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12.09.19

Nunc dimittis (Respuestas LXVI)

1. Ha llegado la noche, es el tiempo del descanso nocturno. Una jornada más ha transcurrido, ofrecida a la gloria de Dios, santificada. Ahora, brevemente, la Iglesia reza las Completas para encomendar a Dios el descanso de la noche: “Las Completas son la última oración del día, que se ha de hacer antes del descanso nocturno, aunque haya pasado ya la media noche” (IGLH 84).

2. Su breve estructura –examen de conciencia, himno, salmo, lectura breve y responsorio- realza más si cabe el cántico evangélico “Nunc dimittis”, el cántico de Simeón al ver a Cristo en su Presentación en el Templo de Jerusalén. “Con el cántico podemos decir que culmina esta Hora” (IGLH 89).

  El cántico va precedido por una antífona fija, invariable, dirigida a Dios como una súplica: “Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz”. Es un sueño confiado en las manos de Dios. Pero, como dice el Cantar, “mientras dormía, mi corazón velaba” (Cant 5,2) y se pide que velemos con Cristo incluso durante el sueño: “para que, despiertos o dormidos, vivamos con él” (1Ts 5,10). Es súplica esperanzada: “que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1Ts 5,23).

 3. Entonces, santiguándose todos en las palabras iniciales, se entona el cántico de Simeón:

“Ahora, Señor, según tu promesa,

puedes dejar a tu siervo irse en paz.

 Porque mis ojos han visto a tu Salvador,

a quien has presentado ante todos los pueblos:

luz para alumbrar a las naciones

y gloria de tu pueblo Israel”.

   Son las palabras del anciano Simeón. El Espíritu Santo le había dado un oráculo: no moriría sin ver al Mesías Salvador. Al ver a Jesús, el Espíritu hace que Simeón lo reconozca y confiese. Lleno de gozo, ya puede completar sus días: ha palpado cómo las promesas redentoras de Dios se cumplen en aquel Niño. ¡No necesita más!

  Este cántico se adecua muy bien al final día, en Completas. El Señor puede dejar a sus siervos irse a descansar en paz, entregarse al sueño sin temor. Ha sido un nuevo día donde nuestros ojos han visto al Salvador y hemos vivido el día junto a Él. Lo hemos visto en la Eucaristía, en el Sagrario, en la oración, en los hermanos; lo hemos visto en mil signos y acontecimientos y momentos de la jornada. La vida cristiana es siempre vida con Cristo, vida inseparable con Él.

   Una vez más, Dios ha cumplido sus promesas y se ha mostrado fiel. Por la mañana se cantaba en Laudes: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto”, Jesucristo; por la noche, reconocemos que así ha sucedido y que Cristo es “luz para alumbrar a las naciones”. Lo decimos y reconocemos cuando la oscuridad de la noche ya nos envuelve, brillan las estrellas, los párpados se van cerrando.

  Nos ha iluminado el Señor, su luz nos ha hecho ver la luz y nuestro día ha transcurrido junto a Cristo “luz del mundo”. Podemos dormir tranquilos: Dios ha sido Fiel y hemos gozado durante el día de su fidelidad.

    4. “Los cánticos evangélicos de Zacarías, de la Virgen María y de Simeón deben ser honrados con la misma solemnidad y dignidad con que se acostumbra a oír la proclamación del Evangelio” (IGLH 138).

5.09.19

¿Alergia al incienso?

Es una nueva enfermedad muy difundida. Un brote que llegó a convertirse en epidemia, una patología que no salió en los medios de comunicación ni en revistas eclesiásticas: el incienso estorbaba en la liturgia y se fue reduciendo su uso hasta hacerlo casi desaparecer en muchas parroquias. No provocaba síntomas cutáneos ni se requerían mascarillas porque dificultara la respiración de los fieles y hubiera falta de ventilación en los templos católicos.

  La sintomatología era otra: molestaba en el alma. Creaba repulsión desde el momento en que se iba secularizando todo y la liturgia también. Generaba irritación a aquellos que concebían la liturgia en términos humanos, muy humanos, de “fiesta”, “comida”, “encuentro de hermanos”, etc., y toda esa cantinela. La sacralidad de la liturgia se la borraba de un plumazo. Y es que un incensario humeante en la iglesia es creador de un clima sagrado, ofreciendo a Dios todo honor y gloria.

  ¿No parece hora ya de superar esa secularización de la liturgia? ¿No es momento, por fin, de recuperar lo que crea devoción y sentido de lo sagrado en aquello que es sagrado por naturaleza, como lo es la liturgia? Pues un paso sencillo es recuperar el incienso.

    El incienso debería ser usado, con normalidad, en las solemnidades del año litúrgico y en las fiestas del titular (de la parroquia o del convento); pero, creo yo, se debería extender su uso a más domingos del año, comenzando por los domingos de la Santa Pascua hasta Pentecostés, en la Misa mayor de la parroquia (con canto y órgano) y/o en la Misa conventual. Se enriquecería sobremanera la vivencia espiritual de la liturgia siendo conscientes de que la liturgia glorifica a Dios y ése es su fin, junto al de la santificación de las almas.

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