situará a los fieles ante la celebración eucarística –liturgia de la Palabra y rito eucarístico- recordando que Cristo llamó y sigue llamando a la conversión: “El Señor Jesús, que nos invita a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, nos llama ahora a la conversión. Reconozcamos, pues, que somos pecadores e invoquemos con esperanza la misericordia de Dios”.

  El ritual de la Penitencia, por su parte, en la celebración comunitaria con confesión y absolución individual (llamada forma B) después de la homilía y del silencio del examen de conciencia, comienza el rito de reconciliación con una “confesión general de los pecados” (RP 130) consistente en la oración común del “Confiteor”, preces o letanías, el Padrenuestro y una oración final. La rúbrica lo describe: “A invitación del diácono o de otro ministro los asistentes se arrodillan o se inclinan, y recitan la confesión general (el “Yo pecador”, por ejemplo). Luego de pie, si se juzga oportuno se hace alguna oración titánica o se entona un cántico. Al final, se acaba con la oración dominical que nunca deberá omitirse” (RP 27; 130).

    El sacerdote invita a iniciar el rito de reconciliación con una monición inspirada en la carta de Santiago (5,16): “Hermanos: confesad vuestros pecados y orad unos por otros, para que os salvéis” (RP 131). O también: “Recordando, hermanos, la bondad de Dios, nuestro Padre, confesemos nuestros pecados, para alcanzar así misericordia” (RP 132). Así, juntos, los fieles de rodillas o inclinados, rezarán el “Yo confieso” reconociendo sus pecados, confiando en alcanzar misericordia.

   El contenido del “Confiteor” es una acusación clara y pública (aunque genérica, como es natural) de los propios pecados y una petición sencilla para que, por la comunión de los santos, todos pidan a Dios por quien se reconoce pecador. La oración está en singular y no en plural: es uno mismo quien debe reconocerse pecador, sin escudarse o justificarse en los demás, ni en los pecados de los demás, ni disminuir la gravedad de los propios pecados como simples defectos o errores. El texto es claro. Cada uno reza en singular, y se dirige humildemente a los demás miembros de la Iglesia, aunque todos la recen en común, a una sola voz.

    “Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos”. Confesar los pecados es descubrir la verdad de uno mismo, iniciar la conversión y pedir perdón a Dios; sin reconocimiento de los pecados y arrepentimiento, no hay posibilidad de redención: ¡el corazón está endurecido! La verdad es que somos pecadores… “Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1Jn 1,10). Nuestra confianza radica en su misericordia ya que “si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia” (1Jn 1,9).

   “Yo confieso ante Dios…” Es un lenguaje similar al de tantos salmos penitenciales, inspirado en estos mismos salmos. El pecado va matando por dentro, mientras la conciencia clama interiormente: “mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí” (Sal 31). La única solución es reconocer el pecado arrepentido: “había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: ‘Confesaré al Señor mi culpa’, y tú perdonaste mi culpa y m pecado” (Sal 31). Es llegar al momento de decir con el corazón: “contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 50).

   Este reconocimiento se hace “ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos” porque el pecado repercute en la santidad de la Iglesia, la deja herida, hace daño a los hermanos, debilita o destruye por completo la caridad. El pecado tiene así una dimensión social en la comunión de los santos. Por tanto, no sólo ante Dios, sino también ante la Iglesia, “ante vosotros hermanos”, reconoce uno su maldad.

    La confesión es clara y directa: “he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Todo aquello que es humano: el pensamiento y la acción con las palabras o las obras, ha pecado; también omitiendo el bien que se podría haber realizado y voluntariamente no se ha querido hacer. Definitivamente, hemos pecado en todo aquello que podíamos pecar, ya sea activamente, ya sea pasivamente por omisión. El pensamiento por cuanto juzga condenando o se recrea en lo sensitivo (“el que mira a una mujer deseándola y ya ha cometido adulterio con ella en su corazón”, Mt 5,28); la palabra porque es crítica (St 3,1-12) y juicio, o insulto incluso: “malas palabras no salgan de vuestra boca” (Ef 5,29); de obra, de mil maneras distintas, haciendo el mal: “comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y envidias” (cf. Rm 13,13), “fornicación, impureza, indecencia o afán de dinero” (cf. Ef 5,3). También de omisión, dejando de hacer el bien, las obras de misericordia (cf. Mt 25,35-45): no dando de comer ni de beber, no acogiendo, no visitando al enfermo, etc…

   “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Acusación clara y directa; es la propia culpa, que se sabe grande, expresada ante Dios con arrepentimiento. “Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado” (Sal 50). Estas palabras en el Misal anterior, de Juan XXIII en 1962 se acompañaban golpeándose el pecho tres veces mientras se pronunciaban. Ahora, en el Misal actual, la rúbrica sólo señala lo siguiente: “golpeándose el pecho, dicen…”, sin más especificación.

