El Credo II (Respuestas XVII)

    3. Además de ser rezado en la Misa los domingos y solemnidades, el Credo aparece en la liturgia en otros momentos.

      a) Catecumenado y Bautismo

     En primer lugar, como ya apuntábamos y es obvio, en el catecumenado y en la liturgia del Gran Sacramento de la Iniciación cristiana.

    Los catecúmenos, ya “elegidos” para vivir los sacramentos, viven esa Cuaresma previa como un “tiempo de purificación e iluminación” con diversos ritos, entre ellos la entrega del Símbolo: “en el Símbolo, en el que se recuerdan las grandezas y maravillas de Dios para la salvación de los hombres, se inundan de fe y de gozo los ojos de los elegidos” (RICA 25). El Símbolo se les entrega a lo largo de la III semana de Cuaresma (cf. RICA 53) y lo devolverán, es decir, lo recitarán en los ritos previos que tienen lugar la mañana misma del Sábado Santo, preparándose para la Vigilia pascual (RICA 54).

    Así se desarrolla el rito de la entrega del Credo. El diácono los invita a acercarse: “Acérquense los elegidos, para recibir de la Iglesia el Símbolo de la fe”, y el celebrante se dirige a ellos diciéndole: “Queridos hermanos, escuchad las palabras de la fe, por la cual recibiréis la justificación. Las palabras son pocas, pero contienen grandes misterios. Recibidlas y guardadlas con sencillez de corazón” (RICA 186). Comienza a recitar el Credo y todos los fieles presentes se unen a continuación.

   En la mañana del Sábado Santo tienen lugar los ritos para la preparación inmediata al Bautismo. Antes de ser bautizados, han de profesar la fe los catecúmenos. “Con los ritos de la renuncia y de la profesión de fe, el mismo misterio pascual, conmemorado al bendecir el agua y evocado brevemente por el celebrante en las palabras del Bautismo, es confesado por la fe ardiente de los que van a ser bautizados. Porque los adultos no se salvan, sino acercándose por propia voluntad al Bautismo y queriendo recibir el don de Dios, mediante su fe. Pues la fe, cuyo sacramento reciben, no es sólo propia de la Iglesia, sino también de ellos, y se espera que sea activa y operante en ellos” (RICA 30).

    El celebrante reza primero por los elegidos: “Te rogamos, Señor, que concedas a nuestros elegidos, que han recibido la fórmula que resume el designio de tu caridad y los misterios de la vida de Cristo, que sea una misma la fe que confiesan los labios y profesa el corazón, y así cumplan con las obras tu voluntad. Por Jesucristo nuestro Señor” (RICA 198). Inmediatamente todos los elegidos recitan el Credo.

     Ya en la noche santa de la Pascua, inmediatamente antes de ser bautizados, son interrogados para que profesen la fe (“Sí, creo”), uno a uno, o por grupos, o si son muchos, todos a la vez (RICA 219).

    Igualmente, en el rito del bautismo de niños, a los padres y padrinos se les pide la profesión de fe en nombre del niño, prometiendo por tanto educarlo en la fe “para que esta vida divina quede preservada del pecado y crezca en él de día en día”, por eso, “recordando vuestro propio bautismo, renunciad al pecado y confesad vuestra fe en Cristo Jesús, que es la fe de la Iglesia, en la que van a ser bautizados vuestros hijos” (RBN 124).

            b) Sacramento de la Crismación-Confirmación

      En segundo lugar, al revisar en la última reforma litúrgica el rito del sacramento de la Confirmación, se vio conveniente destacar su unidad con el Bautismo, formando así una etapa sacramental dentro de la Iniciación cristiana.

    Para ello, y con este fin, delante del Obispo, aquellos que van a ser crismados, después de la homilía renovarán sus promesas bautismales. Es un requisito incluso: “si el fiel tiene ya uso de razón, se requiere que esté en estado de gracia, convenientemente instruido y dispuesto a renovar las promesas bautismales” (RC 12). Por su parte el Catecismo explica el porqué de esta renovación de la fe: “Cuando la Confirmación se celebra separadamente del Bautismo, como es el caso en el rito romano, la liturgia del sacramento comienza con la renovación de las promesas del Bautismo y la profesión de fe de los confirmandos. Así aparece claramente que la Confirmación constituye una prolongación del Bautismo” (CAT 1298).

