Federico II, de protector a enemigo de la Iglesia

MONARCA MÁS MODERNO QUE MEDIEVAL, PROVOCÓ CONTINUOS ENFRENTAMIENTOS CON EL PAPADO

Es un lugar común entre los historiadores que con el Papa Inocencio III la Iglesia alcanzó el cenit de su poder en el mundo medieval. De hecho, el Pontífice ostentó el papel de árbitro de la política europea por sus intervenciones en acontecimientos fundamentales de la época, como la elección de Otón IV como emperador y su sucesor Federico II, el convencer a Felipe II Augusto de Francia para que tomara de nuevo a su legítima esposa Ingeborg de Dinamarca, su mediación en Inglaterra ante Juan sin Tierra que consiguió la provisión de la sede arzobispal de Canterbury con Esteban Langton, etc.

Pero las apariencias engañaban y los problemas en la Iglesia eran más de los que parecían: La amplia difusión de los albigenses y los valdenses ponía de manifiesto una amplia insatisfacción entre buena parte de los fieles con la Iglesia del poder y del Imperio. Por otra parte, la desdichada cuarta cruzada (1202-1204), que en lugar de a Tierra Santa condujo a Constantinopla por la astucia del centenario Dandalo, dux de Venecia, donde se estableció un patriarcado y un imperio latinos, significó una causa de distanciamiento entre la Iglesia de Oriente y Occidente que perdura hasta nuestros días.

No desconocía Inocencio III estos peligros, y trató de salvar la situación mediante un concilio universal, el IV de Letrán (1215), en el que 1200 prelados y los enviados de casi todos los príncipes estuvieron presentes. La recuperación de Tierra Santa y la reforma de la Iglesia estaban en el programa, pero por más brillante que fuera el curso del concilio, sus resultados fueron modestos, si prescindimos del cuarto precepto de la Iglesia, que obligaba a la comunión pascual y a la confesión anual. Es también importante dicho concilio por contener la primera mención magisterial de la transubstanciación en la forma de participio (“transsubstantiatis pane in corpus et vino in sanguine”).

El pontificado del Papa que será siempre recordado también por su encuentro con san Francisco de Asís, concluyó con su fallecimiento en Perugia el 16 de julio de 1216, a los 54 años. Una de las consecuencias de su papado fue, como se dijo la eleción del el emperador Federico II Hohenstaufen, en el que tuvieron Inocencio y sus sucesores a un hombre de peligrosidad extraordinaria. Nacido en Jesi el 26 de diciembre de 1194, bautizado en la catedral de san Rufino de Asís, como san Francisco y santa Clara, se crió en Sicilia y desde joven se caracterizó por un espíritu mundano y por el don de un profundo conocimiento de los hombres.

Al morir su padre, Enrique VI en 1197, Federico se encontraba en Italia con la intención de cruzar hacia Alemania. Al llegar la noticia, el guardián de Federico, Conrado de Spoleto, abortó la expedición y llevó al niño a Palermo junto a su madre, donde permanecerá hasta el término de su educación. Su madre Constanza era por derecho propio heredera del reino de Sicilia, y para asegurar los derechos de su hijo lo nombró públicamente heredero al trono de Sicilia nada más llegar. La educación en Sicilia fue un elemento fundamental para formar su personalidad, debido a la civilización normando-árabe-bizantina presente en Sicilia: Hablaba diversas lenguas extranjeras y estaba familiarizado no solamente con la fe de los cristianos, sino también con el Islam y el judaísmo. Pero no compartió aquella seguridad en la fe que caracterizó a sus contemporáneos medievales, sino que fue más bien lo que podemos llamar un hombre de la modernidad, profundamente inclinado a las ciencias naturales y las artes.

Federico fue el sucesor, como emperador, de Otón IV. Otón de Brunswick había sido coronado emperador como Otón IV por Inocencio III en 1209, con la esperanza de acabar con la hegemonía de la casa de Hohenstaufen; la enemistad del papado con el padre de Federico, Enrique VI, y su abuelo, Federico Barbarroja, había sido notoria, al chocar las pretensiones imperiales de los Hohenstaufen con las papales, que pasaban por crear en Europa un gobierno teocrático central con el papa a la cabeza. Sin embargo, Otón IV no se mostró como el campeón papal esperado, y en septiembre de 1211 la Dieta Imperial de Núremberg decidió confirmar a Federico como Rey de los Romanos, esto es, candidato electo para suceder a Otón IV. Otón se enemistó con los tres arzobispos electores del Sacro Imperio y al pretender retomar, ahora para la casa de Brunswick, el proyecto imperial de los Hohenstaufen, Inocencio III lo excomulgó. Sin embargo, pudo mantener su posición hasta que fue derrotado en la batalla de Bouvines en el mes de julio de 1214 por las fuerzas del Rey Felipe II de Francia. Fue depuesto en 1215.

Tras la muerte de Otón IV tres años después, la soberanía de Federico en Alemania quedó asegurada definitivamente. Pero Inocencio III no se fiaba de él y retrasaba su coronación, que tuvo que ser celebrada por su sucesor, Honorio II (1216-1227)I, que había sido profesor de Federico. Por tanto no fue hasta 1220 cuando, tras arduas negociaciones, Federico fue coronado Sacro Emperador Romano en Roma por el Papa, el 22 de noviembre de 1220 y, al mismo tiempo, su hijo mayor, Enrique, fue coronado como Rey de Romanos. Las condiciones prometidas a cambio de la coronación fueron duras, e incluían condonar la deuda pontificia, renunciar a la condición de legado apostólico en el Reino de Sicilia, socorrer al Imperio Latino de Constantinopla y embarcarse en una cruzada hacia Tierra Santa, para recuperar los Santos Lugares.