   “Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles…” Concluye la confesión renovando el sentido de la comunión de los santos. Si ante los hermanos presentes (“ante vosotros hermanos”) se reconocía uno pecador y culpable, ahora a esos mismos hermanos presentes y también a la Virgen María, a los ángeles y a los santos, que forman la Iglesia celestial, se recurre suplicando la intercesión fraterna. Todos orando por todos, todos suplicando por todos. La comunión de los santos es real y eficaz.

    El valor tanto teológico y espiritual del “Confiteor”, en resumidas cuentas, lo expuso hace años el cardenal Ratzinger en un párrafo que puede muy bien servir de conclusión:

  “La Iglesia siempre ha encontrado en estas parábolas su realidad, defendiéndose también de la pretensión de una Iglesia sólo santa. La Iglesia del Señor que ha venido a buscar a los pecadores y ha comido voluntariamente en la mesa junto a ellos no puede ser una Iglesia ajena a la realidad del pecado, sino una Iglesia en la que están presentes la cizaña y el grano y los peces de todo tipo. Para resumir esta primera figura, diría que son importantes tres cosas: el sujeto de la confesión es el yo –yo no confieso los pecados de los demás, sino los míos-. Pero, en segundo lugar, yo confieso mis pecados en comunión con los demás, ante ellos y ante Dios. Y finalmente pido a Dios el perdón, pues sólo Él puede otorgármelo. Pero ruego a los hermanos y a las hermanas que recen por mí, es decir, busco en el perdón de Dios también la reconciliación con los hermanos y las hermanas”[2].

 



[1] JUNGMANN, J.A., El sacrificio de la Misa, Madrid 1959, 392-393.

[2] RATZINGER, J., Convocados en el camino de la fe, Madrid  2004, 285-286.

7.06.18

Fundamentos de la participación litúrgica, y 5ª parte (XVIII)

5. Confusiones y límites en la liturgia por la clericalización de los laicos

  La clericalización de los laicos se ha puesto de relieve, palpable, en mayor o menor grado, en la liturgia.

  Así se han multiplicado innecesariamente ministerios que acaparaban la liturgia, y se relegaba el papel del sacerdocio ministerial casi exclusivamente a la recitación de las palabras de la consagración; se han llegado a desarrollar continuas intervenciones en la liturgia, con una visión antropocéntrica, para que fueran seglares los que subieran y bajaran del presbiterio, hablaran, leyeran, incluso predicaran a su modo. Se les ha situado en el presbiterio para desacralizar cuanto más posible la celebración litúrgica y convertirla en “circular”, “asamblearia”, y se ha llegado a banalizar la distribución de la sagrada comunión, cuando sin una verdadera necesidad (ministros extraordinarios o ministros ad casum), se ha favorecido que sean seglares los que la distribuyan, y en algunos casos además,  mientras el sacerdote está sentado. Son abusos reales que se han producido y es una mentalidad difundida:

 “En la práctica, en los años posteriores al Concilio, para cumplir este deseo se extendió arbitrariamente “la confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares:  recitación indiscriminada y común de la plegaria eucarística, homilías pronunciadas por seglares, seglares que distribuyen la comunión mientras los sacerdotes se eximen” (Instrucción Inestimabile donum, 3 de abril de 1980, IntroducciónL’Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de junio de 1980, p. 17).

Esos graves abusos prácticos han tenido con frecuencia su origen en errores doctrinales, sobre todo por lo que respecta a la naturaleza de la liturgia, del sacerdocio común de los cristianos, de la vocación y de la misión de los laicos, en lo referente al ministerio ordenado de los sacerdotes” (Juan Pablo II, Disc. al 4º grupo de Obispos de Brasil en visita ad limina, 21-septiembre-2002).

  Lo que en algunas circunstancias y territorios de misión pudo ser un servicio en ausencia y espera de sacerdote, se ha convertido, por una mala teología y praxis pastoral, en algo permanente, confundiendo la distinta misión del sacerdocio bautismal de aquella que es propia del sacerdocio ministerial.

  “Los laicos eviten realizar en la liturgia las funciones que son de competencia exclusiva del sacerdocio ministerial, puesto que sólo este actúa específicamente in persona Christi capitis.

Ya me he referido a la confusión y, a veces, a la equiparación entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial, a la escasa observancia de ciertas leyes y normas eclesiásticas, a la interpretación arbitraria del concepto de “suplencia", a la tendencia a la “clericalización” de los fieles laicos, etc.” (Juan Pablo II, Disc. al 4º grupo de Obispos de Brasil en visita ad limina, 21-septiembre-2002).

  La liturgia llega a convertirse en un campo de batalla cuando se termina por buscar un protagonismo, alcanzar un relieve delante de los demás, por el desempeño de tantos y tan variados ministerios, muchos de ellos inventados, para favorecer, hipotéticamente, la participación de los fieles. En realidad, son los males derivados de la clericalización de los laicos en la liturgia: ni favorecen la santidad de la liturgia, ni potencian el sacerdocio bautismal de los fieles, más bien lo entorpecen.