     El Obispo, al concluir la homilía, prepara a los confirmandos “con estas o parecidas palabras, que destacan la relación del Bautismo con la Confirmación” (RC 27):

     “Y ahora, antes de recibir el don del Espíritu Santo, conviene que renovéis ante mí, pastor de la Iglesia, y ante los fieles aquí reunidos, testigos de vuestro compromiso, la fe que vuestros padres y padrinos, en unión de toda la Iglesia, profesaron el día de vuestro bautismo”.

    Renuncian a Satanás, a sus obras y seducciones (: “sí, renuncio”) y responden: “sí, creo”, al Credo que el obispo les pregunta.

            c) El Viático

    En tercer lugar, en el rito del Viático. El moribundo va a comulgar por última vez para que la comunión eucarística le ayude en este último camino, en este tránsito, y se una a su Señor en la muerte para vivir en Él y con Él el misterio pascual.

      Después de una lectura breve de la Palabra de Dios, “conviene también que, antes de recibir el Viático, el enfermo renueve la profesión de fe bautismal. Para ello, el sacerdote, después de crear con palabras adecuadas un ambiente propicio, preguntará al enfermo…” (RU 188) y se realiza el Credo en forma de preguntas y respuesta del fiel. Y es que “conviene, además, que el fiel, durante la celebración del Viático, renueve la fe de su Bautismo, con el que recibió su condición de hijo de Dios y se hizo coheredero de la promesa de la vida eterna” (RU 28).

    En el Bautismo profesó la fe cristiana; vivió su vida a la luz de la fe y dando testimonio de ella; cada domingo la confesó recitando en la Misa el Credo y ahora, al final, sella su vida entera profesando la fe y aguardando encontrarse para siempre con Aquél en quien creyó, esperó y amó.

 

            d) Vigilia de oración por un difunto

      Por último, la vigilia comunitaria de oración por un difunto, antes de las exequias, señala como posible el rezo del Credo después de la lectura bíblica. Rezarlo delante del difunto subraya la fe y la esperanza cristiana: “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”.

   El Ritual de exequias ofrece una monición introductoria para explicar su sentido y conveniencia: “Con la esperanza puesta en la resurrección y en la vida eterna que en Cristo nos ha sido prometida, profesemos ahora nuestra fe, luz de nuestra vida cristiana” (Ritual de exequias, lib. IV, Vigilia, n. 7).

      4. ¿Qué valor, qué importancia tiene el Credo? ¿Para qué una fórmula fija? ¿Por qué la misma y recitada de memoria? ¿No sería eso un empobrecimiento? ¿No es la fe un sentimiento, o una experiencia, según nos dice hoy la mentalidad secularizada?

   La Tradición de los Padres nos ofrece las respuestas necesarias cuando explicaban el Símbolo (o Credo) a los catecúmenos.

    El Símbolo está lleno de afirmaciones de las Escrituras, reunidas en una fórmula, más accesible a la memoria. Lo explica san Cirilo de Jerusalén:

    “Posee y conserva sólo la fe que aprendes y prometes, la que ahora te transmite la Iglesia, la que está confirmada por la entera Escritura. Y porque no todos pueden leer la Escritura, ya que a unos la falta de preparación, a otros la falta de tiempo disponible les impide llegar a conocerla, para que el alma no se pierda por falta de instrucción, abarcamos toda la doctrina de la fe en unas pocas líneas. Quiero que la recordéis con las mismas palabras, y que la recitéis entre vosotros con todo esmero, no copiándola en hojas de papiro, sino grabándola con la memoria en el corazón; estando atentos para que, cuando hagáis esto, ningún catecúmeno oiga las verdades que se os han transmitido; y que durante todo el tiempo de vuestra vida sea como los recursos del camino, sin dar cabida a otra fe que ésta; aun en el caso de que nosotros mismos diéramos un giro diciéndoos lo contrario de lo que ahora os estoy explicando, o aunque un ángel hostil transformado en ángel de luz te quisiera engañar… Y entre tanto, mientras escuchas sus palabras exactas, graba la fe en tu memoria; durante el tiempo que haga falta recibe la demostración que la divina Escritura da sobre cada una de las verdades contenidas. Porque el compendio de la fe no se realizó atendiendo el parecer de los hombres, sino después de recoger de toda la Escritura las partes principales, que formarían una completa enseñanza de la fe. Y del mismo modo que el grano de mostaza contiene muchos ramos en una simiente pequeña, así también esta fe encierra en su seno con pocas palabras todo el conocimiento de la religión contenida en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Considerad, pues, hermanos, y mantened firmemente la doctrina transmitida que ahora recibís, e inscribidla en la tabla de vuestro corazón” (Cat. V,12).