Pero Federico, una vez coronado, no se mostró muy dispuesto a cumplir estas promesas, aunque habló de preparar una cruzada. Por su parte, casó a una hija suya con el emperador de Nicea, lo cual demostró a las claras su poco interés en socorrer al Imperio Latino de Constantinopla. Pero lo que le indispuso más todavía con el Papa es el incumplir sus promesas acerca de una nueva cruzada: No cumplió ocho fechas fijadas para comenzar dicha cruzada y cuando mostró igual comportamiento con la novena fecha, en septiembre de 1227, aunque en esta ocasión tenía motivos justificados para actuar de esta manera, pues se había declarado la peste, logró agotar la paciencia del nuevo Papa, el sobrino de Inocencio III, Gregorio IX (1227-1241), el famoso Cardenal Ugolino gran amigo de san Francisco de Asís. Excomulgó el Papa al Emperador y sólo cuando éste llevó a cabo la quinta cruzada, todavía bajo la excomunión, y consiguió que aquélla se viera coronada por el éxito gracias a su habilidad diplomática, llegó a una reconciliación con el Pontífice mediante la paz de san Germano en 1230.

Pero la reconciliación duró poco tiempo. EL primer intercambio de golpes se produjo en el terreno jurídico: Por mandato de Federico, el entonces juez supremo de la corte de Sicilia, Pedro de Vinea (al que posteriormente se pudieron imputar irregularidades, por lo que fue preso y hecho ciego, lo que le llevó s suicidarse), publicó en 1231 el llamado “Liber augustalis”, una grandiosa obra legal, a la que el Papa respondió de modo decidido con la famosa colección de Decretales de san Raimundo de Peñafort, que adquirió valor de ley en 1234 mediante el envío a las universidades de de Bolonia y París.

Pero la cosa se complicó por otros motivos. Cuando el Emperador sometió a las ciudades lombardas y, cegado por su éxito, desposó a su hijo natural Enzo con la heredera de una buena parte de Cerdeña, considerada feudo pontificio, y cuando se supo que el emperador quería hacer de Roma el centro de su imperio universal, Gregorio consideró llegado el momento de excomulgar de nuevo al Emperador y de declarar solemnemente su deposición. Inmediatamente ordenó una cruzada contra el emperador, e intentó infructuosamente que los príncipes alemanes eligieran un nuevo rey y convocó un concilio en Roma para 1241.

Federico anunció, por su parte, su oposición total a la celebración de un concilio que no tenía otra motivación que la de su deposición y sustitución, por lo que ordenó a sus tropas que apresaran a todos los que viajaran a Roma con la intención de participar en el mismo. La detención y encarcelamiento de más de cien clérigos impidió la celebración del sínodo. Poco después fallecía Gregorio IX y elegido Inocencio IV (1242-1254) como nuevo papa, Federico envió emisarios para acordar la paz, pero sin renunciar a su poder e influencia en las decisiones eclesiásticas. Inocencio IV exigió de Federico el reconocimiento del daño que había causado a la Iglesia. Finalmente llegaron ambas partes a un acuerdo el 31 de marzo de 1244. En el mismo se restituía a la iglesia en sus posesiones, especialmente los Estados Pontificios, y se liberaba a los prelados favorables al Papa que mantenía presos. Aunque había firmado la paz con él gracias a la mediación del rey de Francia, se sintió incómodo en Italia por la presencia de la milicia imperial y decidió refugiarse en Lyon con el apoyo de los genoveses.

Inocencio IV convocó, nada más llegar a la ciudad, el 3 de enero de 1245 el Concilio de Lyon pese a la oposición del emperador. Sintiéndose fuerte, Inocencio, en la ceremonia de apertura, habló de la persecución de la Igesia por el emperador, al que acusó de herejía y sacrilegio e insinuó que había entablado amistad con el sultán y otros príncipes musulmanes, que se había mancillado mediante un trato pecaminoso con mujeres sarracenas, concluyendo que en diversas ocasiones había cometido perjurio. Por parte del Emperador, Tadeo de Suessa presentó una serie de disculpas y pidió que se aplazara la sentencia definitiva, a fin de que él pudiera informar a Federico y éste dispusiera de tiempo para personarse en el sínodo, pero se rechazó dicha estratagema. En la tercera sesión pública se procedió a excomulgarlo el 17 de julio del mismo año.

Federico reaccionó de forma violenta y exclamó: “Todavía tengo mi corona y ningún Papa ni Concilio me la arrebatarán sin lucha”. Pero el destino tenía otros planes y las ciudades le abandonaron. Organizó tropas para enfrentarse al papado, mientras Inocencio IV, por su parte, pretendió organizar una cruzada contra el propio emperador movilizando a los príncipes alemanes. En ese camino pretendió la elección de Enrique Raspe y, aunque éste fue proclamado Emperador el 22 de mayo de 1246, nunca fue reconocido como tal, aunque provocó el alzamiento contra el emperador de muchas ciudades del norte de Italia y obtuvo una importante victoria el 18 de febrero de 1248 en la batalla de Parma, al capturar por sorpresa las tropas papales el campamento imperial.

No tomó parte en esta última campaña. Federico había estado enfermo y probablemente se sentía cansado. Murió pacíficamente, vistiendo el hábito de un monje cisterciense, el 13 de diciembre de 1250 en Castel Fiorentino cerca de Lucera, en Apulia, después de un ataque de disentería. De toda esta contienda tanto el Imperio como la Iglesia salieron debilitados, pues la gran tragedia consistía en que los dos poderes decisivos de la cristiandad, el Papa y el Emperador, se hostigaban recíprocamente produciendo escándalo y malgastando sin consideración el dinero de la Iglesia y del estado.

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