 No se puede pensar ni siquiera argumentar, que la liturgia es la que permite semejantes cosas; más bien entra en el triste capítulo de “abusos” difundidos que desfiguran la misma liturgia: “Junto a estos beneficios de la reforma litúrgica, hay que reconocer y deplorar algunas desviaciones, de mayor o menor gravedad, en la aplicación de la misma. Se constatan, a veces… confusionismos entre sacerdocio ministerial, ligado a la ordenación, y el sacerdocio común de los fieles, que tiene su propio fundamento en el bautismo”[1].

  Por eso pertenece al sacerdocio ministerial, y no al sacerdocio común de los fieles:

  -presidir la santa liturgia y pronunciar las partes que le son propias, que no pueden ser recitadas por un laico o por todos a la vez; especialmente la Plegaria eucarística: “es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística, por lo tanto, debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 52).

  -pronunciar la homilía es específico del ministro ordenado: “la hará, normalmente, el mismo sacerdote celebrante, o él se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a veces, según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico” (IGMR 66);

  -la fracción del Pan consagrado, mientras se canta el Agnus Dei, corresponde al sacerdote (y al diácono) si precisa ayuda, pero jamás un laico: “la fracción del pan eucarístico la realiza solamente el sacerdote celebrante, ayudado, si es el caso, por el diácono o por un concelebrante, pero no por un laico; se comienza después de dar la paz, mientras se dice el «Cordero de Dios»” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 73);

  -es un abuso claro, que convierte la liturgia en antropocentrismo y catequesis, la introducción de testimonios por parte de laicos, misioneros o incluso sacerdotes; su lugar debe ser fuera de la Misa (antes o después); “Si se diera la necesidad de que instrucciones o testimonios sobre la vida cristiana sean expuestos por un laico a los fieles congregados en la iglesia, siempre es preferible que esto se haga fuera de la celebración de la Misa. Por causa grave, sin embargo, está permitido dar este tipo de instrucciones o testimonios, después de que el sacerdote pronuncie la oración después de la Comunión. Pero esto no puede hacerse una costumbre. Además, estas instrucciones y testimonios de ninguna manera pueden tener un sentido que pueda ser confundido con la homilía, ni se permite que por ello se suprima totalmente la homilía” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 74);

  -no es lícito que la distribución de la sagrada comunión se haga siempre por laicos, eximiéndose el sacerdote de su distribución: “Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos” (Inst. Redemptionis sacramentum 157); los laicos llamados a distribuir la comunión serán en caso de verdadera necesidad ministros ad casum o ministros extraordinarios; “Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 88);

  -ya que la Eucaristía es un don que se recibe, ni los diáconos ni los fieles laicos pueden tomarla por sí mismos directamente del altar, o mojando la forma consagrada en el cáliz: debe ser don que se recibe de manos de los ministros. “No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano». En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 94);

  -menos grave en parte, pero amplísimamente extendido, es el abuso de las moniciones convertidas en pequeñas homilías por su extensión (y a veces improvisando), casi invadiendo la liturgia, incluso en momentos que jamás han sido previstos para moniciones sino para cantos, por ejemplo, presentando cada ofrenda con una monición explicativa, o la larga y cansina monición de “acción de gracias” después de la comunión, en vez de un canto o el silencio adorante. Deben ser “breves explicaciones y moniciones para introducirlos en la celebración y para disponerlos a entenderla mejor. Conviene que las moniciones del comentador estén exactamente preparadas y con perspicua sobriedad. En el ejercicio de su ministerio, el comentarista permanece de pie en un lugar adecuado frente a los fieles, pero no en el ambón” (IGMR 105).

  ¿Acaso todo esto sería impedir que los fieles participen en la liturgia? ¡Al revés! Será devolverles su dignidad de pueblo santo sin querer clericalizarlos; harán aquello que les sea propio, sin añadidos ni omisiones, como deseaba el Concilio Vaticano II: “En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas” (SC 28).

  Los fieles laicos, viviendo su sacerdocio bautismal sin cortapisas, participarán en la liturgia ofreciendo y ofreciéndose, santificando todas las realidades de su vida: “Realizada la ofrenda, la comunión eucarística que la sigue está destinada a proporcionar a los fieles las fuerzas espirituales necesarias para el pleno desarrollo del «sacerdocio» y especialmente para la ofrenda de todos los sacrificios de su existencia diaria”[2]. Entonces la liturgia, y especialmente la santísima Eucaristía, serán la fuente y la cumbre de su vida cristiana.

  Así todos vivirán aquello mismo que se suplica en la Liturgia de las Horas:

 “Que todo el día de hoy sepamos dar buen testimonio del nombre cristiano y ofrezcamos nuestra jornada como un culto espiritual agradable al Padre”[3].

 “Cristo, sacerdote eterno, glorificador del Padre, haz que sepamos ofrecernos contigo, para alabanza de la gloria eterna”[4].

 

 



[1] Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 13.

[2] Juan Pablo II, Audiencia general, 8-abril-1992.

[3] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.

[4] Preces Laudes, Jesucristo sumo y eterno sacerdote.

31.05.18

Y con tu espíritu - III (Respuestas III)

    Cuatro son los saludos fundamentales en el actual Ordinario de la Misa, y los cuatro destacan la presencia del Señor Jesucristo así como la oración de los fieles para que el Señor asista en su espíritu sacerdotal al ministro ordenado (obispo, presbítero o diácono) que realiza la acción litúrgica.