   El gran san Agustín también explica el valor del Credo antes de recitárselo a los catecúmenos:

    “Es ya tiempo de que recibáis el símbolo, que contiene, de forma breve, todo lo que creéis para vuestra salvación eterna. Al origen del término ‘símbolo’ está una semejanza; es, pues, un término metafórico. Los mercaderes establecen entre sí un símbolo gracia al cual su agrupación se mantiene unida por un pacto de fidelidad…

    Con esto he cumplido me deuda de predicaros un breve sermón sobre la totalidad del símbolo. Cuando lo escuchéis, reconoceréis que todo ha sido examinado de forma breve en este nuestro sermón. Ni siquiera para retenerlas mejor debéis escribir las palabras del símbolo; tenéis que aprenderlo a fuerza de oírlo, y ni siquiera después de aprendido debéis escribirlo, sino conservarlo y recordarlo siempre de memoria. Todo lo que vais a oír en el símbolo está contenido en las Sagradas Escrituras… He aquí, pues, el símbolo que ya se os ha ido descubriendo por medio de la Escritura y los sermones en la Iglesia, a cuya breve fórmula, sin embargo, los fieles han de aferrarse y en ella han de progresar” (Serm. 212, 1.2).

     Otro sermón agustiniano sobre el valor de la fórmula de la fe:

    “El símbolo es, pues, la regla de la fe, compendiada en pocas palabras para instruir la mente sin cargar la memoria; aunque se expresa en pocas palabras, es mucho lo que se adquiere con ella. Se llama símbolo a aquello en que se reconocen los cristianos; es lo primero que de forma breve voy a proclamar. Después, en la medida en que el Señor se digne concedérmelo, os lo explicaré, pues lo que quiero que aprendáis de memoria, quiero también que lo podáis comprender” (Serm. 213,2).

     Y una última cita agustiniana:

    “El símbolo construye en vosotros lo que debéis creer y confesar para poder alcanzar la salvación. Lo que dentro de poco vais a recibir, confiar a la memoria y proferir verbalmente, no es novedad alguna para vosotros o cosa jamás oída. En efecto, en variedad de formas soléis oírlo tanto en la Sagrada Escritura como en los sermones de la Iglesia. No obstante eso, se os ha de entregar todo junto, brevemente resumido y lógicamente ordenado para edificar vuestra fe, facilitar la recitación y no cargar demasiado a la memoria. Estas son las cosas que, sin cambiar nada, habéis de retener y luego recitar de memoria” (Serm. 214,1).

      5. Es importante y significativo profesar la fe. En el rito romano, situado el Credo después del silencio meditativo, acabada la homilía, se destaca el valor de respuesta o asentimiento a la Palabra escuchada: “El pueblo hace suya esta palabra divina por el silencio y por los cantos; se adhiere a ella por la profesión de fe” (IGMR 55); o con palabras de la Ordenación del Leccionario de la Misa: “El Símbolo o profesión de fe, dentro de la misa, cuando las rúbricas lo prescriben, tiene como finalidad que la asamblea reunida dé su asentimiento y su respuesta a la palabra de Dios oída en las lecturas y en la homilía, y traiga a su memoria, antes de empezar la celebración del misterio de la fe en la eucaristía, la norma de su fe, según la forma aprobada por la Iglesia” (OLM 29). Así la liturgia de la Palabra es un diálogo de Dios con su pueblo, donde la Iglesia responde a su Señor.