   El primer saludo, al inicio de la celebración eucarística, hace consciente a la asamblea de no ser una reunión más, algo social, humano, grupal, sino el pueblo santo de Dios y su Cuerpo eclesial, que reconoce al Señor en medio de ellos.

  El segundo saludo lo dirige al diácono antes de la proclamación de la lectura evangélica, con las manos juntas. Así se recuerda a todos que es el Señor mismo quien va a leer el Evangelio por medio del diácono (si no lo hay, por medio del sacerdote) y se ruega que el Señor asista al lector ordenado para hacerlo dignamente.

    El tercer saludo comienza la plegaria eucarística, plegaria de acción de gracias y consagración, recordando el sacerdote a los fieles hasta qué punto el Señor se va a hacer presente que el pan y el vino, elementos comunes que diría san Ireneo, se van a transformar en su Cuerpo y Sangre. Los fieles ruegan, “y con tu espíritu”, que el Espíritu Santo asista al espíritu del sacerdote para desempeñar su función sacerdotal y pronunciar la gran plegaria eucarística y consagrar santamente los dones.

   El cuarto saludo y la respuesta de los fieles están situados al final, antes de la bendición con la que concluyen los ritos litúrgicos. Se recuerda que es el Señor quien bendice a su pueblo y lo despide.

   Son éstas las presencias que el saludo recuerda e invita a reconocer y acoger: “para esta reunión local de la santa Iglesia vale eminentemente la promesa de Cristo: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y, más aún, de manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas” (IGMR 27).

   Pero, además, y no puede olvidarse, los saludos y sus respuestas, los diferentes diálogos y aclamaciones de los fieles con el sacerdote, son medios reales de participación litúrgica, de tomar parte en la santa liturgia

 “Ya que por su naturaleza la celebración de la Misa tiene carácter “comunitario”, los diálogos entre el celebrante y los fieles congregados, así como las aclamaciones, tienen una gran importancia, puesto que no son sólo señales exteriores de una celebración común, sino que fomentan y realizan la comunión entre el sacerdote y el pueblo.

 Las aclamaciones y las respuestas de los fieles a los saludos del sacerdote y a las oraciones constituyen el grado de participación activa que deben observar los fieles congregados en cualquier forma de Misa, para que se exprese claramente y se promueva como acción de toda la comunidad” (IGMR 34-35).

  Al comenzar la Misa, cuando el sacerdote ha besado el altar y sube a la sede, se dirige a todos los fieles y los saluda con un saludo litúrgico. Con él, aparecen los fieles y el sacerdote que los preside como la misma Iglesia congregada y convocada por el Señor: “por medio del saludo, expresa a la comunidad reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia congregada” (IGMR 50).

  “Vuelto hacia el pueblo y extendiendo las manos, el sacerdote lo saluda usando una de las fórmulas propuestas” (IGMR 124). Las fórmulas del Misal, en la edición castellana, son variadas y algunas, además, reservadas a cada tiempo litúrgico.

   Junto a la clásica, “el Señor esté con vosotros”, están otras tomadas o inspiradas de los saludos paulinos:

  • “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros”
  • “La gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, esté con todos vosotros”
  • “El Señor, que dirige nuestros corazones para que amemos a Dios, esté con todos vosotros”
  • “La paz, la caridad y la fe, de parte de Dios Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros”
  • “El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con su alegría y con su paz, permanezca siempre con todos vosotros”.

  Pero con un matiz particular, se ofrece una fórmula para cada tiempo litúrgico, que repetida cada día, marca una tonalidad espiritual para los fieles.

  • En Adviento: “El Señor, que viene a salvarnos, esté con vosotros”.
  • En Navidad: “La paz y el amor de Dios, nuestro Padre, que se ha manifestado en Cristo, nacido para nuestra salvación, estén con vosotros”.
  • En Cuaresma: “La gracia y el amor de Jesucristo, que nos llama a la conversión, estén con todos vosotros”.
  • Por último, en la cincuentena pascual: “El Dios de la vida, que ha resucitado a Jesucristo, rompiendo las ataduras de la muerte, esté con todos vosotros”

    El segundo saludo en la Misa lo realizará el diácono cuando ha llegado en procesión al ambón para leer el Evangelio (o el sacerdote, si no hay diácono). Forma parte de los elementos con los que se reconoce y profesa la presencia de Cristo que habla a la Iglesia (cf. IGMR 60). “Ya en el ambón, el sacerdote abre el libro y, con las manos juntas, dice: El Señor esté con vosotros; y el pueblo responde: Y con tu espíritu” (IGMR 134).

  La gran plegaria eucarística es momento culminante del rito eucarístico. Comienza con un diálogo entre sacerdote y fieles (El Señor esté con vosotros – Levantemos el corazón – Demos gracias al Señor nuestro Dios) y prosigue enumerando la acción de gracias a Dios hasta llegar, después de la consagración, a la oblación del Cuerpo y Sangre de Cristo al Padre: “Por Cristo, con él y en él…” La recita solo el sacerdote y “el pueblo se asocia al sacerdote en la fe y por medio del silencio, con las intervenciones determinadas en el curso de la Plegaria Eucarística, que son las respuestas en el diálogo del Prefacio…” (IGMR 147). Así, “al iniciar la Plegaria Eucarística, el sacerdote extiende las manos y canta o dice: El Señor esté con vosotros; el pueblo responde: Y con tu espíritu” (IGMR 148).

 Por último, después de la oración de postcomunión, “el sacerdote, extiende las manos y saluda al pueblo, diciendo: El Señor esté con vosotros, a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu” (IGMR 167) e imparte la bendición final. Cristo que bendecía a los niños, que bendijo a los apóstoles mientras ascendía a los cielos, sigue bendición a los suyos en la liturgia por las manos del sacerdote. Realmente, el Señor está con nosotros en la liturgia.

    El mismo sentido tiene el saludo y la respuesta en los demás sacramentos y celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Recordemos, por ejemplo, cómo para las grandes plegarias de la Iglesia, antes de la reforma, el obispo saludaba y recibía la respuesta “y con tu espíritu” de los fieles antes de pronunciarlas, por ejemplo, la consagración del crisma o la consagración de las aguas bautismales.

   Hoy perdura este saludo en el pregón pascual que lo entona el diácono y, por el contexto, la respuesta “y con tu espíritu” marca el deseo y oración de todos para que el Espíritu Santo asista al diácono en su espíritu a fin de cantar dignamente la alabanza del cirio: “invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente, para que aquel que, sin mérito mío, me agregó al número de los diáconos, complete mi alabanza a este cirio, infundiendo el resplandor de su luz”.

   Sin embargo, si no es un diácono (o un sacerdote) quien cante el pregón pascual, sino un cantor, éste omitirá el saludo. Vemos de nuevo cómo “y con tu espíritu” es algo más que decir “y contigo”, porque alude al “espíritu sacerdotal” recibido en el Sacramento del Orden.

  Las celebraciones que pueden ser dirigidas por laicos carecen de este saludo litúrgico. En el Bendicional, hay muchas de ellas que indican en las rúbricas que pueden ser dirigidas por laicos y cambian en los saludos, en la forma de leer el Evangelio y en la despedida final, para evitar el saludo litúrgico y la respuesta “y con tu espíritu”. Veamos algunos ejemplos sobre el saludo inicial. En la bendición de una familia, si el ministro es laico saluda a los presentes diciendo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos nosotros” y se responde “Amén” (Bend 48); la bendición de un niño: “Hermanos, alabemos y demos gracias al Señor, que abrazaba a los niños y los bendecía”, y responde: “Bendito seas por siempre, Señor”, o bien: “Amén” (Bend 142). La bendición de los que van a emprender un viaje ofrece el siguiente saludo si dirige un laico: “El Señor vuelva su rostro hacia nosotros y guíe nuestros pasos por el camino de la paz”, “Amén” (Bend 494)… O la bendición más común, la del belén navideño, comienza con este saludo: “Alabemos y demos gracias al Señor, que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo”, respondiendo todos: “Bendito seas por siempre, Señor” (Bend 1246).

    Varía la forma de leer el Evangelio en estos sacramentales si lo realiza un laico. En lugar del saludo y la respuesta “y con tu espíritu”, dirá: “Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según san…” (cf. Bend 1248; 1257). Como varía, lógicamente, el rito final, ya que ni hay saludo ni se imparte la bendición, sino que se implora que Dios bendiga a los presentes: “Jesús, el Señor, que vivió en el hogar de Nazaret, permanezca siempre con vuestra familia, la guarde de todo mal y os conceda que tengáis un mismo pensar y un mismo sentir”, “Amén” (Bend 60), o en la bendición de los niños: “Jesús, el Señor, que amó a los niños, nos bendiga y nos guarde en su amor”, “Amén” (Bend 156).

24.05.18

Y con tu espíritu - II (Respuestas II)

   Abundan los testimonios de la liturgia sobre el empleo del saludo y la respuesta.

   La celebración eucarística comenzaba directamente por el saludo del obispo (o del sacerdote) desde la sede y la respuesta “y con tu espíritu” de los fieles para comenzar por la liturgia de la Palabra:

  “Nos dirigimos al pueblo. Estaba la iglesia de bote en bote. Resonaban las voces de júbilo y solamente se oían de aquí y de allí estas palabras: “¡Gracias a Dios! ¡Bendito sea Dios!” Saludé al pueblo y se oyó un nuevo clamor aún más ferviente. Por fin, ya en silencio, se leyeron las lecturas de la divina Escritura” (S. Agustín, De civ. Dei, XXII,8,22).

   “La iglesia es la casa de todos. Cuando vosotros nos habéis precedido en ella, entramos nosotros mismos… y cuando digo: “Paz a todos”, respondéis: “Y a tu espíritu”” (S. Juan Crisóstomo, In Mat., hom. 12,6).