   En la Misa dominical es renovación de la fe y actualización, en cierto sentido, de la gracia bautismal:

    “[El pueblo cristiano] se siente llamado a responder a este diálogo de amor con la acción de gracias y la alabanza, pero verificando al mismo tiempo su fidelidad en el esfuerzo de una continua ‘conversión’. La asamblea dominical se compromete de este modo a una renovación interior de las promesas bautismales que, en cierto modo, están implícitas al recitar el Credo y que la liturgia prevé expresamente en la celebración de la Vigilia pascual o cuando se administra el Bautismo durante la Misa” (Juan Pablo II, Carta Dies Domini, 41).

      6. El Credo es una confesión de fe en Dios Uno y Trino y en su actuación salvífica, llena de amor. No es una suma de verdades inconexas, sino el reconocimiento de quién es Dios y lo que ha realizado por nosotros. “En la Iglesia se ha tenido conciencia siempre de que el símbolo de fe, en cualquier estado en que se encontrase, y por breve que fuera, contenía la totalidad de la fe. Así ocurría ya con las fórmulas cristológicas. En cuanto a las primeras fórmulas trinitarias, diremos que se acrecentaron, no por adición de nuevos artículos puestos a continuación de los tres primeros, sino por medio de la explicación o desarrollo de cada uno de ellos” (De Lubac, La fe cristiana, Salamanca 1988, 91). Así contiene explicitado Quién es Dios y lo que ha realizado por nosotros. El teólogo von Balthasar lo enuncia así:

   “Los doce artículos del credo apostólico proceden primeramente de las tres preguntas parciales: ¿Crees en Dios, el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo? Pero incluso estas tres palabras son expresión –y Jesucristo nos da prueba de ello- de que el único Dios es, en su esencia, amor y entrega… Tan sólo con la mirada fija en ese fondo de unidad que se nos revela también a nosotros, tendrá sentido desarrollar el credo cristiano: primeramente desarrollándolo en los tres accesos que luego se expanden en doce ‘artículos’… Nosotros no creemos jamás en proposiciones, sino en una sola realidad que se desarrolla ante nosotros, para nosotros y en nosotros, y que al mismo tiempo es verdad altísima y salvación profundísima” (Balthasar, Meditaciones sobre el credo apostólico, Salamanca 1991, 29-30).

    Se cree, no en un ‘algo’ difuso y trascendente, sino en un ‘Tú’ vivo: “Todavía no hemos hablado del rasgo más fundamental de la fe cristiana: su carácter personal. La fe cristiana es mucho más que una opción en favor del fundamento espiritual del mundo. Su fórmula central reza así: ‘creo en ti’, no ‘creo en algo’. Es encuentro con el hombre Jesús; en tal encuentro siente la inteligencia como persona… La fe es, pues, encontrar un tú que me sostiene y que en la imposibilidad de realizar un movimiento humano da la promesa de un amor indestructible que no sólo solicita la eternidad, sino que la otorga” (Ratzinger, Introducción al cristianismo, Salamanca 1987 (6ª), 57).

     No es un Dios una fórmula rara, un teorema incomprensible. Se ha revelado y, además, hemos visto cómo actúa, cómo obra, cómo ama, cómo salva. Y lo afirmamos en el Credo así:

    “El misterio de la Trinidad no se nos ha descubierto a la manera de una teoría sublime, de un teorema celestial, sin relación con lo que somos y con lo que hemos de llegar a ser. Dios es el creador de nuestro mundo y quiso intervenir en nuestra historia. Actuando para nosotros, llamándonos hacia él, obrando nuestra salvación: así es, precisamente, como Dios se nos dio a conocer. Nuestra fe en él, que es respuesta a su llamamiento, no es separable del conocimiento que Dios nos ha dado de su obra en medio de nosotros” (De Lubac, La fe cristiana, 93).

   Digno de mención es destacar cómo la fórmula de la fe, el Símbolo o Credo, aun cuando todos lo recitan juntos, se reza en singular. No se dice: “Creemos en un solo Dios…”, sino: “Creo en un solo Dios”; no se dice: “Sí, creemos…”, sino: “Sí, creo”.

   La fe es fe eclesial, la fe de todo el pueblo santo de Dios, recibida por la Revelación y la predicación apostólica. Vivir como hijo de Dios en la Iglesia es recibir y profesar la norma o canon de la fe, el Credo que se entrega.