   Este saludo inicial es universal. Ya trata de él el II Concilio de Braga (536), y hemos leído testimonios de S. Agustín en el África romana y de S. Juan Crisóstomo en Antioquía. También hallamos sus huellas en Teodoreto de Ciro, por la zona de Siria (“éste es el inicio de la mística liturgia en todas las iglesias”, Ep. 146), o asimismo en S. Cirilo de Alejandría (In Ioh. 20,19).

  Las Constituciones apostólicas (del siglo IV) describen el saludo del obispo antes del beso de paz de los fieles: “Y el obispo salude a la Iglesia y diga: La paz de Dios con todos vosotros; y el pueblo responda: y con tu espíritu” (L. 8, c. 12, n. 7; c. 13, n.1).

   El inicio de la gran plegaria eucarística, tanto en Oriente como en Occidente, se inicia con el saludo del sacerdote y la respuesta “y con tu espíritu”, por ejemplo, en la Tradición Apostólica de Hipólito: “y él [el obispo] imponiendo las manos sobre ella [la oblación de pan y vino] con todos los presbíteros, dando gracias diga: El Señor con vosotros. Y todos digan: Y con tu espíritu” (c. 4).

   El saludo y la respuesta también son comentados por san Agustín; este dato nos muestra cómo era práctica habitual y muy antigua en el África romana, así como en todas las demás Iglesias. Lo explica al comentar cómo se inicia la gran plegaria eucarística:

   “Y lo que oísteis junto a la mesa del Señor: El Señor sea con vosotros, eso mismo solemos decir cuando saludamos desde el ábside [en la sede, al inicio de la Misa] y siempre que oramos: porque esto nos conviene, que el Señor esté siempre con nosotros, porque sin Él nada somos. Y esto es lo que sonó en vuestros oídos; ved qué es lo que decís junto al altar de Dios” (S. Agustín, Serm. 229A, 3).

    Según las distintas familias litúrgicas, de Oriente y Occidente, hay cierta variedad en los saludos con los que se comienza la liturgia y la respuesta es invariable, siempre se dice: “y con tu espíritu”. En Roma (la liturgia romana que marca Occidente) y Egipto, el saludo es conciso: “El Señor con vosotros”, “Dominus vobiscum”, sin verbo siquiera. El rito hispano-mozárabe lo amplía, siempre más desarrollado en su estilo: “El Señor esté siempre con vosotros”, “Dominus sit semper vobiscum”. En Antioquía y Constantinopla, el Oriente cristiano, el saludo era “Paz a vosotros”.

    En el rito romano hubo una evolución que hoy se mantiene, y que es una característica peculiar de nuestra liturgia. El sacerdote saluda diciendo: “El Señor esté con vosotros” pero el obispo saluda de modo distinto: “La paz esté con vosotros”. Aún hoy lo vemos… y jamás un sacerdote comienza así, porque es un saludo reservado exclusivamente al obispo.

    ¿De dónde viene esta costumbre para la liturgia episcopal en el rito romano? A lo largo del siglo IX el himno “Gloria in excelsis Deo” se introdujo en la Misa episcopal y luego venía el saludo, por lo que el obispo comenzó a decir “Pax vobis” más en consonancia literaria con las primeras frases del himno.

   Aun cuando en la misa presbiteral, la celebrada por un sacerdote, acabó cantándose también el Gloria, sin embargo el saludo “la paz con vosotros” fue y sigue siendo exclusivo del obispo. Lo recuerda así el papa Inocencia III y argumenta diciendo que “porque son los vicarios de Cristo” (De sacro alt. myst., II,24), como el mismo Señor saludó así a los apóstoles (Jn 20,19.26), el obispo saluda a los fieles.

   Para el inicio del prefacio, en el bellísimo y tradicional diálogo del sacerdote con los fieles antes de dar gracias a Dios y proceder a la consagración, el saludo común será: “El Señor esté con vosotros” o en algunas partes: “El Señor esté con todos vosotros”, en el ámbito de las Iglesias occidentales y de influencia alejandrina (es decir, de la zona de Egipto). Pero en el Oriente cristiano, en la zona antioquena, el saludo es una adaptación del saludo paulino de 2Co 13,13: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sea con todos vosotros”.

    Tanto el saludo del sacerdote como la respuesta de los fieles, repetidos en distintos momentos de la liturgia, facilitan la acción común, la participación de todos en la liturgia porque “les da ocasión a los fieles a que intervengan en el proceso de la acción sagrada, con lo cual se sienten como miembros activos y disponen de un medio eficaz de afirmarse como verdadera comunidad. Finalmente, las palabras mismas del saludo, cargadas de tan veneranda tradición, contribuyen no poco a intensificar la atmósfera sacral de la unión de todos con Dios, que es el ambiente propio de la liturgia”[1].

 



[1] JUNGMANN, J. A., El sacrificio de la Misa, Madrid 1959, 465-466.