   Pero se reza siempre en singular (“creo en Dios”, o “sí, creo”) porque la fe es un acto personal y único delante de Dios mismo. Nadie puede suplirme, nadie reemplazarme. Cada uno debe contestar a Dios personalmente y esa fe eclesial va a determinar toda la existencia cristiana, paso a paso. La fe da forma a la vida.

       “Quien dice Yo creo, dice Yo me adhiero a lo que nosotros creemos. La comunión en la fe necesita un lenguaje común de la fe, normativo para todos y que nos una en la misma confesión de fe” (CAT 185). Profesar la fe común de la Iglesia es, al mismo tiempo, un acto personalísimo: “la fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras” (CAT 176).

    Aunque en la Iglesia todo es común, y vivimos la Comunión de los santos, sin embargo el fiel cristiano no se disuelve en la masa, ni es un anónimo perdido, ni se despersonaliza. La fe, por el contrario, personaliza y es vivida personalmente. Por eso se responde en singular, cara a cara, ante Dios y la Iglesia.

    Con el Credo decimos “Sí” a Dios, después de haber dicho “no” al demonio y a su imperio del mal. ¡Sí!, como Cristo es “Sí”, el “Amén” de Dios (cf. 2Co 1,20):

    “Un “sí” que se articula en tres adhesiones: “sí” al Dios vivo, es decir, a un Dios creador, a una razón creadora que da sentido al cosmos y a nuestra vida; “sí” a Cristo, es decir, a un Dios que no permaneció oculto, sino que tiene un nombre, tiene palabras, tiene cuerpo y sangre; a un Dios concreto que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; “sí” a la comunión de la Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo, en nuestra profesión, en la vida de cada día” (Benedicto XVI, Hom., 8-enero-2006).

 

 

 

3 comentarios

  
María A
Muchas gracias.
18/10/18 8:13 PM
  
Mac
Don Javier, por favor, acláreme (aclárenos) una duda: ¿Cuándo hablamos de "Símbolo" y cuándo de "Credo"? ¿Son sinónimos?
Por ejemplo, en el Devocionario que manejo al Niceno-Constantinopolitano le llama "Credo" y al de los Apóstoles, "Símbolo"; además, tenemos el "Símbolo Atanasiano", que algunos rezamos el tercer domingo de cada mes.
Por cierto, he "descubierto" su otro blog, "Corazón eucarístico de Jesús. El Sagrario". Excelente, como éste. Y donde enlaza a las meditaciones de Don Francisco Fernández-Carvajal ("Hablar con Dios", si alguien no lo conoce), que también usamos muchos para nuestra Oración diaria.
Gracias.

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JAVIER:

Sí, son equivalentes las expresiones "Símbolo" y "Credo", ésta última por así decir es más popular.

Mi otro blog, desde el 2009, pretende ser formación cristiana seria y madura en todos los campos, no estrictamente litúrgico.
19/10/18 11:30 AM
  
Mac
Muchas gracias, Don Javier. Le dejo una cita del Cardenal Sarah sobre la liturgia que me envió el otro día un sacerdote amigo:
"La liturgia es un momento en el que Dios, por amor, desea estar en profunda unión con los hombres. Si vivimos de verdad esos instantes sagrados, podremos encontrar a Dios. No caigamos en la trampa de querer reducir la liturgia a un mero lugar de convivencia fraterna. En esta vida hay muchos otros sitios donde reunirse. La misa no es un espacio en el que los hombres se encuentran en un trivial espíritu de fe. La liturgia es una gran puerta que nos permite salir simbólicamente de entre los muros de este mundo. Hay que plantearse la misa con dignidad, belleza y respeto. La celebración de la Eucaristía requiere ante todo un gran silencio, un silencio habitado por Dios. Debemos respetar las circunstancias materiales para que ese encuentro tenga lugar de modo fecundo. Pienso, por ejemplo, en la dignidad y la ejemplaridad de las vestiduras y los objetos litúrgicos. El lugar de la misa debe estar impregnado de una belleza que pueda favorecer el recogimiento y el encuentro con Dios. Dios o nada (Mundo y Cristianismo) (Spanish Edition) (Cardenal Robert Sarah y Nicolas Diat)"
22/10/18 10:51 AM

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