17.05.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 4ª parte (XVIII)

4. El peligro de clericalización

 La correcta doctrina sobre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ministerial disipa rápido los equívocos que en la práctica se han cometido, creando una confusión en los órdenes, ministerios, servicios y acciones. Cada cual tiene su misión concreta fruto del sacramento recibido, el Bautismo, y difiere del ámbito y de las acciones propias del sacerdocio ordenado.

 Los fieles seglares, bautizados y ungidos por el Espíritu Santo, poseen una propia y específica misión en cuanto seglares en el mundo y participan del apostolado de la Iglesia en su modo laical de vivir. Es la configuración sacramental con Cristo la que les confiere su propio apostolado:

 “Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

 Cuando se descubre y valora la gracia propia de los sacramentos de la Iniciación cristiana, se llega a comprender hasta qué punto el “carácter” que imprimen significa una configuración con Cristo y, por tanto, una participación del bautizado en Cristo sacerdote, profeta y rey, viviéndolo en el mundo, en las realidades temporales. El carácter es la gracia impresa en el alma:

  “En el momento del bautismo fuimos marcados por un carácter“, por un “sello", que estableció de modo definitivo nuestra pertenencia a Cristo, dándonos una personal consagración, principio del desarrollo de la vida divina en nosotros. Tal consagración funda el sacerdocio común de todos los cristianos, es decir, el sacerdocio universal de los fieles que tiende a manifestarse en los diversos gestos de la liturgia, de la oración y de la acción” (Juan Pablo II, Ángelus, 7-enero-1990).

 El carácter, o sello del Espíritu Santo en el alma, nos inserta en Cristo y nos da la capacidad interior para vivir en Cristo y prolongar en nosotros la acción de Cristo para el mundo. Así, el sacerdocio bautismal halla su origen en el carácter sacramental, haciéndonos partícipes del Sacerdocio eterno de Jesucristo.

 “El carácter (en griego sfragís) es signo de pertenencia: el bautizado se convierte en propiedad de Cristo, propiedad de Dios, y en esta pertenencia se realiza su santidad fundamental y definitiva, por la que san Pablo llamaba «santos» a los cristianos (Rm 1, 7; 1 Co 1, 2; 2 Co 1, 1, etc.). Es la santidad del sacerdocio universal de los miembros de la Iglesia, en la que se cumple de modo nuevo la antigua promesa: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Se trata de una consagración definitiva, permanente, obrada por el bautismo y fijada con un carácter indeleble… Una de esas manifestaciones puede ser el celo por el culto divino. En efecto, según la hermosa tradición cristiana, citada y confirmada por el concilio Vaticano II, los fieles «están destinados por el carácter al culto de la religión cristiana», es decir, a tributar culto a Dios en la Iglesia de Cristo. Lo había sostenido, basándose en esa tradición, santo Tomás de Aquino, según el cual el carácter es «potencia espiritual» (Summa Theologiae, III, q. 63, a. 2), que da la capacidad de participar en el culto de la Iglesia como miembros suyos reconocidos y convocados a la asamblea, especialmente a la ofrenda eucarística y a toda la vida sacramental. Y esa capacidad es inalienable y no puede serles arrebatada, pues deriva de un carácter indeleble. Es motivo de gozo descubrir este aspecto del misterio de la «vida nueva» inaugurada por el bautismo, primera fuente sacramental del «sacerdocio universal», cuya tarea fundamental consiste en rendir culto a Dios” (Juan Pablo II, Audiencia general, 25-marzo-1992).

  El sacerdocio común se funda en el sacramento del bautismo. Todos los cristianos son sacerdotes en sentido verdadero y propio; recordemos la enseñanza de la Constitución Lumen gentium: “Los bautizados son consagrados, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (LG 10).

 La dignidad del sacerdocio común implica también una responsabilidad, respondiendo a las distintas situaciones y circunstancias de la vida cotidiana, civil, con la dignidad y santidad de quienes pertenecen a Cristo y le ofrecen el mundo entero a modo de ofrenda santa. Su modo peculiar de ser sacerdotes en el mundo es realizar la consecratio mundi, la consagración del mundo a Dios, transformándolo con espíritu evangélico, “más conscientes de su dignidad como pueblo sacerdotal, llamados a consagrar el mundo a Dios a través de la vida de fe y de santidad”[1]. Este pueblo sacerdotal “ha sido elegido por Dios como puente con la humanidad y pertenece a todo creyente en cuanto injertado en este pueblo”[2].

 El carácter sacramental del Bautismo y la Confirmación hacen del cristiano un sacerdote con un modo específico de vivir ese sacerdocio común en el mundo; pero al mismo tiempo, lo preparan y capacitan para la celebración del culto cristiano de manera que puedan vivir los sacramentos, ofrecerse y ofrecer, pedir, alabar e interceder:

  “Es una «participación del sacerdocio de Cristo en los fieles, llamados al culto divino, que en el cristianismo es una derivación del sacerdocio de Cristo» (cf. Summa Theologiae, III, q. 63, a. 3). “En virtud del bautismo y la confirmación, como hemos dicho en las catequesis anteriores, el cristiano es capacitado para participar «quasi ex officio» en el culto divino, que tiene su centro y culmen en el sacrificio de Cristo, presente en la Eucaristía” (Juan Pablo II, Audiencia general, 8-abril-1992).

 Y siendo la liturgia una acción santa de toda la Iglesia, Cabeza y Cuerpo, el Cristo total, no todos pueden realizar la misma función. “Es acción de todos los fieles, porque todos participan en el sacerdocio de Cristo (cf. ib., nn. 1141 y 1273). Pero no todos tienen la misma función, porque no todos participan del mismo modo en el sacerdocio de Cristo”[3].

  Aquí se ha producido una inversión en algunos casos donde se han confundido los dos distintos modos esenciales de participación en el sacerdocio de Cristo, y se han delegado funciones concretas a seglares que no les corresponden, pensando que así “participan” más. O, sin llegar a desviaciones graves, sí subyace la mentalidad de que todos participan igual y en el mismo grado y hay que conceder mayor amplitud a las intervenciones de laicos en la liturgia, multiplicando moniciones, peticiones, etc., o situándolos en el mismo presbiterio (olvidando que el presbiterio es el lugar de los presbíteros y ministros para las acciones sagradas).

  Y es que fomentar el sacerdocio bautismal y ayudarlo a madurar en esa conciencia, jamás puede significar “clericalizar” a los laicos, delegando responsabilidades pastorales o litúrgicas que son inherentes a los ministros ordenados. Se les reducía el campo: en vez de la amplitud del mundo, de la vida cotidiana, matrimonial y familiar, de los espacios humanos de la sociedad, la educación, la cultura, la política, la economía, etc., se les encerraba en el espacio de la sacristía, del despacho parroquial y del altar, como si esa fuera la única manera de que el laicado realizase su propia vocación apostólica.

  Es un peligro patente: la clericalización de los laicos mientras, por la misma distorsión, se produce una secularización de los sacerdotes insertándolos en las realidades temporales que son propias de los seglares. Lo advertía Benedicto XVI:

  “Es en la diversidad esencial entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común donde se entiende la identidad específica de los fieles ordenados y laicos. Por esa razón es necesario evitar la secularización de los sacerdotes y la clericalización de los laicos” (Benedicto XVI, Discurso al segundo grupo de obispos de Brasil en visita ad limina, 17-septiembre-2009).

  En esta dirección, se han multiplicado las advertencias y exhortaciones del reciente magisterio pontificio para corregir esta confusión. Un breve elenco nos muestra la seriedad del problema:

 “Una eclesiología auténtica debe poner especial cuidado en evitar tanto la laicización del sacerdocio ministerial como la clericalización de la vocación laical (cf. Discurso a los laicos, 18 de septiembre de 1987, 5)” (Juan Pablo II, Disc. al 6º grupo de obispos estadounidenses de la región IV en visita ad limina, 2-julio-1993).

 “Del mismo modo corremos el riesgo de “clericalizar” el laicado o “laicizar” al clero, vaciando así tanto la condición clerical como la laical de su específico significado y de su complementariedad. Ambos son indispensables para la “perfección del amor", que es el objetivo común de todos los fieles. Debemos, por tanto, reconocer y respetar en estas condiciones de vida una diversidad que edifica el cuerpo de Cristo en la unidad” (Juan Pablo II, Disc. a los representantes del laicado católico, Catedral de Santa María, San Francisco (EE.UU), 17-septiembre-1987).

  “Los sacerdotes deberán estar atentos para no usurpar el papel de los laicos en el orden temporal mientras que los fieles laicos deberán evitar un cierto tipo de “clericalización” que ensombrece la particular dignidad del estado laical basado en el Bautismo y en la Confirmación” (Juan Pablo II, Disc. al 2º grupo de Obispos de Indonesia en visita ad limina, 13-septiembre-1996).

  “También ellos son, en cuanto cristianos, bautizados y confirmados, no sólo receptores de nuestra cura pastoral, sino que también son llamados a una corresponsabilidad y a una participación activa… No se puede tratar ni de una postura de competición con el clero ni de una clericalización de los laicos, sino ante todo se trata de la específica participación, adaptada a ellos, en el servicio temporal de la Iglesia para la guía de los Pastores llamados por Dios” (Juan Pablo II, Disc. a los obispos de Austria en visita ad limina, 19-junio-1987).

  “Una tendencia a oscurecer las bases teológicas de esta diferencia puede llevar a una clericalización incorrecta del laicado y a una laicización del clero… Sin embargo, la vocación laical debería centrarse principalmente en su compromiso en el mundo, mientras que el sacerdote ha sido ordenado para ser pastor, maestro y guía de oración y vida sacramental en el ámbito de la Iglesia” (Juan Pablo II, Disc. a los obispos de Nueva Zelanda en visita ad limina, 21-noviembre-1998).

 

 



[1] Benedicto XVI, Homilía en la Catedral de Westminster, 18-septiembre-2010.

[2] Juan Pablo II, Disc. a la Plenaria de la Cong. del Clero, 23-noviembre-2001.

[3] Juan Pablo II, Discurso al 4ª grupo de Obispos de Brasil, 21-septiembre-2002.